Opus Dei

            La expresión se ha formado por las voces latinas opus, que significa “obra”, y dei, “dios”. Es el nombre que adoptó la asociación de fieles católicos de escala internacional fundada en Madrid el 2 de octubre de 1928 por monseñor José María Escrivá de Balaguer y Albás (1902-1975). Recibió el decretum laudis de la Santa Sede el 24 de febrero de 1947 y la aprobación definitiva el 16 de junio de 1950. La organización  —que agrupa a sacerdotes seculares y a laicos—  tiene dos secciones independientes entre sí: la de varones y la de mujeres, cada una con su propio régimen y apostolado, solamente unidas en la persona del presidente general. Todos y cada uno de sus miembros contraen la obligación de ejercer labores de apostolado dentro de sus respectivos grupos de influencia, a través actividades de educación, promoción social, beneficencia, trabajo comunitario y labores análogas.

            “El objetivo único del Opus Dei  —dijo su fundador—  ha sido siempre este: contribuir a que haya en medio del mundo, de las realidades y afanes seculares, hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario”.

            Sus miembros se clasifican en numerarios, oblatos, supernumerarios y cooperadores, con arreglo a un esquema muy rígido de jerarquización. Los socios numerarios son los oficiales que forman el estado mayor del Opus Dei. Los socios oblatos son los suboficiales. Los socios supernumerarios y cooperadores son la tropa y los cuerpos auxiliares.

            Dentro de su concepción elitista, el Opus Dei escoge y sitúa a las personas en el primer grado jerárquico  —el de los numerarios—,  tanto en la rama masculina como femenina, si reúnen ciertos requisitos.

            En lo que a las mujeres se refiere, deben ser solteras, de aspecto físico irreprochable, de alta clase social, que hayan cursado estudios superiores, dotadas de bienes de fortuna y con relaciones sociales excepcionales. Las demás están predestinadas a los estratos inferiores de la organización.

            Los miembros numerarios y oblatos no pueden contraer matrimonio. El matrimonio es para los supernumerarios y los cooperadores, llamados a tener hijos, muchos hijos. Escrivá habla de ello en la máxima 28 de su libro “Camino”. Dice que “el matrimonio es para la clase de tropa y no para el Estado Mayor de Cristo. Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia sólo para la especie, pudiendo desentenderse las personas singulares. ¿Ansia de hijos? Hijos, muchos hijos, y un rastro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne”.

            El Opus Dei ha fundado universidades, casas de retiro, centros culturales, escuelas-hogar, escuelas de artes y oficios y diversas otras instituciones en Europa, Estados Unidos, América Latina, Asia y África. Ha penetrado especialmente en las altas clases y capas sociales, en donde generalmente están las familias, los grupos y las personas política y económicamente influyentes. Por este medio ha logrado no solamente acumular una gran cantidad de riqueza sino además ejercer una enorme influencia en las decisiones políticas de muchos países.  Dejó ver su influjo en las cumbres de la población y de la mujer reunidas en septiembre de 1994 en El Cairo y en septiembre de 1995 en Pekín, en las que pudo instrumentar a los representantes de algunos gobiernos latinoamericanos muy conservadores para oponerse a resoluciones progresistas en materia de políticas de población y de capacitación sexual de la mujer.

            A pesar de que la organización se ha movido en el mundo del saber, del poder y del tener, en la página web que ella mantiene en internet sostiene que “cada fiel del Opus Dei, al igual que cualquier cristiano, forma su propio juicio con absoluta libertad e independencia, adoptando el punto de vista que le parezca mejor en las materias en las que la Iglesia no haya defendido una postura. El Opus Dei no puede inmiscuirse nunca, y de hecho nunca lo hace. Su fin es exclusivamente espiritual y apostólico”. Por tanto, “el Opus Dei no es ni de derechas ni de izquierdas, porque cada fiel del Opus Dei decide su propia postura en esos asuntos: entre la gente del Opus Dei se encuentra gran diversidad de opiniones en temas políticos”.

