masonería

            Es una sociedad internacional secreta  —o semisecreta—,  elitista y selectiva cuyos miembros, agrupados en logias, profesan la libertad, la igualdad, la fraternidad y la ayuda mutua, practican ritos esotéricos y se reconocen entre sí mediante signos y emblemas.

            A sus miembros les es permitido revelar su condición pero no la de sus compañeros.

            El origen de la masonería, llamada también francmasonería, está en los gremios de albañiles de la Edad Media que construyeron las grandes catedrales góticas de Europa. Por eso su nombre se deriva del francés maçon, que quiere decir “albañil”; sus emblemas son el compás, la escuadra y el mandil; y sus grados jerárquicos se denominan aprendiz, oficial y maestro.

            En las logias, que eran los lugares donde se reunían y pernoctaban estos albañiles trashumantes convocados para construir catedrales, abadías, castillos y palacios, se realizaban dilatadas tertulias por las noches en las que ellos hablaban de sus secretos de profesión, cultivaban amistades y generaban solidaridades y compañerismos durante los largos años que duraban las obras.

            Estos obreros de la construcción se organizaron sigilosamente y guardaron con celo los secretos de su profesión. Con el tiempo devinieron en grupos cerrados a los que sólo se podía ingresar después de que los aspirantes rendían pruebas y daban seguridades de no divulgar los conocimientos y las técnicas de la construcción que aprenderían dentro. Se establecieron entonces peculiares ceremonias de ingreso, con ritos y juramentos, en las que se entregaban a los aspirantes sus herramientas básicas de trabajo: el compás, la escuadra y en mandil. Sus miembros se convirtieron así en verdaderos iniciados. Y estos gremios pronto tomaron gran importancia puesto que sus servicios eran requeridos en muchos lugares. Lo cual les puso en contacto con varias civilizaciones y enriqueció el acervo de sus conocimientos. Llegaron a tener incluso una apreciable cultura filosófica. Dirigidos por un gran maestre y divididos sus miembros en magistri y discipuli, recibían en el seno de las loggias  —que así se llamaban los lugares donde se reunían—  conocimientos que iban más allá de las técnicas de la construcción.

            Estos gremios, en el curso de la edificación de las iglesias, entraron con frecuencia en discordias con sus patronos, los miembros de la jerarquía eclesiástica, en razón de sus relaciones de trabajo. Lo cual dio lugar a una marcada enemistad entre la Iglesia Católica y estas organizaciones secretas de albañiles y constructores, que más tarde originaron las logias francmasónicas, enemistad que nació como una pugna obrero-patronal y que después se atizó por la contraposición de intereses políticos y económicos entre ellos: la Iglesia consagrada a la defensa de los déspotas y poderosos y la masonería comprometida con la ideología liberal y laica de su tiempo y alineada en los movimientos libertarios.

            Los masones, sin embargo, fundándose en dos viejos manuscritos (el manuscrito de Cooke de 1388 y el poema Regius de 1400) que están en los museos londinenses, suelen fijar los remotos orígenes de su organización en las antiguas “sociedades iniciáticas” de Egipto, Asiria, Caldea y otros pueblos orientales de la Antigüedad, que en ese tiempo  —treinta siglos antes de nuestra era—,  cuando aún no se había inventado la escritura ni existían universidades, eran las depositarias de la sabiduría, la ciencia y las enseñanzas de la comunidad. Sus conocimientos y sus concepciones humanistas, reglas morales y sentimientos de fraternidad y solidaridad llegaron a Grecia y a Occidente por medio de las conquistas de Alejandro Magno sobre los pueblos de Asia y África y fueron adoptados por los gremios medievales de albañiles y constructores.

            Las primeras grandes logias se formaron en Inglaterra en 1717, en Francia en 1725 y en España e Italia en 1728. La condenación oficial de la Iglesia a la masonería se produjo en el año 1738. Los masones jugaron un papel de enorme importancia en la revolución francesa, en la revolución norteamericana, en la guerra de la independencia española, en el movimiento emancipador de las colonias hispanoamericanas y en otras acciones de subversión contra el orden monárquico. Masones fueron Washington, Bolívar, San Martín, Miranda, Alfaro, Martí y otros grandes luchadores por la causa de la emancipación americana.

