populismo

            Se llama populismo a una posición y a un estilo políticos  —que no llegan a ser ideológicos—  caracterizados por el arrebañamiento de las multitudes en torno a ese “hechicero del siglo XXI”, listo siempre a ofrecer el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina, que es el caudillo populista.

            Por extensión se denomina también populismo a toda concesión demagógica o populachera que hace un político.

            El término populismo se originó en Estados Unidos en la última década del siglo XIX con referencia a los planteamientos del People’s Party, que se había formado para canalizar las demandas y las protestas poco elaboradas pero justas de los pequeños granjeros del oeste, expoliados por los centros industrializados del este que controlaban los mercados de materias primas y de productos agrícolas, fijaban los precios de ellos, manejaban los créditos del sector bancario, monopolizaban las redes de almacenamiento de granos y dominaban las líneas de ferrocarril. El People’s Party era en esa época el más poderoso de los movimientos alternativos que se atrevían a desafiar a los dos grandes partidos tradicionales: el Republicano y el Demócrata. Tuvo un millón de votos en las elecciones presidenciales de 1892 y cuatro años más tarde su candidato William Jennings Bryand se ubicó a menos de 500 mil votos de la victoria.

            Años después, durante la primera postguerra, se volvió a usar el término populismo con relación al movimiento narodnichestvo en la Rusia zarista, que fue también un movimiento que trató de promover los intereses de los pequeños agricultores y los trabajadores del campo empobrecidos para conquistar condiciones de igualdad con respecto a la gente de las ciudades. El Narodniki postulaba principios anticapitalistas y tuvo una gran acogida entre las masas campesinas de Rusia.

            El populismo no es un movimiento ideológico sino una desordenada movilización de masas, sin brújula doctrinal. No es en realidad una legítima expresión democrática puesto que, bajo la enseña reivindicatoria, con frecuencia se conduce a los pueblos a defender posiciones objetivamente opuestas a sus intereses. Por eso se dijo de un vigoroso caudillo populista ecuatoriano de mediados del siglo XX que “fascina a las masas sin dejar de servir a las oligarquías”. En cierto sentido es la antidemocracia porque la democracia es la participación consciente y reflexiva de los pueblos en las tareas de interés general mientras que el populismo es su intervención emocional y arrebañada, librada a las potencialidades taumatúrgicas del caudillo populista. Pero, a pesar de eso, no se puede negar que el populismo, excepción hecha de los nazi-fascismos, representó en algunos lugares un avance con respecto al Estado oligárquico anterior, que vedaba toda intervención de los pueblos en los asuntos estatales.

            Y como en la era digital ha surgido con fuerza un nuevo elemento suplantador de las ideologías, que son las encuestas de opinión pública, los líderes y gobernantes populistas hacen y dicen lo que ellas mandan, independientemente de consideraciones de conveniencia pública. Estos conductores conducidos son esclavos de los sondeos de opinión y su más alta prioridad es halagar a las masas.

            No es debido hablar de “populista de izquierda” o “populista de derecha”, como a veces se hace, ya que <izquierda y <derecha son categorías ideológicas que no tienen cabida en el populismo, que es una entidad aideológica. El populismo es, simplemente, populismo. O sea una conjunción política en torno a la “magia” del caudillo populista, sin consideración alguna a planteamientos de orden ideológico.

            La tecnología para la fabricación del caudillo populista es bastante simple: exaltación hiperbólica de su personalidad, fabricación de la aureola carismática, providencialismo, demagogia. Para este fin, un coro de alabanzas bien dirigido y articulado canta en su entorno, y repite y repite las mismas loas prefabricadas y estereotipadas hasta incrustarlas en el cerebro de la gente. Simultáneamente se fabrica el “enemigo” o los “enemigos”  —nacionales y, eventualmente, extranjeros—  contra quienes se dirigen todos los reproches, dicterios y acusaciones y contra quienes se fomenta, enardece y canaliza el odio de la colectividad. Viene entonces el maniqueísmo, la adulación a la masa y la asunción del monopolio de la verdad. Los “enemigos” son los culpables de todos los quebrantos que sufre el país, de los cuales serán liberados por obra y gracia del caudillo. Aunque la plaza pública es su escenario natural, el caudillo populista incursiona también en la radio y la televisión  —que es la plaza pública virtual de las ondas visuales y sonoras de la modernidad—  para difundir programas populacheros hábilmente manipulados. Es el populismo mediático, que algunos denominan “neopopulismo”, pero que es el populismo tradicional ejercido con métodos y tecnologías modernos. La voluntad popular, encarnada en el caudillo, no puede someterse a limitaciones jurídicas. Éste proclama la “insuficiencia” de las leyes. Está por encima de las ideologías. No se somete a programas. Hace de la política un espectáculo. Da al pueblo pan y circo. Va hacia un paternalismo providencial. Y la política populista, en el ámbito económico, es terriblemente irresponsable. El patrimonio público es el patrimonio del caudillo y su uso es discrecional.

