maoísmo

            Es el conjunto de los pensamientos y experiencias políticos de Mao Tse-tung, líder y gobernante de la República Popular de China. Representa un gran esfuerzo de interpretación del >marxismo para adaptarlo a las condiciones de un país atrasado y eminentemente rural, como fue China antes de la revolución de 1949. Por tanto, bien podría decirse que el maoísmo es la simbiosis de los principios universales del marxismo-leninismo con las aportaciones teóricas de Mao y la práctica concreta de la revolución china.

            Mao Tse-tung nació el 26 de diciembre de 1893 en la aldea de Shaoshan, ubicada en la provincia de Hunan, en el seno de una familia de campesinos, y murió el 9 de septiembre de 1976 en Pekín. Se educó en la escuela de magisterio de Changsha, donde recibió la educación tradicional de su tiempo fundada en los textos clásicos del confucianismo. Después ingresó a un colegio en Hsianghsiang, donde leyó las obras de los reformadores neoconfucianos. Durante un tiempo trabajó como jornalero en las tierras de su padre. Sirvió al ejército nacionalista en 1911 durante la revolución contra el gobierno manchú de la dinastía Qing. Después fue director de una escuela de enseñanza primaria.

            Mao fue fundamentalmente un autodidacto, que entró en contacto con el pensamiento de Occidente y leyó las obras de Adam Smith (1723-1790), David Ricardo (1772-1823), John Stuart Mill (1806-1873), Charles Darwin (1809-1882), Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) y otros pensadores del otro lado del mundo. Formó en 1917 un grupo de estudios sociales. Empezó a rechazar las ideas confucianas tradicionales. Viajó a Pekín para aprender francés con la intención de proseguir sus estudios en Francia, pero la falta de medios económicos frustró sus designios. Participó en las movilizaciones estudiantiles contra la intervención extranjera en China. Entró en contacto con elementos revolucionarios. Se sintió atraído por las ideas comunistas y anarquistas. Leyó el <Manifiesto Comunista, que a la sazón era el único texto de Marx que había sido traducido al chino.

            Años después declaró que los tres libros que dejaron una profunda huella en su espíritu por aquellos años fueron el "Manifiesto Comunista" de Marx y Engels, la "Lucha de Clases" de Karl Kaustky y "Una Historia del Socialismo" de Thomas Kirkup.

            Acogió el pensamiento de Lenin de que la organización de un partido político elitista, dirigido por revolucionarios profesionales, era el único camino hacia la trasformación social. Asistió a la asamblea fundacional del Partido Comunista Chino en Shanghai en julio de 1921 y a su regreso a Hunan organizó el primer grupo comunista local.

            En 1923, cuando el Partido Comunista Chino se alió con el Partido Nacionalista (Kuomintang), liderado por Sun Yat-sen, para combatir a los señores de la guerra feudales, Mao manifestó su discrepancia con este acuerdo pero fue reducido a la obediencia por la Internacional Comunista, dirigida por los soviéticos, que estaba empeñada en mantener su alianza táctica con el Kuomitang. Esa alianza pronto se rompió cuando las tropas nacionalistas reprimieron la rebelión campesina conocida como la “cosecha de otoño”.

            Muerto Sun Yat-sen, Chiang Kai-shek dio un viraje al Kuomitang y se propuso aniquilar a los comunistas. Colocó fuera de la ley al Partido Comunista. Mao se puso a salvo en la región montañosa de Chingkanshan, junto a un grupo de sus seguidores, pero siguió su tarea de indoctrinación a los campesinos en las ideas marxistas, en el patriotismo, en la disciplina y en el rechazo a la intervención extranjera. Fue expulsado del Comité Central del partido por su falta de disciplina.

            En 1926 escribió su primera obra marxista-leninista: "Análisis de las clases de la sociedad china", en la que abogó por una recia organización de los campesinos. En 1927 escribió el "Informe sobre una investigación del movimiento campesino en Hunan", en el que sostuvo la tesis de que el descontento del campesinado era la mayor fuerza potencialmente revolucionaria de China y debía ser aprovechada. En ambos libros se puso de manifiesto su rechazo a la moderación confuciana y su opinión de que los excesos revolucionarios son inevitables. Es necesario “tirar al suelo a los shenshi y pisarles la cabeza”, escribió.

