marxismo

          Es la doctrina socialista formulada por Carlos Marx (1818-1883) y Federico Engels (1820-1895). No obstantes ciertas inconsistencias utópicas y cierta inflexibilidad para adaptarse a las distintas y cambiantes realidades sociales, el marxismo es, sin duda, una ideología sólidamente estructurada. Se le ha llamado, por eso, “socialismo científico”. Sus antecedentes remotos —al igual que los de los otros socialismos— se encuentran en los movimientos políticos que se produjeron en la alta Edad Media como protesta contra la desigualdad social y la explotación económica que sufrían las capas sometidas de la sociedad y, posteriormente, en las ideas de Tomás Moro (1480-1535) en su obra “Utopía” y de Tommaso Campanella (1568-1639) y su libro “Ciudad del Sol”; y los antecedentes recientes son los planteamientos del >socialismo utópico francés de principios del siglo XIX, la economía política inglesa de Adam Smith (1725-1790) y David Ricardo (1772-1823), la filosofía alemana de Baruch Spinoza (1632-1677), Paul Henri Holbach (1725-1789) y Ludwig Feuerbach (1804-1872) y los planteamientos ideológicos de Lorenz von Stein (1815-1890) que relacionaron el desarrollo de las ideas socialistas con los movimientos sociales.

          A partir de tales antecedentes históricos surgió el marxismo con la intención de ser la ideología de una clase social insurgente: el proletariado. Su primera exposición sistemática se plasmó en el <Manifiesto Comunista de 1848, redactado por Marx y por Engels en cumplimiento de una resolución adoptada por el segundo congreso de la Liga de los Comunistas  —una organización obrera internacional—  reunido en Londres del 29 de noviembre al 8 de diciembre de 1847. 

          Este documento, que es sin duda uno de los más importantes de la historia de las ideas políticas, recoge la primera elaboración orgánica de los postulados del marxismo.

          Carlos Marx nació en Tréveris el 5 de mayo de 1818 y estudió en las universidades de Bonn, Berlín y Jena. Fue jefe de la redacción de la Gaceta Renana  —Rheinische Zeitung—  en Colonia, donde publicó artículos de crítica de las condiciones sociales y políticas imperantes en Alemania. A mediados de los años 40, forzado por la hostilidad contra sus ideas, se trasladó a París, donde ahondó sus estudios de filosofía, historia y ciencia política. Leyó a Hegel, cuyas ideas dialécticas le impresionaron profundamente. Poco tiempo después conoció al pensador, economista y político alemán Federico Engels, con quien trabó una entrañable amistad fundada en la afinidad de su ideales. Perteneciente a una familia protestante acaudalada, Engels abandonó en 1844 su trabajo en la empresa de tejidos de su familia en Manchester y se alineó en las ideas comunistas. En ese mismo año publicó su ensayo "La situación de la clase obrera en Inglaterra", que le dio fama de economista y político revolucionario, y posteriormente "La subversión de la ciencia por Eugen Dühring" (1878)  —mejor conocido como Anti-Dühring—,  "El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado" (1884) y "Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana" (1886). Marx y Engels comenzaron a trabajar juntos en la organización de un movimiento internacional de trabajadores de carácter insurreccional, pero Marx se vio obligado a dejar París por sus actividades revolucionarias y se instaló en Bruselas.

          En 1847 los dos recibieron el encargo de elaborar una declaración de principios que sirviera para unificar los numerosos grupos de la izquierda socialista e integrarlos en la Liga de los Justos  —que más tarde se llamó Liga de los Comunistas—  y el resultado fue el <Manifiesto Comunista de 1848, que fue la primera sistematización de lo que más tarde se llamó el socialismo científico. En medio de un clima de agitación social, Marx fue expulsado de Bélgica por el gobierno y se afincó en Londres, donde permaneció el resto de sus días. En Londres se dedicó a profundizar sus investigaciones sociológicas y a alentar la creación de un movimiento comunista internacional. Allí escribió su obra fundamental: "El Capital", cuyo primer volumen apareció en 1867. Los volúmenes segundo y tercero fueron publicados por Engels en 1885 y en 1894, después de la muerte de Marx. También escribió "La guerra civil en Francia" (1871) para analizar la experiencia del efímero gobierno revolucionario conocido como la Comuna de París en 1871 y "Crítica del programa de Gotha" (1875). En 1864 contribuyó a fundar en Londres la Primera Internacional, cuyo estatuto fue redactado por él, que fue una organización amplia de trabajadores de varios países. Después de su muerte, ocurrida el 14 de marzo de 1883, se encontraron manuscritos y notas suyos presumiblemente destinados para el cuarto volumen de "El Capital". Estos fragmentos fueron revisados por el socialista alemán Karl Johann Kautsky y publicados bajo el título de "Teorías de la plusvalía", en 4 volúmenes (1905-1910).