            En los siglos XVIII y XIX pertenecer a este tipo de sociedades contestatarias secretas, enfrentadas al establishment de su tiempo, era signo de progresismo. Ser masón era un alto honor. Las logias masónicas jugaron un papel importante en los procesos revolucionarios europeos y americanos. Ellas mentalizaron la revolución de la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica y la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII, así como los movimientos independentistas de Hispanoamérica a comienzos del siglo XIX. Hay indicios de que Montesquieu, Rousseau, Mirabeau, Dantón, Marat, Condorcet, Desmoulins, Herbert, Saint-Just y Lafayette eran masones o, al menos, mantenían importantes vínculos con la masonería. El lema revolucionario francés: Libertad, Igualdad y Fraternidad fue masón. Fueron también masones o mantuvieron estrechas relaciones con la masonería los principales inspiradores y líderes de la emancipación de las colonias españolas en América: Andrés Bello, Francisco de Miranda, Simón Bolívar, José de San Martín, Bernardo O’Higgins, Antonio José de Sucre, José Joaquín Olmedo, José Hipólito Unanue y otros.

            Cincuenta de los cincuenta y seis firmantes de la Declaración de Independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica en 1776 fueron masones, veinte generales de los ejércitos de George Washington lo fueron también, cincuenta de los cincuenta y cinco integrantes del congreso constituyente de los Estados Unidos pertenecieron a logias masónicas y fueron masones diez y seis de los presidentes norteamericanos en diferentes épocas: George Washington (1788-1797), Thomas Jefferson (1801-1809), James Monroe (1817-1824), Andrew Jackson (1829-1836), James Knox Polk (1845-1849), Andrew Johnson (1865-1868), James Garfield (1881), William McKinley (1897-1901), Theodore Roosevelt (1901-1909), William Howard Taft (1909-1913), Warren G. Harding (1921-1923), Franklin Delano Roosevelt (1933-1945), Harry S. Truman (1945-1953), Lyndon B. Johnson (1963-1969), Gerald Ford (1974-1977 y George Bush (padre) (1989-1993).

            Fue masón Marie-Joseph Paul du Motier, marqués de Lafayette (1757-1834), quien en un noble gesto de solidaridad masónica encabezó una legión de voluntarios franceses que se embarcó rumbo a Norteamérica para pelear al lado del George Washington en las batallas por la independencia de las trece colonias inglesas. Después de que hubo alcanzado su propósito, Lafayette retornó a su país en 1782, con el grado de mariscal de campo, para participar en la Revolución Francesa, al lado de muchos otros masones.

            El diseño arquitectónico de la <Casa Blanca en la ciudad de Washington, construida entre 1792 y 1800, se debe a un masón: James Hoban; lo mismo que la estatua de la libertad implantada en la bahía de Nueva York, que fue realizada por el escultor masón de Alsacia Frederik A. Bartholdi y regalada en 1876 por el pueblo francés al pueblo norteamericano al conmemorarse el primer centenario de su independencia.

            En diversas épocas, mediante centenares de documentos y con los términos más encendidos, la Iglesia Católica ha condenado a la masonería y a los masones. Lo hicieron los papas Clemente XII en 1738, Benedicto XIV en 1751, Pío VII en 1821, León XII en 1825, Pío VIII en 1829, Gregorio XVI en 1832, Pío IX en 1846, 1849, 1864, 1865, 1869 y 1873; León XII en 1825; León XIII en 1881, 1882, 1884, 1890, 1894 y 1902.

            La literatura pontificia no ahorró calificativos contra la masonería y los masones. El papa Clemente XII condenó la masonería por medio de la bula In Emminenti, que prohibía a los católicos, bajo pena de excomunión, ingresar a sus filas. En este documento el pontífice condenó el secretismo de los masones puesto que “si no hiciesen nada malo no odiarían tanto la luz”. Pío VIII, en su encíclica Tradite, dijo de ella que era una “secta satánica que tiene por única ley la mentira, por dios al demonio y por culto y religión, lo que hay de más vergonzoso y depravado sobre la faz de la Tierra”. Y Gregorio XVI, en su encíclica Mirari Vos, afirmó: “Todo lo que ha habido en las sectas y herejías más criminales de sacrílego, vergonzoso y blasfemo, ha pasado a las sectas secretas y, por ende, a la francmasonería”.

            Bajo el gobierno teocrático de Francisco Franco, de signo católico, la masonería estuvo prohibida en España y sus miembros perseguidos. No obstante lo cual los más importantes líderes republicanos  —Alcalá Zamora, Negrín, Castelar, Azaña, Lerroux—  fueron masones convencidos. Cosa parecida ocurrió en Hispanoamérica durante la época colonial y aun después en la era republicana.