            En mayo de 1928 un gran contingente de tropas, bajo el mando de Chu Teh, se unió a Mao. Chu era un veterano de luchas revolucionarias, que empezó a asesorar a Mao en la conversión de los campesinos en guerrilleros. En tales circunstancias Mao, como líder político, y Chu, como jefe militar, organizaron el cuarto ejército rojo, que un año más tarde emprendió su campaña guerrillera en el sureste de Kiangsi. En una de las acciones insurgentes fue detenida y ejecutada la mujer de Mao por las fuerzas del gobierno. La táctica de la guerra de guerrillas desplazó a las fuerzas del Kuomitang hacia las zonas rurales, donde fueron hostigadas por las milicias campesinas y aniquiladas por el ejército rojo. Para hacer frente a esta táctica Jiang Jieshi cercó a las bases comunistas en 1934. Las fuerzas de Mao y de Chu, después de romper el cerco, iniciaron la denominada larga marcha de 10.000 kilómetros en dirección hacia el noroeste, que terminó en octubre de 1935 en Shaanxi, donde instalaron sus nuevos campamentos.

            Entretanto, los japoneses habían invadido Manchuria y otros territorios al noreste de China. Mao, inflamado de patriotismo, suspendió su lucha revolucionaria y convenció a su adversario Jiang Jieshi que era conveniente luchar juntos para expulsar a los japoneses. Esa suspensión duró todo el período de la Segunda Guerra Mundial, durante el cual Mao combatió en lucha de guerrillas contra los invasores. Eso sirvió para que en 1946 el Partido Comunista quedara plenamente identificado con los campesinos. Entonces Mao, convertido en un líder nacional y, para disgusto de Stalin, en el líder indiscutido de su partido, reinició su lucha revolucionaria  —su guerra civil—  contra las fuerzas nacionalistas del gobierno. 

            Buena parte del territorio chino estaba bajo su control. Y con el triunfo de la revolución china y la expulsión de Chiang Kai-shek y de sus fuerzas  —que se dirigieron a Taiwán—  se proclamó la República Popular de China el 1 de octubre de 1949 y Mao fue elegido su Presidente.

            Se convirtió en un personaje mítico en China. Su prestigio emanaba no solamente de su heroico triunfo militar contra Chiang Kai-shek sino además de su hondo pensamiento revolucionario. 

            Mao escribió sus obras más importantes en los años 30. En algunas de ellas trató sistemáticamente los métodos y tácticas de la lucha armada no convencional contra un ejército superior en número y en armamento, que se pusieron a prueba en la guerra contra el ejército del Kuomitang y contra los japoneses. Su obra política más destacada fue “Sobre la Nueva Democracia”, escrita en 1940, en la que perfiló la formación de un amplio frente unitario, que incluiría a pequeños capitalistas, y concibió el futuro gobierno de China como una “dictadura común” de varias clases revolucionarias, planteamiento que contrastó con la dictadura monoclasista del proletariado implantada en la Unión Soviética.

            Hu Jintao, en ese momento uno de los siete dirigentes máximos de la República Popular de China, miembro del buró político que ejerce la dirección colectiva del Comité Central del Partido Comunista (elegido Presidente de China en marzo del 2003), me decía en una conversación en Pekín en octubre de 1994, que al hacer Mao la revolución en un vasto país semicolonial y semifeudal tuvo inevitablemente que tropezar con muchos problemas nuevos y complejos, imposibles de solucionar con sólo recitar de memoria los textos generales del marxismo-leninismo o copiar mecánicamente las experiencias de otros países.

            Fue en esa lucha, en medio de las circunstancias inéditas de la revolución agraria, de la guerra de resistencia contra el Japón y de la guerra de liberación hasta la proclamación de la República Popular de China, como se forjó y alcanzó madurez el pensamiento político de Mao.

            Vistas así las cosas, el maoísmo fue la teoría y la práctica de la revolución socialista en un enorme y rezagado país de campesinos, que en la década de los 60 ejerció una poderosa influencia en el pensamiento revolucionario de los países del >tercer mundo, que vieron en China un modelo mucho más accesible que el de la URSS para las circunstancias de Asia, África y América Latina. Los partidos comunistas del mundo subdesarrollado impulsaron entonces una conversión hacia el maoísmo y, con mentalidad de colonialistas regimentados, inmediatamente hicieron suya y reprodujeron la querella ideológica que su metrópoli asiática mantenía contra la “camarilla de los renegados revisionistas soviéticos”.

            El pensamiento de Mao, basado en las condiciones históricas y sociales de China, se plasmó en todos sus ensayos y escritos, que fueron muchos: “Análisis de las clases de la sociedad china”, “Informe sobre una investigación del Movimiento Campesino en Hunan”, “Una sola chispa puede incendiar la pradera”, “Con motivo de la aparición de El Comunista”, “Sobre la nueva democracia”, “Sobre el gobierno de coalición”, “La situación actual de nuestras tareas”, “Sobre la dictadura democrática popular”, “Sobre las diez grandes relaciones”, “Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo” y otros muchos aportes de naturaleza teórica.

