manipulación

            Es un término frecuentemente usado en la actividad política. Significa, originalmente, manejar, maniobrar o hacer algo con las manos. En el campo científico, manipular es someter a una sustancia a procedimientos físicos capaces de alterar su forma o estado. En el ámbito comercial es el traslado, transporte, manejo y movimiento de una mercancía desde su fase de producción hasta que llega a manos del consumidor. Y tiene importancia por sus costes y por el mantenimiento de su calidad.

            Manipulación, en sentido figurado, que es el que se usa en la vida política, es la utilización de alguien para lograr los propios propósitos de modo que la persona utilizada no se da cuenta de que lo es y sirve inconscientemente los designios del manipulador. Ella ignora que es objeto de manipulación y cree que sus conductas responden a sus propias opciones cuando en realidad son determinadas desde la oscuridad por el manipulador.

            La manipulación está presente en varios órdenes de la vida social. Cuando la enseñanza pública se convierte en adoctrinamiento político hay una manipulación, si las iglesias asustan a sus fieles con las llaves del infierno hay manipulación, siempre que la publicidad presenta calidades que los productos no tienen hay manipulación y cuando en el mercado se forjan falsas escaseces hay también manipulación.

            En nuestro tiempo, sin duda, las más groseras manipulaciones provienen del gobierno y de los medios de comunicación colectiva, que con frecuencia actúan de común acuerdo. La manipulación política es muy antigua. Recordemos el viejo adagio hindú del año 273 antes de nuestra era: “de todas las ciencias, la más peligrosa es la del control del pensamiento de las multitudes, pues es la que permite gobernar el mundo entero”. Entre los antiguos griegos la manipulación política tuvo en el discurso panegírico una de sus manifestaciones más importantes, que Roma la desarrolló después por medio de sus grandes oradores. Los regímenes totalitarios de la primera mitad del siglo XX  —de signo fascista y comunista—  montaron gigantescos aparatos de manipulación para sojuzgar la mente y el cuerpo de los hombres. Ese poder es hoy potencialmente mayor gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, que han creado nuevos y sofisticados instrumentos de manipulación al servicio de la dominación política. Los medios de comunicación  —especialmente la televisión, con la fuerza “vivencial” de sus testimonios, informaciones, mensajes y opiniones—  han alcanzado una profunda penetración en las sociedades digitales de nuestro tiempo y tienen en sus manos la posibilidad de manejar la información, crear <estereotipos y moldear las opiniones y las conductas de la gente.

            Una de las manipulaciones más frecuentes y más alienantes es la de la información. Ciertos medios de <comunicación de masas, vinculados a intereses políticos o económicos concretos, suelen entregar a la sociedad información distorsionada, ya ocultando ciertos hechos, ya forjando otros que no existen, ya desfigurándolos, ya disminuyendo o amplificando su importancia, con lo cual inducen una determinada conducta de la gente.

            Esa es una manipulación gravísima porque da a los ciudadanos equivocados o distorsionados elementos de juicio para sus decisiones políticas. Porque deforma la >opinión pública. Y además vulnera el derecho de la comunidad a ser objetiva, veraz y oportunamente informada de las ocurrencias nacionales e internacionales. La televisión, especialmente, tiene mil y un métodos muy sutiles de manipular la opinión pública. La selección de las imágenes, su perspectiva, el ángulo de enfoque, el tiempo de exposición, la iluminación son algunos de los trucos de manejo de la imagen en la pantalla. La imagen televisiva, acompañada del sonido, el color y el movimiento, tiene una gran fuerza persuasiva e inductora. Los medios televisuales  —de propiedad estatal o privada—  están en posibilidad de forjar artificiosamente corrientes de opinión pública, inclinarlas en determinado sentido, desviar la atención popular y realizar toda suerte de maniobras con el pensamiento, creencias, valores, emociones, anhelos, actitudes, apetitos y sentimientos de la gente.

            En el campo de la comunicación hay una amplia diversidad de técnicas de manipulación informativa: supresión o apocamiento de las noticias, <desinformación, subinformación, uso de la mentira, exageración. La eliminación o reducción de unas noticias y la magnificación de otras son arbitrios recurrentes. Con frecuencia la información está controlada por el gobierno o por los sectores de predominio económico y se torna selectiva, en desmedro de la libertad de prensa. Detrás de algunos medios de comunicación está el poder de los grandes anunciantes y fabricantes, cuyos intereses se cuidan de no dañar. Una noticia que les incomode es probable que no aparezca. Un político de ideas contrarias a las suyas corre el riesgo de ser vetado y censuradas sus palabras.