            Pero también los masones han sido duros contra la Iglesia de Roma. El masón H. Petrucelli de la Gatina afirmó que la política de la masonería “debe ser la guerra contra el Catolicismo sobre toda la superficie del globo”. El Soberano Gran Comendador del Rito Escocés en Bélgica expresó: “Tenemos un cadáver en el mundo, de cuerpo presente. Este cadáver es el Catolicismo. Tal es el cadáver que hay que echar a la fosa” cuanto antes. A fines del siglo XIX, Globet D’Aviella, Gran Maestro Nacional de Bélgica, manifestó que la masonería debe emprender “la guerra, y guerra a muerte, contra la Iglesia”. “La batalla empeñada entre el Catolicismo y la Masonería  —dijo, por su parte, H. G. Desmons, miembro del Supremo Consejo Masón de Francia—  es batalla a muerte, sin tregua ni cuartel”.

            En épocas recientes el Vaticano emitió nuevas declaraciones de repudio contra la masonería. En abril de 1949 declaró el Santo Oficio que “se confirman las normas del Código de Derecho Canónico (de 1917) contra la secta masónica y sus fautores”. Han sido numerosas las expresiones de condena emitidas por los dicasterios de la Curia Romana y por las conferencias episcopales después del <Concilio Vaticano II, a pesar de que se habían abierto incipientes diálogos entre católicos y masones. El 19 de julio de 1974 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el pontificado del papa Pablo VI, envió una carta circular a varias conferencias episcopales para disponer la interpretación del canon 2335 del Código de Derecho Canónico en el sentido de que está prohibido a los católicos, bajo pena de excomunión, inscribirse en asociaciones masónicas y otras semejantes. Juan Pablo II renovó esa tradición condenatoria, aunque en términos más moderados, en una declaración de la Sagrada Congregación el 17 de febrero de 1981, en la que reafirmó que no ha sido abrogada la excomunión ni las otras penas previstas contra los fieles que ingresen a las asociaciones masónicas. Dos años después el mismo papa, al expedir el nuevo Código de Derecho Canónico, reiteró que la posición de la Iglesia sobre la masonería no ha cambiado porque los principios masónicos son incompatibles con la doctrina católica y advirtió que la pertenencia a la masonería es un pecado grave que impide a los católicos ejercer el “derecho de acercarse a la Sagrada Comunión”. Esta declaración estuvo firmada también por el cardenal Joseph Ratzinger, a la sazón jefe de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, elegido sumo pontífice en el año 2005, con el nombre de Benedicto XVI. El canon 1374 del nuevo Código Canónico señala que “quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación ha de ser castigado con entredicho”. Una nota editorial del Osservatore Romano, concebida en términos que recuerdan a Pío VIII o a León XIII, acusó a la masonería de actividades subversivas contra la Iglesia y repitió varias veces que la francmasonería y el cristianismo son irreconciliables.

            Sin embargo, hay sospechas de que la masonería ha penetrado en el Vaticano en diferentes épocas y hubo altos prelados que presumiblemente pertenecieron secretamente a sus filas, tales como el cardenal Jean Villot, secretario de Estado bajo los pontificados de Pablo VI y de Juan Pablo II; el cardenal Agostino Casaroli, ministro de asuntos exteriores; el cardenal Ugo Poletti, vicario de Roma; el obispo Paul Marcinkus y monseñor Donato de Bonis, dirigentes del Banco Vaticano; y varios otros. En tiempos de Juan Pablo II los tres capos que manejaban las finanzas del Vaticano  —Licio Gelli, Roberto Calvi y Michele Sindona—  eran importantes dirigentes de la logia masónica P-2, involucrada en toda clase de crímenes.

            También el <islamismo ha condenado a la masonería. El Colegio de Jurisdicción Islámica formuló una declaración, presentada el 15 julio de 1978 en la Universidad Azhar de El Cairo, en la que sostuvo que la masonería “es una organización clandestina, que oculta o revela su sistema, dependiendo de las circunstancias”, y que “sus principios actuales son escondidos a sus miembros, excepto a miembros escogidos de grados superiores”. Dijo que la masonería “es una organización política. Ha servido en todas las revoluciones, tanto transformaciones militares como políticas. En todos los cambios peligrosos esta organización aparece tanto expuesta como veladamente”. Agregó que ella “es una organización judía en sus raíces. Sus máximos dirigentes secretos son judíos y promueven actividades sionistas” y sus objetivos primarios “son el distraer de las religiones y distraer a los musulmanes del Islam”. Los masones, añadió, “tienen principios malvados que contradicen completamente las reglas del Islam. Hay una clara relación entre Masonería, Judaísmo y el Sionismo Internacional. Ha controlado las actividades de altos oficiales arabes en el problema palestino”. Y concluyó, por tanto, que “cualquier musulmán que se afilia a ella, sabiendo la verdad de sus objetivos, es un infiel al islam”.