            El populismo es, sin duda, una patología social o el síndrome de ella.

            Puesto que es un efecto político de causas económicas, sus raíces profundas deben buscarse en la pobreza, la marginación, la falta de educación, la explosión demográfica, el éxodo de los campesinos hacia las ciudades y el urbanismo cargado de problemas sociales. Estos son los factores determinantes del populismo. Las masas hacinadas en los cinturones de vivienda precaria de las grandes ciudades, en medio de la miseria, la insalubridad, la desocupación y la violencia, son la causa primera del populismo, puesto que los grupos de pobreza extrema son muy sensibles a la prédica reivindicatoria y se entregan fácilmente a la seducción de la demagogia populista.

            Por eso es que la “materia prima” del populismo son el >subproletariado y el <lumpemproletariado antes que los obreros o las capas medias de bajos recursos. El primero es el amplio grupo “desclasado” de las sociedades del tercer mundo, que está fuera de las clases sociales tradicionales, y cuyas condiciones de vida son deplorables. Está integrado principalmente por los grupos sin preparación ni destrezas que, en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida, llegan desde el campo o desde las ciudades pequeñas y forman los cinturones de vivienda precaria en las grandes urbes. Viven bajo el nivel de pobreza, carecen de un dador de trabajo estable y no están garantizados por un código laboral ni amparados por el sistema de seguridad social. Permanecen en medio de la más absoluta incertidumbre, la falta de seguridad y la carencia de previsibilidad sobre su futuro. Pero sus impulsos reivindicatorios son muy fuertes. Y tienen un alto grado de conciencia de su <marginación social.

            Otro de los componentes del populismo es el lumpemproletariado, del que Marx dijo alguna vez que era el resultado de la “putrefacción” de las capas más bajas de la vieja sociedad capitalista y que sus miembros eran tan miserables que, si bien eran capaces de rebeldías individuales, usualmente se veían precisados a “venderse” a sus enemigos de clase para poder alimentarse. Los anarquistas, en cambio, afirmaban que este segmento social era el elemento más revolucionario de la sociedad capitalista. El lumpemproletariado se nutre de elementos salidos de diversas clases sociales a los que las condiciones de la organización política arrojan al “fondo” de la pirámide social. Es una suma muy heterogénea de tipos humanos: individuos sin ocupación fija, vagabundos, mendigos, timadores, saltimbanquis, personas que lucran con el comercio ilegal, prostitutas, expresidiarios y, en general, individuos que viven absolutamente al margen de los beneficios de la sociedad y de la cultura.

            Siempre el populismo se articuló bien con masas enfermas de frustración, pobreza y humillación que, en su desesperanza, se entregaron en brazos de caudillos redendores. No resulta exagerado decir que el populismo es manifestación de una patología social. Una especie de síndrome, o sea un conjunto de síntomas característicos de una enfermedad. Lo fue muy claramente en la Alemania de la primera postguerra con Hitler. Antes lo había sido en la angustiada Italia de Mussolini. A mediados de los años 40 en Argentina fue el fruto de la llamada “década infame” en la que campearon la frustración y la humillación individuales y colectivas. Cosa parecida ocurrió con el populismo brasileño de Getulio Vargas  —el getulismo, con su teoría del estado novo—  de los años 40 del siglo pasado. Los populismos son muchas veces una respuesta a sociedades excluyentes y racistas, en las que la “chusma heroica” de Jorge Eliécer Gaitán o los “descamisados” de Juan Domingo Perón o los “marginados” de cualquier otro caudillo adquieren una identidad y se lanzan a las calles para afirmar su poder.

            En los cuadros de la conjunción heterogénea del populismo  —que lleva en sus entrañas los gérmenes de su propia destrucción—  siempre hay cabida para marxistas desencantados u oportunistas que cumplen el papel de dar el toque progresista al movimiento.

