materialismo histórico

            De la aplicación de las leyes del materialismo dialéctico al análisis de la sociedad resulta el materialismo histórico, que es la teoría política del <marxismo. El origen del concepto suele atribuirse a Federico Engels aunque la expresión “materialismo histórico”, que se la abrevió muchas veces como hismat en las lenguas rusa y alemana, fue acuñada por Georgii Valentinovich Plejanov.

            Para los marxistas la vida social no es más que una forma especialmente compleja del movimiento e interacción de la materia.

            La tesis central del materialismo histórico es que el modo de producción de los bienes económicos determina la manera de ser de una sociedad. A cada modo de producción de las cosas que el hombre necesita para vivir  —alimentos, vestido, herramientas, vivienda, etc.—  corresponde una específica forma de organización social, de suerte que cada cambio de aquél produce en ésta un cambio correlativo.

            De esta manera, afirma Marx, el molino movido a brazo engendra la sociedad de los señores feudales; el molino de vapor, la sociedad de los capitalistas industriales.

            Los marxistas llaman estructura al modo de producción y superestructura a las leyes, gobierno, tribunales, conceptos políticos y morales, convicciones religiosas y todos los demás elementos tangibles e intangibles de la vida social y sostienen que a todo cambio estructural corresponde un cambio superestructural, o para decirlo en otras palabras, que toda modificación en el modo de producción origina el cambio correspondiente en la forma de organización de la sociedad.

            Esta es la tesis fundamental de la interpretación materialista de la historia.

            Según ella, la forma como en cada época los hombres produjeron los bienes y servicios necesarios para su pervivencia  —estructura—  determinó siempre el modelo de organización social imperante  —superestructura—  que fue primero colectivista, luego esclavista, más tarde feudal y finalmente capitalista.

            Estos son, para el materialismo histórico, los cuatro períodos clásicos del desarrollo de la humanidad. El capitalismo constituye una simple y transitoria etapa interpuesta entre el feudalismo pasado y el comunismo futuro. Etapa en la cual la clase poseedora de los instrumentos de producción impone a la sociedad en su conjunto, no solamente su poder político, sino también sus conceptos jurídicos, socioeconómicos, culturales, morales y religiosos, y hace del Estado, como dijo Engels, una máquina esencialmente destinada a tener a raya a la clase oprimida y explotada.

            El marxismo sostiene que el reto actual es avanzar hacia la etapa socialista, para lo cual hay que modificar las relaciones de producción en forma tal que se produzca el correspondiente cambio en la superestructura política del Estado. Si el modo de producción cambia, si se establecen nuevas relaciones económicas, cambiará también la ordenación de la sociedad y cambiarán además la manera de pensar, las concepciones morales y religiosas, en suma, la escala de valores de sus miembros, puesto que, cambiando las causas, cambian sus efectos.

            Dado que, según el <materialismo dialéctico, todas las cosas llevan en su seno el germen de la contradicción, en la sociedad humana los elementos contendientes son las clases sociales. Ellas protagonizan el conflicto. Ellas mantienen la contradicción. La clase dominante es la tesis, la clase dominada es la antítesis y la <lucha de clases es la expresión de la contradicción interna del grupo social.

            En el afán de mantener su posición hegemónica y de privilegio, la una, y en el de cambiar las cosas, la otra, ellas entablan una lucha permanente que, aunque no se manifieste siempre en hechos dramáticos, se libra todos los días y todas las horas.

            Esto dio lugar a que Marx y Engels afirmaran que “la historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, nobles y siervos, maestros artesanos y compañeros, en una palabra opresores y oprimidos, en lucha constante, mantuvieron una guerra ininterrumpida, ya abierta, ya disimulada; una guerra que terminó siempre, bien por una transformación revolucionaria de la sociedad, bien por la destrucción de las dos clases antagónicas”.

            Desde este punto de vista las actuales clases contendientes son la <burguesía, dueña de los instrumentos de producción y acaparadora de lo que éstos producen, y el >proletariado, dueño sólo de su fuerza de trabajo. Estas dos clases constituyen una unidad dentro del sistema capitalista  —unidad de los contrarios—  pero al mismo tiempo son dos fuerzas antagónicas, en contienda permanente  —lucha de los contrarios—, puesto que representan intereses económicos y sociales en conflicto.

            Esta contradicción que lleva en su seno la sociedad capitalista debe resolverse, según la predicción marxista, en un enfrentamiento violento  —la >revolución—  que terminará por desalojar del poder a la clase burguesa para sustituirla por la clase obrera, que lo ejercerá mediante la llamada <dictadura del proletariado para establecer represivamente las condiciones infraestructurales que permitan el advenimiento de la sociedad socialista sin clases.

            Para la concepción materialista de la historia, el Estado no existió siempre ni puede aspirar a la vida eterna. Es sólo una categoría histórica, esto es, pertenece a una etapa determinada de la historia humana: a aquella en que se escindió la sociedad en clases antagónicas y tornó necesario el advenimiento del Estado como instrumento de dominación política y de explotación económica de la clase hegemónica.

            Fiel a su hipótesis de que los fenómenos políticos son meros efectos de causas económicas, el materialismo histórico sostiene que la eliminación de las clases sociales vendrá como lógico resultado de la socialización de los instrumentos de producción y que la desaparición de ellas volverá innecesario al Estado, que surgió para resguardar los intereses económicos de la clase dominante y para mantener sojuzgadas a las demás clases.

            La estrategia marxista, en consecuencia, está planteada en términos de que la clase trabajadora tome el poder del Estado por la vía revolucionaria, lo ejerza dictatorialmente por un tiempo para socializar la propiedad de los medios de producción y preparar las condiciones para el advenimiento de la sociedad sin clases. Hecho esto, procederá a la supresión gradual del Estado.

            Por consiguiente, cuando por el cambio del modo de producción se eliminen las clases sociales y se las reemplace por una asociación libre y voluntaria de productores, el Estado llegará a ser innecesario eirá a parar al museo de antigüedades, junto al torno de hilar y al hacha de bronce, como dijo Engels.

 
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