paz

             La paz es el propósito declarado de todas las culturas, religiones, convicciones filosóficas, ideologías políticas, naciones, etnias y credos. Sin embargo, por todas partes se encuentra conculcada o amenazada. ¿Cómo se explica esta contradicción?

            Todas las <civilizaciones se han basado en la guerra por siglos. La historia de la humanidad hasta nuestros días se ha forjado en buena parte por obra de las acciones bélicas. Ya hace dos mil quinientos años Herodoto (484-425 a. C.) definió la paz como la época en que los hijos entierran a los padres y la guerra como aquella en que los padres entierran a los hijos. Y el primer ministro de la India, Pandit Jawaharlal Nehru (1889-1964), en su libro autobiográfico, afirmó veinticinco siglos más tarde que, “históricamente, la paz sólo ha sido una tregua entre dos guerras, una preparación para la guerra y, hasta cierto punto, la continuación del conflicto en la esfera económica y en otros campos”.

            La historia del hombre ha sido una historia de violencia constante. ¿Recuerdan la expresión de Hobbes: homo homini lupus? Vivimos todavía en la cultura de la violencia: desde la violencia lúdica que se expresa en las competencias deportivas  —que en el fondo tiene también inconscientes motivaciones agresivas—  hasta la violencia necrófila de ciertos psicópatas que han alcanzado posiciones de dominación política, militar o religiosa. La violencia ha jugado y aún sigue jugando un papel protagónico en la historia. Con su efecto multiplicador ha causado estragos en los pueblos. Por eso es que el derecho a vivir con seguridad y libres de la amenaza de la guerra o del temor responde a una necesidad vital de nuestros días.

            A la Primera Guerra Mundial siguió la “paz armada” que no fue una verdadera paz. Después de la segunda conflagración mundial, que irrogó a la humanidad sufrimientos indecibles, vino la guerra fría que trajo consigo 44 años de sobresaltos y angustias. Los pershing-2 y los SS-20, con sus cabezas nucleares múltiples, amenazaron permanentemente Europa. El amago de una conflagración atómica pendió como un fantasma sobre todos los pueblos del mundo. Y los mandos políticos, militares y religiosos en ningún lugar han sido capaces de responder al anhelo de los hombres de vivir en paz y en un ambiente de seguridad.

            En el ámbito interno, la cordialidad social y la paz son anhelos hondamente sentidos por las comunidades. La paz como forma de vida que resulta de la actitud de la gente, que nace del respeto a las minorías politicas, étnicas, culturales y religiosas. La paz que es el recurso económico más importante con que puede contar un pueblo. La paz que no es solamente el silencio de los cañones sino también la justicia económica, la equidad, el bienestar social, en suma: el respeto al derecho ajeno, como decía Benito Juárez (1806-1872) en la más lúcida definición de la paz. Sin embargo, en vez de ella encontramos la violencia institucionalizada por leyes y sistemas inicuos  —violencia de arriba—,  con su secuela de pobreza y opresión; y la violencia contestataria  —la violencia de abajo—  que combate la violencia con más violencia. Es decir, violencia de las formas de organización social imperantes y violencia como respuesta de quienes sufren injusticia: violencia reactiva, que llamó el psicoanalista Erich Fromm en sus esfuerzos por integrar el psicoanálisis a la política.

            La violencia muchas veces tiene motivaciones inconscientes que deben encontrarse en los afanes agresivos que anidan en el corazón del hombre, en su egoísmo  —y su egotismo—,  en la envidia, la venganza, su inclinación destructora, los complejos de inferioridad que conducen a la iracundia, los odios raciales, los fanatismos políticos y religiosos, los nacionalismos morbosos, la misantropía, el <maniqueísmo, la megalomanía. Cuando un hombre con estas aberraciones tiene poder rompe la paz e implanta la violencia en sus diversas manifestaciones modernas: la autocracia, la guerra, la represión política, los campos de concentración, los paredones de fusilamiento, el >terrorismo de Estado, la explotación económica, la intolerancia religiosa, la depredación del medio ambiente, el narcotráfico, las <guerras sucias.

