muro de Berlín

            Hitler se suicidó en su búnker de Berlín el 30 de abril de 1945 o, según otras versiones históricas, fugó de Alemania hacia la Patagonia argentina en un submarino. Antes había entregado el poder al almirante Dönitz, comandante en jefe de la marina. En tales circunstancias se produjo en mayo de ese año la rendición incondicional de Alemania y su sometimiento al dominio de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Inglaterra, Unión Soviética y Francia, que asumieron el control total del país el 5 de junio del mismo año con arreglo al protocolo de Londres del 12 de septiembre de 1944 y a los acuerdos de la Conferencia de Yalta celebrada en febrero de 1945  —a la que asistieron el presidente Franklin D. Roosevelt de Estados Unidos, el jefe del Estado soviético José Stalin y el primer ministro inglés Winston Churchill—  en la que se habían previsto y acordado las condiciones de la ocupación.

            De conformidad con ellas el territorio alemán fue dividido en cuatro zonas cada una de las cuales fue sometida a la administración de una de las potencias aliadas, con el fin de promover la desmilitarización y la “desnazificación” de Alemania, el pago de las reparaciones de guerra y el castigo a los criminales nazis por sus actos contra la paz y la humanidad.

            Todas estas acciones respondieron a un objetivo central: impedir que el militarismo prusiano volviera a intentar, como en 1914 y 1939, la dominación mundial.

            La conferencia de Potsdam, reunida del 17 de julio hasta el 2 de agosto de 1945, al diseñar un orden posbélico para Europa, acordó preservar la unidad de Alemania aunque reafirmó los acuerdos de Yalta en cuanto a la ocupación por los aliados.

            Las zonas occidentales quedaron bajo la jurisdicción de los Estados Unidos, Inglaterra y Francia mientras que la zona oriental fue sometida a la jurisdicción de la URSS.

            De acuerdo con lo resuelto en la conferencia de Yalta, el 5 de julio de 1945, la ciudad de Berlín, enclavada en la zona soviética, fue también dividida en cuatro sectores cada uno de los cuales fue sometido a la autoridad de los respectivos ejércitos de ocupación cuyos jefes  —el general norteamericano Dwight D. Eisenhower, el mariscal inglés Bernard L. Montgomery y el mariscal soviético Georgij Zuhkov Konstantinovich—,  reunidos poco tiempo antes en Potsdam, habían acordado las fórmulas del emplazamiento.

            Pero los gobernantes de los Estados Unidos y de Inglaterra  —el de Francia estuvo ausente—  cometieron en Yalta el error de no establecer la manera como sus fuerzas militares y elementos civiles accederían a Berlín a través de la zona soviética de ocupación, lo cual trajo más tarde problemas muy graves.

            La armonía entre las potencias duró muy poco. Cada una de ellas impuso sobre su zona un sistema político y económico hecho a su imagen y semejanza: las potencias capitalistas implantaron la <economía social de mercado en las zonas occidentales y la potencia comunista su sistema centralmente planificado en la oriental. Lo cual desató inmediatamente una feroz lucha ideológica y creó terribles tensiones porque además estuvo de por medio la voracidad soviética para cobrarse 20.000 millones de dólares y apropiarse del 80% de las plantas industriales alemanas por concepto de reparaciones de guerra.

            El 20 de marzo de 1948 el mariscal Sokolowski, representante soviético al Consejo Aliado de Control, abandonó el organismo en medio de ásperos desacuerdos con los jefes occidentales, a quienes acusó de pretender convertir a Alemania en una base más del imperialismo anglo-norteamericano mediante la aplicación del >Plan Marshall. El gobernante soviético Nikita Kruschov expresó que el enclave del Berlín occidental en el corazón del territorio alemán era un atentado contra la soberanía de Alemania oriental. Y el presidente de ésta, Walter Ulbricht, dijo que Berlín occidental era una “espina clavada en la carne misma de la zona soviética”. Tanto él como Kruschov levantaron amenazas frecuentes y formularon ultimatums en torno a Berlín. En cambio, para los líderes occidentales esta parte de la ciudad era una “vitrina del mundo libre” capaz de mostrar los logros de la libertad.