            En la actualidad la masonería acusa una clara decadencia. Muchos hablan incluso de una crisis por haber periclitado los principios que la sustentaban. En realidad, sus grandes principios de libertad, fraternidad, igualdad, justicia y verdad, que componen el tradicional quinium, así como la tolerancia a las opiniones ajenas, el libre examen y la solidaridad, que completan su planteamiento ideológico, no han perdido vigencia, pero las nuevas circunstancias en las que ella se mueve le han quitado el brillo contestatario que en los románticos tiempos de la lucha por la libertad atrajo a tanta gente calificada.

            Se calcula que en la segunda década del siglo XXI existen en el mundo 28.000 logias masónicas, que componen alrededor de un centenar de grandes logias.

            Por sus añejas tradiciones los masones siguen cultivando sus viejos valores: la libertad, la igualdad, la racionalidad, la templanza, la honestidad, la austeridad, la solidaridad, la fraternidad y la tolerancia. Y siguen combatiendo la irracionalidad simple, el dogmatismo, la ignorancia, el fanatismo, la superstición. Creen en el Gran Arquitecto creador y ordenador del mundo, pero esta es una creencia que tiene un sentido muy amplio. Los masones no poseen una doctrina unívoca ni vinculante acerca de dios. Y pueden pertenecer a cualquier confesión religiosa siempre que lo hagan con sobriedad, sin estridencias y con tolerancia para las convicciones de los demás.

            El masón es un <librepensador. Sostiene que el librepensamiento es un método para buscar la verdad, adquirir conocimientos y corregir errores fuera de todo dogmatismo. Para el librepensador no hay dogmas, prejuicios, tabúes ni libros sagrados. El librepensamiento es un método para interpretar la realidad, asumir conocimientos, tomar decisiones y ejecutar acciones sin dogmatismos, es decir, en forma reflexiva, racional y apartada de concepciones sobrenaturales.

            Priman tres grandes corrientes masónicas en el mundo. Una es la anglosajona, que practica el Rito Americano o Rito de York, denominado así porque la ciudad inglesa de York fue el primer lugar que tuvo la Gran Logia de Inglaterra. Para entrar a esta corriente masónica es menester ser varón y creer en dios, en su voluntad revelada y en la inmortalidad del alma. La Biblia  —a la que denomina Libro de la Ley Sagrada—  está siempre presente en sus trabajos y actividades. Sus miembros dan mucha importancia a la filantropía, realizan obras de solidaridad social y mantienen escuelas y hospitales.

            La segunda corriente es la de las logias que pertenecen al Rito Escocés Antiguo y Aceptado, creado a principios del siglo XIX, que recoge toda la tradición de los “antiguos misterios” y de las tendencias esotéricas ancestrales. Se admiten en ella a los varones que profesan cualquier religión o idea filosófica pero a condición de que acepten un “principio superior”, regulador absoluto e infinito, que es la “primera causa de todo cuanto existe”, al que la razón humana debe acercarse para comprenderlo. Los seguidores de ella denominan Gran Arquitecto del Universo a ese ente superior. Tiene 33 grados jerárquicos: tres simbólicos (aprendiz, compañero y maestro), quince capitulares, doce filosóficos o concejiles y tres sublimes. El grado 33, que es el más alto de la orden en donde se practica este rito, es el titulado “Soberano Gran Inspector General”.

            Y la tercera corriente es la del Gran Oriente de Francia, cuyas logias practican mayoritariamente el Rito Francés, compatible con el racionalismo, la ciencia y el progreso. Sus miembros  —librepensadores, agnósticos o ateos, en su mayoría—  rechazan todo lo que limite su absoluta libertad de conciencia y se niegan a aceptar la figura del Gran Arquitecto del Universo con carácter deísta, que algunos de ellos solamente la admiten como mero símbolo alejado de toda connotación religiosa. En su ensayo “La Francmasonería” (1997), el masón chileno Antonio Vergara Lira  —Gran Canciller de la orden ecuatoriana y miembro de honor de logias y grandes logias de muchos países—  dice que “en esta tendencia hay logias de hombres, mixtas y de mujeres” y en todas ellas “la Biblia, en muchos de sus Talleres, no es parte del simbolismo”. Esta tendencia sostiene la filosofía laica, suprime la invocación religiosa del Gran Artquitecto del Universo y afirma que la verdad debe ser científicamente demostrable y demostrada.