            Pero el maoísmo fue no sólo una teoría política y económica sino también una acción de lucha revolucionaria  —guerra popular, la llamaba Mao—  puesto que en concepto del líder chino la práctica tiene prioridad sobre la teoría en materia revolucionaria y es la suprema prueba de la verdad de las propuestas ideológicas.

            Los chinos consideraron que las ideas del líder de la revolución  —a las que nunca llamaron maoísmo sino Pensamiento de Mao Tse-tung—  completaban el marxismo. Por eso a la doctrina global la denominaron "Marxismo-Leninismo-Pensamiento de Mao Tse-tung".

            El maoísmo fue una mezcla de la ortodoxia intransigente de Stalin con las innovaciones y adecuaciones hechas por Mao a las condiciones de un país política y económicamente rezagado y pobre como fue la China de su tiempo.

            Mao Tse-tung fue el líder indiscutible del Partido Comunista de su país desde 1935 hasta su muerte. Durante sus investigaciones teóricas y su larga militancia política llegó a la conclusión  —y esta fue una de sus innovaciones respecto de la ortodoxia marxista—  de que el potencial revolucionario de las masas campesinas de su país era mucho mayor que el de cualquier otra <clase social y por eso dedicó la mayor parte de su vida a la organización de los trabajadores del campo, con cuya lucha alcanzó el poder en 1949 después de la dilatada guerra de guerrillas que inició en 1924 y que tuvo cuatro etapas: la primera guerra civil revolucionaria de 1924 a 1927, la segunda guerra civil revolucionaria de 1927 a 1937, el período de la guerra de resistencia contra el Japón de 1937 a 1945 y la tercera guerra civil revolucionaria de 1945 a 1949.

            Aparte de ideólogo y político, Mao fue un gran estratego militar. Dedicó mucho de su tiempo a estudiar el rol de las fuerzas armadas y la técnica de la guerra de guerrillas. Concibió la lucha guerrillera como parte de la guerra popular y asignó a la <guerrilla una decisoria función política y militar en la brega por el poder.

            Mao siguió, en lo principal, los planteamientos teóricos del >materialismo dialéctico marxista. Dedicó muchas de sus meditaciones a la ley fundamental de la dialéctica que es la de la unidad y lucha de los contrarios. En un trabajo escrito en 1937 afirmó que “la ley de la contradicción en las cosas, es decir, la ley de la unidad de los contrarios, es la ley fundamental de la dialéctica materialista” e hizo la distinción entre la concepción metafísica y la concepción dialéctica del mundo. “La concepción metafísica del mundo o concepción del mundo del evolucionismo vulgar  —dijo—   ve las cosas como aisladas, estáticas y unilaterales. Considera todas las cosas del universo, sus formas y sus especies, como eternamente aisladas unas de otras y eternamente inmutables. Si reconoce los cambios, los considera sólo como aumento o disminución cuantitativos o como simple desplazamiento. Además, para ella, la causa de tal aumento, disminución o desplazamiento no está dentro de las cosas mismas sino fuera de ellas, es decir, en el impulso de fuerzas externas. Los metafísicos sostienen que las diversas clases de cosas del mundo y sus características han permanecido iguales desde que comenzaron a existir y que cualquier cambio posterior no ha sido más que un aumento o disminución cuantitativos. Consideran que las cosas de una determinada especie sólo pueden dar origen a cosas de la misma especie, y así indefinidamente, y jamás pueden transformarse en cosas de una especie distinta”.

            En contraste con esta concepción del mundo está el punto de vista dialéctico, que sostiene, según Mao Tse-tung, que “a fin de comprender el desarrollo de una cosa, debemos estudiarla por dentro y en sus relaciones con otras cosas. Dicho de otro modo, debemos considerar que el desarrollo de las cosas es un automovimiento, cada cosa se encuentra en interconexión e interacción con las cosas que la rodean. La causa fundamental del desarrollo de las cosas no es externa sino interna; reside en su carácter contradictorio interno. Todas las cosas entrañan ese carácter contradictorio; de ahí su movimiento y su desarrollo. El carácter contradictorio interno de una cosa es la causa fundamental de su desarrollo, en tanto que su interconexión y su interacción con otras cosas son causas secundarias”.