          Como en toda verdadera ideología política, que lleva envuelta una cosmovisión, cabe distinguir tres elementos en la doctrina de Marx: el filosófico que es el >materialismo dialéctico, el político que es el >materialismo histórico y el económico que es el análisis de las relaciones de producción que se dan en la sociedad capitalista y que comprende tres partes: la teoría del valor, la teoría de la plusvalía y la teoría de la acumulación capitalista.

 

 

                      1) El materialismo dialéctico.   Fundado en la <dialéctica de Georg Wilhem Hegel (1770-1831)  —aunque los teóricos marxistas afirmaron que ella estaba puesta de cabeza—,  el materialismo dialéctico o la dialéctica materialista hace tres afirmaciones fundamentales en el orden filosófico: primera, que el mundo está integrado exclusivamente por materia en diversos grados de evolución; luego, que esta materia está en incesante movimiento; y, después, que unas cosas están vinculadas con otras, a través de una compleja trama de relaciones de causas y efectos.

          Heredero de la vieja filosofía materialista de los siglos XVII y XVIII —materialista en el orden filosófico y no moral, es decir, no en el sentido de concupiscencia o de hedonismo—, el marxismo sostiene que el mundo material que nos rodea, y del cual formamos parte, constituye la realidad primaria de la que dependen todas las cosas, incluido el pensamiento humano, que no puede existir sin la materia. El pensamiento mismo, según este punto de vista, no es más que una manifestación de la materia en un grado superior de evolución. La materia tiene vida propia y se rige por sus leyes. El mundo existe independientemente del pensamiento humano. No son las ideas las que crean las cosas  —como pretenden ciertas corrientes de la filosofía idealista—  sino, a la inversa, las cosas las que crean las ideas, o sea, como afirma Marx al comienzo de su libro “El Capital” y en su crítica a la dialéctica idealista de Hegel, que el pensamiento no es el demiurgo de lo real sino que es lo material traducido y transpuesto al cerebro del hombre.

          De este modo, la filosofía materialista desecha toda afirmación metafísica de la existencia de un espíritu, idea absoluta, alma o cualquier otro elemento inasible o incognoscible, como quiera que se llame, y sostiene que todos los fenómenos del universo son sólo diversas formas de la materia en movimiento y en distintas fases de su evolución.

          De la unión de la filosofía materialista con la <dialéctica resulta el materialismo diléctico, que es una postura filosófica que concibe al mundo en movimiento, en un fluir interminable, en un permanente ser y dejar de ser, en un devenir. Lo mismo en el orden de la naturaleza que en el orden humano y en el social, nada es eterno, todo es transitorio, todo es perecible. Todo nace, crece, se desarrolla, llega a su apogeo, declina y muere. La quietud no existe. El cambio es la ley ineluctable de la vida.

          El movimiento está impulsado por la contradicción interna que bulle en todas las cosas. En esa contradicción reside el autodinamismo que las impele. Ella obedece al principio dialéctico de la unidad y lucha de los contrarios, según el cual todo lo existente guarda en sus entrañas dos elementos: uno positivo y otro negativo, en permanente lucha por prevalecer. La transformación universal se produce gracias a esa contradicción. De la entraña de las cosas nace el movimiento.

          Los dos elementos en conflicto desencadenan una pugna que necesariamente se resolverá en una síntesis superior que, a su vez, llevará en su seno el germen de una nueva contradicción, que volverá a resolverse, en un nivel superior de evolución, en una síntesis nueva, con arreglo a otra de las leyes dialécticas, que los marxistas llaman ley de la negación de la negación, que significa que la síntesis  —que es la negación de la negación—,  una vez que se consolida, se ha de convertir en la nueva tesis que también será negada.

          Esta sucesión de contradicciones constituye la vida y el movimiento. Ellos se realizan por medio de la tríada hegeliana compuesta de tesis, antítesis y síntesis. La tesis es el elemento positivo de las cosas, que busca afirmarlas plenamente; la antítesis es su elemento negativo, que tiende a destruirlas; y la síntesis es el resultado final de esta lucha, que contiene la fusión de lo viable de los elementos contendientes y que representa un grado evolutivo superior.

          Todo tiene dentro de sí, en el seno de su unidad ontológica, dos elementos en conflicto. La vida lleva dentro de sí su propia contradicción, que es la muerte. El ser y el no ser se funden en la síntesis del devenir. La reproducción de la vida se hace por la cópula de lo masculino y lo femenino. La electricidad se produce por la unión de los dos polos: el positivo y el negativo. Todo, en fin, lleva en sus entrañas dos factores en conflicto.

