monarquía absoluta

            Es la forma de gobierno en la que se ejerce el poder a título hereditario y vitalicio y en que todas las facultades de mando están concentradas en el gobernante, que lleva el nombre de rey o monarca. Aunque necesidades de orden práctico le obliguen a establecer cierta forma de delegación de funciones, el monarca conserva la totalidad de las facultades de control sobre los órganos subalternos y asume la decisión última e inapelable sobre los asuntos estatales. El monarca encarna y personifica los atributos del Estado, tiene carcácter mayestático y es jurídicamente irresponsable. Ejerce su poder sin limitación alguna de orden jurídico, puesto que su voluntad está situada por encima de las leyes.

            El monarca es el jefe del Estado y del gobierno. Recibe su investidura por vía hereditaria y la detenta vitaliciamente. Por consiguiente, es la sucesión hereditaria, regida por sus propias normas, el título para el ejercicio del mando político.

            Esta <forma de gobierno se funda en la <legitimidad monárquica, según la cual el poder pertenece por vía hereditaria a la persona de la familia real  —dinastía—  que las leyes de sucesión de la corona designan. Como toda legitimación, esta no es simplemente una explicación legal de cómo y por quién se ejerce el poder político sino que entraña una justificación ética de su ejercicio, que está situada en las ideas inspiradoras del orden jurídico positivo, en los principios a él subyacentes, en las creencias situadas más allá de las leyes y en virtud de las cuales éstas cobran validez.

            Esta forma de gobierno es un valor histórico antes que una realidad política actual. Fue el modo específico en que se organizó el poder político durante los siglos XVI, XVII y XVIII, a partir de la unificación de los Estados europeos  —España, Inglaterra y Francia—  y hasta la Revolución Francesa. Fue un poder no compartido. Las mismas personas ejercieron las facultades legislativas, ejecutivas y judiciales. Establecieron un gobierno centralizado y despótico, ejercido hereditaria y vitaliciamente en nombre de la divinidad. La frase el Estado soy yo, que se atribuye a Luis XIV de Francia, resume las características de la monarquía absoluta.

            Es cierto que había un ordenamiento jurídico  —el ordenamiento monárquico—  pero éste era producido por el monarca, que siempre podía eximirse de la obligación de acatarlo. El monarca estaba situado por encima de la ley y era dueño de una voluntad omnímoda y de un poder absoluto.

            En este régimen político, la >soberanía residía en la persona del monarca, llamado por antonomasia ”el soberano”, quien ostentaba la totalidad del poder y determinaba los destinos nacionales.

            Una de las características de los monarcas absolutos fue que reclamaron un derecho divino de gobierno sobre la sociedad. Se consideraron como enviados de dios para conducir a sus pueblos. Fueron los típicos gobernantes por la gracia de Dios. La monarquía absoluta fue, por tanto, sagrada. A los súbditos no les quedó, como dijo el prelado francés Jacques-Bénigne Bossuet (1627-1709) a fines del siglo XVII, más que obedecer aun en el caso de un príncipe injusto y opresor, puesto que “la impiedad declarada, y hasta la persecución, no eximen a los súbditos de este deber de obediencia”.

            Durante mucho tiempo la Iglesia Católica fue la aliada principal de la monarquía absoluta. Puso los tribunales de la Inquisición a su servicio. El papa Pío VI, en su alocución del 17 de junio de 1793 ante el consistorio  —en plena Revolución Francesa—  salió en defensa de la institución monárquica, a la que calificó como le meilleur des gouvernements, y, por supuesto, lanzó toda la carga clerical contra el republicanismo y las otras conquistas de Francia.

            En el régimen de la monarquía absoluta europea la actividad económica de la sociedad estaba totalmente reglamentada. Tarifas aduaneras rigurosas y regulaciones navieras obstaculizaban el comercio exterior. Todo el quehacer económico de la sociedad estaba estratificado. Eran los tiempos de la escuela económica mercantilista. Lo cual provocó la reacción de la naciente burguesía comercial y financiera que, afanosa de libertad de trabajo y bajo la consigna del <laissez faire, impulsó la transformación de 1789 en Francia.

 
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