maquila

            La palabra maquila, procedente del árabe makila que significa “medida de capacidad”, designó originariamente la porción de grano, harina o aceite que pertenecía al molinero por su tarea de molienda. Sin embargo, el término cobró más tarde una nueva acepción en el campo de la economía: un sistema de producción industrial implantado en algunos países del mundo subdesarrollado para la transformación de materia prima o bienes intermedios importados en productos parcial o totalmente terminados con destino a la exportación.

            El sistema surgió en México en los años 60 del siglo anterior y durante las décadas siguientes se extendió hacia el Caribe, Centroamérica, el Oriente Medio y el sudeste asiático. Forma parte de la política industrial impulsada por los Estados para atraer a su territorio este tipo de empresas al amparo de una legislación tributaria especial.

            Las industrias maquiladoras importan insumos y materias primas o bienes intermedios, los transforman y exportan los productos procesados. Para ello incorporan tecnología extranjera y utilizan intensivamente mano de obra local. Se trata generalmente de mano de obra no calificada y barata que, por tanto, contribuye a bajar los costes de producción de los bienes elaborados.

            La internación temporal de las materias primas, insumos y elementos de embalaje, así como de los equipos y maquinarias necesarios para el proceso, está sujeta a un régimen aduanero especial que les libera de impuestos arancelarios; pero los productos terminados o semiterminados, según el caso, deben salir forzosamente del país. Los bienes fabricados por las industrias maquiladoras no pueden venderse dentro del Estado que los produce sino que están destinados a la exportación.

            Por lo general, adoptan el sistema de la maquila las empresas transnacionales en sus plantas industriales subsidiarias ubicadas en los países periféricos que reciben de sus matrices el capital, la tecnología y el <know how para el proceso de producción. A ellas les resulta más barato producir de esta manera y les posibilita, por tanto, concurrir al mercado mundial con precios más bajos que los que les ofrecen sus lugares de origen. Lo hacen estimuladas por los exiguos salarios, las menores exigencias sindicales, la baja tributación y los costes inferiores de producción local, así como las restricciones ambientales en los lugares de origen.

            Estos son los factores que han determinado la adopción de esa modalidad industrial. Los países receptores, por su parte, interesados en generar empleo para sus poblaciones en explosivo crecimiento, contribuyen a la instalación de tales industrias con una legislación especial que establece un tratamiento arancelario de excepción y con la mano de obra y los servicios de infraestructura necesarios para la instalación y funcionamiento de ellas.

            A veces combinan la maquila con el establecimiento de zonas francas industriales o comerciales  —o sea recintos cerrados de desarme arancelario que obedecen a una legislación especial—  para estimular la actividad económica en regiones deprimidas mediante la fabricación y exportación de productos manufacturados.

            En el negocio de la maquila la generación de empleo es realmente el interés de los países receptores antes que el aumento de las exportaciones  —que se ve contrarrestado en buena parte por las mismas importaciones de materia prima e insumos—  o la transferencia de tecnología, que en realidad es muy incipiente. En México, por ejemplo, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), los empleos creados por la maquila subieron de 446.000 a finales de 1990 a 788.000 en septiembre de 1996.

            Los datos estadísticos revelan que la maquila absorbe principalmente mano de obra no calificada o con baja calificación, da trabajo en mayor proporción a las mujeres y los salarios son variables en comparación con los que se pagan en la industria de mercado interno. En algunos países  —la República Dominicana, entre ellos—  los salarios de las empresas maquiladoras son mayores que los de la industria tradicional mientras que en México y en otros lugares ha ocurrido lo contrario, según afirma la CEPAL. Lo mismo acontece con las condiciones de trabajo. En unos países se han registrado flagrantes casos de incumplimiento de las normas laborales mientras que en otros las condiciones son relativamente satisfactorias.

            Se ha acuñado la palabra inglesa sweatshop (formada por la unión de los términos sweat = “sudor”, y shop = “tienda” o “taller” donde se trabaja alguna manufactura) para designar precisamente a las fábricas en que se hacinan los obreros mal pagados en las peores condiciones laborales que puedan imaginarse. Estas “fábricas de sudor” son lugares con malas condiciones de aire y luz, ambientes insalubres, donde los trabajadores son explotados con bajísimas remuneraciones y sometidos a tratos infrahumanos para producir bienes de exportación. En algunos casos, incluso, se permite el trabajo de niños, con salarios aun más bajos, según lo demostró una investigación desarrollada en Pakistán, cuyas conclusiones publicó la revista norteamericana "USA News" en diciembre de 1996.

            Algunos de estos sweatshop se han establecido en Singapur, El Salvador, Honduras, Haití, Pakistán, Bangladesh, Filipinas y otros países. Allí se irrespetan las normas laborales, se burlan las obligaciones patronales, se imponen sobretiempos forzados y se somete a los trabajadores  —generalmente mujeres—  a una cruel explotación para bajar los costes de producción. En algún estudio que leí se decía que, por ejemplo, la producción de un par de zapatos deportivos de marca en una de estas zonas francas industriales del tercer mundo representaba US$ 4,90, incluido el embalaje y el transporte, mientras que se lo vendía a US$ 80 en el mercado norteamericano. Esto generalmente ocurre cuando esas fábricas no pertenecen a las <corporaciones transnacionales sino a productores independientes que contratan con ellas la provisión de sus productos. Lo cual incluso ha obligado a las grandes firmas a expedir “códigos de conducta” para la operación de sus proveedores, en los que se establecen remuneraciones justas, jornadas de labor limitadas, medio ambiente sano y demás condiciones laborales.

            Para atraer a las industrias maquiladoras un país debe no solamente hacer adecuaciones a su legislación tributaria sino también emprender en grandes inversiones en obras de infraestructura: energía eléctrica, telefonía, agua potable, sistemas de eliminación de aguas servidas y desechos industriales, vías de acceso, sistemas de iluminación, transporte, puertos, aeropuertos, servicios de seguridad, etc.

            La maquila se ha presentado en los países del tercer mundo, que ocupan una posición geoeconómica estratégica con relación a los grandes mercados, como una solución alternativa de desarrollo industrial y de ocupación de su mano de obra redundante.

 
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