            Lo cierto es que la vieja capital de Alemania, convertida en un foco de permanentes conflictos, se convirtió en el escenario donde se inició la <guerra fría.

            Para corregir el caos económico y monetario que imperaba en la Alemania destrozada por la guerra, los aliados occidentales decretaron en junio de 1948 una reforma monetaria que revaluó el marco alemán. La respuesta de los soviéticos, sintiéndose perjudicados por la medida, fue el bloqueo de la parte occidental de Berlín y su aislamiento completo del territorio administrado por las potencias occidentales, que se vieron obligadas a abastecerla por medio de un “puente aéreo” durante los 13 meses que duró el bloqueo. Acto que por lo demás demostró muy claramente a los soviéticos el fuerte compromiso de las potencias de Occidente, especialmente de los Estados Unidos, con el destino de Alemania.

            El mundo estuvo muy cerca de una guerra nuclear. La detención de los convoyes militares occidentales, la revisión de ellos por los soldados soviéticos, la imposición de requisitos de paso casi humillantes estuvieron a punto de provocar un choque de grandes proporciones entre las potencias occidentales y la URSS. Aún después de haberse levantado el bloqueo en 1949, la actitud de las dos superpotencias en relación con Alemania fue de suma hostilidad. Los aparatos de propaganda de lado y lado disparaban permanentemente sus dardos envenenados. Las acusaciones recíprocas eran gravísimas. La presencia de tanques de guerra y efectivos militares en las calles de Berlín era un espectáculo cotidiano.

            Berlín se convirtió en un punto de interés vital para los Estados Unidos y para la Unión Soviética. Importantes contingentes militares de ambas potencias estaban acantonados en ambas zonas de la ciudad. La tensión entre las dos Alemanias  —convertidas en peones del ajedrez geopolítico que jugaban las dos superpotencias—  subió a niveles muy peligrosos para la paz mundial.

            La división de Alemania parecía inevitable. Se había vuelto inviable toda posibilidad de una administración unitaria del país. La Unión Soviética y las potencias de Occidente se acusaban mutuamente de haber roto el Pacto de Potsdam. Cayó la <cortina de hierro que incomunicó el este del oeste. En tales circunstancias, bajo la tutela de los aliados occidentales que desde 1947 habían unificado sus zonas de ocupación, se fundó en 1949 la República Federal de Alemania (Bundesrepublik Deutschlands) con la ciudad de Bonn como capital; y el Consejo Parlamentario integrado por 65 delegados de los parlamentos regionales proclamó solemnemente el 23 de mayo su Ley Fundamental que estableció en ella una democracia al estilo occidental.

            Aunque con métodos diferentes, la Unión Soviética hizo lo propio con su zona de ocupación: implantó sobre ella el 7 de octubre de ese mismo año la República Democrática Alemana (Deutsche Demokratische Republik) bajo los cánones del marxismo-leninismo, con Berlín oriental como su capital.

            La tensión internacional a causa de Berlín era insoportable. El 27 de noviembre de 1958 Kruschov envió a los aliados un ultimátum para que retiraran sus tropas de Berlín occidental en el plazo de seis meses. Petición que fue rechazada por éstos. Se abrió así una nueva crisis. La cumbre entre Kennedy y Kruschov en Viena el 3 y 4 de junio de 1961 terminó sin resultados positivos. En una rueda de prensa celebrada el 15 de junio de ese mismo año, como respuesta a la pregunta de un periodista, Walter Ulbricht, el gobernante de Alemania oriental y líder del partido comunista germano, expresó con sobra de cinismo que “hay gente en Alemania occidental que quiere que nosotros movilicemos a nuestros trabajadores para construir una pared. No conozco un plan de esta clase. Nadie tiene la intención de construir una pared”.

            Sin embargo, dos meses después  —a las dos de la madrugada del domingo 13 de agosto de 1961—  cuarenta mil soldados del ejército de la República Democrática Alemana empezaron a levantar una gigantesca pared de cemento armado para impedir la fuga masiva de la población de Berlín oriental. Fueron desocupados los edificios contiguos al muro y cegadas sus puertas y ventanas a fin de evitar que de allí saltaran al lado occidental los alemanes orientales.

