prehistoria

            Es el conjunto de hechos ocurridos desde los orígenes de la especie humana hasta la invención de la escritura. Puesto que no hay textos escritos, esta larga y oscura etapa de la vida humana, que pudo haber durado más de un millón de años, se conoce a través de los monumentos, construcciones, restos de viviendas, tumbas, instrumentos, armas, utensilios y demás vestigios descubiertos e investigados por la arqueología, la paleontología, la geología, la etnología, la etnografía, la toponimia, la antropología y otras ciencias auxiliares de la historia. Por eso los procedimientos de estudio de la prehistoria y de la historia son distintos. Los datos que sirven de base para el conocimiento de la prehistoria hay que buscarlos directamente en el terreno y el método de obtenerlos en forma utilizable es la técnica de las excavaciones. Luego vienen los trabajos de reconstrucción, conservación, clasificación y estudio para desentrañar el significado que los objetos tienen dentro del conjunto de hallazgos de una estación.

            La prehistoria  —llamada también protohistoria—  no comienza ni termina en la misma época en todos los pueblos, ya porque unos fueron más antiguos que otros, ya porque conocieron la escritura en diferentes momentos. No hay cronologías absolutas en esta materia. La prehistoria termina en Oriente hacia el cuarto milenio antes de Cristo, en Grecia hacia el siglo XIII o XII, en la península italiana hacia el siglo VIII, en la Hispania con la conquista romana de los siglos III al II, en las Galias en el siglo I antes de Cristo con la invasión de Julio César y en los pueblos del centro de Europa, según el proceso de su romanización, entre el fin del siglo I antes de la era cristiana y el siglo V después de Cristo.

            Todo lleva a suponer que la escritura fue inventada por los habitantes de la Mesopotamia y de Egipto hace aproximadamente seis mil años. Los primeros compusieron los cuneiformes y los egipcios los jeroglíficos. Fueron al comienzo escrituras pictográficas, esto es, que pintaron los objetos que quisieron expresar con signos gráficos. Fueron escrituras representativas de esos objetos. Después se convirtieron en escrituras fonéticas, capaces de representar los sonidos que emite el hombre al hablar.

           Esto significó un gran avance cualitativo, sobre el cual los fenicios, reduciendo el número de signos a los estrictamente necesarios para expresar los sonidos más simples que puede modular la garganta humana, compusieron el primer alfabeto en el año mil antes de Cristo, que fue tomado por los griegos y más tarde por los romanos.

            Con la invención de la escritura termina la prehistoria y empiezan los tiempos históricos.

            En razón de la técnica y materiales utilizados por los grupos humanos primitivos para la fabricación de sus herramientas, la prehistoria se divide en dos grandes períodos: la Edad de Piedra y la Edad de los Metales. La Edad de Piedra se subdivide en Paleolítica y Neolítica, según que la piedra haya sido toscamente labrada o pulida finamente, y la Edad de los Metales se divide también en: Edad del Cobre, Edad del Bronce y Edad del Hierro.

            Esta división toma como referencia  —como una de las tantas referencias que se han adoptado para identificar y distinguir las eras de la prehistoria y de la historia—  la habilidad del hombre, en la sociedad primitiva, para moldear la piedra y los metales.

            Hace más de un millón de años en África, que muchos consideran la cuna de la humanidad, los prehomínidos se habían diferenciado de sus parientes los simios  —del tronco común de los primates—  en virtud de la adopción de la postura erguida, que les permitió tener libres las manos para asir las cosas. Con ellas modificaron la forma de algunas piedras, golpeándolas unas con otras, de modo de desprender esquirlas o lascas con filo cortante, que utilizaron como cuchillos. Se había iniciado la edad de piedra. Fue un sistema de talla por percusión, que se perfeccionó poco a poco con la selección de rocas duras y de grano fino, como la cuarcita que abundaba en las barras de los ríos, de la cual lograron desprender fragmentos con una cara abombada que dejaban en la pieza matriz la correspondiente huella cóncava. Así empezaron a fabricar los primeros utensilios y las primeras armas para satisfacer sus primitivas necesidades de recolección y depredación. Cuando el tallado comprendía ambas caras de la piedra obtenían un bifaz, que era un útil que podía usarse también como arma y que se convirtió en la piedra emblemática del Paleolítico inferior. De los diversos útiles que elaboraron a partir de lascas, podemos inferir algunas de las actividades cotidianas practicadas por esos hombres: para cortar usaban cuchillos de dorso trabajado con retoques opuestos al filo cortante, poseían raederas para cortar o raer, los denticulados que tenían un perfil dentado eran usados para cortar tallos en las faenas de recolección o para raer huesos, maderas u objetos de marfil; los raspadores los usaban tanto para alisar pieles como para pulir otros materiales más resistentes y los hendedores, con un gran filo transversal, les servían para hender o cortar.