            Y aquí reside la gran farsa de casi todos los caudillos populistas. Formulan retos simbólicos a las oligarquías pero se entienden muy bien con algunos sectores de ellas. Un reciente caudillo populachero ecuatoriano explicaba esta contradicción con el argumento de que existen “oligarcas buenos” y “oligarcas malos”. Obviamente, los “oligarcas buenos” eran los que cedían ante sus chantajes y contribuían a financiar sus campañas políticas.

            A pesar de los distintos escenarios históricos y geográficos en que han actuado, es factible establecer las características comunes a todos los populismos. Ellos presentan, en primer lugar, un fuerte liderazgo personalista y aideológico sustentado en caudillos cuya veleidosa voluntad se impone por encima de cualquier consideración doctrinal. Tienen una difusa idea del Estado de bienestar, dictada por su <personalismo. Suelen establecer un control corporativista sobre la sociedad y exhiben un cierto grado de nacionalismo económico.

            Por lo general estos caudillos tienen <carisma para los grupos pobres y marginales, cuyas rebeldías y frustraciones sintonizan, aunque no para los otros segmentos de la población a los cuales molesta la superficialidad, la irracionalidad, el reduccionismo y la simplicidad de sus juicios y lo contradictorio de sus planteamientos. Luego está la presencia activa de la <masa a la que los caudillos le entregan la ilusión de participación y protagonismo. Después, la ausencia total de planteamientos ideológicos y programáticos que obren como parámetros de la acción caudillista. Finalmente, un discurso maniqueo y exaltado, de rasgos “redentoristas”, que apela más a la emoción que a la razón y que ofrece soluciones mágicas para los problemas de la gente.

            Dentro de esta ambivalencia binaria, el líder se presenta como el símbolo de la redención popular mientras que sus enemigos encarnan todos los males. Es una contraposición dogmática y neta entre el bien y el mal, la redención y la ruina, la justicia y la iniquidad, la honradez y el latrocinio, el patriotismo y el entreguismo. Los caudillos populistas buscan siempre el contacto directo con el pueblo, desechando los métodos de representación política tradicionales, y tienden permanentemente hacia una línea autoritaria de poder. Reivindican para sí un real o supuesto origen popular  —se presentan como hombres comunes del pueblo, conocedores de sus problemas, que por sus extraordinarios méritos han asumido el liderazgo—  y reclaman constantemente que el pueblo confíe en ellos.

            Con frecuencia exhiben una hoja de vida aureolada por la persecución y el sacrificio. Se presentan como “víctimas”, si no como “mártires”, de los grupos de poder. Cultivan su imagen de hombres valientes y desinteresados. Sus áulicos inmediatamente elaboran la leyenda sobre las reales o supuestas persecuciones que “el hombre” ha sufrido por la defensa de sus ideales y le fabrican el <carisma. Los mitos no tardan en aparecer y se convierten en elementos esenciales de su >propaganda.

            En la política populista “el enemigo” desempeña una función de primera importancia, así en el orden individual como en el colectivo: la de marcar los campos de acción, contribuir a la identidad de los protagonistas de la enemistad y generar en torno de ellos simpatías o antipatías.

            “El enemigo” cumple también una función “ansiolítica” en la medida en que contribuye a calmar la ansiedad de los caudillos populistas y de los grupos que les rodean, que al identificar a su “enemigo” descargan sobre él sus propias culpas y tensiones, justifican sus errores, se liberan de sus fracasos, se vengan de sus decepciones y eventualmente cohonestan el uso de la fuerza.

            Por tanto, la “fabricación” del enemigo en el ámbito individual y en el social es un elemento estratégico a disposición de los caudillos populistas y de sus grupos satélites. En su concepción maniquea de la política  —a partir de que el enemigo es el “malo” y el aliado es el “bueno”—  se crean apoyos, adhesiones y solidaridades internas y también externas a la causa del gerifalte populista.