            Hasta ese momento el éxodo había sido masivo, especialmente de hombres de ciencia, técnicos y trabajadores de elite atraídos por la prosperidad del Berlín occidental. Solamente en el primer semestre de 1961 pasaron a esta parte de la ciudad 160.000 alemanes del este, insatisfechos con el sistema político y económico impuesto por los soviéticos. Durante el mes de julio inmediatamente anterior a la construcción de la muralla se registraron 1.000 refugiados por día. Todo esto aparte de los 60.000 trabajadores que residían en Berlín oriental pero que laboraban en el lado occidental.

            Fue un muro infranqueable de 160 kilómetros de longitud por casi cuatro metros de altura que rodeó el perímetro de Berlín occidental  —cuya extensión territorial era de 481 kilómetros cuadrados—  y que incomunicó totalmente entre sí a las dos partes de la ciudad. Digo mejor: que incomunicó completamente a Berlín occidental con el resto del territorio alemán. Sólo se dejaron dos puntos de paso severamente controlados. Uno de ellos fue el Checkpoint Charlie. Las familias quedaron rotas, las amistades separadas y cortadas todas las relaciones políticas y comerciales entre los dos lados de la muralla. Se creó además un nuevo delito punible: abandonar el sector oriental de la ciudad.

            El muro de Berlín constituyó el símbolo mayor de la guerra fría. Se lo llamó el “muro de la vergüenza”. Clausuró 97 calles que comunicaban las dos partes de la ciudad. Hacia su lado oriental se colocaron alambradas electrificadas de púas, minas, rieles de ferrocarril cruzadas, torres de vigilancia, búnkeres, zanjas, perros guardianes, reflectores y toda clase de obstáculos para hacer imposible la escapada de los alemanes orientales. En las atalayas se veían guardias militares oteando las 24 horas del día con sus binóculos. Y además había guardias para vigilar a los guardias. Quienes pisaban esta zona, denominada “zona de la muerte”, eran acribillados a balazos sin previo aviso. No obstante, algunos pasaron el muro volando en globos aerostáticos, en algún caso mediante un planeador hecho en casa al que se le había acondicionado un motor y una hélice, o arremetiendo con vehículos contra las barreras de los puntos de paso o de otras formas inverosímiles. En 1962, a través de un tunel de casi doscientos metros de largo que unía por debajo del muro las dos partes de Berlín, alcanzaron a fugar 57 alemanes antes de que la obra fuese descubierta por el hundimiento de la calle.

            Por esos años tuvo lugar una de las notables operaciones de espionaje de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana: el túnel de Berlín. Su agente secreto Walter O’Brien había descubierto las rutas subterráneas de los cables de telecomunicaciones soviéticos en Berlín oriental y a finales de febrero de 1955 la Central Intelligence Agency (CIA) terminó la excavación de un túnel de 450 metros de largo, bajo el muro y la zona oriental de la ciudad, y pudo pinchar los cables soviéticos situados a 68 centímetros bajo una importante avenida berlinesa. La CIA y los servicios de inteligencia británico, que actuaron conjuntamente, grabaron entonces decenas de miles de horas de conversaciones de funcionarios soviéticos y alemanes de alto nivel, hasta que en abril del año siguiente el túnel fue descubierto por los soviéticos. Para ocultar las tres mil toneladas de tierra arenosa que salieron de la excavación, los norteamericanos levantaron en el lugar un gran edificio, con el techo erizado de antenas, destinado a distraer la atención de los soviéticos y sugerirles que se trataba de una gran instalación de comunicaciones atmosféricas.

            Eso formó parte de la guerra fría.

            A lo largo de aquellos años, en el intento de cruzar el muro murieron trágicamente cuatrocientas personas (aunque los activistas de los derechos humanos afirman que fueron cerca de ochocientas), la última de las cuales fue Chris Gueffroy el 6 de febrero de 1989. Especialmente dramático fue el caso del joven Peter Fetcher, a quien los soldados de Berlín oriental hirieron de bala y dejaron morir desangrado al pie del muro ante la indignación y las protestas de la multitud que miraba la escena desde el lado occidental. Eso ocurrió el 17 de agosto de 1962.