            Durante este período de la prehistoria se colocaron las bases técnicas y morfológicas del desarrollo posterior del utillaje lítico hace unos 300 o 400 mil años.

            El Museo de Historia Natural de Nueva York presenta un “árbol genealógico” de los homínidos  —descendientes de una rama de primates bípedos y antecesores comunes de chimpancés y de hombres—,  fundado en el estudio de fósiles y de ADN, que se remonta a millones de años  —de cinco a siete millones de años—,  cuando del australopithecus descendieron sucesivamente a lo largo de las eras el homo habilis, el homo erectus y el homo sapiens en las sabanas de África oriental, desde donde el homo sapiens pasó al centro de Asia hace 45 mil a 50 mil años, a Europa hace 30 mil a 40 mil años y a Norteamérica hace 15 mil a 20 mil años, para desplazarse después hacia el sur del continente.

            El homo habilis fue el primer homínido con cerebro más grande que el de un chimpancé y el primer fabricante de herramientas: las afiladas piezas escamadas de piedra. Su directo descendiente, el homo erectus, tuvo un cerebro asimétrico  —parecido al de los humanos modernos—,  fue completa y definidamente bípedo, con piernas más largas y brazos cortos, descubrió el fuego y fue el primero en aventurarse a salir de los confines africanos, como lo demuestra el encuentro de fósiles en varios lugares de Euroasia. Y el homo sapiens que, con el gran tamaño de su cerebro  —una media de 1.400 c.c., o sea el doble que el de sus antepasados—,  tuvo una capacidad cognoscitiva más desarrollada y adaptó su cuerpo a las demandas de la bipedación.

            Los antropólogos consideran que el descubrimiento que el homo erectus de África hizo de la técnica denominada levallois para obtener un determinado tipo de lasca o el logro de la simetría o la belleza en ciertas herramientas u objetos fue una de las primeras expresiones del pensamiento abstracto del ser humano.

            En el curso de centenares de miles de años se perfeccionaron las técnicas de trabajo en la piedra. Apareció el hombre de Neanderthal, protagonista del Paleolítico medio, entre el año 90.000 y el 32.000 antes de Cristo, que desarrolló las primeras manifestaciones rituales conocidas en el culto a los muertos, los primeros atisbos de arte e incipientes expresiones de orden cultural. Vivía en cuevas donde se protegía del frío al calor del fuego. Explotaba su medio natural en torno a un campamento base.

            Advino entonces el Paleolítico superior, comprendido entre los 32.000 y los 10.000 años antes de Cristo  —del que es el principal actor el homo sapiens—,  que representó un gran paso adelante en el conjunto de conocimientos y técnicas acumulados por el hombre hasta ese momento a lo largo del pleistoceno  —período del que se han encontrado restos fósiles humanos y vestigios de culturas prehistóticas—  en sus actividades de cazador-recolector, en sus sistemas de asentamiento, en sus repertorios líticos, en sus manifestaciones artísticas, en sus prácticas religiosas y especialmente en su organización social.

            Fue en este momento  —diez mil años antes de Cristo—  que se produjo la “revolución” en los sistemas económicos de los grupos primitivos al transitar de la economía depredadora a la de producción de alimentos. Nacieron las primeras actividades agrícolas y, junto con ellas, la domesticación de los animales.

            El utillaje que de esos tiempos se ha encontrado corresponde claramente a tales avances: de un kilo de piedra preparada se podían obtener seis u ocho metros de láminas. Los objetos, si bien tenían las mismas funciones que los anteriores, eran más pequeños y más precisos. Consistían en hojas retocadas para cortar, raederas pequeñas y buriles con una extracción laminar en uno de sus extremos, que se destinaban al gravado en madera o hueso. Las armas para la caza que se producían en ese período, como las azagayas o las puntas de flecha que se enmangaban en un astil, permitían la cacería de animales a mayor distancia.

