personalismo

            Esta palabra puede significar muchas cosas según el campo en que se la use. Desde la perspectiva religiosa es la creencia en un dios “personal”, por lo mismo contraria al panteísmo. Como denominación de un sistema filosófico aparece por primera vez en el escritor francés Charles Renouvier en 1903. Los filósofos han hablado de varias clases de personalismo: personalismo ateo, personalismo relativista, personalismo finalista, según sus particulares puntos de vista. Para el filósofo francés Emmanuel Mounier (1905-1950) personalismo significa la dignidad eminente de la persona humana, capaz de elegir y conseguir la libertad que torna fecunda su acción. Este pensador francés promovió en los años 30, en torno a su revista "Esprit", un movimiento filosófico-político denominado personalismo comunitario que defendió el valor absoluto de la persona en la trama de las relaciones sociales pero sin caer en el individualismo burgués y, desde luego, alejado del colectivismo marxista, a los que criticó acerbamente. Habló de su “teoría personalista del poder”, dentro de la cual el Derecho es la garantía institucional de las personas ante los eventuales abusos de la autoridad, pues si ella no está controlada tiende de modo natural a excederse del poder. Para evitarlo es indispensable oponer limitaciones constitucionales a la autoridad  —capaces de establecer el necesario equilibrio entre el poder y la libertad personal—  y crear en la sociedad un “estatuto público de la persona”. Mounier habla de la soberanía del Derecho, entendido como un orden jurídico racionalmente organizado, y no de la soberanía de las transeúntes mayorías que desfilan por la vida política y que pueden ser tan arbitrarias como el poder individual.

            La palabra personalismo tiene también en la vida pública una connotación menos conspicua aunque más frecuente: la prevalencia del individuo y sus puntos de vista sobre todo lo demás. Es una de las manifestaciones del egoísmo, o sea de la actitud del ser humano de limitarse a cuidar lo relativo a su yo. Esa actitud, cuando rodea al poder, lleva al egocentrismo y promueve el <culto a la personalidad.

            Entendido así el término, una de las debilidades de muchos líderes políticos a lo largo de la historia ha sido el personalismo, esto es, la exacerbación del ego en las alturas del poder. Ubicarse como el centro de la gravitación de todo. Eso siempre fue así, como lo demuestra la experiencia histórica desde los tiempos en que los faraones egipcios mandaban construir gigantescas pirámides para servir de tumbas hasta nuestros días, en que se adoptan modos más sutiles. La frase que se atribuye a Luis XIV: "el Estado soy yo", o el título de "Caudillo de España por la gracia de Dios", con que se hacía llamar Francisco Franco, o las plaquitas metálicas que en los tiempos del trujillato se obligaba a exhibir a los dominicanos en la parte más visible de sus viviendas con la leyenda: "Dios y Trujillo mandan en esta casa", o el culto a la personalidad creado a lo largo de tres generaciones en torno al abuelo Kim il-Sung, al padre Kim Jong-il y al nieto Kim Jong-un, quienes ejercieron hereditaria y largamente el poder dinástico en Corea del Norte por más de setenta años a partir de la terminación de la Segunda Guerra mundial, o la sangrienta satrapía hereditaria de Hafez al-Assad y de su hijo Bashar al Assad en Siria por casi medio siglo, no son más que unas tantas expresiones anómalas del personalismo político.

            En la actitud de los caudillos y los gobernantes populistas es donde el personalismo, en forma de un fuerte liderazgo individual y aideológico, suele llegar a extremos repudiables. La veleidosa voluntad de estos hechiceros políticos se impone a los mandatos de la ley y a cualquier consideración doctrinal. Hábiles manipuladores de la psicología de las multitudes, dan a la <masa la ilusión de “participación” y “protagonismo”. Su discurso maniqueo y exaltado, de rasgos redentoristas, apela más a la emoción que a la razón y ofrece soluciones mágicas para los problemas de la gente. Todo está confiado a las virtudes taumatúrgicas del caudillo. Dentro de la ambivalencia binaria del líder y la masa, aquél se presenta como el símbolo de la redención popular mientras que sus enemigos encarnan todos los males, en una contraposición dogmática y neta entre el bien y el mal, la redención y la ruina, la justicia y la iniquidad, la honradez y el latrocinio, el patriotismo y el entreguismo. Los caudillos populistas buscan siempre el “contacto directo” con el pueblo, desechando los métodos de representación política tradicionales, y tienden permanentemente hacia una línea autoritaria de poder. Reivindican para sí un real o supuesto “origen popular” y se presentan como “hombres comunes del pueblo”, conocedores de sus problemas, que por sus "extraordinarios méritos personales" han escalado a las alturas del liderazgo.

 
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