            Esto es desconcertante. La necesidad de enemigos parece ser una demanda psicológica del hombre. No puede vivir sin enemigos. Los hombres y los Estados buscan superar los fracasos íntimos y las contradicciones internas por el arbitrio de crear enemigos externos. Con la desaparición del enemigo tradicional queda un espacio vacío en la vida individual y social que es preciso llenar. Hay que forjar, por tanto, nuevos enemigos, imaginar estrategias nuevas de lucha y construir armas nuevas. Vemos gigantes donde sólo hay molinos de viento, al estilo del Quijote. La vieja táctica de desviar la atención popular por el artificio de generar conflictos externos está siempre vigente. Y la vida de los pueblos no tiene remanso.

            La paz externa, como es lógico suponer, es un fruto multinacional: es el resultado de la amigable relación y de la concertación entre los Estados.

            Con la conclusión de la <guerra fría la humanidad empezó a respirar tranquila. Pensó que se abría un período histórico de distensión y de búsqueda de la paz. Pero los problemas no han terminado. Nuevos conflictos han sustituido a los anteriores y progresivamente se ha desvanecido la ilusión de que el fin de la guerra fría traería un período de paz y de prosperidad económica, que los presupuestos militares se se orientarían a financiar el desarrollo y que la armonía presidiría las relaciones entre los hombres y los pueblos. La realidad ha sido diferente. Nuevos conflictos y nuevas tensiones surgieron o se agudizaron en el Oriente Medio, Somalia, Sudáfrica, Corea, Bosnia, India, Sri Lanka, la Unión Soviética, Checoeslovaquia, Polonia, Haití, Chechenia, Liberia, Argelia, Ruanda, Burundi, Zaire, Kosovo, Afganistán, Irak, Egipto, Siria, Libia, Colombia, Venezuela, El Salvador, Honduras y otros lugares del mundo. Casi todos ellos fueron conflictos internos de carácter étnico o religioso. Parece que el hombre no está habituado a vivir en paz. Se aleja de un conflicto y busca otro. Han surgido sentimientos de >racismo, >xenofobia, trasnochados <nacionalismos y separatismos muy peligrosos, que creíamos superados por el tiempo y la civilización, en países europeos de alta cultura y avanzado desarrollo económico.

            La paz está hoy amenazada por peligros de diversa naturaleza: el narcotráfico, las bandas alzadas en armas, las mafias, la proliferación de armas nucleares en poder de Estados y de grupos privados, las nubes radiactivas, el terrorismo químico y biológico. Hay una serie de peligros no militares: la explosión demográfica, los movimientos migratorios, la pobreza, la injusticia social, el desempleo, los fanatismos étnicos, el fundamentalismo religioso, la depredación de la naturaleza, la vulneración del medio ambiente, los desórdenes del clima, el sida. Todos ellos son amenazas de dimensiones planetarias contra la paz y la seguridad de la humanidad, que se extienden por encima de las fronteras nacionales.

            En este orden de ideas, por iniciativa de Alemania, el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas aprobó el 29 de julio del 2011 una declaración en la que afirmaba que “el cambio climático constituye una verdadera amenaza para la paz y la seguridad internacional”. Y el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, indicó que se agudizaba la competencia entre comunidades y naciones por la creciente escasez de recursos naturales  —agua dulce, principalmente—,  lo cual genera nuevas amenazas para la paz y seguridad internacionales. Explicó que aumentan los llamados “refugiados ambientales”  —personas obligadas a abandonar sus hogares por causa del deterioro medioambiental—  al ritmo al que avanzan las zonas desérticas, se destruyen los bosques y sube el nivel de los océanos.

            Federico Mayor, cuando ejerció la función de Director General de la UNESCO y, después, en sus tareas como ciudadano del mundo, se empeñó en promover lo que él llama la cultura de la paz para educar a los pueblos en la ética, la tolerancia, el diálogo, la racionalidad, la libertad, la igualdad, la solidaridad, el pluralismo y el respeto a otras etnias, culturas, civilizaciones, religiones, opiniones políticas, orígenes nacionales. Este es el único camino eficaz en la perspectiva de futuro dado que los peligros que se propagan en el mundo no pueden combatirse con las armas tradicionales. Y nada pueden hacer los arsenales atómicos, ni los misiles intercontinentales, por poderosos que sean, para combatir los nuevos modos de >terrorismo: el nuclear, el químico o el biológico.

            La paz, entendida en su más amplia concepción y no sólo en la dimensión militar de la palabra, es todavía una conquista pendiente en el mundo.

            Atentos los horrores de la guerra y el cinismo de los traficantes de armas, el premio Nobel de la Paz se instituyó para honrar a personas o instituciones que hayan consagrado sus esfuerzos a la concordia, a la solidaridad humana y al desarme. Una comisión compuesta por cinco miembros del parlamento de Noruega es la encargada de dirimir en la competencia por este premio. El primero fue adjudicado en 1901 al suizo Jean Henri Dunant y al francés Frédéric Passy y, a lo largo de los años posteriores, a personalidades importantes del mundo, como el presidente norteamericano Woodrow Wilson en 1919 y el físico nuclear alemán Carl von Ossietzky en 1935; Martin Luther King Jr. en 1964 por su lucha en favor de los derechos civiles de los negros en los Estados Unidos; el líder socialdemócrata y canciller de Alemania Federal Willy Brandt, forjador de la >ostpolitik, en 1971; el Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger y el jefe de la misión de paz en Vietnam del Norte Le Duc Tho en 1973; Andrei Sakharov, disidente soviético y promotor de los derechos humanos, en 1975; el Presidente egipcio Anwar Al-Sadat y el Primer Ministro israelí Menachem Begin en 1978; la madre Teresa de Calcuta en 1979; Lech Walesa, líder del Sindicato Solidaridad de Polonia, en 1983; Dalai Lama, el conductor espiritual y político del Tíbet en el exilio, en 1989; el Presidente soviético Mijail Gorbachov, en 1990, por su aporte a la terminación de la guerra fría; los líderes negro y blanco de Sudáfrica, Nelson Mandela y Frederik de Klerk, en 1993, por la abolición del <apartheid; el Primer Ministro israelí Isaac Rabin, el Ministro de Relaciones Exteriores de Israel Shimon Peres y Yasser Arafat, jefe de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), en 1994, por los acuerdos de paz; los obispos católicos Carlos Belo y José Ramos Horta de Timor Oriental en 1996 por su lucha en favor de los derechos humanos; en 1999 a la organización denominada Médicos sin Fronteras en reconocimiento de su intensa acción humanitaria desplegada en el mundo; en el 2000 al Presidente de Corea del Sur Kim De Dzung por los esfuerzos para la paz y la unificación de la península coreana; a la Organización de las Naciones Unidas y a su Secretario General Kofi Annan, por “su trabajo para conseguir un mundo mejor organizado y más pacífico”, en el 2001; al ex Presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, por sus esfuerzos para encontrar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales, en el 2002; a la abogada musulmana iraní Shirin Ebadi, en el 2003, por la lucha en su país en favor de una interpretación del Corán compatible con los derechos humanos, especialmente con los derechos de las mujeres islámicas; en el 2004 a la política keniata Wangari Maathai  —la primera mujer africana en recibir el galardón—,  como reconocimiento de su “contribución al desarrollo sustentable, la democracia y la paz”; en el 2005 el premio fue compartido por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y su Director General, el diplomático egipcio Mohammed El Baradei; el banquero y economista de Bangladesh, Muhammad Yunus, fue el galardonado con el Premio Nobel de la Paz en el 2006 por su programa de microcréditos en favor de las personas pobres; el exvicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, y el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático compartieron el Premio Nobel de la Paz 2007: el primero, por su documental cinematográfico “Una Verdad Incómoda”, que contribuyó a formar conciencia sobre contingencia climática global, y, el segundo, por sus trabajos sobre el calentamiento del planeta. En el 2008 fue galardonado el expresidente de Finlandia, Martti Ahtisaari, por sus mediaciones en conflictos internacionales a lo largo de tres décadas en varios continentes para preservar la paz. En una polémica resolución, que tuvo ecos alrededor del mundo, el Comité Noruego confirió el Premio Nobel de la Paz 2009 al Presidente de Estados Unidos de América, Barack Obama, como reconocimiento a sus “esfuerzos extraordinarios para reforzar la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”, con especial énfasis en su visión y su trabajo por “un mundo sin armas nucleares”. En el año 2010 fue acreedor a este premio Liu Xiaobo  —profesor, escritor, crítico literario, pacifista y disidente político chino—,  que en ese momento cumplía una condena de once años de reclusión por haber firmado una carta en la que varios intelectuales pedían la apertura democrática de China. Pero el gobierno de Pekín no permitió que Xiaobo ni su mujer Liu Xia viajasen a Estocolmo a recibir el trofeo, de modo que en la solemne ceremonia efectuada el 10 de diciembre quedó su silla vacía. Estuvieron también ausentes los representantes diplomáticos de China, Rusia, Ucrania, Kazajistán, Túnez, Arabia Saudita, Pakistán, Irak, Irán, Vietnam, Afganistán, Venezuela, Egipto, Sudán, Cuba y Marruecos. Liu se enteró un año después que había sido galardonado con tan importante premio y falleció de su dolencia cancerígena el 13 de julio del 2017 en pleno cumplimiento de su pena de reclusión. En el 2011 compartieron el premio tres mujeres: Ellen Johnson-Sirleaf, Presidenta de Liberia  —la primera mujer africana elegida democráticamente—;  su compatriota Leymah Gbowee, defensora de los derechos de las mujeres; y la activista yemení de la primavera árabe Tawakkul Karman. La Unión Europea fue galardonada en el año 2012 con el Premio Nobel de la Paz en consideración a sus logros en “el avance de la paz y la reconciliación en Europa” tras la Segunda Guerra Mundial y en la consolidación del respeto a los derechos humanos en el este europeo después de la caída del <Muro de Berlín en 1989. El Premio Nobel de la Paz 2013 fue ganado por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ)  —organismo internacional que colabora con las Naciones Unidas en la eliminación de estas armas de destrucción masiva—,  en su vigésimo aniversario de fundación. Para el otorgamiento del premio la Academia sueca invocó "su extenso trabajo y amplios esfuerzos para eliminar las armas químicas". El Premio Nobel de la Paz 2014 fue adjudicado a la adolescente activista paquistaní Malala Yousafzai  —residente en el Reino Unido desde que sufrió un ataque a tiros por un grupo terrorista talibán—  y al hindú Kailash Satyarthi, "por su lucha contra la opresión de los niños y los jóvenes y por el derecho de todos los niños a recibir educación", según expresó el Comité noruego. Ganó en el 2015 este alto trofeo el Cuarteto para el Diálogo Nacional de Túnez por su labor en la construcción de una "democracia plural" en ese país africano, según manifestó el fallo. El Cuarteto estuvo integrado por la Unión General Tunecina de Trabajo, la Confederación de Industria, Comercio y Artesanía, la Liga de Derechos Humanos y la Orden Tunecina de Abogados. El Comité Noruego explicó que la concesión del premio se debió a “su contribución decisiva para la construcción de una democracia plural en Túnez a raíz de la Revolución del Jazmín en 2011”, en un momento “en que el país estaba al borde de la guerra civil” ante las terribles fricciones religiosas y políticas. Entre 376 candidatos, el Premio Nobel recayó en el 2016 sobre Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia, en mérito a su constante y empecinado trabajo por alcanzar el “acuerdo de paz histórico firmado por la guerrilla marxista de las FARC”, que se suscribió en La Habana el 26 de septiembre del 2016, aunque fue desaprobado después por los ciudadanos colombianos en el plebiscito celebrado el domingo 2 de octubre del mismo año, en que el voto “no” obtuvo el 50,2% de la votación contra el 49,7% del “sí”. El Presidente del Comité Nobel noruego, Kaci Kullmann Five, al anunciar la decisión, declaró: “Esperamos que esto aliente a todas las buenas iniciativas y a todos los actores que podrían tener un papel decisivo en el proceso de paz y aportará finalmente la paz a Colombia después de décadas de guerra”.

            Y el proceso de búsqueda de la paz siguió adelante y concluyó el 27 de junio del 2017 con un acto solemne realizado en Mesetas  —zona situada en el departamento del Meta, que fue el bastión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia—,  en el que los líderes guerrilleros completaron la entrega a las Naciones Unidas de un total de 7.132 unidades de armamento: fusiles FAL, carabinas Ruger, metralletas AK-47, ametralladoras, carabinas, pistolas, cohetes antitanques, bazucas, morteros, misiles tierra-aire, lanzagranadas, explosivos y demás artefactos y proyectiles de guerra.
                En el acto participaron, junto con los representantes del gobierno y de la guerrilla, Jean Arnault, en nombre de la misión de las Naciones Unidas, y personeros de los gobiernos de Cuba y Noruega, como garantes del acuerdo de paz.
                El presidente Juan Manuel Santos expresó en su discurso: "Los colombianos y el mundo entero saben que nuestra paz es real y es irreversible (...) Es el fin de esta guerra absurda". Y Timochenko dijo enfáticamente: "No le fallamos a Colombia, hoy dejamos las armas". Y agregó: "Este día no termina la existencia de las FARC, en realidad a lo que ponemos fin es a nuestro alzamiento armado de 53 años pues seguiremos existiendo como un movimiento de carácter legal y democrático que desarrollará su accionar ideológico, político, organizativo y propagandístico por vías exclusivamente legales, sin armas y pacíficamente".
                Las mayores ciudades colombianas  —Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Cartagena—  debieron asumir la difícil responsabilidad de acoger a los excombatientes en su retorno a la vida civil. Cosa nada fácil en tratándose de personas que estuvieron tan largo tiempo al margen de la ley. Muchos de ellos, incluso, al buscar trabajo, tuvieron dificultades en la inserción en la sociedad pues les tocó convivir con sus antiguos enemigos y con las víctimas de su violencia. Y a la desconfiada sociedad colombiana  —con cerca de 50 millones de habitantes en ese momento—  le tomó un buen tiempo ambientarse en el nuevo clima del proceso de paz.

            El International Peace Bureau, fundado en Berna en 1891, galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1910  —que se convirtió después en una red global de hacedores de paz alrededor del mundo con más de 320 organizaciones en setenta países—  ha trabajado incansablemente en favor de la paz, el desarme, el desarrollo sostenible, el diálogo, el entendimiento, la cooperación, la justicia, la concertación, la unión, la conciliación para crear en el mundo un clima de paz. En un documento dirigido en septiembre del 2010 al International Peace Bureau, Federico Mayor  —en su admirable consagración a la causa de la cultura de paz—  expresó que “se invierten más de 4 mil millones de dólares diarios en gastos militares y de armamento mientras que más de 60.000 personas mueren de hambre y extrema pobreza”.

            El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) informó en septiembre del 2011 que Latinoamérica era la región más violenta del mundo, con un promedio de 23 asesinatos anuales por cada 100.000 habitantes. El director regional del organismo internacional precisó que aunque Latinoamérica tenía el 9% de la población mundial sumaba el 27 por ciento de los homicidios a escala global. Y, dentro de la región, consideró que El Salvador y Guatemala eran los países más violentos con 71 y 52 homicidios anuales por cada 100.000 personas, respectivamente.

            El Institute for Economics and Peace (IEP), con sede en Sydney y en Nueva York, en colaboración con el Centre for Peace and Conflict Studies de la Universidad de Sydney y con la Economist Intelligence Unit, elabora anualmente el Índice Global de Paz (IGP)  —Global Peace Index—,  que mide el grado de tranquilidad, armonía y concordia social que existe en los países. Lo hace en función de varios elementos referenciales de naturaleza cuantitativa y cualitativa, entre ellos: procesos económicos, número de pobres, homicidios por cada cien mil habitantes, nivel de estabilidad política y tolerancia social, grado de corrupción, relaciones con los países vecinos, guerras internas y externas, nivel de respeto a los derechos humanos, número de personas encarceladas, gastos en armamento y equipo militar, volumen de las fuerzas militares y policiales y otros indicadores.

            En su versión correspondiente al año 2014, tras estudiar 162 países del mundo, estableció el orden de ellos en función de la paz. Los primeros quince fueron: Islandia con 1.189 puntos, Dinamarca con 1.193, Austria 1.200, Nueva Zelandia 1.236, Suiza 1.258, Finlandia 1.297, Canadá 1.306, Japón 1.316, Bélgica 1.354, Noruega 1.371, República Checa 1.381, Suecia 1.381, Irlanda 1.384, Eslovenia 1.398 y Australia 1.414. Europa occidental volvió ser la región más pacífica del mundo con nueve países entre los quince primeros. Señaló que los quince más violentos eran, en orden descendente: Siria, Afganistán, Sudán del Sur, Irak, Somalia, Sudán, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Pakistán, Corea del Norte, Rusia, Nigeria, Colombia, Israel y Zimbabue.

            Según este índice, en América Latina y el Caribe los países más pacíficos eran: Uruguay, Chile, Costa Rica, Argentina, Panamá, Nicaragua,  Bolivia, Paraguay, Cuba y Guyana. Y los más violentos: Colombia, México, Venezuela, Perú, Honduras, El Salvador, Guatemala, Jamaica, Haití y República Dominicana.

            El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), en su informe de diciembre del 2012, afirmó que Venezuela  —bajo el gobierno del teniente coronel Hugo Chávez—  fue el país más violento e inseguro de América Latina y el Caribe durante ese año, en que se produjeron 21.692 homicidios, lo cual significó un índice de 73 por cada cien mil habitantes. Y el distrito federal de Caracas, con 122 asesinatos por cada cien mil pobladores, fue el más violento de Venezuela, seguido por los estados de Miranda con 100 homicidios, Aragua 92, Vargas 83 y Carabobo 66. Pero las cosas se agravaron notablemente durante el gobierno siguiente, que asumió el poder a la muerte de Chávez el 5 de marzo del 2013. El abogado criminalista venezolano Fermín Mármol León comentó al respecto que tener una tasa de homicidios tan alta "es alarmante porque el estándar internacional dice que un país que tiene control ciudadano y paz social su tasa no debe ser más de 9 homicidios por cada 100.000 habitantes. Pero Venezuela superó incluso la tasa de 35, que es propia de los países que tienen agudos problemas de seguridad y conflictos armados, donde los homicidios son considerados un problema de salud pública"  

            El IEP sostuvo que el potencial beneficio económico de un mundo totalmente pacífico sería de 9 trillones de dólares anuales y que una baja anual del 25% en los niveles de violencia política y terrorismo mundiales sumaría al menos 2,25 trillones de dólares. Estos podrían ser los dividendos anuales de la paz.  

 
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