            La táctica del Opus Dei es penetrar en los lugares claves del gobierno y de la sociedad, en su afán de lograr influencia política y poder económico. Empieza por controlar la enseñanza y dirigir la cultura. Para alcanzar sus objetivos se interna en las áreas educativas públicas y privadas. Trata de colocar a sus agentes en los ministerios de educación. Funda universidades, colegios y escuelas. Regenta residencias estudiantiles, casas de retiros, centros de formación, dispensarios médicos, escuelas de hogar y cultura, entidades culturales y centros obreros en todos los continentes para adelantar labores corporativas de apostolado. Se inserta en editoriales. Hay empresas de artes gráficas totalmente controladas por militantes de la organización. Se infiltra en los medios de comunicación social. Imprime revistas y órganos de prensa diaria. Asume influencia en la radio y la televisión.

            Coloca gente suya en los sectores bancario y financiero, en empresas de la construcción, invierte en compañías inmobiliarias y de seguros. Sus miembros aparecen imperceptiblemente en los directorios de toda clase de compañías.

            Existen evidencias de la subrepticia colaboración de miembros del Opus Dei con la sanguinaria dictadura del general Augusto Pinochet en Chile e, incluso, de su participación en faenas de represión contra sus opositores izquierdistas. Hay quienes afirman que algunos miembros de la congregación trabajaron con los escuadrones de la muerte del gobierno. El profesor Brian Smith del Massachusetts lnstitute of Technology (MIT), en su libro “The Church and Politics in Chile” (1982), considera que miembros del Opus estuvieron entre los primeros actores del brutal régimen militar de Pinochet.

            Por su secretismo y por sus labores encubiertas tiene algo de logia. El escritor Jesús Ynfante, en su libro “Opus Dei”, lo llamó “santa mafia”. Por eso la organización ha sido vista con desconfianza incluso dentro de los mismos círculos de la Iglesia Católica, aunque el papa Juan Pablo II ha dejado ver sus simpatías por ella. En 1982 erigió al Opus Dei en prelatura personal, regida por el Derecho Canónico y estatutos propios, y el 17 de mayo de 1992 beatificó a su fundador, Escrivá de Balaguer, en la Plaza de San Pedro.

            Después de un proceso de santificación que se inició en 1981  —y que fue uno de los más rápidamente tramitados por el Vaticano—  Escrivá de Balaguer fue canonizado por el pontífice romano el 6 de octubre del 2002 en la Plaza de San Pedro ante trescientos mil peregrinos procedentes de ochenta y cuatro países, entre los que estuvieron Ana Palacio, ministra española de Asuntos Exteriores; Gianfranco Fini, vicepresidente del Consejo de Ministros de Italia; el expresidente polaco Lech Walesa y el expresidente de Italia Giulio Andreotti. En su homilía dijo el papa que “el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado”.

            Escrivá fue el santo número 464 promovido por el papa Juan Pablo II, quien durante sus casi 27 años de pontificado elevó a los altares a más personas que todos sus predecesores juntos de los últimos cuatro siglos. Consagró 482 nuevos santos y puso a 1.338 nuevos beatos en espera de su canonización.

            En el ascenso de Escrivá tuvo mucho que ver, según la asamblea plenaria de la Congregación para la Causa de los Santos, el milagro atribuido a su intercesión de la pronta recuperación del médico español Manuel Nevada, quien sufría de un cáncer a la piel. En su testimonio el enfermo manifestó que en noviembre de 1992 invocó al beato y que empezó a curarse de su dolencia. Sin embargo, la canonización del fundador del Opus Dei no estuvo exenta de cuestionamientos. Una delegación de cardenales manifestó a Juan Pablo II su oposición a ella “por motivos de credibilidad” y el tema se discutió mucho en el seno de la curia y del colegio cardenalicio.

            Como referencias pueden citarse el caso del padre Damián, quien murió leproso en 1889 después de una vida consagrada a cuidar a los enfermos de lepra, cuya beatificación demoró noventa y cinco años y aún no ha culminado el trámite de su santificación; y el de Ignacio de Loyola, quien subió a los altares setenta años después de su muerte. Muchos piensan que en la santificación de Escrivá  —que, en total, tomó 29 años: 17 la canonización y 12 la santificación—  se alteraron muchos procedimientos, lo cual suscitó cuestionamientos incluso dentro de la misma Iglesia Católica. La nómina de la mayoría de los “favores” y “milagros” atribuidos al santo Escrivá merecieron poca credibilidad.