            Las iglesias, las sectas y los antiguos hechiceros han utilizado desde viejos tiempos el boato, la parafernalia, las ceremonias, los himnos y las solemnidades para impresionar el ánimo de sus fieles, sobrecogerlos, intimidarlos y conducirlos, acudiendo más a la emoción de ellos que a su reflexión. La puesta en escena de los ritualismos ha tenido sin duda este propósito. Los dramáticos oradores religiosos, con sus expresiones y gestos casi truculentos y su teatralidad efectista, manipulan hábilmente los sentimientos y el comportamiento de sus feligreses. Repiten constantemente los mismos asertos para “incrustarlos” en el cerebro de las personas y condicionar sus creencias y conductas.

            Paul Joseph Goebbels (1897-1945), el genio maléfico de la propaganda nazi, decía irónicamente que el éxito de la Iglesia Católica se debe a que ha repetido lo mismo por 2.000 años. Esa repetición, acompañada de la “orquestación”, es decir, de la reiteración de los mismos textos e imágenes por varias personas y bajo diversas circunstancias, contribuye a fijar determinadas nociones en la memoria de las personas.

            Del análisis de las interacciones entre el individuo y el grupo se encarga la psicología social  —que es la rama de la psicología que estudia la influencia del entorno colectivo sobre la conducta de las personas—,  cuyos inciadores fueron en 1908 el psicólogo inglés William McDougall y el sociólogo norteamericano Edward Alsworth Ross, seguidos en 1924 por el psicólogo estadounidense Floyd H. Allport.

            Con frecuencia la manipulación política pretende movilizar la angustia, la esperanza, el miedo, la frustración, el complejo de inferioridad, la agresividad, el patriotismo, el odio de clases, la religiosidad y cualesquiera otras pasiones y emociones para inducir a la gente a adoptar la conducta deseada. Hace amar u odiar a determinadas personas e ideas. Conduce a la gente a combatir en defensa de los intereses del manipulador. La demagogia populista, al llevar a las masas a defender posiciones objetivamente contrarias a sus conveniencias, o el <jinjoísmo al exacerbar el sentimiento nacional, o el >regionalismo que fomenta el odio de unas zonas contra otras dentro de un mismo país, no son más que ejemplos de la más perversa manipulación política.

            Los gobiernos generalmente montan aparatos de propaganda para tratar de “lavar el cerebro” de la gente y además buscan controlar los medios de comunicación para dosificar y orientar la información. En los dispositivos de información de los regímenes autoritarios se da la más burda y repugnante manipulación. La verdad oficial es la única verdad. Los pueblos no conocen más que aquello que los gobiernos desean que conozcan. Esta es una de las peores tiranías porque obra sobre la mente de los hombres, como lo presintió hace dos siglos el redactor de la Constitución norteamericana, Thomas Jefferson.

            Los políticos demagógicos son generalmente grandes maniobreros y hábiles maquinadores del pensamiento, las emociones y la conducta de las masas. Condicionan su forma de pensar y de actuar. Son capaces de promover tormentas o imponer calmas. Se aprovechan para ello de que el hombre medio tiene una enorme plasticidad y de que es muy propenso, por tanto, a caer en las redes de la demagogia.

            Pueden ser víctimas de manipulación los pueblos, la >opinión pública, los electores, los militantes de un partido político, los seguidores de una iglesia, los consumidores, los lectores, televidentes y radioescuchas de los medios de comunicación y los otros actores de la vida pública.

            El manipulador tiende a tratar a las personas como si fueran cosas y el manipulado ignora este hecho y supone que actúa por cuenta propia. La manipulación, por lo mismo, tiene carácter oculto. Resulta invisible para su víctima aunque no siempre para los demás. El sujeto manipulado no sabe que lo es y cree que actúa por su libre voluntad. Este es uno de los efectos perversos de la manipulación. El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) afirmó en su libro “Tríptico”, al referirse a la manipulación política  —aunque el término no era usual en su tiempo—  que “el grande hombre político todo lo ve en forma de asa”, con lo cual quiso decir que busca servirse de todo y de todos, manejar a las personas y mover las cosas, “agarrar” a las colectividades y colocarlas al servicio de sus conveniencias.