          Hegel afirmó que no es sino en la medida en que una cosa contiene en sí el germen de una contradicción, que ella vive y se agita; y que el choque de los contrarios, que habrá de resolverse en una síntesis superior, hace posible la transformación universal.

          Recogió y sistematizó Hegel los principios dialécticos de los filósofos griegos de la Antigüedad. Heráclito, entre ellos, dijo que la realidad está sometida a una eterna transformación y que nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río.

          Pero Hegel era idealista y su dialética, al decir de los marxistas, estaba estructurada al revés. Ellos se encargaron de ponerla al derecho y, para eso, le dieron el contenido materialista que le faltaba. Se formó así el materialismo dialéctico, como propuesta filosófica del marxismo.

          Las palabras materialismo y dialéctica, como hemos visto, tienen para Marx una significación esencialmente iconoclasta, en el sentido de que implican el desgarramiento de verdades tenidas como absolutas e indiscutibles. Al sostener que ellas no son más que productos sociales perecederos, que crecen en la vida de una comunidad en el curso de su evolución temporal, condicionadas por el modo de producción imperante en ella en cada momento histórico, destruye por su base tradicionales lucubraciones y viejos prejuicios sustentados por las clases dominantes para mantener su poder.

          Los marxistas sostuvieron que la religión es el opio de los pueblos porque les adormece con la oferta de la bienaventuranza para impedirles ver los quebrantos de la vida terrena y reaccionar ante ellos, aunque por razones tácticas  —que tuvieron que ver con la posibilidad de alianzas con determinados sectores del clero—  silenciaron más tarde esta tesis.

 

 

                      2) El materialismo histórico.   Resulta de la aplicación de las leyes del materialismo dialéctico al análisis de la sociedad y de la historia.

          Para los marxistas la vida social no es más que una forma especialmente compleja del movimiento e interacción de la materia.

          La tesis central del materialismo histórico es que el modo de producción de los bienes económicos determina la manera de ser de una sociedad. A cada modo de producción de las cosas que el hombre necesita para vivir  —alimentos, vestido, herramientas, vivienda, etc.—  corresponde una específica forma de organización social y cada cambio de aquél produce en ésta un cambio correlativo. De esta manera, afirma Marx, “el molino movido a brazo engendra la sociedad de los señores feudales; el molino de vapor, la sociedad de los capitalistas industriales”.

          Los marxistas llaman estructura al modo de producción y superestructura a la organización social —con sus leyes, gobierno, tribunales, conceptos políticos y morales, convicciones religiosas, ideologías— y sostienen que a todo cambio estructural corresponde un cambio superestructural.

          Esta es la tesis fundamental de la interpretación materialista de la historia.

          Según ella, está probado por la secular experiencia histórica que la forma como en cada época los hombres produjeron los bienes y servicios necesarios para su pervivencia  —estructura—  determinó siempre el modelo de organización social  —superestructura—,  que fue primero colectivista, luego esclavista, más tarde feudal y finalmente capitalista.

          Estos son, para el materialismo histórico, los cuatro períodos del desarrollo de la humanidad, en el curso del cual el capitalismo constituye una simple y transitoria etapa interpuesta entre el feudalismo y el comunismo futuro. Etapa en la cual la clase poseedora de los instrumentos de producción impone a la sociedad en su conjunto, no solamente su poder político, sino también sus conceptos jurídicos, socioeconómicos, culturales y morales; y hace del Estado, según las palabras de Engels, “una máquina esencialmente destinada a tener a raya a la clase oprimida y explotada”.

          El marxismo considera que el reto actual es avanzar hacia la etapa socialista. ¿Cómo hacerlo? Pues por la modificación de las relaciones de producción en forma tal que se produzca el correspondiente cambio en la superestructura política del Estado. Si el modo de producción cambia, si se establecen nuevas relaciones económicas, cambiará también la ordenación jurídica, política y social del Estado. Cambiarán además la manera de pensar, las concepciones morales y religiosas, en suma, la escala de valores imperante en la sociedad. Esto ocurrirá en virtud de que, cambiando las causas, cambiarán necesariamente sus efectos. Para el materialismo histórico resulta evidente que a cada modo de producir e intercambiar bienes económicos, es decir, a cada régimen de relaciones de producción, corresponde forzosamente una peculiar forma de pensamiento humano y de vida social.

          Sobre los regímenes jurídicos, que son parte de las ideas superestructurales de la sociedad, el marxismo sostiene la tesis de la determinación económica y el carácter de clase del Derecho. Marx y Engels afirmaron que todos los sistemas jurídicos, desde el comienzo de la historia, han sido creados por la clase gobernante para blindar sus intereses económicos y defender su estilo de vida.

