narcisismo

            El término deriva de Narciso, el joven personaje de la mitología griega de notable belleza física  —hijo del río Cefiso y de la ninfa Liriopea—  que se extasiaba ante su propia imagen reflejada en las aguas de la fuente y que terminó por enamorarse de sí mismo.

            Las mujeres enloquecían por Narciso pero él permanecía indiferente. Una de ellas fue la ninfa Eco que se consumió de amor y que más tarde fue condenada por los dioses a repetir las últimas palabras que oía. Entonces Némesis, la diosa de la Justicia, castigó a Narciso por desconsiderado e hizo que caminara por la orilla de una quebrada y se asomara a un charco para mirarse. Embelesado en su propia imagen, trató de asirla y se precipitó hacia las aguas en las que murió ahogado. En el lugar donde cayó nació la flor que llevó su nombre: narciso, de la familia de las amarilidáceas, nativa de las regiones templadas de Asia y Europa.

            El médico y psicólogo austriaco Sigmund Freud (1856-1939), en su obra “Introducción del Narcisismo” (1914), lo definió como “la concentración de toda la energía de la libido en el yo”, y distinguió dos tipos de narcisismo: el primario, que corresponde al estado de “omnipotencia infantil” en que el niño es su propio objeto de amor y además demanda la mayor atención de las otras personas  —narcisismo que, por decirlo de alguna manera, es normal porque está ligado a una etapa de la vida humana—;  y el narcisismo secundario, que es un estado patológico que puede darse en adolescentes y otras personas que se repliegan sobre sí mismas, aquejadas de lo que el psicólogo austriaco denominó “neurosis narcisista”, que consiste en que la libido se sustrae de los objetos del mundo exterior y se dirige por completo al yo.

            Freud, que abrió nuevos puntos de vista en la comprensión del psiquismo, planteó la tesis de que en el desarrollo del niño hay una primera fase autoerótica en el curso de la cual se construye el “yo” del narcisismo primario, que suele ser alimentado por sus padres al atribuirle toda clase de perfecciones. Según Freud este es el origen del yo narcicista del niño que, a veces, perdura hasta la adultez, con su actitud de ensimismamiento e ilusiones de omnipotencia.

            El narcisismo, para Freud, es la libido dirigida al yo. O sea el yo como objeto libidinoso. Cuando llega a un cierto grado, puede conducir al individuo eventualmente a la hipocondría, a la megalomanía, a la melancolía o a la homosexualidad. Y siempre a la angustia vital. La hipocondría es la constante y angustiada preocupación por la propia salud. La <megalomanía  —el delirio de grandeza—  puede ser de signo negativo: la grandeza del yo es la culpable de todos los males del mundo.

            A semejanza del personaje de la mitología griega, algunos políticos se escuchan a sí mismos, se citan a sí mismos, se glorifican a sí mismos. Todo gira alrededor de su mundo egocéntrico. Padecen de una hipertrofia del “yo”. Enamorados de sí mismos, embelesados en su propia imagen, se mueven en medio de la autocomplacencia y de la falta de autocrítica. Nada hay más peligroso en el mundo de la política que la ausencia de autocrítica. Los políticos narcisistas nunca están mal, nunca se equivocan, nunca fallan. No se cuestionan siquiera esta posibilidad. Todo es gloria y certezas. Generalmente exhiben una ignorancia omnímoda y todopoderosa, a prueba de bibliotecas. Ignorancia tan grande que se ignora a sí misma. Y al final les pasa lo que a Narciso: su amor por sí mismos les conduce a ahogarse en el charco de su propia fatuidad, no sin antes haber causado muchos quebrantos a la sociedad.

 
Correo
Nombre
Comentario