magia

            En sus orígenes griegos y romanos esta palabra no quiso decir necesariamente hechicería, pues se entendió como sabiduría, filosofía, conocimiento. Los “reyes magos” fueron los reyes sabios, en la inconografía cristiana. La magia era antiguamente la ciencia que pretendía dominar las fuerzas naturales con los mismos procedimientos con los cuales se somete a los seres animados. Allí empezó a torcerse el sentido de esta palabra. Se pasó a los encantamientos, exorcismos, talismanes, amuletos y otras representaciones irracionales mediante las cuales el hombre se “comunicaba” con las fuerzas naturales, celestiales o infernales y trataba de someterlas a su obediencia.

            La magia entonces derivó en un conjunto de costumbres y métodos supersticiosos a través de los cuales intenta el hombre entrar en contacto con los espíritus que considera “superiores” a fin de lograr su ayuda. Se vale de talismanes si su intención es alcanzar la realización de un bien  —la felicidad, la salud, la riqueza, el poder, el amor—,  es decir, realizar un acto o promover un movimiento, o de amuletos si su propósito es defensivo: protegerse de los males y asechanzas de la naturaleza, sus enemigos o los espíritus malignos.

            La noción de magia es de origen oriental y se difundió en Occidente en el período grecorromano. Tuvo un gran auge en la Edad Media y en el Renacimiento. En el mundo actual no se ha borrado del todo a pesar de los avances científicos y de la presión de las concepciones racionalistas del mundo y de la vida. Han sido vanos los esfuerzos por eliminarla del horizonte de la ciencia, la filosofía y la conducta de los hombres. La taumaturgia subsiste en amplios sectores atrasados de la población. Ellos forman la “sociedad profunda”, que suele ser mágica. Y la sociología hace esfuerzos por entenderla. En muchos lugares los grupos primitivos, con mentalidad prelógica o ilógica, son grupos mágicos. La hechicería domina todavía hoy en amplias zonas de la geografía humana del planeta: en la India, en casi toda África, en la negritud de las Antillas, de Brasil y de Estados Unidos, en los sectores indígenas de Mesoamérica y de los Andes, en las islas de Malasia, Micronesia y Polinesia, entre los esquimales boreales y australes. Aun en algunas de las sociedades tenidas como “adelantadas”, entre los hombres cultos o informados de comienzos del siglo XXI, se dan actitudes mágicas para afrontar situaciones difíciles. Por increíble que parezca, hay gobernantes y políticos que suelen acudir a ellas para decidir asuntos del Estado.

            Hay una magia blanca o teurgía, que usan los iniciados para fines benignos, y una magia negra o goecia, que emplean con fines maléficos y proditorios. Dentro de la magia negra se suelen distinguir la brujería, que depende de dones y aptitudes intrínsecos atribuidos a ciertos individuos, y la hechicería, que utiliza habilidades aprendidas. Las prácticas mágicas en general suelen utilizar como métodos el animismo  —que es la creencia en que existen espíritus dentro de los objetos de la naturaleza—,  el ocultismo  —prácticas misteriosas para dominar los secretos de la naturaleza—,  el chamanismo  —poderes sobrenaturales para comunicarse con los espíritus—,  la clarividencia  —facultad paranormal de adivinación de hechos futuros o distantes—  y otras prácticas de este estilo.

            En los sectores atrasados y primitivos de algunas sociedades contemporáneas son los chamanes quienes ejercen la magia blanca y la magia negra, a través de sus contactos con los espíritus. El origen del chamanismo se remonta a las primitivas sociedades cazadoras-recolectoras, en las cuales los chamanes desempeñaban el papel de sacerdotes y de curanderos con base en sus relaciones misteriosas con las "fuerzas sobrenaturales".

            En algunos casos los chamanes son depositarios de antiguos y ancestrales conocimientos sobre plantas y sustancias curativas y son poseedores de ciertas habilidades sobresalientes en relación con los restantes miembros del grupo. Lo cual les ha permitido, mediante raras ceremonias, cánticos, oraciones y símbolos que conducen al éxtasis, hacer curaciones de ciertas dolencias. Por eso algunos investigadores han establecido paralelismos entre la curación chamanística y las curaciones psicoanalíticas que, por medio de la liberación de los secretos sepultados en el subconsciente, han conducido en algunos casos a curaciones fisiológicas.

            Pero en la mayoría de los casos, los chamanes no pasan de ser charlatanes y embusteros en busca del dinero de los incautos. Suelen utilizar plantas alucinógenas o hipnóticas  —como los hongos sagrados, la ayahuasca, la guayusa y otras—  que llevan al paciente a un estado de trance o de histerismo durante la velada chamanística. Si el paciente sufre alucinaciones, vómitos y convulsiones, el chamán sostiene que está expulsando de su cuerpo los “malos espíritus” para quedar curado.

            El chamanismo no es un recuerdo del pasado remoto sino también una realidad presente en muchos países del mundo en los que se ha dado un desarrollo cultural, social y económico desigual.

            La palabra ”magia” sirve también para señalar las virtudes carismáticas de un líder político. Ella se utiliza como equivalente de <carisma. Se dice también que una sociedad es “mágica” cuando se rige por principios irracionales y ritos supersticiosos.

            Sorprende observar que en pleno siglo XXI, en medio del desarrollo exponencial de la ciencia y la tecnología, haya en las sociedades  —incluso en las más avanzadas—  un retorno hacia lo irracional. Frente a las crisis económicas, a la pobreza rampante, a la marginación y al desasosiego social, los sectores populares más afectados han vuelto sus ojos hacia los mitos, las supersticiones y las formas arcaicas de religiosidad, en búsqueda de solución o, al menos, consuelo para sus aflicciones.

            Asistimos a un renacimiento de las sectas religiosas, los fundamentalismos, las peregrinaciones, las “apariciones” de íconos religiosos y el revoloteo de ángeles y demonios, en un proceso regresivo de los pueblos hacia la fascinación de lo irracional. Han retornado los astrólogos, hechiceros, chamanes, nigromantes, magos, morabitos, adivinadores, exorcistas, teúrgos, videntes, arúspices, quirománticos, sanadores y radiestesistas para ofrecer a los pobres las soluciones denegadas por la ciencia y la política. Se ha abierto una nueva era mágica a contrapelo de los avances científicos. En algunos sectores sociales el esoterismo se ha sobrepuesto a la racionalidad. Para hablar en términos de Augusto Comte (1798-1857)  —el filósofo francés fundador de la Sociología—,  hay un regreso desde la edad positiva  —en que la mente humana dio importancia únicamente a los hechos y cosas científicamente probados—  hacia la edad metafísica  —que mantuvo la creencia en el gran dios de la naturaleza, como explicación última y satisfactoria de todo lo existente y también del “más allá”—  e incluso hacia la edad teológica  —en que se buscó una explicación fetichista a lo circundante—,  todo esto como resultado del desencanto de la gente con la ciencia, la economía y la gobernación de los Estados.

 
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