            Después de la era paleolítica, cuya mayor expresión fue la talla de la piedra, advino la neolítica que se caracterizó por la pulimentación de ella. Las hachas de piedra pulimentada, que sirvieron para que el hombre pudiera transformar su entorno geográfico, son casi el símbolo de esta era. Se elaboraron con rocas no quebradizas, como la diorita, en un proceso que comenzaba por la percusión del bloque en bruto, después por un piqueteado para darle forma y finalmente por el pulido hecho con una roca de grano duro. Estos instrumentos servían, por su variada morfología y tamaño, como hachas, hazuelas o cinceles. Algunas debieron tener la consideración de símbolos puesto que se las encontró, sin uso, entre las ofrendas funerarias. El hacha pulida significó un gran avance tecnológico. Con ella el hombre tardó en dar forma a un trozo de madera un tiempo casi cuatro veces menor del que antes empleaba con el hacha tallada. El Neolítico representó, por tanto, un gran avance en los sistemas de producción y, por ende, nuevas formas de organización social, basadas en unidades cada vez más amplias, suprafamiliares, de tipo <clan, que quedaron simbolizadas en los nuevos rituales funerarios de carácter colectivo acompañados generalmente de colosales monumentos de piedra, que fueron las primeras grandes obras arquitectónicas de la historia. Se registraron avances en el proceso de “sedentarización”. Se emplazaron poblados en lugares propicios para la defensa. El cultivo de cereales, el pastoreo de cabras y ovejas y la crianza de animales de mayor peso, como los vacunos y los equinos, se impusieron como las principales actividades económicas del grupo.

          Coincidiendo con el final del momento megalítico surgieron los primeros intentos en la metalurgia del cobre, según lo demuestran los crisoles de barro con escorias de fundición de ese tiempo que se han encontrado. Esto permitió incorporar las primeras herramientas y armas metálicas al abundante arsenal surgido de las técnicas del pulimento y laminación de la piedra. Nació entonces la edad de los metales y, con ella, surgieron actividades económicas no circunscritas a las meras necesidades de subsistencia del grupo sino destinadas a producir objetos para la comercialización por la vía del trueque con otros grupos. Aparecieron los primeros excedentes agrícolas y ganaderos junto a objetos que alcanzaron valor gracias al trueque, como los metalúrgicos, y entonces comenzó el proceso de acumulación de riqueza y poder en pocas manos, que fue el germen de las aristocracias llamadas a dominar la vida social por los próximos milenios. Esto puso fin al colectivismo primitivo y a las sociedades “igualitarias” anteriores. Las tumbas de ese tiempo evidencian la existencia de sociedades jerarquizadas, dominadas por elites políticas y económicas, en las que bullía el deseo de diferenciación de los individuos dentro del grupo. Esto lo demuestran las sepulturas individuales de la gente rica, que encerraban opulentos ajuares cerámicos y metálicos.

            El descubrimiento de la metalurgia se produjo en el Oriente Medio en el octavo milenio antes de Cristo, en el curso de la fase final del Neolítico. Ese descubrimiento probablemente se debió a la fusión accidental del cobre. La nueva actividad económica consistió al comienzo simplemente en el martilleado del metal. Después vino la fundición, que fue la esencia de la actividad metalúrgica. Cobre, oro y plata fueron los metales más usados en la primera etapa. La aleación del cobre y el estaño dio origen a un nuevo metal: el bronce, que fue descubierto en Asia occidental entre los años 4.000 y 3.000 antes de la era cristiana. El nuevo metal tuvo mucho más dureza que el cobre.

            La metalurgia fue la manifestación prehistórica sin duda más importante del conocimiento del hombre sobre los recursos naturales. Implicó una transformación física y química de los minerales para fabricar objetos de mayor dureza y resistencia. Junto con la cerámica fue un sistema de producción artificial que sustituyó o complementó a las actividades recolectoras y de caza. Representó un gran triunfo intelectual. Y produjo, desde luego, un cambio de mentalidad y de organización social. El pleno desarrollo de la metalurgia del cobre  —primera fase de la edad de los metales—  dio lugar al nacimiento de nuevos tipos de armas  —puñales, puntas, alabardas—  y más tarde a las primeras aleaciones con otros minerales, como el arsénico y el estaño, para producir objetos cuya posesión dio prestigio social, en el marco del fenómeno que en la comunidad europea primitiva se denominó “cultura del vaso campaniforme”, cuyo símbolo fue un vaso acampanado y con abundante decoración incisa, que se encontró siempre dentro de los monumentos funerarios de la gente rica.