          De otro lado, el marxismo, al trasladar los conceptos del materialismo dialéctico al estudio de la sociedad, afirma la permanente movilidad de los fenómenos sociales, que son y dejan de ser, que se modifican constantemente. Esta dinámica universal, que se da igual en el orden de la naturaleza que en el de la sociedad, obedece también al principio dialéctico de la unidad y lucha de los contrarios. Sólo que los elementos contendientes, en el caso de la sociedad humana, son las clases sociales. Ellas protagonizan el conflicto. Ellas mantienen la contradicción. La clase dominante es la tesis, la clase dominada es la antítesis y la <lucha de clases es la expresión de la contradicción interna del cuerpo social.

          En el afán de mantener su posición hegemónica y de privilegio, la una, y en el de cambiar las cosas, la otra, ellas entablan una lucha permanente que, aunque no se manifieste siempre en hechos dramáticos, se libra todos los días y todas las horas.

          En el <Manifiesto Comunista afirman Marx y Engels que “la historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, nobles y siervos, maestros artesanos y compañeros, en una palabra opresores y oprimidos, en lucha constante, mantuvieron una guerra ininterrumpida, ya abierta, ya disimulada; una guerra que terminó siempre, bien por una transformación revolucionaria de la sociedad, bien por la destrucción de las dos clases antagónicas”.

          Para el marxismo las dos clases contendientes son la burguesía, dueña de los instrumentos de producción y acaparadora de lo que éstos producen, y el proletariado, dueño sólo de su fuerza de trabajo. Estas dos clases constituyen una unidad dentro del sistema capitalista  —unidad de los contrarios—  pero al mismo tiempo son dos fuerzas antagónicas, en contienda permanente  —lucha de los contrarios—,  puesto que representan intereses económicos y sociales en conflicto.

          Esta contradicción que lleva en su seno la sociedad capitalista debe resolverse, según la predicción marxista, en un enfrentamiento violento  —la >revolución—  que terminará por desalojar del poder a la clase burguesa para sustituirla por la clase obrera, que lo ejercerá mediante la llamada <dictadura del proletariado para establecer represivamente las condiciones infraestructurales que permitan el advenimiento de la sociedad socialista sin clases.

          Para la concepción materialista de la historia, el Estado no existió siempre ni puede aspirar a la vida eterna. Es sólo una categoría histórica, esto es, pertenece a una etapa determinada de la historia humana: a aquella en la que el grado de desarrollo económico y la forma de producción imperante escindieron a la sociedad en clases antagónicas y permitieron que una de ellas se apropiara de los medios de producción y de sus excedentes. Entonces nació el Estado como instrumento de dominación política y de explotación económica al servicio de la clase hegemónica.

          La estrategia marxista, en consecuencia, está planteada en términos de que la clase trabajadora tome el poder del Estado por la vía revolucionaria, lo ejerza dictatorialmente por un tiempo  —a través de la <dictadura del proletariado—  con el propósito de socializar la propiedad de los medios de producción y preparar las condiciones para el advenimiento de la sociedad sin clases. Hecho esto, suprimirá gradualmente del Estado, que para entonces habrá perdido su razón de ser, puesto que ya no existirá la clase social para la defensa de cuyos intereses nació.

          Fiel a su hipótesis de que los fenómenos políticos son meros efectos de causas económicas, el marxismo asigna al gobierno de la clase proletaria la tarea de socializar los medios de producción y de intercambio, esto es, transferirlos de las manos particulares a las de la sociedad. La eliminación de las clases sociales vendrá luego como lógico resultado de esta transferencia, puesto que ellas existen como consecuencia de la apropiación privada de los instrumentos de creación de riqueza. Y, como es lógico, la desaparición de las clases sociales volverá innecesario al Estado, dado que, habiendo surgido en el momento en que la sociedad se escindió en clases antagónicas, sólo sirve para resguardar los intereses económicos de la clase dominante y para mantener sojuzgadas a las demás clases.

          Por consiguiente, cuando por el cambio del modo de producción se eliminen las clases sociales y se las reemplace por una asociación libre y voluntaria de productores, el Estado llegará a ser innecesario e “irá a parar al museo de antigüedades, junto al torno de hilar y al hacha de bronce”, según dijo Engels.

