norte-sur

            Con la disminución de las tensiones Este-Oeste y la terminación de la <guerra fría quedó en evidencia, con todo su dramatismo, la confrontación Norte-Sur entre un pequeño grupo de países desarrollados, prósperos y dominantes y el amplio sector periférico del planeta compuesto por los países atrasados y dependientes de África, Asia y América Latina.

            A los primeros se les denomina países del Norte y, a los otros, países del Sur, por su ubicación geográfica. La clasificación, sin embargo, no resulta muy precisa. La línea ecuatorial no es, geopolítica ni geoecómicamente hablando, el límite entre los dos hemisferios. El hemisferio norte en realidad incluye, junto con los países desarrollados, a muchos subdesarrollados, como México, los Estados centroamericanos, las islas caribeñas, Colombia, Venezuela, Surinam, las Guayanas, África central y del norte, los países árabes, India, algunos de los Estados asiáticos y otros más. Todos ellos están situados al norte de la línea equinoccial y hasta cerca del paralelo 40, o sea en pleno hemisferio norte. Sin embargo, no han dejado de pertenecer al sur en términos de condición económico-social. México no ha abandonado el tercer mundo por su ingreso formal a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en abril de 1994 ni por el hecho de haber notificado al Grupo de los 77 que “el gobierno de México recibió una invitación para incorporarse a la OCDE” y que, en consecuencia, “dejará de participar en toda concertación de los países en vías de desarrollo frente a los países industrializados”.

            En el hemisferio sur, en cambio, resulta forzado contar a Australia y a Nueva Zelandia entre los países subdesarrollados.

            Sin embargo y a pesar de sus imprecisiones, esta clasificación convencional ha tomado fuerza por el naufragio de la otra: la que dividía a los países en el primero, segundo y tercer mundos, en función de su desarrollo económico y de su orientación política.

            Hoy se habla ya de “primer sur” y “segundo sur” para referirse a dos diferentes grados de desarrollo  —o de subdesarrollo—  de la parte atrasada del planeta: la de aquellos países que en términos relativos han logrado ciertos avances, han ampliado sus posibilidades de compra y de consumo y han generado mercados atractivos  —mercados emergentes—  para la inversión extranjera; y la de los que marcan un alto nivel de desorden político y de rezago económico-social y mantienen índices muy bajos de crecimiento de su producto interno bruto y de su ingreso per cápita.

            La expresión “primer sur” coincide en muchos puntos con la de <mercados emergentes acuñada en los años 90 del siglo anterior por los economistas y líderes políticos de Estados Unidos, Europa occidental y Japón para designar a México, Brasil, Argentina, África del Sur, Polonia, Turquía, India, Surcorea, Indonesia, Tailandia, Malasia, Singapur, Vietnam, China, Taiwán y otros países del tercer mundo donde empezaron a abrirse atractivas oportunidades de inversión en los sectores financieros, comerciales, industriales y de servicios informáticos y donde se constituyeron mercados amplios y expansivos que resultan importantes para el desarrollo de los países industriales.

            En todo caso, el enfrentamiento norte-sur es, sin duda, la confrontación más importante de nuestros días. Ya lo era en los años 80 del siglo anterior en concepto de mi inolvidable amigo Willy Brandt (1913-1992), exjefe del gobierno alemán, quien al presentar el Informe de la Comisión Norte-Sur que presidió, consideró a “las relaciones entre el Norte y el Sur como el más importante desafío social de nuestra época”.

            Según escribió el historiador económico norteamericano David Landes (1924-2013) en su obra "La riqueza y la pobreza de las naciones" (1998), la relación entre la renta per cápita del país industrial más rico, Suiza, y la del país no industrializado más pobre, Mozambique, era de 400 a 1, mientras que hace 250 años esa relación era de 5 a 1.

            Más de 3.500 millones de personas, o sea las cuatro quintas partes de la población mundial, viven en la zona subdesarrollada del planeta. Esta inmensa porción de la humanidad brega por un cambio en el orden económico internacional, que haga justicia a los países pobres, que distribuya con equidad el ingreso mundial y que les permita mayor participación en la decisión de los asuntos que comprometen el destino de la humanidad.

            Esta lucha no es fácil.

            Los nexos internacionales están determinados por la relación de fuerza entre los países. Son, en realidad, relaciones de poder. Los Estados del norte, que tienen como eje a los siete de mayor desarrollo industrial, se resisten a todo cambio que pueda poner en riesgo su hegemonía. Actúan en un frente común de negociación a pesar de sus discrepancias internas. El problema de la deuda lo puso en evidencia. Y la llamada “ronda Uruguay” del GATT también. Los países del sur tienen mucho menos homogeneidad y su unidad se ve resquebrajada con frecuencia. En realidad, estos países son muy disímiles entre sí. Difieren en tamaño territorial, población, recursos naturales, grados de desarrollo económico, cultura y regímenes políticos, aunque todos comparten la marginación de los beneficios de la prosperidad y del progreso.

