maquinismo

            Es el creciente empleo de máquinas en el proceso de la producción. Estas máquinas, cada vez más sofisticadas, han reemplazado al esfuerzo físico e intelectual del hombre en la economía y, en general, en la operación de la sociedad.

            El maquinismo fue la esencia de la primera revolución industrial  —la revolución de las grandes máquinas—  que se inició en Inglaterra con la invención de la máquina de vapor por James Watt, que fue patentada en 1776. Inmediatamente Matthew Boulton, socio de Watt, promovió el uso del nuevo artefacto como fuente de potencia para la industria textil. Treinta y cinco años más tarde, el ingeniero estadounidense Robert Fulton puso en servicio el primer barco de vapor en el río Hudson de Nueva York y dos décadas después la máquina de vapor, montada sobre ruedas, dio origen a la locomotora.

            Esto revolucionó el mundo.

            En menos de cien años se pasó de la pericia a la tecnología. La vida social y la economía cambiaron radicalmente. En 1750 los capitalistas y los proletarios eran grupos sociales marginales. Un siglo después fueron las clases más dinámicas de la estructura social europea. Hacia 1850 la máquina de vapor se había incorporado ya a todos los procesos manufactureros, había transformado el transporte por tierra y por mar y había empezado a incursionar en las tareas agrícolas.

            Pero el maquinismo está presente también, aunque de manera diferente, en la segunda revolución industrial  —la revolución electrónica de nuestros días—  con su fascinante mundo de los ordenadores, microprocesadores, informática y robots, que constituyen la clave del proceso de producción contemporáneo. Ellos han sustituido, no solamente el esfuerzo físico del hombre, sino su esfuerzo intelectual por sofisticados aparatos que “piensan” por él.

            La <cibernética ha tornado factible proporcionar cerebro y memoria a cualquier aparato diseñado por el hombre. Cada vez aparecen nuevas generaciones de robots inteligentes, capaces de ver y de sentir al tacto, que sustituyen al ser humano en muchas de sus faenas productivas, especialmente en las repetitivas y aburridas, o en las que entrañan peligro o demandan extremada precisión.

            Esta moderna “mano de obra” electrónica tiene ciertamente sus ventajas: no se cansa, no se enferma, no duerme ni se alimenta, no goza de vacaciones, no pide aumento de salarios ni hace huelgas. Pero, en cambio, desplaza a la población económicamente activa y afecta el nivel general del empleo.

            Los robots bajan los costes de producción y aumentan la productividad de las empresas. La General Electric de Estados Unidos declaró que sus robots pintores le ahorran mucho dinero al año al evitar los desperdicios de pintura en que incurren los pintores humanos. Es la sobrehumana precisión de los robots en sus movimientos. Nada hay más interesante que verlos trabajar, con la magnífica precisión e isocronía de sus movimientos.

            A comienzos del siglo XXI el Japón iba a la cabeza de la robótica, que es la ciencia que estudia el diseño y la operación de los robots. Empezó sus investigaciones y trabajos en esta área a mediados de la década de los años 60 del siglo anterior, después que otros países, pero luego tomó la delantera.

            En todo caso, la incorporación de los robots y, en general, de la tecnología electrónica al proceso productivo ha obligado a las sociedades avanzadas a reajustar sus sistemas laborales en función de estos nuevos elementos en las relaciones de producción.

            Pero el peligro de forjar un modelo de desarrollo sin empleo es una grave amenaza social, cuando no una ominosa realidad en nuestros días.

 
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