            Pero los soviéticos no sólo tuvieron razones políticas para levantarlo: también tuvieron razones económicas. En la zona oriental se habían suscitado muy graves problemas monetarios por la revaluación en Occidente del nuevo marco alemán, que sustituyó al reichsmark que por su absoluta falta de valor había dejado de cumplir sus funciones monetarias. Un cigarrillo tenía mayor valor que esa moneda y la suplantó como medio de pago. La economía oriental estaba colapsada. Los productos alimenticios del este pasaban al oeste bajo el estímulo de mejores precios. Lo cual desabastecía el este. La tentación de los mejores sueldos producía el constante éxodo de los más calificados científicos y trabajadores orientales. Alemania occidental empezó rápidamente a recuperarse  —en lo que más tarde se llamó el “milagro alemán”—  y el Berlín capitalista, que comenzaba a mostrar los encantos de la >sociedad de consumo, lucía seductor ante los ojos del pueblo pobre y sin libertades de la Alemania oriental. Con sus luces, avisos luminosos, suntuosos almacenes, supermercados, vehículos de lujo y magníficos restaurantes era, en realidad, una “vitrina” de tentaciones. Bastante joven todavía, estuve allí en diciembre de 1963. Se respiraba entonces un aire de confrontación. Ominosos presagios de guerra nuclear se cernían sobre la gente. Berlín era en ese momento el epicentro del antagonismo entre las superpotencias. Allí se sentía, con todo su dramatismo, la guerra fría. Los berlineses sabían consciente o inconscientemente que cualquier imprudencia o error de cálculo de alguien convertiría en cenizas a Berlín. Talvez por eso, como una forma de evasión de tan terribles tensiones, cuando llegaba el fin de semana la juventud se entregaba a la diversión total como si ese hubiera de ser el último fin de semana de su vida. La locura se apoderaba de las calles, tabernas y lugares de diversión berlineses cada viernes en la noche. Era la reacción psicológica de la gente joven ante la amenaza permanente del holocausto atómico.

            La pesadilla duró 28 años. Terminó el 9 de noviembre de 1989  —en el curso de los cinco meses en que se derrumbó el imperio comunista—  cuando grupos de jóvenes de Alemania Federal, con picos y palas, empezaron el derrocamiento del muro en una emocionante jornada libertaria y levantaron la prisión de 17 millones de alemanes del este; aunque en realidad poco tiempo antes el muro había ya perdido su eficacia porque Hungría, a través de la apertura de su frontera con Austria, había permitido la salida de más de dos millones de alemanes orientales en su camino hacia Alemania occidental.

            Por esos días los pedazos de la muralla se vendían en la Puerta de Brandenburgo como souvenirs.

            El muro de Berlín no sólo fue una pared de cemento armado que partió en dos a una ciudad sino la frontera entre dos sistemas filosóficos, políticos y económicos contendientes. Devino en uno de los grandes símbolos de la guerra fría. Y con su derrocamiento pasó a ser también el signo emblemático del fin de la confrontación y de la apertura de una nueva era histórica.

            No deja de ser paradógico que, durante la guerra fría, la Unión Soviética, Alemania oriental y los países del bloque estalinista levantaron muros tangibles e intangibles para impedir la salida de sus ciudadanos; y que, en cambio, en la postguerra fría  —que esperábamos que fuera una era de reconciliación mundial—  se hayan levantado murallas para impedir la entrada de las personas. Ambas actitudes contradicen la letra y el espíritu de la Declaración Universal de Derechos del Hombre, que en su artículo 13 manda que “toda persona tiene derecho a circular libremente y elegir su residencia en el territorio de un Estado” y a “salir de cualquier país, incluso del propio, y regresar a su país”.

            Las voces norteamericanas que clamaban por la “inmigración 0” en nombre de la cohesión social, la paz, el “credo americano” y la american way of life  —para impedir que cada 31 segundos penetrara en su territorio un inmigrante legal o ilegal—  se plasmaron en la decisión del Congreso Federal y del presidente George W. Bush de mayo del 2007 para levantar un muro fortificado de 1.126 kilómetros de longitud  —lleno de sensores electrónicos, aparatos de visión nocturna, cámaras de TV y otros sofisticados equipos—,  a lo largo de la frontera con México, que detectara e impidiera el paso de los 900 mil mexicanos que intentaban cada año cruzarla para ingresar a territorio norteamericano.