 

 

                      3) Teoría económica o leyes del desarrollo capitalista.   Marx escribió sus obras y estructuró su teoría económica bajo el impacto que le produjo el sistema capitalista inglés de la primera mitad del siglo XIX, durante la fase primera de la revolución industrial, con sus interminables jornadas de labor, bajos salarios, problemas de salubridad y de higiene, y demás condiciones inhumanas de vida de los obreros del industrialismo naciente. El espectáculo que vio Marx fue sobrecogedor. Trabajadores literalmente encadenados a las máquinas industriales. Niños que, por razones de ahorro empresarial, desempeñaban tareas fabriles. Hombres que no conocieron la luz del día en las minas de carbón: nacieron y murieron dentro de las galerías subterráneas. Esto fue lo que vio Marx. Sus ideas, por tanto, estuvieron condicionadas por concretos factores de lugar y de tiempo. Todo lo cual explica el carácter contestatario de su obra, destinada a combatir al capitalismo desaforado de la época y al orden social del que formaba parte.

          En función de esas realidades Marx elaboró su teoría del valor, su teoría de la plusvalía y las leyes del desarrollo capitalista, que son los tres elementos fundamentales de su formulación económica.

          La primera teoría sostiene  —simplificando los conceptos—  que el trabajo es la sustancia del valor, es decir, que las cosas valen en proporción a la cantidad de trabajo humano que a ellas está incorporada. Esta es la teoría del valor-trabajo. Los otros factores de la producción  —capital y tecnología—  son subalternos. Lo importante es la energía y el esfuerzo humanos que las cosas contienen. Es en función de ellos que los objetos valen, aun cuando sólo sea la energía y el esfuerzo de arrancarlos de la naturaleza. En definitiva, las cosas no son más que trabajo coagulado.

          Sólo el trabajo es fuente del valor. Los bienes económicos valen por la cantidad de trabajo que contienen. El capital, en cualquiera de sus formas, y la naturaleza carecen de valor si no tienen incorporado trabajo humano. Quítese a un pan  —decía Marx—  el trabajo que en él se ha puesto, el trabajo del panadero, del molinero, del labrador, etc., y ¿qué queda? Algunos granos de hierbas salvajes impropios para cualquier uso humano.

          Las cosas, cuando se destinan al cambio comercial y no al uso inmediato, se llaman mercancías y constituyen, en concepto de Marx, la célula fundamental del sistema económico capitalista. Con el avance de las fuerzas productivas, los bienes no se producen para el consumo inmediato sino para el intercambio mercantil. Lo fundamental en el sistema capitalista no es comprar para consumir sino comprar para vender. En este sentido, la inmensa mayoría de los bienes que se producen son mercancías.

          Ellas tienen un precio. El precio debe ser la expresión monetaria del valor. Sin embargo, precio y valor rara vez marchan juntos en el sistema capitalista debido a las distorsiones causadas por la oferta y la demanda. La anárquica producción capitalista, dice esta teoría, unas veces ofrece más de lo que la sociedad necesita y, entonces, los precios bajan; y otras veces pone en el mercado menos cosas que las requeridas y los precios suben. Lo cual es parte de la economía especulativa y desordenada del capitalismo, concluye. De esta manera se produce una permanente divergencia entre el valor de un bien, que está dado por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirlo, y su precio que fluctúa de acuerdo con los desórdenes del mercado.

          A partir de la teoría del valor el marxismo formuló la teoría de la plusvalía, que explica el origen de los beneficios o ganancias de los dueños del capital. El trabajador, en el sistema capitalista, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo y, a cambio de ella, recibe una determinada remuneración. Durante su jornada de labor el trabajador crea un cúmulo de riqueza que entrega al dueño del instrumento de producción. Como lo que recibe por salario es notablemente menor a lo que crea con su fuerza de trabajo, el empresario se beneficia con la diferencia. Para explicarlo de otra manera: un trabajador que esté obligado a laborar una jornada de ocho horas genera durante las cuatro o cinco primeras horas un valor equivalente a lo que recibe como salario. El tiempo restante hasta completar la jornada  —tres o cuatro horas o lo que fuera—  trabaja gratuitamente en beneficio del empresario. Esta es la plusvalía, o sea trabajo no pagado, que es, según el marxismo, la fuente de los excedentes del capitalista y, al propio tiempo, de la explotación al trabajador.

          Esta plusvalía  —que el empresario siempre trata de optimarla, sea disminuyendo el salario, sea aumentando la jornada suplementaria-—  se reparte entre el dueño del instrumento productor de los bienes, el comerciante que los pone en circulación, el proveedor de la materia prima, el banquero que presta el dinero para las operaciones industriales y mercantiles, el dueño de la tierra y otros capitalistas que participan en el proceso.

          La plusvalía, así distribuida, concurre a engrosar el capital de sus receptores. Los capitalistas transforman la plusvalía que perciben en capital. Este es el proceso al que los marxistas llaman acumulación de capital, cuya ley señala que a mayor plusvalía mayor acumulación de capital y, recíprocamente, a mayor acumulación, mayor plusvalía. Este es el círculo virtuoso de la acumulación, concentración y centralización de la riqueza en cada vez menor número de manos.