            Se han hecho muchos esfuerzos para lograr esa unidad desde la Conferencia de Bandung en 1955, que reunió a Estados de África y Asia y que fue la primera manifestación de los países del sur conscientes de su propia existencia y del rol que están llamados a jugar en la política mundial. Y vinieron después muchas acciones en este sentido. Los países latinoamericanos y caribeños crearon organismos de integración económica que fueron, al mismo tiempo, importantes instancias de negociación internacional. En la década de los 60 se establecieron en el continente africano la Comunidad Económica de África Oriental, el Comité Consultivo Permanente del Maghreb, la Unión Aduanera y Económica de África Central y la Organización de la Unidad Africana. Se dieron los primeros pasos para crear la asociación de países de Asia Sudoriental. Se articuló la Liga de los Estados Árabes. Fue un período muy fecundo de toma de conciencia de los países del sur sobre sus propias realidades.

            El 14 de septiembre de 1960 se dio un paso muy importante en este sentido con la formación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) para coordinar y armonizar las políticas petroleras de los países productores de hidrocarburos y defender corporativamente sus comunes intereses frente a los países consumidores del norte.

            En 1973 el esquema económico internacional impuesto por los países desarrollados fue conmovido por la decisión de elevar sustancialmente los precios del petróleo tomada por la OPEP y por el embargo petrolero decretado por los Estados árabes contra los países desarrollados de Occidente. Dado que los países industrializados consumen un altísimo porcentaje del petróleo producido por la organización, los efectos de esa medida tuvieron gran impacto en la economía y en la política mundiales. Por primera vez un grupo de países del tercer mundo fue capaz de controlar la producción e imponer los precios de un bien energético en el mercado mundial.

            Recuerdo que en la Novena Cumbre de los Países no Alineados celebrada en Belgrado en septiembre 1989, en que hablé en nombre y por encargo de los Estados de América Latina  —juntamente con el presidente Hosni Mubarak de Egipto que lo hizo por África y el primer ministro hindú Rajiv Gandhi en representación de Asia—,  propuse un cambio de actitud y hasta de lenguaje en la organización de los países no alineados atentas las nuevas circunstancias del mundo. Dije en mi discurso que veía el cercano hundimiento de la Unión Soviética bajo el peso de su autoritarismo político y de sus errores económicos y que, en el mundo unipolar que se avecinaba, los países no alineados deberán diseñar una nueva posición internacional. Mis palabras produjeron una reacción descortés del gobernante Muammar Gadafi de Libia, quien en buen romance me contestó que los que no estaban de acuerdo con los principios de la organización debieran abandonarla. En su ignorancia, Gadafi no alcanzaba a ver los signos del cambio mundial que se avecinaba y por eso reaccionó de manera tan ríspida.

            Pero los hechos me dieron la razón. Pocos días después colapsó la URSS, se desintegró su bloque internacional, cayó el Muro de Berlín, la guerra fría llegó a su fin y el Movimiento de los Países no Alineados tuvo que buscar una nueva ubicación ante el mundo unipolar que se venía.

            Y es que dos aportes muy importantes para los intereses de los pueblos subdesarrollados fueron: la formación del Movimiento de Países no Alineados en 1961, con la intención  —a la postre desvirtuada, cuando el movimiento terminó por alinearse en la guerra fría—  de conformar una tercera fuerza política internacional independiente que pudiera impedir el choque frontal de las dos superpotencias, y la institucionalización en 1964 del Grupo de los 77, que congregó a los países subdesarrollados para luchar por la reordenación económica mundial.

            Fue también muy importante la reunión en Ginebra de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (mejor conocida por sus siglas inglesas UNCTAD), en la que los países industriales se comprometieron por unanimidad a destinar recursos financieros equivalentes al 1% de su renta nacional en favor de los países subdesarrollados, con tasas de interés no mayores al 3%. Este compromiso se ratificó posteriormente en la resolución 2626 tomada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 24 de octubre de 1970, aunque el porcentaje se lo fijó sólo en el 0,7% del producto interno bruto (PIB). Sin embargo, salvo Suecia, Holanda, Dinamarca y Noruega, ningún otro país desarrollado cumplió la cifra convenida y su ayuda al desarrollo de los países pobres no llegó ni a la mitad del porcentaje acordado.

            Estas organizaciones internacionales lograron que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobara, en los años 70, el programa de acción para el establecimiento del nuevo orden económico internacional  —que reconoció por primera vez que la injusticia económica entre los Estados era una seria amenaza contra seguridad mundial—  y la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados.

