liberalismo

            Sobre la base de la concepción antropocéntrica de la época, que efectivamente hizo del hombre la medida de todas las cosas  —tal como en la Antigüedad lo había propuesto Protágoras—   la orgullosa y optimista Europa inició a fines del siglo XVIII su desarrollo científico confiada en el poderío de la ciencia para desentrañar la verdad y en las posibilidades de un progreso ilimitado y lineal.

           Todo estaba por conquistarse.

            La libertad, con su poder creativo, era capaz de hacer prodigios. La >reforma protestante y, dentro de ella, el calvinismo en especial, añadieron un ingrediente: la doctrina del libre examen para demoler la estructura de una jerarquía eclesiástica que pretendía erigirse como única intermediaria entre el hombre y dios. El racionalismo desgarró los dogmas tradicionales, encontró en la razón y el entendimiento humanos el instrumento de búsqueda de la verdad, afirmó sus propias posibilidades de conocimiento, exaltó el valor del hombre, aseguró que todo podía ser pensado y liberó al pensamiento humano de las limitaciones dogmáticas para poder volar.

            Sin duda, el pensamiento liberal moderno tuvo en la reforma protestante uno de sus antecedentes decisorios porque ella, al fragmentar la unidad religiosa de la Edad Media, condujo al pluralismo y tolerancia de los credos que desde entonces empezaron a formar parte permanente de la cultura de Occidente. Luego vinieron los aportes de la ciencia  —el desarrollo de la astronomía con Nicolás Copérnico y Johannes Kleper, de la física con Isaac Newton, del análisis matemático con Gottfried Wilhelm Leibniz—  que contribuyeron a consolidar la fe en el pensamiento humano.

            Esto produjo la revolución cultural que alcanzó su plenitud con la Ilustración, depositó su confianza ilimitada en el espíritu científico y postuló la insurgencia contra la tiranía de los dogmas, los mitos y las representaciones irracionales.

            Fue en este ambiente de libre pensamiento que se formuló el planteamiento liberal clásico  —el mismo que después estuvo sometido a toda suerte de sincretismos y mixtificaciones—  con un dejo irreverente respecto de verdades que se habían tenido como eternas e inmutables.

            Las ideas liberales inspiraron, en lo filosófico, la formulación de la tabla fundamental de valores ético-sociales que comenzó a extenderse por el mundo a fines del siglo XVIII y que estuvo contenida principalmente en el Bill of Rights inglés de 13 de febrero de 1689, en la Declaración de Independencia de las trece colonias de América del Norte el 4 de julio de 1776 y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamada en Francia el 26 de agosto de 1789. En lo político, las ideas liberales inspiraron la <forma republicana de gobierno y la <forma democrática de Estado. Y en lo económico, el sistema capitalista de producción y distribución de bienes y servicios.

            Sin embargo, en la aplicación práctica de sus principios pronto entró en contradicción ética el <capitalismo, como forma de producción, con los postulados filosóficos de la ideología liberal, porque las mayorías desposeídas no gozaron de la libertad, igualdad y fraternidad bajo cuya invocación los sans culottes asaltaron la Bastilla de París, derrocaron el ancien régime y establecieron el nuevo orden social en 1789.

            Con la nueva división de clases sociales  —que sustituyó a la nobleza, al clero y al estado llano de los tiempos monárquicos—  y con la emergencia de la <burguesía como clase dominante, el proyecto liberal no pudo dirigirse a la sociedad entera sino sólo a la nueva clase dominante, compuesta por los nacientes industriales, comerciantes, banqueros, grandes propietarios de tierras y altos funcionarios del gobierno.

            De todas maneras, pueden distinguirse tres elementos en la ideología liberal: su concepción filosófica, su doctrina política y su teoría económica.

 

 

 

                       1. Su concepción filosófica.  La filosofía liberal mantiene un punto de vista racionalista y crítico del mundo. Rechaza todo dogma, creencia o prejuicio que antes no haya sido procesado y aceptado por el entendimiento humano. No admite como verdadero sino aquello que se presenta al juicio crítico de la razón en forma tan clara y distinta  —para utilizar los conceptos de Renato Descartes (1596-1650)—  que no quepa la más mínima duda. Por tanto, sostiene que la autoridad suprema para la búsqueda y calificación de la verdad y para “la apreciación de la moralidad de una opinión o de una acción es, para cada individuo, su propio juicio, concienzudo y razonado”, como decía el filósofo argentino José Ingenieros (1877-1925).

            En consecuencia, la concepción filosófica del liberalismo rechaza los conceptos inmutables e imperfectibles impuestos al ser humano por autoridades ajenas a su propia conciencia. Todos los conocimientos del hombre deben ser sometidos a su libre examen y reflexión. