papado

            Es el sistema de gobierno de la Iglesia Católica, cuya máxima autoridad es el Pontífice de Roma, quien ejerce el poder espiritual y temporal sobre los seguidores de esta religión.

            Los católicos sostienen que fue Cristo quien instituyó el papado cuando declaró a Pedro “piedra fundamental de su Iglesia” y, según Mateo (XVI, 18 y 19), le expresó: “Y yo te digo que tú eres Pedro y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas o poder del infierno no prevalecerán contra ella”. “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos. Y todo lo que atares sobre la Tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la Tierra, será también desatado en los cielos”.

            La palabra papa proviene del latin papas, y ésta de una voz griega que significa “padre”, frecuentemente usada en Oriente como signo de respeto.

            El papa ostenta los siguientes títulos: obispo de Roma, vicario de Cristo, sucesor del príncipe de los apóstoles, sumo pontífice de la iglesia universal, patriarca de Occidente, primado de la Iglesia, primado de Italia, arzobispo metropolitano de la provincia romana, soberano de la Ciudad del >Vaticano y siervo de los siervos de dios. Sin embargo, a comienzos del 2006 el papa Benedicto XVI renunció al tílulo de “patriarca de Occidente”.

            El papa ejerce el mando supremo de la Iglesia con todas las potestades apostólicas, políticas, legislativas, judiciales y coercitivas. El Concilio  Vaticano I  —reunido de diciembre de 1860 hasta julio de 1870—  definió que el romano pontífice tiene “la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las cosas que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las que respectan a la disciplina y al régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe”.

            Cuando el papa, en ejercicio de su autoridad suprema, propone a los fieles una verdad de fe o declara una regla de moral, es infalible. Esto lo aprobó, como dogma de fe, el Concilio Vaticano I al proclamar la infalibilidad del papa. En consecuencia, éste no puede equivocarse cuando habla ex cathedra, o sea cuando se refiere a cuestiones de dogma y moral cristianos, cuando se dirige a la Iglesia universal o cuando habla en su calidad de maestro supremo del catolicismo.

           Así lo proclamó el Concilio Vaticano I: “el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de la suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres”.

            De esto se desprende que el papa no es infalible, en cambio, cuando trata de ciencias o temas no referidos a la fe, o cuando se dirige a personas o iglesias en particular, o cuando habla como persona privada o jefe de alguna congregación romana, aunque aun en estos casos su palabra es muy respetada por los católicos.

            Los católicos argumentan que la infalibilidad del papa proviene de las escrituras, pero en realidad en ellas no hay referencia concreta a tal infalibilidad. Y resulta un tanto forzado sostener que ella nace de las palabras dirigidas por Cristo a Pedro  —recogidas por Mateo en su evangelio, sobre las ataduras en la Tierra válidas en el cielo—,  de modo que la infalibilidad proviene, más bien, de una decisión del Concilio, fundada en la creencia de que el Espíritu Santo asiste a los pontífices romanos “porque el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro”.

            De acuerdo con los registros oficiales del Vaticano, en la historia de la Iglesia ha habido 266 papas, desde san Pedro hasta Francisco I.

            Según la tradición católica, el pescador del Mar de Galilea y después apóstol y mártir del catolicismo, san Pedro, fue el primer papa y el primer obispo de Roma. Esto, sin embargo, es discutible. San Pedro nunca se creyó papa y tuvieron que pasar varios siglos para que el papado, que fue una creación de los hombres, surgiera en el curso de la vida de la Iglesia Católica. Y muchos más para que el papa tuviera una autoridad infalible en materia de la fe.