            Las conclusiones políticas de estos planteamientos dialécticos las formuló Mao Tse-tung en 1937, doce años antes de su toma del poder, en el sentido de que, “contradicciones cualitativamente diferentes sólo pueden resolverse por métodos cualitativamente diferentes. Por ejemplo: la contradicción entre el proletariado y la burguesía se resuelve por el método de la revolución socialista; la contradicción entre las grandes masas populares y el sistema feudal, por el método de la revolución democrática; la contradicción entre las colonias y el imperialismo, por el método de la guerra revolucionaria nacional; la contradicción entre la clase obrera y el campesinado en la sociedad socialista, por el método de la colectivización y mecanización de la agricultura; las contradicciones en el seno del Partido Comunista, por el método de la crítica y la autocrítica; la contradicción entre la sociedad y la naturaleza, por el método del desarrollo de las fuerzas productivas”.

            Retomando el viejo concepto leninista de que la revolución cultural es necesaria para cambiar la percepción de los hombres respecto de las situaciones injustas en la organización social y para generar en su ánimo las condiciones subjetivas de la revolución  —recogido más tarde por el teórico marxista italiano Antonio Gramsci—,  Mao impulsó de 1966 a 1976 el movimiento al que llamó “la gran revolución cultural proletaria” para eliminar todos los residuos de la “cultura burguesa”, que en su concepto quedaban aún en China, y posibilitar el pleno desarrollo marxista, pero que terminó por promover una insurrección indiscriminada contra todo lo que era o parecía elitismo o <burocratismo en el sistema comunista chino.

            Pronto la llamada revolución cultural se le fue de las manos a Mao y se desbocó en toda suerte de manifestaciones iconoclastas. Las guardias rojas, que fueron las encargadas de ejecutar la tarea, cometieron toda clase de tropelías contra el arte, literatura, música, educación y cultura de China, so pretexto de “purgarlas” de las influencias occidentales, e irrogaron graves humillaciones a los supuestos responsables de esa contaminación “burguesa”.

            El proceso quedó fuera de control por un buen tiempo.

            Pero el maoísmo, en todo caso, fue un aporte importante a la integración de la doctrina marxista desde el punto de vista de un país del >tercer mundo, de incipiente industrialización, sin clase obrera importante, cuya principal riqueza era la agricultura y con una inmensa mayoría de la población dedicada a las tareas del campo.

            El mérito de Mao, desde el punto de vista ideológico, fue adaptar los principios generales del marxismo a la situación concreta de un enorme país subdesarrollado que vivía dentro de un régimen feudal y que, por tanto, no había conocido aún el capitalismo ni su democracia restringida; desde el punto de vista de la organización, haber formado un partido proletario marxista en un país donde el proletariado era poco numeroso aunque combativo y donde el campesinado representaba la inmensa mayoría de la población; desde el punto de vista estratégico, haber estructurado un ejército revolucionario con base en las masas campesinas y haberlo llevado a la victoria final; y, desde el punto de vista político, haber construido un Estado y un sistema de gobierno capaz de organizar, educar, alimentar y dar trabajo a la población más numerosa del planeta.

            Esto se reconoce hoy, en que las aguas se han aquietado. Sin embargo, a la muerte de Mao en 1976, después de diez años de operación de la llamada >revolución cultural, que significó una persecución implacable y fanática contra todo lo que “olía” a “capitalismo” y “derechismo” en los mandos gubernativos, políticos y culturales de China, se abrió un período de dudas y de discusiones sobre los aciertos y los errores de Mao. Se consideró que la revolución cultural fue una funesta equivocación suya por los irreparables estragos que causó en las filas comunistas de China. Fueron proscritos el “arribista” Lin Biao, la propia viuda de Mao y la llamada “banda de los cuatro”, integrada por Jiang Qing, Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen, a quienes se acusó de haber impulsado la revolución cultural y cometido toda clase de abusos de poder durante ese aciago proceso. Se condenó el “culto a la personalidad” que en su torno erigió el viejo líder comunista. Se criticaron los “errores de valoración” sobre el proceso político chino en que incurrió. Se maldijeron su autoritarismo y su crueldad. Se condenó, en fin, su “desviacionismo izquierdista”.

            Pero en la actualidad, después de las llamadas >reforma y apertura en la economía que los nuevos líderes chinos impulsaron en su país y del gran viraje de orden no sólo económico sino político en la conducción de China que con ellas se ha producido, aunque esto no lo reconocen sus dirigentes, se considera que Mao fue el gran ideólogo y combatiente de la revolución comunista pero que cometió grandes errores entre los que el de la revolución cultural y el culto a la personalidad no son los de menor entidad.

