nominalismo

            Tiene esta palabra por lo menos tres significaciones: una filosófica, otra económica y una tercera política.

            La llamada “disputa por los universales” en la Edad Media puso de manifiesto dos posiciones filosóficas del hombre frente a lo que en filosofía se conoce como los universales, es decir, los géneros y las especies en contraposición con los individuos: la una es la posición realista y la otra la nominalista.

            Esta es una cuestión complicada y larga de explicar, pero en resumen se trata de dos actitudes antagónicas respecto al status ontológico de los universales: la de quienes sostienen que ellos, si bien son conceptos generales, son al mismo tiempo entidades reales y concretas; y la de los que afirman que ellos no existen en la realidad y son simples ideas abstractas anidadas en el cerebro de los seres humanos, de modo que su “realidad” se agota en los meros nombres  —nomina—  que el hombre ha inventado para designarlas. Por consiguiente, lo único real, lo único que tiene existencia peculiar, son las entidades individuales y concretas.

            El problema se planteó cuando los escolásticos estudiaron la obra "Isagoge" del neoplatónico Porfirio, quien formuló tres preguntas que quedaron sin contestación: ¿Existen en la naturaleza géneros y especies o son ellos puros pensamientos? Si existen, ¿son corpóreos o incorpóreos? ¿Están ellos unidos o separados de los objetos sensibles?

            Al responder a estas preguntas los escolásticos se dividieron en dos grupos: los realistas y los nominalistas. Los primeros sostuvieron que los universales son cosas que tienen existencia real en la naturaleza mientras que los segundos afirmaron que ellos no existen en parte alguna. Sólo existen los individuos. Los universales son meros nombres  —flatus vocis—  que se mueven en el cerebro humano.

            En el ámbito de la economía y, específicamente, dentro de la teoría monetaria se entiende por nominalismo la tendencia que hoy predomina en el mundo a considerar que el <dinero es un medio de pago sin más valor que el nominal, esto es, que el que el Estado le confiere y manda reconocer. Por tanto, carece de importancia en lo absoluto el metal de que está hecha la moneda, como ocurría antaño con la de valor intrínseco bajo el sistema de libre convertibilidad.

            El nominalismo monetario, por consiguiente, considera al dinero estrictamente como un signo cuyo poder de compra, señalado por la autoridad pública, es una categoría convencional que no guarda relación alguna con el valor de los materiales de que está acuñado.

            En política, el nominalismo es la tendencia muy frecuente a dejarse seducir por los nombres de las cosas y a desatender las realidades concretas. Hay mucho de nominalismo en la vida política, efectivamente. Muchas ideas empiezan como conceptos y terminan por ser meras palabras, nombres, vocablos, términos, en fin, sonidos de la voz.

            Esto ha ocurrido con ciertas retóricas. A fuerza de repetir y repetir mecánicamente los mismos conceptos, éstos se han vaciado de contenido y han perdido toda significación. Se me ocurre pensar que muchos de los que, en los linderos del marxismo, solían hablar de “vanguardia revolucionaria”, “lucha de clases”, “proletariado”, “imperialismo”, “capital monopolista” terminaron por hacerlo automáticamente, sin detenerse a analizar lo que esos términos significaban conceptualmente. Lo mismo ocurría con las palabras más amadas y más repetidas del fascismo: “elites predestinadas”, “nacionalismo”, “espacio vital”, “antipatria” y otros términos propios de la jerigonza fascistoide, que a fuerza de la repetición constante y el machaqueo de la propaganda oficial terminaron por no ser más que logomaquias.

            El nominalismo político es, por tanto, la erosión de los conceptos.

            Nada hay más nominalista que la >retórica política o la <demagogia. En ellas todo se reduce a un juego las palabras. Algunas de éstas, endiosadas por la propaganda, alcanzan brillos mitológicos en un momento y se llenan de fuertes cargas emotivas. Cada época tiene las suyas. En el siglo XIX los hombres y los pueblos se conmovieron en torno a las palabras “libertad” y “democracia”. En la primera parte del siglo XX fue “justicia social “. Después vino la “liberación nacional” de los pueblos sometidos al yugo colonial. En nuestros días las palabras de mayor prestigio son “modernización”, “reducción del tamaño del Estado”, “desregulación”, “globalización”. Ellas están destinadas a despertar la imaginación de los pueblos. Pero en el fondo de esos vocablos hay generalmente un vacío conceptual y vivencial.

            Por eso abundan las palabras equívocas, las ambivalencias y las ambigüedades. Cada quien interpreta las palabras a su modo. Los fascistas, por ejemplo, denominaban “democracia vertical” o “democracia orgánica” a sus regímenes de fuerza. Los marxistas, con pleonasmo y todo, hablaban de “democracias populares”. Y allá por los años 60 del siglo pasado los golpistas latinoamericanos invocaban la defensa de los valores de la “democracia occidental y cristiana” para justificar sus tramas cuarteleras. Es el imperio del nominalismo en la vida política.

 
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