            La vida de la Iglesia y el poder de sus óganos se ordenaron poco a poco. De la clandestinidad originaria pasó a la visibilidad y a la tolerancia y de allí a la hegemonía en cuestión de pocos siglos. Los primeros cristianos sufrieron en el Imperio Romano la más despiadada persecución por dos siglos y medio  —desde el año 64 al 313—  bajo los gobiernos de Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Maximino el Tracio, Decio, Valerio, Aureliano y Diocleciano. Pero con el advenimiento del emperador Constantino, en el siglo IV, el cristianismo se vio libre de coerciones y bajo Teodosio se convirtió en la religión oficial del Imperio. De ahí en adelante se cambiaron los papeles. De perseguido se convirtió en persecutor de todos aquellos que no profesaban sus ideas. El Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, entregó a los cristianos tres grandes misiones: combatir las herejías, convertir a los infieles y difundir las luces de la civilización. Misiones que fueron cumplidas con despiadada severidad contra los “paganos” y más tarde contra los “herejes”.

            A partir de ese momento el poder pontificio se expandió progresivamente. En el año 754 el papa se convirtió en soberano temporal al serle entregada una parte de la Italia central por el rey de los francos. Y entonces advino un turbulento período de la vida eclesiástica en que las relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica fueron muy borrascosas, ya porque los gobernantes pretendieron utilizar a la religión y al clero como instrumentos de su dominación política  —el cesaropapismo—  o ya porque el clero desarrolló incoercibles apetitos de poder temporal  —clericalismo—  para someter a su control todas las fases de la vida social.

            Lo cierto es que se produjeron muchos y muy lamentables episodios turbulentos en esas relaciones. Carlomagno, a comienzos del siglo IX, se proclamó emperador elegido directamente por dios, sin necesidad de la aprobación del papa, y desafió el poder de la Iglesia. Nombró sus propios obispos y exigió a los fieles la obediencia al emperador por encima de la autoridad pontificia. A este movimiento se llamó césaropapismo. Más tarde, el ascenso al trono papal de Gregorio VII en 1073 llevó las cosas al otro extremo. Prohibió las investiduras laicas de los obispos y reclamó para la Iglesia la obediencia política de los fieles. Pero no tardó en recibir la arremetida del emperador Enrique IV que pretendió la deposición del jefe de la Iglesia. Éste excomulgó al emperador. Se planteó entonces la cuestión de las investiduras, que fue la lucha por el mando político entre el imperio y el papado.

            No obstante el cisma de Oriente, que separó a las iglesias latina y griega, con Inocencio III (1161-1216) la dominación política del papado llegó a su mayor esplendor. Aparte de su soberanía espiritual sobre toda la cristiandad, puso y quitó reyes, les reprendió por sus pecados, reprimió las herejías, fue jefe de los ejércitos de la Iglesia y gobernó los “estados pontificios” como monarca absoluto.

            Pero a fines del siglo XIV y principios del XV, la cristiandad presenció el espectáculo del cisma de Occidente durante el cual hubo dos y hasta tres papas que se disputaban la legítima sucesión de san Pedro. Un siglo después vino la >reforma protestante encabezada por los teólogos Lutero, Melanchthom, Calvino, Zwinglio, Oecolampadius, Bucero, Farel y otros en contra de la jerarquía católica de Roma; luego la contrarreforma, que fue el nombre que recibió el movimiento de la Iglesia para restaurar su perdido prestigio y detener los avances del protestantismo en Europa. Ella se inició con el Concilio de Trento en 1545 y duró aproximadamente cien años. Fue un intento de corregir los abusos y corrupciones que tanto socavaron el prestigio de la Iglesia. La orden de la Compañía de Jesús, creada en esa época, fue el instrumento fundamental de la contrarreforma.

            Los siniestros tribunales de la <Inquisición se establecieron en muchas ciudades europeas para castigar a los herejes. Esos tribunales desplegaron un trabajo tan intenso como fanático en la persecución de los llamados “delitos contra la fe”, que eran principalmente la herejía, la superstición y la apostasía. Ríos de sangre corrieron por esta causa. Paulo III mandó formar el famoso índice de los libros prohibidos en 1542.

            Con todo esto se enturbiaron aun más las relaciones entre la autoridad política y la autoridad eclesiástica.