            Ambos documentos tuvieron una gran significación para los países de desarrollo incipiente.

            En efecto, el 12 de diciembre de 1974, después de negociaciones que tomaron dos años, la Asamblea General de las Naciones Unidas  —con una mayoría de 120 votos contra 6, y 10 abstenciones—  aprobó la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados, que fue formulada por el Presidente de México Luis Echeverría. Este documento reafirmó la igualdad jurídica de los Estados, reconoció el derecho de cada uno de ellos de disponer de sus recursos naturales y de adoptar libremente los regímenes políticos y económicos que crea más convenientes, prohibió a las corporaciones transnacionales inmiscuirse en los asuntos internos de los Estados, previó acuerdos que garantizaran precios justos y estables para los productos básicos, abogó por la concesión de créditos no atados y con bajas tasas de interés, propugnó la transferencia de tecnología a favor de los países del sur y estableció una serie de normas de justicia económica internacional.

            En 1974 se inició el llamado diálogo norte-sur con el propósito de negociar cambios en el sistema internacional de la postguerra. Las conversaciones no avanzaron mucho. Los países industriales hicieron maniobras dilatorias y de dispersión. Y el diálogo terminó por interrumpirse.

            Posteriormente, la cumbre de los 22 jefes de Estado y de gobierno que se reunió en Cancún, México, en 1981, fracasó en su intento de encontrar apoyo político para la reanudación del diálogo norte-sur e igual suerte corrió la UNCTAD VI celebrada en Belgrado en 1983.

            El objetivo central de ese diálogo, visto desde los países del sur, fue obtener una reforma sustancial en la conformación, funcionamiento y propósitos de las instituciones financieras, monetarias y comerciales de la postguerra: principalmente del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF)  —llamado también Banco Mundial—  y el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT). Las dos primeras instituciones nacieron en 1945, como resultado de los acuerdos de la Conferencia Monetaria y Financiera celebrada por las Naciones Unidas en Bretton Woods en julio de 1944, y la tercera en 1948.

            Esta última, sin embargo, fue sustituida por la Organización Mundial del Comercio (OMC), según decisión de la conferencia celebrada en Marrakkesh, Marruecos, en abril de 1994.

            De modo que el trípode sobre el que descansa el actual orden económico internacional está compuesto por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio.

            Pero esas entidades han sido y son manejadas a conveniencia de los países ricos. De una u otra manera, las decisiones que en ellas se tomaron favorecieron los intereses del norte. Los países del sur siempre consideraron injustos los sistemas de votación y de toma de decisiones imperantes en aquellas entidades. Hoy hay nuevos motivos de discrepancia. Con los cambios operados en el orden internacional, ellas deben revisar sus prioridades y sus procedimientos para que puedan afrontar los nuevos desafíos de la hora presente, que son principalmente combatir la injusticia económica internacional e impulsar el <desarrollo humano.

            La lucha por la equidad económica internacional y por el desarrollo de los países del sur ha sido dura y perseverante. Y grandes los obstáculos que ha encontrado en el camino. La dinámica expansionista de los países del norte ha sido y es implacable. Ellos han impuesto condiciones de intercambio de tal modo injustas que han producido una constante transferencia de recursos de los países pobres a los ricos. Y la inocultable realidad es que, a pesar de sus esfuerzos, los países del sur están en un proceso de subdesarrollo, comparativamente con los del norte, porque la brecha entre ellos se ahonda cada vez más al ritmo de su avance científico y tecnológico.

            Como afirma el periodista y escritor español Ignacio Ramonet, en su libro "Un mundo sin rumbo" (1999), “la Tierra, como en el siglo XV, está, a partir de ahora, disponible para una nueva era de conquista. En la época del Renacimiento, los Estados eran los principales actores de la expansión conquistadora. Hoy son empresas y holdings, grupos industriales y financieros privados los que se plantean dominar el mundo, lanzan sus razias y amasan un botín inmenso. Nunca los amos de la Tierra han sido tan poco numerosos, ni tan potentes”.

            Según estimaciones del Banco Mundial, a principios de los años 80 había en el mundo subdesarrollado 500 millones de seres humanos que vivían por debajo del dintel de la >pobreza absoluta mientras que veinte años después se había duplicado el número de quienes subsistían en esas condiciones. Y es presumible que en los próximos años se agraven sus condiciones de pobreza, hambre, desnutrición, enfermedad y analfabetismo, a pesar de la existencia  —o quizás por eso mismo—  de zonas centrales modernas, internacionalizadas y de extraordinario desarrollo en el seno de las sociedades dualistas de los países del sur.

 
Correo
Nombre
Comentario