            La opinión oficial que hoy prevalece en China sobre el presidente Mao se resume en un reciente documento del Partido Comunista que sostiene que “el camarada Mao Zedong fue un gran marxista, un gran revolucionario, estratega y teórico del proletariado. Aunque cometió graves errores durante la revolución cultural, mirado el conjunto de su trayectoria, los servicios meritorios que prestó a la revolución china están muy por encima de sus faltas. Sus méritos constituyen el aspecto principal y sus errores, el secundario”.

            Sin embargo, es lícito hoy criticar a Mao, cosa que habría sido impensable antes de 1976  —y que incluso es impensable hoy con relación a los actuales líderes del gobierno—,  y se considera que “es completamente erróneo abordar de manera dogmática las palabras del camarada Mao Zedong, considerando que todo lo dicho por él es verdad inmutable, y que lo único que queda por hacer es copiarlo y trasplantarlo mecánicamente”. Con esto se ha descorrido el velo de <dogmatismo que anteriormente cubría las ideas de Mao. Y, de todas maneras, significa un importante cambio en el pensamiento chino contemporáneo en materia ideológica y política.

            Según lo proclamó el XV Congreso del Partido Comunista de China reunido del 12 al 18 de septiembre de 1997 en Pekín, el planteamiento ideológico chino se compone de tres grandes elementos: el marxismo-leninismo, el pensamiento de Mao Tse-tung y la teoría de Deng Xiaoping. Composición que resulta de la fusión en el tiempo de las ideas prevalecientes en las tres grandes etapas de la historia contemporánea de China: la que corresponde a la revolución de 1911 acaudillada por Sun Yat-sen, que abolió la milenaria monarquía; la de la fundación de la República Popular tras el triunfo de las armas de Mao en 1949 con la adecuación del marxismo a la realidad social de China; y el proceso de reforma y apertura dirigido por Deng Xiaoping durante su largo gobierno de casi dos décadas.

            A raíz de la muerte de Xiaoping, ocurrida en febrero de 1997, se abrió en China la etapa de la denominada modernización socialista bajo el liderazgo del presidente Jiang Zemín, quien trató de consolidar y profundizar los cambios económicos y políticos operados en los últimos años al amparo de la <economía socialista de mercado.

            La forma de gobierno de China, según los textos oficiales, es la “dictadura democrática popular dirigida por la clase obrera y basada en la alianza obrero-campesina”, que es sin duda una variante de la <dictadura del proletariado clásica.

            Dentro de ella, al Partido Comunista se le asigna el papel de conductor y guía del proceso de reforma económica, apertura política y modernización socialista en que está empeñada China, en el marco de un proceso de capitalización.

            Se reconocen varias formas de propiedad: la estatal, la colectiva, la mixta y la privada, si bien con el predominio de la propiedad pública en las principales industrias y en las áreas claves de la economía. Se impulsa el desarrollo de las llamadas >zonas económicas especiales, que son la avanzada de la apertura de China hacia el mundo exterior.

            Tras cinco años de encendidos debates, la Asamblea Nacional Popular de China aprobó el 16 de marzo del 2007  —por 2.799 votos favorables contra 52 opuestos y 37 abstenciones—  la Ley de Propiedad, reformatoria del código civil, que colocó por primera vez la propiedad privada al mismo nivel que la estatal y la colectiva, cuya intangibilidad garantizó  —incluida la inversión extranjera—  en favor de las personas y empresas particulares. Una de las finalidades de la ley fue acabar con el régimen jurídico de usufructo que tenían los campesinos sobre las tierras agrícolas de propiedad estatal que trabajaban, por plazos de treinta años renovables, y eliminar las frecuentes y protestadas expropiaciones de fundos agrícolas, que habían afectado la seguridad jurídica de los campesinos. Uno de los artículos del estatuto en referencia establecía que “todo tipo de propiedad, desde la estatal a la colectiva, individual o de otro tipo, está protegida por la ley y nadie puede atentar contra ella”.

            Los sectores capitalistas de Occidente saludaron esta decisión parlamentaria como un gran paso del capitalismo y de la economía de mercado en el país asiático, que había costado catorce años de lucha.

            En el siglo XXI, dentro de la globalización mundial, la República Popular de China se ha convertido en un país capitalista  —muy a pesar de su retórica socialista—  con propensión a explotar inmisericordemente a sus trabajadores, en el ámbito interno, y a implantar conductas neoimperialistas en sus relaciones económicas internacionales.

 
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