            Las ambiciones de poder de la Iglesia no cesaron y durante mucho tiempo fueron causa de perturbación en la vida política europea. Largamente prevaleció la vieja teoría de “las dos espadas” que, expuesta por el papa Gelasio I en el año 494, fue confirmada más tarde por Bonifacio VIII, en la bula Unam Sanctam de principios del siglo XIV, con el mandato de que “en esta Iglesia y en su poder existen dos espadas: una espiritual y otra temporal”, y que ambas están “en poder de la Iglesia; una debe ser empuñada por la Iglesia, la otra desde la Iglesia; la primera por el clero, la segunda por la mano de reyes y caballeros, pero según la dirección y condescendencia del clero, porque es necesario que una espada dependa de la otra y que la autoridad temporal se someta a la espiritual”.

            A lo largo de los siglos el tamaño de los territorios pontificales varió de acuerdo con los tiempos y las circunstancias. Hubo papas que pretendieron la soberanía universal y enviaron a sus ejércitos a conquistarla, y otros que se vieron reducidos en sus ambiciones por la fuerza de los batallones de los emperadores, los reyes y los príncipes.

            A mediados del siglo VIII los dominios temporales del papa se extendían al Ducado de Roma, que abarcaba desde las orillas del Tíber hasta Terracina y desde el mar hasta cerca de los Apeninos, entre los ducados de Ferrara, Espoleto y Benevento. Estos territorios después se ampliaron por el éxito de las conquistas militares del papado. Así nacieron los estados pontificios, llamados también estados pontificales o estados de la Iglesia, que eran el conjunto de territorios que, como patrimonio de ella, estaban sometidos al poder temporal del papa y eran gobernados monárquicamente.

            Con el colapso del ancien régime y el naufragio de las tesis del “altar y el trono”, la Revolución Francesa llevó al papado a profundas humillaciones. Pío VI murió en 1799 como prisionero de los franceses y Napoléon decretó que no se eligiera su sucesor.

            Una ola de anticlericalismo recorrió Europa.

            Sin embargo, en medio de vicisitudes y dramáticos acontecimientos el poder político de la Iglesia se extendió temporalmente hasta 1870 en que, bajo el papado de Pío IX y en el curso de la unificación italiana, se suprimieron los llamados <estados pontificios, que fueron el sustento del poder temporal de los papas, y las tropas italianas tomaron por asalto la ciudad de Roma.

            El 20 de septiembre de 1870, en el curso del proceso de unificación de Italia, las tropas de este país ocuparon militarmente los estados pontificios, los anexaron a su territorio y redujeron los dominios territoriales del papa a una pequeña parcela enclavada en la ciudad de Roma.

            El pontífice perdió su poder temporal. No fue ya dueño ni soberano de territorio alguno. El gobierno italiano dictó la llamada ley de garantías que permitía al pontífice desempeñar su misión espiritual, como jefe de la cristiandad, y le confería inmunidades y privilegios propios de un soberano en territorio extranjero.

            Al perder su poder temporal, el papa se declaró “prisionero voluntario” del gobierno italiano en el Palacio del Vaticano.

            Así permaneció hasta el 11 de febrero de 1929, en que para congraciarse con el papa y poner término al período de hostilidad que se abrió desde 1870 entre el poder político de Italia y el papado, el jefe del gobierno fascista italiano, Benito Mussolini, suscribió con la Santa Sede los llamados pactos de Letrán, en los que el gobernante fascista hizo dos concesiones al papado: le reconoció la calidad de “Estado”, a pesar de que no reunía los elementos fundamentales para serlo, y sometió las relaciones de Italia con el Vaticano a un <concordato.

            A partir de ese momento, gracias al catolicismo de muchísimos gobernantes del mundo, se generalizó la ficción de considerar a la Ciudad del Vaticano como un Estado y de establecer con él relaciones diplomáticas.

            Se impuso la tendencia, al margen de los principios de la Ciencia Política, de considerar al Vaticano como un Estado y al papado como un gobierno soberano, que tiene un jefe de Estado que es el papa, un secretario de Estado, varios ministros, funcionarios y embajadores.

            Muchos gobiernos del mundo acreditan sus representantes plenipotenciarios ante la Santa Sede, abren relaciones diplomáticas con ella y le reconocen la condición de Estado.

 
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