            El descubrimiento de la aleación del cobre y el estaño originó la edad del bronce, que apareció en las comunidades primitivas de Europa entre el año 1500 y el 1200 antes de Cristo, caracterizada por las aleaciones broncíneas y la aparición de nuevos tipos metálicos. A la inicial fase de esta edad, marcada por los primeros y tímidos pasos en esas aleaciones, se le denominó bronce antiguo. Aproximadamente en el año 1200 antes de nuestra era vino la etapa del bronce medio. Y entre el año 1200 y el 800, la denominada del bronce final, última fase de esta era que tuvo gran originalidad y dinamismo.

            El proceso metalúrgico comprendía cinco estapas: la extracción del mineral, su reducción para la producción de lingotes de metal, la fundición de éstos en crisoles de piedra o arcilla refractaria, el moldeado mediante moldes abiertos (o monovalvos) y cerrados (o bivalvos) para dar forma a los objetos metálicos y el acabado que consistía en el retocado exterior para eliminar las rebabas, afinar los bordes y pulir la superficie.

            Los crisoles, en un momento superior de desarrollo, dieron origen a la edad del hierro, que fue el último período de la prehistoria y el primero de la historia. Se caracterizó por el uso del nuevo metal, que por cierto generó un desarrollo extraordinario en la cultura de los pueblos antiguos por las múltiples utilizaciones que le dieron. Sustituyó al bronce en muchos de sus usos. Los objetos de adorno, el utillaje, las armas se fabricaron con el nuevo metal. El conocimiento del hierro se originó en el Oriente Medio, aunque resulta muy difícil establecer cuál fue el pueblo que primero lo usó. Como el de muchas otras cosas, ese conocimiento debió ser simultáneo o sucesivo en varios lugares. Quiero decir que pudo llegarse a él en sitios distintos dentro de la misma época o en épocas diferentes, gracias a la común racionalidad del ser humano. Los más antiguos testimonios de la edad del hierro se han encontrado en Egipto y en Asia Menor. De allí probablemente cruzó el conocimiento por el Meditarráneo a Europa, como ha podido verificarse por los hallazgos hechos en Grecia. En todo caso, su uso comenzó en épocas muy diversas en los distintos pueblos. En Egipto, Caldea, Asiria y China se remontó a dos mil y acaso tres mil años antes de la era cristiana. En Grecia a 1.100 años a.C. Después el conocimiento pasó a Roma y se extendió por los pueblos europeos, en donde floreció la civilización del hierro gracias a la riqueza minera del centro de Europa.

            En la edad del hierro se impulsaron los intercambios comerciales y la navegación y se usaron nuevos tipos de armas y herramientas, como la espada de “lengua de carpa”, hachas de talón de una y dos asas, hachas de apéndices laterales, calderos de chapas claveteadas, brazaletes macizos con decoración incisa y otros muchos objetos que representaron un gran desarrollo metalúrgico. Los arqueólogos, al hallar muchas más hachas que espadas, han llegado a la conclusión de que pertenecían a sociedades fuertemente jerarquizadas en las que las espadas, como símbolo de rango social, estuvieron reservadas a una minoría de jefes guerreros. Las bases económicas de esas sociedades fueron la agricultura, la ganadería y la minería. De su desarrollo cultural han quedado testimonios en cavernas decoradas con esquemáticos dibujos rupestres.

            La modelación de la piedra y después la de los metales han sido consideradas como una referencia fundamental para la división de las eras históricas, si bien está claro que la historia no hace rupturas ni da saltos sino que es un proceso continuado. Por eso las edades de la prehistoria y de la historia no deben entenderse en sentido rígido. Se alejan unas y advienen otras en una continuidad constante. Los grupos humanos, que son sus protagonistas, suelen conservar parte de los modos de vida y técnicas de un período, a los que incorporan mejoras y elementos nuevos en un nivel superior de evolución. Así se mueve el progreso humano. Pero esos procesos no son ni tienen por qué ser sincrónicos en todos los lugares. Los grupos humanos tienen ritmos diferentes de desarrollo. Unos empezaron antes, otros después. Unos lo hicieron a mayor velocidad y eficiencia que otros, dependiendo de varios factores entre los que está el telúrico.

 
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