          Marx, partiendo de los conceptos de los economistas clásicos  —porque en la elaboración de su doctrina no fue totalmente original sino que trabajó sobre la base de las proposiciones anteriores—  formuló la ley de la acumulación capitalista, cuyo planteamiento central es que el modo de producción caracterizado por la propiedad privada de los instrumentos productores de riqueza acentuará progresivamente la diferencia económica entre los dueños del capital, cada vez en menor número, y la creciente masa de proletarios empobrecidos, hasta que fatalmente se producirá la explosión revolucionaria que llevará al poder a la clase obrera.

          Este hecho, para los teóricos marxistas, es simplemente inevitable en los países altamente industrializados, puesto que la lucha de clases librada entre una minoría de capitalistas opulentos y la inmensa mayoría de proletarios desafortunados no podría terminar sino en una acción de fuerza y, por ende, en el triunfo definitivo de estos últimos. Esta es la lógica de la acumulación capitalista. A empresarios cada vez más opulentos, situados en el un polo de la organización social, corresponden más obreros asalariados, cada vez más pobres, en el otro.

          El razonamiento parecía impecable. Fue impecable para su tiempo. Lo que ocurrió fue que los acontecimientos posteriores, que no pudieron ser previstos por Marx ni por Engels o que se dieron de manera distinta a sus previsiones, despistaron a la teoría marxista. No puede olvidarse el hecho de que el marxismo se escribió cuando aún no había física nuclear, ni revolución electrónica, ni cibernética, ni armas nucleares, ni conquista espacial, ni ecología ni los sorprendentes avances de la biogenética o el fascinante mundo de los microprocesadores, los ordenadores, la informática y los robots.

          Pero, paradógicamente, la doctrina marxista no fue ajena al incumplimiento de sus vaticinios, dado que fueron sus propias advertencias las que en buena medida determinaron un cierto cambio de rumbo del deshumanizado sistema capitalista, la rectificación de algunas de sus iniquidades y la instrumentación de mecanismos de participación más amplia en la distribución del ingreso, todo lo cual impidió que se cumplieran plenamente su ley de la acumulación capitalista y sus demás premoniciones.

          Esta polarización social no se ha dado en la realidad del capitalismo contemporáneo, no sólo porque en alguna medida se ha ampliado la propiedad de los medios de producción —generalmente por medio de compañías por acciones que han abierto su capital— sino además porque tampoco se ha producido el empobrecimiento creciente del obrerismo, cuyo actual nivel de vida sin duda nada tiene que ver con el espectáculo que vieron Marx y Engels en las fábricas de Inglaterra. Ha habido lucha de clases pero ella ciertamente ha estado muy lejos de tener los caracteres potencialmente revolucionarios que le asignaron los pensadores marxistas. Aparte de esto, es evidente que como resultado de la gran movilidad social de los países industriales se ha formado una vigorosa clase media  —con gran poder intelectual y cultural e influencia en los mandos del Estado—  y que ella, alentada por intereses específicos, se ha interpuesto entre las clases contendientes y ha mediatizado el choque vaticinado por el marxismo.

          Hay que decir, finalmente, que a pesar de autodenominarse socialismo científico, el marxismo pasó de la ciencia a la utopía y de la utopía al dogma. Perdió contacto con la realidad humana. Se volvió esclerótico por la falta de oxigenación de sus ideas, por la ausencia del debate interno, por la supresión de la deliberación de base. No permitió que sus proposiciones pudieran discutirse. Ignoró que es propio de toda proposición científica ser discutida, revisada y eventualmente sustituida. Esta intolerancia fue uno de los factores que originaron su colapso.

          Y este colapso ha resultado muy aleccionador porque ha sido el colapso de un fundamentalismo que se creía dueño de la verdad y que exhibía paradigmas colocados pretendidamente por encima del tiempo y el espacio. Como acabo de decir, a pesar de postular un “socialismo científico” el marxismo pasó de la ciencia a la utopía y de la utopía al dogma, para terminar por ser una proposición inmutable con pretensiones de eternidad. Ignoró que es de la esencia de toda proposición científica el ser examinada, enriquecida y probablemente remplazada. Fue víctima de las propias leyes dialécticas que contribuyó a desarrollar y sucumbió finalmente bajo la implacable contradicción de ver un mundo permanentemente móvil desde un punto de vista eternamente inmóvil.

          La dictadura del proletariado fue en realidad una dictadura sobre el proletariado ejercida por la nueva clase dominante integrada por funcionarios de cúpula del partido comunista, burócratas de alto nivel y oficiales de elevada jerarquía de las fuerzas armadas. En virtud de un proceso de sucesivas suplantaciones en que el partido sustituyó a la clase proletaria, el <aparato al partido y los dirigentes al aparato, la totalidad del poder político y económico terminó por concentrarse en las manos de un pequeño grupo de encumbrados dirigentes.