            Hay quienes reconocen una cuarta corriente: la del Rito Primitivo, “reconstituido en América Latina en el siglo XX, en un proceso iniciado entre las dos guerras mundiales, sobre la base de los trabajos y archivos históricos de Silvestre Savintsky, uno de los últimos miembros de la Academia Francmasónica para Bielorrusia y Ucrania, así como del apoyo inicial y documentación proporcionada por la Academia Francmasónica Francesa”, según afirma Guillermo Fuchslocher en su trabajo “Aproximación a la Francmasonería Primitiva” (2010). Su tradición se remonta a la Florencia de finales del siglo XV y sus luchas laicas y republicanas contra el papado. Esta corriente masónica—escribe Fuchslocher— “se desarrolló secretamente y fue la que agrupó a masones progresistas y revolucionarios de distintas épocas y lugares diversos, como los liderados por Cromwell en Inglaterra; los enciclopedistas en Francia, de donde surgieron los ideales de la Revolución Francesa; los liderados por Jefferson en Estados Unidos; Miranda y las logias lautarinas en Sudamérica; Juárez y el Rito Nacional Mexicano en México”. Para poder ingresar a este grupo masónico debe acreditarse un irreprochable comportamiento ético, destacada trayectoria en la vida social, convicción laica y antidogmática y una actitud comprometida con los intereses mayoritarios de la sociedad. El centro de gravedad de las diferencias entre las principales tendencias está en los distintos y hasta antagónicos puntos de vista en torno al ser supremo. Afirma Vergara que el Gran Arquitecto del Universo “no es ni más ni menos que un símbolo, por el que muchos ritos y logias que lo admiten, incitan a los hermanos a preocuparse del formidable problema de la existencia o inexistencia de un Dios, problema que nadie, sobre la base de la razón, y menos de la ciencia, puede resolver. En este símbolo, nuestros hermanos que profesan creencias religiosas podrán identificar alguno de los dioses de su particular fe y aquellos no creyentes verán en él la actividad material, algún principio físico o la causa primera que ha dado origen al mundo”. Pero a pesar de estas profundas diferencias filosóficas, religiosas y rituales las logias de las tres corrientes masónicas conviven armoniosamente.

            En los tiempos modernos ha surgido un estamento masónico integrado por políticos de renombre mundial y por magnates de la banca, las finanzas, megaempresas y medios de comunicación de alcance planetario, que resulta desconcertante a la luz de los principios clásicos de la masonería. Algunos de los “sumo sacerdotes del capitalismo” han sido o son masones  —como los hermanos John y David Rockefeller o el poderoso banquero J. Pierpont Morgan—  lo mismo que miembros de la realeza europea y personalidades políticas relevantes de los Estados Unidos, como Franklin D. Roosevelt, Harry S. Truman, Lyndon B. Johnson, Henry Kissinger, Gerald R. Ford, Bill Clinton, Al Gore, George Bush senior, James Baker, John Kerry y otros de menor nivel. Lo cual no deja de ser sorprendente. Que los revolucionarios franceses y Washington, Jefferson, Franklin, Bolívar, San Martín, Martí, Miranda, Alfaro, Villa, Zapata, Lenin y Allende fueran masones no sorprende, porque la masonería se comprometió históricamente con las iniciativas revolucionarias y con las luchas por la independencia nacional. Los masones siempre estuvieron alineados en las fuerzas revolucionarias e independentistas. Ese fue el origen del odio que despertaron en las jerarquías católicas y en las monarquías. Pero que lo fueran los artífices del capitalismo, que han consagrado sus horas y energías a profundizar su sistema de aberraciones e injusticias y a resistir todo cambio en la organización social, resulta no sólo asombroso sino también antimasónico. Estos personajes son los que han creado o impulsado una serie de organismos transnacionales, formalmente privados, con el inconfesado propósito de influir en el gobierno mundial y organizar las cosas económicas globales de acuerdo con los intereses de las grandes corporaciones. Ellos fundaron el Council of Foreign Relations, el Club Bilderberg, la Comisión Trilateral, la Skull & Bones, la Round Table y otras organizaciones secretas o semisecretas de muy alto nivel que ejercen una gran influencia en el diseño del orden político y económico mundial.

 
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