            El escritor norteamericano Dan Brown, en su controvertida novela "El Código Da Vinci" (2003)  —traducida a veinte idiomas y que fue un best-seller por treinta y siete semanas en los Estados Unidos y en otros países—  sostiene que la prelatura católica logró la meteórica canonización de su fundador, Josemaría Escrivá, luego de inyectar casi mil millones de dólares al Banco Vaticano. Afirma Brown que “el Papa colocó al fundador del Opus Dei en el fast track de la santidad, acelerando un período de espera que regularmente toma 100 años para la canonización, a escasos 20 años”. Pero Brian Finnerty, portavoz del Opus Dei en los Estados Unidos, respondió que “eso no tiene ningún sentido’’, ya que “la canonización se logró gracias a la petición de más de mil obispos de todo el mundo”. Otros voceros de la prelatura agregaron que el proceso fue rápido gracias a la modernización de las normas que rigen la canonización, que ha acelerado los procesos en los últimos quince años.

            Afirma el escritor alemán Paul H. Koch, en su libro “Illuminati” (2004), que el “milagro” determinante para la veloz santificación de Escrivá fue el desembolso económico hecho por el Opus Dei para evitar el colapso del Banco Vaticano a raíz de la situación creada a principios de los años 80 del siglo XX por el hundimiento del Banco Ambrosiano  —fundado en Milán en 1896 por monseñor Giuseppe Tovini—  en medio de los peores escándalos de blanqueo de dinero sucio y corrupción que envolvieron a personajes del gobierno italiano y a la propia institución financiera del Vaticano, dado que ésta era por esos años uno de los importantes destinos del dinero sucio de la mafia italiana. El escándalo amenazaba toda la estructura financiera de la Iglesia. En tales circunstancias, a cambio del saneamiento del Banco Vaticano  —quid pro quo—  Juan Pablo II concedió al Opus Dei el estatuto especial de Prelatura Personal del papa, promovió el “desembarco” en la administración vaticana de una legión de miembros del Opus Dei que coparon los puestos decisorios y se comprometió a impulsar la rápida elevación a los altares de su fundador.

            Sin embargo, en medio de la oscura maraña de sus maquinaciones, algunas cosas han quedado claras en este movimiento religioso. La primera es su elitismo, es decir, su permanente tendencia a reclutar personas de “buena familia” e inteligentes, que tengan dinero o puedan conseguirlo, que sean bien relacionadas y que estén altamente situadas en el escalafón social. Un desertor de esta organización que se atrevió a abandonar “la Obra” después de conocerla por dentro y de haber sido uno de sus numerarios, la describió en un periódico ecuatoriano como “una secta oscura y absolutamente poderosa que lava cerebros, mueve influencias y vacía bolsillos”. La segunda cosa clara es su apretada disciplina y el acusado sentido de obediencia que tienen sus miembros. Esto le ha permitido alcanzar muchas de sus metas dentro y fuera de la Iglesia. Su influencia sobre el papa Juan Pablo II está al margen de toda duda. Ha logrado que el pontífice, en medio de la sorda lucha ideológica que se libra internamente, margine a un importante sector progresista de la Iglesia al que considera demasiado liberal y no lo suficientemente dócil a su liderazgo. Alcanzó del Pontífice un favor extraordinario, que fue la elevación de Opus Dei a la categoría de “prelatura personal”, cuyo principal representante o prelado responde directamente al Vaticano. La tercera cosa clara es que el “voto de pobreza” que hacen sus neófitos va acompañado del renunciamiento de bienes y herencias y de la “donación” de ellos a la organización. La cuarta cosa muy clara es que ella pugna ferozmente por mantenerse cerca del poder político. Quiere tener presidentes y ministros bajo su control y ser siempre, en donde le permiten serlo, el poder tras el trono. Esta es otra de sus características. Para eso ayuda a que sus miembros escalen posiciones en la propia Iglesia. Desea tener muchos cardenales y obispos. Y someter a la Iglesia a sus influencias conservadoras.

            El fundador del Opus Dei fue un personaje equívoco y contradictorio. Se creía enviado de dios y por eso solía invocar “la misión que Dios le había confiado” y la inspiración divina que había recibido. No obstante pertenecer a una familia de clase media (su padre manejaba un pequeño establecimiento comercial en Barbastro, pequeño pueblo de la provincia de Huesca, que quebró en 1915) le vinieron pujos nobiliarios y, según registra el Boletín Oficial del Estado español publicado el 25 de enero de 1968, solicitó al Ministerio de Justicia la rehabilitación del título de marqués de Peralta, que le fue concedido seis meses más tarde. El monseñor se hizo también marqués. Supo conjugar su humildad cristiana con su arrogancia nobiliaria. Cambió su nombre José María por Josemaría y, en sus devaneos aristocratizantes, modificó su apellido Escriba por Escrivá y añadió “de Balaguer”, como corresponde a un buen marqués.