          La estatificación, como sistema económico, no sólo que hizo que el control gubernativo de los instrumentos de producción deviniera pronto en el interés de clase de la alta burocracia, con todas las fricciones y contradicciones políticas que esto trajo consigo, sino que además resultó estéril porque disminuyó la cantidad y la calidad de la producción, produjo desastres ecológicos, deterioró las infraestructuras económicas  —ferrocarriles, carreteras, medios de comunicación, energía, electricidad—,  retrasó el avance de las tecnologías de la información y puso al descubierto la tremenda corrupción de muchos mandos políticos, bajo cuyo alero se habían constituido grandes mafias. Setenta años de régimen comunista no pudieron vertebrar el “hombre nuevo” en que soñaron sus ideólogos. Todo lo cual produjo la implosión del sistema, esto es, la destrucción interna de sus columnas y paredes, que se vinieron al suelo.

          En una sociedad de ángeles, es decir, de seres pacíficos y altruistas que tiendan a pensar en los demás antes que en sí mismos, el marxismo sería la mejor de las ideologías políticas posibles. Pero en una sociedad de seres humanos eso no ocurre. El hombre es un ser esencial e irreductiblemente egoísta. Su más alta prioridad es su bienestar personal y familiar. En tales condiciones, el marxismo no funciona. Lo dice la experiencia histórica. Los únicos sistemas políticos que pueden operar con mayor o menor eficiencia son los que utilizan el egoísmo de cada persona en función social, o sea los que estimulan al individuo para alcanzar sus metas personales pero de modo que la sociedad obtenga también beneficio de sus esfuerzos. En otras palabras, son viables los sistemas que utilicen el supremo interés que cada individuo pone en lo suyo para extraer beneficios comunitarios.

          Sin embargo, el filósofo y escritor mexicano Adolfo Sánchez Vásquez sostiene que sí se puede ser marxista en la sociedad de hoy. Lo dijo en su elocuente discurso pronunciado en el acto de investidura del doctorado honoris causa por la Universidad de La Habana el 16 de septiembre del 2004, en que abordó el tema de si se puede ser marxista hoy, o sea si “tiene sentido en el alba del siglo XXI pensar y actuar remitiéndose a un pensamiento que surgió en la sociedad capitalista de mediados del siglo XIX”.

          Él atribuye los cuestionamientos al marxismo a quienes, “dados su interés de clase o su privilegiada posición social, no pueden soportar una teoría crítica y una práctica encaminadas a transformar radicalmente el sistema económico-social en el que ejercen su dominio y sus privilegios”. No obstante, ese flanco de cuestionamientos no es el que le preocupa sino “el que cala en individuos o grupos sociales, ciertamente perplejos o desorientados, aunque no están vinculados necesariamente con ese interés de clase o privilegiada posición social”.

          El intelectual mexicano parte de la interpretación del marxismo como «un proyecto de transformación del mundo realmente existente, a partir de su crítica y de su interpretación o conocimiento. O sea: una teoría y una práctica en su unidad indisoluble. Por tanto, el cuestionamiento que se hace del marxismo y se cifra en la pregunta de si se puede ser marxista hoy, afecta tanto a su teoría como a su práctica, pero  —como trataremos de ver—  más a ésta que a aquélla».

          Dice que el marxismo debe asumir el reto de toda teoría que aspire a alcanzar la verdad: el de poner a prueba sus tesis fundamentales en contraste con la realidad y con la práctica. «De este reto  —concluye Sánchez Vásquez—  el marxismo tiene que salir manteniendo las tesis que resisten esa prueba, revisando las que han de ajustarse al movimiento de lo real o bien abandonando aquellas que han sido invalidadas por la realidad».

          Hecha esta operación, el pensador mexicano sostiene que están más sólidas que siempre las tesis marxistas de la naturaleza explotadora y depredadora del capitalismo, los conceptos de clase, la división social clasista y la lucha de clases, la expansión creciente e ilimitada del capital en el marco de la actual <globalización del capital financiero, el carácter de clase del Estado, la mercantilización avasallante de toda forma de producción material y espiritual y “la enajenación que alcanza hoy a todas las formas de relación humana: en la producción, en el consumo, en los medios masivos de comunicación, etcétera, etcétera”.