            Otra de las murallas de la postguerra fría fue la denominada “valla de seguridad” de 705 kilómetros de largo que el gobierno israelí construyó entre mediados del 2002 y el 2005 para separar Cisjordania de Israel e impedir el ingreso de militantes palestinos a su territorio. Tramos de ella se levantaron en suelo israelí y otros en suelo palestino ocupado, teniendo como referencia la “línea verde” pactada entre judíos y árabes en el armisticio de Rodas de 1949, tras la guerra que dio paso a la fundación del Estado de Israel.

            El gobierno judió argumentó que con la valla electrificada buscaba impedir el terrorismo suicida palestino, que había dejado un alto número de víctimas en la población israelí. Los palestinos, en cambio, afirmaron que ella era una forma abominable de <apartheid. Las asociaciones de derechos humanos impugnaron la barrera porque restringía la libertad de movimiento de la población palestina. El jeque Hasan Nasralah, líder del grupo terrorista libanés Hezbolá, expresó que los atentados eran la única respuesta posible a esta iniciativa.

            La Corte de La Haya  —que es el órgano judicial de la Organización de las Naciones Unidas—  emitió el 9 de julio del 2004 un fallo no vinculante en el que declaró que la barrera de seguridad era contraria al Derecho Internacional y que, por tanto, debía ser destruída. Israel respondió que tal fallo ignoraba “totalmente el terrorismo palestino” y obviamente se negó a cumplirlo. Argumentó que desde que se erigió la barrera el número de atentados terroristas había disminuido en el 82 por ciento. La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó días después una resolución  —por 150 votos a favor, 6 en contra y 10 abstenciones—  en la que exhortó a Israel a obedecer el dictamen de la Corte y a pagar indemnizaciones a los palestinos afectados por la barrera. Nada de esto obedeció Israel.

            En el año 2007 fue derrocado el denominado muro de Nicosia, que con paredes, vallas y alambradas dividía físicamente la capital de Chipre en dos partes: la del norte, bajo el dominio turco-chipriota; y la del sur, bajo el dominio greco-chipriota. El presidente de Chipre, Tassos Papadopoulos, bajo la presión de la comunidad internacional, tomó la decisión de derribar el muro en marzo del 2007 y los grecochipriotas cumplieron la orden y lo abatieron. Después de la caída del muro de Berlín, el de Nicosia era el único que dividía una ciudad europea. Separaba a las comunidades griega y turca que habitaban en la pequeña isla. El muro fue levantado en 1974 sobre la calle Ledra, en el centro de Nicosia, a partir de la invasión y ocupación de 40 mil soldados turcos de la zona norte de la isla del Mediterráneo. El abatimiento del muro, sin embargo, no significó el fin de más de tres décadas de división de la pequeña isla mediterránea, situada a 113 kilómetros al sur de Turquía, entre los greco-chipriotas y los turco-chipriotas, ni la formación de un Estado integrado por las dos comunidades nacionales.

            Egipto inició secretamente en el 2009 la construcción de una barrera metálica subterránea de 14 kilómetros de largo, dotada de dispositivos de alerta y detección, en su frontera con la franja de Gaza, para impedir que los contrabandistas de armas, explosivos y mercancías de todo tipo penetraran a través de túneles en el enclave palestino, que estaba controlado por el violento movimiento islámico Hamás. Muchos de esos túneles fueron destruidos por las fuerzas armadas israelíes durante su feroz ofensiva sobre Gaza en diciembre del 2008 y enero del 2009. Pero varios otros quedaron en funcionamiento, de modo que el gobierno egipcio, a pesar de simpatizar con la causa palestina, decidió impedir que siguieran operarando y que sirvieran a las actividades violentas del grupo Hamás en la franja de Gaza.

            Estas murallas tenían algo en común: estaban destinadas a obstaculizar, no la salida, sino la entrada de las personas en un determinado territorio.

 
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