            Hasta ese momento el registro civil lo tenía simplemente como José María Escriba Albás.

            Fue sin duda un hombre inteligente y culto, con una alta dosis de simpatía personal. Se comunicaba muy bien con sus diversos auditorios. Sabía cómo dirigirse a cada uno de ellos. Profundo conocedor del espíritu humano, fue un hábil manipulador de la imaginación, los sentimientos y las emociones de sus feligreses. Acudía más a la emoción que a la reflexión de ellos. Tenía un gran dominio del escenario, no estaba desprovisto de un cierto sentido histriónico, utilizaba muy bien las imágenes y manejaba una retórica efectista, con ciertos rasgos teatrales y hasta demagógicos.

          Escribió varias pequeñas obras, entre ellas “Camino” (1934), en un estilo revesado, de clara inspiración en Ignacio de Loyola, que fue el libro básico para los miembros de su organización. Contiene 999 sentencias o máximas de todo orden. Máximas morales y religiosas que deben guiar la obra de Dios. Es un libro insulso, mediocre y repetitivo, lleno de retórica insustancial, escrito con la intención de convertirlo en el manual del perfecto católico.

            El dogmatismo e intransigencia del movimiento se revelan en la máxima 25, que dice: “No discutáis. De la discusión no suele salir la luz, porque la apaga el apasionamiento”. Su sentido elitista de la vida social se refleja en la máxima 650: “Hay mucha gente  —santa—  que no entiende tu camino. No te empeñes en hacerlo comprender: perderás el tiempo y darás lugar a indiscreciones”. La orientación militarista y fascista de la organización se sostiene en la máxima que afirma que “la vida del hombre sobre la Tierra es milicia” pero que “todavía hay comodones que no se han enterado” de eso. En su máxima 311 afirma que “la guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas”. En otra de sus sentencias, de ribetes cínicos, señala que “el plano de la santidad que nos pide el Señor está determinado por estos tres puntos: la santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza”. Con sólo añadir “santa” a cualquier aberración humana el asunto está resuelto. Son partes de la “santa eficacia” y del “santo oportunismo” del Opus Dei.

            Escrivá se empeñó en fomentar la idea de que el sacerdote es el poseedor de la verdad y la moral y, por tanto, promovió el respeto y la veneración ciegos hacia él. Afirmó que “amar a Dios y no venerar al Sacerdote no es posible” (74), puesto que “el sacerdote  —quien sea—  es siempre otro Cristo” (66).

            Sorprende en “Camino” el uso repetitivo y permanente de expresiones denigrantes contra el ser humano: “sucio”, “cobarde”, “inútil”, “bestia”, “despreciable”, “basura”, “mujerzuela”, “egoísta”, “niñoide”, “cuco”, “soplón”, “miserable”, “indigno”, “pelele”, “falsario”, “pagano”, “cruel”, “bajo”, “inicuo”, “podrido”, “vago”, “pervertido”, “maldito”, “carroña”, “inmundo”, “sacrílego”, “mediocre”, “oliscón”, “chabacano”, “perro faldero”, “calculador”, “falsario”, “ridículo”, “necio”, “pícaro”, “torpe” y muchos otros adjetivos misantrópicos. En el capítulo “Humildad” (589 a 613), por ejemplo, usa expresiones vergonzantes para las personas: “depósito de basura” o “cacharro de los desperdicios”, que deberían estar “de continuo con la boca en tierra, en postración, como un gusano sucio, feo y despreciable” (597).

            Sus conceptos sobre el amor, la sexualidad, la mujer y el matrimonio son verdaderamente aberrantes. La sensualidad y la “carne” le son aborrecibles. Sentenció que el cuerpo del hombre es su enemigo (227) y que tiene “goces, placeres sensuales, satisfacción de apetitos..., como una bestia, como un mulo, como un cerdo, como un gallo, como un toro...” (677).

            Afirmó que “no hay más amor que el Amor” (417) y ese amor, según él, no es a la mujer en el caso del hombre ni al hombre en el caso de la mujer sino a dios. “No pongas tus amores aquí abajo. Son amores egoístas. Los que amas se apartarán de ti con miedo y asco” al momento de la muerte (678).