          En cambio, las tesis o concepciones que, en su concepto, habría que revisar para ajustarlas a la realidad son las referentes a las contradicciones de clase que, sin dejar de ser fundamentales, tienen que conjugarse con otras importantes contradicciones que se dan en la sociedad actual: nacionales, étnicas, religiosas, ambientales, de sexo, etc. Afirma que, “por lo que toca a la concepción de la historia, hay que superar el dualismo que se da en los textos de Marx, entre una interpretación determinista e incluso teleológica, de raíz hegeliana, y la concepción abierta según la cual la historia la hacen los hombres en condiciones determinadas”, por lo que “depende de ellos, de su conciencia, organización y acción, que la historia conduzca al socialismo o a una nueva barbarie”. Mantiene también que deben ser revisadas y actualizadas las tesis relacionadas con las funciones del Estado y el acceso al poder.

          Finalmente, afirma que entre “las tesis o concepciones de Marx y del marxismo clásico que hay que abandonar, al ser desmentidas por el movimiento de la realidad, está la relativa al sujeto de la historia. Hoy no puede sostenerse que la clase obrera sea el sujeto central y exclusivo de la historia, cuando la realidad muestra y exige un sujeto plural, cuya composición no puede ser inalterable o establecerse a priori. Tampoco cabe sostener la tesis clásica de la positividad del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, ya que este desarrollo minaría la base natural de la existencia humana. Lo que vuelve, a su vez, utópica la justicia distributiva, propuesta por Marx en la fase superior de la sociedad comunista con su principio de distribución de los bienes conforme a las necesidades de cada individuo, ya que ese principio de justicia presupone una producción ilimitada de bienes”.

          El de Sánchez Vásquez es, por supuesto, un pensamiento abiertamente revisionista, en términos marxistas clásicos.

          Después de defender la “salud teórica del marxismo”, insiste en que “éste no es sólo, ni ante todo una teoría, sino fundamental y prioritariamente, una práctica, pues recordemos, una vez más, que de lo que se trata es de transformar el mundo”. Consecuentemente, “es ahí, en su práctica, donde la cuestión de si tiene sentido ser marxista hoy, ha de plantearse en toda su profundidad”.

          Con referencia a la experiencia marxista de la Unión Soviética  —el denominado “socialismo real”—  afirma que, aunque tuvo el mérito de constituir un dique a la expansión mundial del capitalismo, el suyo fue “un régimen económico, social y político atípico  —ni capitalista ni socialista—  que representó una nueva forma de dominio y explotación”, con cuyo derrumbe “la bipolaridad en la hegemonía mundial dejó paso a la unipolaridad del capitalismo más depredador, concentrada en el imperio de Estados Unidos”, y produjo “un descrédito de la idea de socialismo y un declive de la recepción y adhesión al marxismo”.

          No obstante, concluye que en la época actual, bajo el imperio del capitalismo en su versión globalizadora, la solución alternativa del socialismo es más necesaria y deseable que siempre.

          Por la profundidad de sus juicios, un fuerte impugnador de lo que él llamaba el “marxismo-dogma” fue el líder político y escritor peruano Víctor Raúl Haya de la Torre a mediados del siglo XX. Haya decía que “para negar al marxismo debía hacerlo dentro de su dialéctica” y de la lógica hegeliana.

          Rechazando la concepción dogmática, Haya decía que el marxismo “que Marx desprendió de la dialéctica de Hegel, ese es dinámico y no inerte; es móvil, cambiante, como la imagen del fuego de Heráclito, y no congelado y yerto”.

          Desde las honduras de la filosofía, sostenía Haya que el marxismo vive para ser negado y despues superado. Esto lo manda su propia concepción dialéctica de la vida. La “superación dialéctica” es el destino inevitable del marxismo. E invocaba, como prueba, el hecho de que “las nociones de la materia, la energía, el movimiento, el espacio y el tiempo, que sirvieron de solera científica a la filosofía de Marx, en el siglo XIX, están todas en revisión” y agregaba que la propia materia “ha dejado de ser lo que fue para la ciencia decimonónica, y hoy hasta se duda de su existencia específica”, para concluir que “las nociones newtonianas y kantianas del espacio y el tiempo, que Marx hace suyas, han sido recusadas por la teoría cuatridimensional que fundamenta el relativismo”, de modo que “toda esa ciencia admirable del siglo XIX ha sido superada por otra ciencia que abre revolucionariamente en la historia humana una nueva Edad”.

          Haya se oponía a dos elementos de las interpretaciones comunistas del marxismo: su pretendida universalidad y su condición dogmática. Haya criticaba al marxismo por desentenderse del espacio y del tiempo histórico. En su libro “El Antimperialismo y el Apra” (1928) afirmaba que “como todo en la naturaleza y en la obra del hombre fluye, pasa, deviene, es negado y superado”, el destino de la ideología de Marx será también ese: ser negada y superada, en aplicación de las normas de la dialéctica. En consecuencia, concluye: “No aceptamos el marxismo como dogma sino como dialéctica”.

 
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