            Hábiles manipuladores de la >psicología de masas, los caudillos populistas buscan siempre identificar un “enemigo del pueblo” contra quien descargan toda la furia contenida de la masa por siglos de frustración y de injusticia. Esta identificación les sirve como un factor de movilización popular. Acumulan contra ese “enemigo” toda clase de reproches. En la dialéctica maniquea de estos caudillos, aquél es el culpable de todos los males. Para Hitler esos enemigos fueron los judíos, que “apuñalaron” por la espalda a Alemania durante la guerra y promovieron la conjuración internacional que después la llevó a firmar el Tratado de Versalles. Para Juan Domingo Perón (1895-1974) y su <justicialismo la “enemiga del pueblo” fue la “oligarquía” cuyo lugar de reunión  —el exclusivo Jockey Club de Buenos Aires—  fue incendiado por los descamisados. El <nasserismo egipcio de fines de los 40 se levantó en armas contra la monarquía del rey Farouk y su aliado el colonialismo británico. Fidel Castro, quien sin duda tuvo ciertos rasgos populistas a pesar de su ideología, hizo del “imperialismo yanqui” el gran enemigo de Cuba. Todos los caudillos populistas suelen denunciar un enemigo y si no lo tienen se lo inventan. Como no poseen ideología no les importan las contradicciones y los virajes en que incurren. Lo que dicen hoy lo desdicen mañana, sin aflicción alguna ni reproches de conciencia. Buscan los temas de mayor carga emocional. Se mueven al vaivén de sus inmediatismos. Pero siempre tratan de sintonizar lo que en cada momento sienten y piensan los pueblos. En este sentido, bien podría decirse que los caudillos populistas son “conductores conducidos”.

            Buscan la popularidad como su objetivo central. Su “ideología” son las encuestas de opinión. Hacen de la política un gran espectáculo de masas, con himnos, banderas, uniformes y símbolos. Su coreografía política es impecable. El escenario está cuidadosamente diseñado y montado para que en él luzca el líder su mejor presencia. La mise en scène forma parte inseparable del estilo populista. Y con frecuencia el caudillo crea un lenguaje propio al que incorpora modismos del habla popular, que pronto se le vuelven característicos.

            En el fenómeno populista hay también algo de <clientelismo, aunque este elemento no resulta determinante. Si lo fuera, como algunos analistas afirman, no pudiera entenderse el éxito político de caudillos que estuvieron siempre o casi siempre en la oposición y que, por tanto, no tuvieron la posibilidad de cambiar votos por bienes y servicios.

            La profesora alemana Susanne Gratius, investigadora de asuntos sociales, en su trabajo “La tercera ola populista de América Latina” (2007), hace una curiosa observación: los populistas latinoamericanos han sido siempre hombres (salvo el caso de Eva Perón en la Argentina de los años 50 del siglo anterior), por lo que el populismo en esta región representa “lo masculino” y “lo machista”, con todas las connotaciones que estos términos tienen allí.

            Los caudillos populistas, en sus afanes personalistas y autoritarios, generalmente adoptan posiciones antipartido y desatan hostilidades contra el parlamento, al que desacreditan. Su relación con la función judicial suele ser también conflictiva. En general, sus relaciones con las instituciones estatales son tormentosas por su tendencia personalista a concentrar el poder, su falta de sometimiento a la ley, su interés por desarticular las instancias de control democrático y su omnipresencia en los escenarios públicos.

            El populismo, cuando llega al poder, suele operar al margen de un plan de gobierno. Carece de sistematización y de orden. No tiene metas macroeconómicas ni sociales de largo plazo. Con acciones demagógicas y espectaculares busca la satisfacción de las demandas populares inmediatas. Lo cual le lleva a la improvisación. Todo lo cual, con frecuencia, produce a la postre un fenómeno característico del populismo: la frustración colectiva. En función de gobierno resulta incompetente para satisfacer las demandas que contribuyó a inflar durante el proceso electoral y entonces todo su andamiaje de <demagogia se descalabra y la misma ola de ilusiones que le llevó al poder se vuelve contra él.

            Todo termina en tragedia: el suicidio de Getulio Vargas en 1954 en Brasil cuando no le quedaba otra opción o, como en el caso de Perón en Argentina en septiembre de 1955, el derrocamiento y la fuga del corifeo y de sus allegados, cargados de culpas y de dinero.

            En lo que fue una aguda referencia al populismo, el sociólogo, escritor y periodista argentino Mariano Grondona dijo con sarcasmo en los años 70: "El populismo ama tanto a los pobres que los multiplica".

            Con el nombre de “populismo económico” se designan políticas irresponsables de <clientelismo, derroche de fondos públicos, obras faraónicas, indisciplina fiscal y endeudamiento desproporcionado que generalmente conducen hacia la inflación, el déficit fiscal y la desestabilización económica. Los “populistas económicos” son personas de plazos cortos, que se suelen guiar por la máxima que se atribuye a Luis XV: “después de mí el diluvio”.

 
Correo
Nombre
Comentario