pentagonismo

            Es una palabra acuñada en los años 60 por el profesor Juan Bosch, expresidente de la República Dominicana, para designar la influencia militar en la política norteamericana y sus efectos sobre otros países.

            “El pentagonismo  —dice—  es el producto del capitalismo sobredesarrollado”.

            La tesis fue presentada por primera vez en la Tercera Conferencia Interamericana de Ciencias Políticas y Sociales celebrada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo en noviembre de 1967 y su autor la desarrolló después en uno de sus libros: “El pentagonismo, sustituto del imperialismo”.

            El término proviene de Pentágono, que es el nombre con que se conoce al Departamento de Defensa de los Estados Unidos. El edificio donde él tiene su sede principal, situado en Arlington, en las afueras de Washington, está compuesto de cinco anillos concéntricos en forma de polígono de cinco ángulos con cinco lados, o sea de un pentágono. Es el edificio de oficinas más grande del mundo. Tiene 608.157 metros cuadrados de construcción y aloja a 30.000 empleados. Empezó a construirse a fines de 1941 y terminó en enero de 1943. De la forma del edificio nació la denominación de pentagon con que los norteamericanos designan a ese ministerio y de la cual derivó el profesor Bosch su vocablo pentagonismo para señalar la dimensión militar del <imperialismo de los Estados Unidos.

            Bosch sustenta la tesis de que, a partir de los años 50, el poder militar norteamericano acumuló tanta fuerza, con base en el complejo industrial-financiero-militar, que se situó por encima de la autoridad civil y se convirtió en el factor determinante de la política exterior de los Estados Unidos. Afirmó que este país tenía dos gobiernos: el gobierno civil para el interior y el gobierno militar para el exterior. En esas condiciones, el pentagonismo devino, según la apreciación de Bosch, en el sustituto moderno del imperialismo clásico y retuvo casi todas las características de éste, especialmente las más destructoras y dolorosas. “Pero es una modalidad más avanzada  —enfatiza Bosch—,  que se relaciona con el imperialismo en la medida en que el capitalismo sobredesarrollado de hoy se relaciona con el capitalismo industrial del siglo XIX”.

            Bosch funda su tesis, especialmente, en el crecimiento de los gastos militares que es mucho mayor que el de los gastos civiles, lo cual quiere decir, en un país eminentemente capitalista en el que el poder se mide en términos de dinero, que “el pentágono es real y efectivamente más poderoso que el gobierno federal”, según escribe el profesor dominicano.

            Aunque no parece cierta la afirmación de que los círculos militares norteamericanos tuvieran mayor potestad que el gobierno federal de los Estados Unidos, puesto que allí hay un efectivo sometimiento de la autoridad militar a la civil, sin duda el Pentágono es el símbolo del poder militar de ese país.

            Consigno, como dato anecdódico, que los peruanos durante el gobierno de Alberto Fujimori solían llamar burlonamente “pentagonito” al edificio donde funcionaba el comando del ejército y el odiado Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), ubicado en el barrio San Borja de la ciudad de Lima.

            El SIN fue fundado y dirigido por un siniestro personaje llamado Vladimiro Montesinos durante el autoritario régimen de Fujimori que se inició en 1990 y terminó en noviembre del 2000 con su vergonzosa y temblorosa renuncia enviada al congreso peruano desde un hotel de Tokio.

            Montesinos, asesor del presidente, se dedicaba a espiar, grabar conversaciones telefónicas, filmar actos de la vida íntima, perseguir, torturar, secuestrar, amenazar, chantajear y silenciar a los políticos de la oposición, periodistas independientes, empresarios no ligados al régimen y a los propios funcionarios gubernativos. Fueron tristemente célebres sus filmaciones en prostíbulos y casas de cita de alto nivel para silenciar a los políticos de oposición. Filmaciones conocidas en Perú como los "vladivideos". 

           Pero poco tiempo después Montesinos fue a parar a la cárcel  —con una condena de veinte años de reclusión—  bajo impresionantes acusaciones de corrupción y terrorismo.

 
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