            La manipulación está presente en varios campos del orden social: en la cultura, en la educación, en la religión, en los diversos elementos de las relaciones interpersonales, en la información, en la propaganda política, en la publicidad comercial. Su objetivo, en todos los casos, es lograr una determinada conducta de las personas. Presentar las cosas de tal modo que esa conducta se dé. Se diría que tanto la >propaganda política como la publicidad comercial se basan en la manipulación de los pensamientos y sentimientos de la gente. La manipulación es la esencia misma de esas actividades. La propaganda y la publicidad son verdaderas “ciencias” de la manipulación. Persiguen hacer un “lavado cerebral” en las personas para condicionar sus reacciones mentales y su comportamiento.

            La persuasión es distinta y esa debe ser el arma de los políticos. Arma limpia, arma noble, con razones y argumentos de por medio. Persuadir es convencer pero es algo más: es mover el pensamiento y la acción de las personas. Lograr que ellas conscientemente compartan una idea o abracen una causa. La persuasión se basa en la verdad y no en el engaño, acude al consciente antes que al inconsciente. Los resultados de la persuasión son mucho más consistentes y duraderos que los de la manipulación. La manipulación, con sus fuegos fatuos, lleva hacia una falsa conciencia política que pronto se desvanece.

            En el campo de la biotecnología genética han surgido inusitadas formas de manipulación. En junio de 1999, en lo que fue la primera vez que se cruzó la frontera de la clonación animal, un grupo de científicos norteamericanos de la empresa Advanced Cell Technology de Massachusetts produjo por clonación un embrión humano macho, utilizando los mismos métodos que permitieron años atrás el nacimiento de la oveja Dolly en el laboratorio del Instituto Roslin de Edimburgo. Explicaron los científicos que lo hicieron con el propósito de producir en el futuro tejidos humanos para curar enfermedades del sistema nervioso, la diabetes o el mal de Parkinson. Y si bien ellos dijeron que su propósito no fue el engendro de personas sino la búsqueda de nuevos sistemas de curación para las dolencias humanas con base en la clonación de células, ha quedado claro que científica y tecnológicamente es factible crear un ser humano mediante métodos heterodoxos, tal como lo fue con la oveja Dolly y posteriormente con los ratones de la Universidad de Hawai, con los terneros de la Universidad Kinki en el Japón, con el oso panda gigante en la Academia China de Ciencias, con la clonación de cinco cerdos por la PPL Therapeutics con sede en Edimburgo, con el camello clonado en Dubai por veterinarios árabes en abril del 2009 y con muchos otros experimentos realizados en el campo de la ingeniería genética.

            La manipulación genética tiene implicaciones morales, políticas, económicas, médicas, religiosas y ambientalistas en el desarrollo de la sociedad. Es verdad que la ciencia se acerca a la posibilidad de curar las enfermedades hereditarias, frenar el envejecimiento, duplicar la esperanza de vida y manipular a discreción los genes humanos con ayuda de la ingeniería biogenética y que podrá, por ejemplo, decidir la altura, el color de los ojos y del cabello y las características de la personalidad de un ser humano, pero también es real el peligro de que la manipulación genética pueda formar seres humanos superdotados para las diversas áreas de la actividad privada y pública y crear nuevas clases dominantes en el seno de sociedades polarizadas ya no por razones de riqueza, etnia o educación, como en el pasado, sino por la calidad de los genes de las personas.

            La manipulación genética en el ámbito de la ganadería y la agricultura consiste en la implantación de genes de un organismo en otro de la misma especie o de una especie diferente para dar a éste características mejores. La ingeniería biogenética aplicada a la ganadería ha producido animales transgénicos, es decir, animales que portan genes de otras especies en su genoma y que resultan más resistentes, más fuertes, más adaptables al medio y más productivos que los normales. En el ámbito de la agricultura la transgénesis modifica la naturaleza y el comportamiento de las plantas. Por medio de la implantación de genes éstas adquieren características que no tenían originalmente. Pueden ser más resistentes a los virus, las plagas, las enfermedades, los herbicidas, los insecticidas y los fungicidas, tener mayor poductividad, bajar por tanto los costes de producción, asumir propiedades biológicas mejores o adquirir capacidad más alta de reproducción.

            Sin embargo, los grupos ambientalistas y las entidades de consumidores sostienen que debe detenerse la producción de semillas, plantas y alimentos genéticamente alterados porque tienen efectos nocivos sobre la salud humana y dañan los ecosistemas.

 
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