            De ahí que el escritor ecuatoriano Modesto Ponce, en su ensayo “El libro Camino: un diagnóstico de la Opus Dei”, sostiene que, para Escrivá, engendrar es un acto instintivo y animal, en el que prima la “especie” sobre el “individuo”, por lo que “ha convertido el acto de amor más maravilloso entre los seres humanos en una expresión de animalidad reproductiva, necesaria para mantener la especie”. Y concluye que “solamente un enfermo moral o un loco puede sostener opiniones semejantes”. Ponce afirma que, al hablar sobre estos temas, Escrivá evitó sistemáticamente utilizar las palabras “sexo” o “sexualidad” y dice que “cuando implícitamente se refiere a ellas y, en general, a los sentidos, usa estos términos: lodazal, charca, inmundo, lujurioso, falsario, cruel, poco viril, podredumbre, impuro, miseria (118 a 145), en contraposición a la 'santa pureza', que nadie sabe lo que quiere decir aunque la relaciona con la 'pureza' del celibato sacerdotal” (71).

            Escrivá sentía un profundo desprecio por la mujer, de quien decía que su mayor cualidad debe ser mantener la “boca cerrada”. Padecía, sin duda, de una rampante misoginia.

            El fundador del Opus Dei no se refirió a los grandes temas sociales: desigualdad, miseria, explotación, injusticia social, inequidad económica, hambre, enfermedades. Y se preguntó, en clara alusión a las tesis socialistas: “¿No crees que la igualdad, tal como la entienden, es sinónimo de injusticia?” (46). Para luego exclamar: “¡Cuántos crímenes se cometen en nombre de la justicia!” (400).

            El Opus Dei es hoy una organización con inmenso poder religioso, político y económico. Incluso católicos convencidos y practicantes piensan que es un grupo de control ideológico con enormes poderes e intereses concretos en las finanzas, la banca, el comercio, la industria y el Estado, que se esfuerza por asegurar la hegemonía política y social de la iglesia por todos los medios, debidos o indebidos, visibles u ocultos.

            En los últimos años personas íntimamente vinculadas con el Opus Dei han manejado el Banco Vaticano. En septiembre del 2010 la justicia italiana acusó a este banco de lavado del dinero de la mafia y apertura de cuentas secretas de políticos, banqueros y empresarios. La fiscalía de Roma inició una investigación contra el presidente del Banco Vaticano, economista italiano Ettore Gotti Tedeschi  —muy próximo al Opus Dei—,  por blanqueo de dinero negro. Sus cuentas fueron bloqueadas. Tedeschi era un hombre ligado estrechamente a los círculos gubernativos del papado. En julio 2010 participó en la elaboración de la encíclica social y económica Caritas in veritate de Benedicto XVI, que exigía reglas más transparentes al sistema financiero mundial. En el libro “Denaro e paradiso, la economía global y el mundo católico”, escrito conjuntamente con el periodista Rino Cammilleri, Tedeschi reinvindicó “la superioridad de un capitalismo inspirado en la moral cristiana frente a un capitalismo de estirpe protestante”.

            En medio de un nuevo y gran escándalo que volvió a estremecer al Vaticano, el 24 de mayo del 2012 Tedeschi fue destituido de la presidencia del banco por las reiteradas acusaciones de lavado de dinero. Tras una deliberación  —decía la eufemística y falsa declaración pública entregada a los medios de información por la oficina de prensa del Vaticano—  “el Consejo de Supervisión aprobó por unanimidad un voto de censura contra el presidente, por no haber desarrollado funciones de primera importancia para su cargo”. Pero la tradicional reserva en que la Santa Sede ha mantenido las operaciones de su banco no pudo ocultar que la destitución se debió al blanqueo de dinero sucio.

            El Opus Dei es una Prelatura Personal del Papa, liberada por eso de la autoridad de los obispos, no obstante lo cual Escrivá no aceptó el magisterio papal cuando no coincidió con su manera de pensar, según se pudo ver en sus enfrentamientos con Paulo VI y con Juan XXIII. Con referencia al Concilio Vaticano II Escrivá expresó que “el mal viene de dentro y de lo alto. Hay una real pudrición, y actualmente parece que el cuerpo místico de Cristo fuera un cadáver en descomposición, que apesta”.

 
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