nomenclatura

            Derivada del latín, esta palabra tiene varios significados generales y uno específicamente político. En su acepción general, nomenclatura es la terminología técnica de una ciencia o una lista de nombres de personas o cosas. En su acepción biológica, zoológica o botánica, es el conjunto de reglas que se aplican a la denominación taxonómica de animales y plantas. En el ámbito del comercio exterior es el listado y características de los bienes que constan en el arancel de importaciones.

            Y en su acepción política, la “nomenklatur” fue la lista secreta de las personas “confiables” que manejó el Partido Comunista de la Unión Soviética  —cuando ésta era una de las dos superpotencias del planeta—  como un mecanismo para controlar estrictamente que los procesos políticos, administrativos y económicos del país estuvieran en poder de personas fiables.

            La nomenklatur fue un invento  —se diría que una obsesión—  de Joseph Stalin aun antes de convertirse en jefe del Estado soviético. En los años 20, cuando era el astuto, silencioso y obstinado funcionario del secretariado del comité central del Partido Comunista, encargado de elaborar los ficheros y los expedientes de los militantes para efectos de confiarles eventualmente cargos de responsabilidad política o administrativa, elaboró celosamente sus listas y las mantuvo en total reserva. Ni su secretario tuvo acceso a ellas. Tanto fue su celo para mantener al día esos archivos que sus compañeros lo apodaron burlescamente “camarada kartotekov”, es decir, camarada fichero.

            En 1923, en el curso de la reunión del XII Congreso del Partido Comunista, Stalin justificó su trabajo de selección y empadronamiento: “Se trata de seleccionar los funcionarios de tal manera  —afirmó—  que los puestos sean ocupados por hombres que sabrán aplicar en forma las directivas, que considerarán estas directivas como propias y que las transformarán en realidades”.

            Por supuesto que Stalin tenía en mente desde aquel tiempo la utilidad que sus ficheros le prestarían en el momento oportuno. En 1925, después de que asumió el poder omnímodo, creó la comisión de orgraspred, adscrita al comité central, para seguir adelante con el trabajo de la nomenklatur, que fue confiada a su íntimo amigo Lazar Moiseevic Kaganovich (1893-1963). Todos los nombramientos para una función de dirección del <aparato del partido o del Estado se hacía con arreglo a la nomenclatura estalinista, que estaba envuelta en el mayor misterio puesto que solamente un círculo muy restringido de dirigentes tenía acceso a ella.

            La nomenklatur, según decía V. Shulgin, era la “nueva aristocracia” de la Unión Soviética, destinada a ejercer el poder y la administración.

            Después de haber hurgado su vida privada y pública, el Partido Comunista incorporaba a los ciudadanos de su absoluta confianza a la nomenclatura y sabía que podía contar con ellos para los nombramientos o misiones delicadas. En la lista constaban también personas que no eran del partido pero que gozaban de su confianza.

            Para ocupar los cargos y funciones públicos de todos los niveles se necesitaba contar con el visto bueno del partido. Gobierno y partido estaban íntimamente unidos. Es más: la estructura estatal y la partidista coincidían en todos los escalones. Eran dos construcciones paralelas. En tales condiciones, antes de expedir un nombramiento o de asignar una misión, era obligado consultar la nomenclatura para verificar si el nombre propuesto constaba en ella.

            Después del naufragio de la Unión Soviética, irónicamente, la célebre nomenclatura ha jugado un papel inverso: sirve hoy a los gobernantes rusos para determinar quienes “no son confiables” para destino político o cargo administrativo alguno por constar en la lista. Hay la resolución de no nombrar a persona alguna que figure en ella.

 
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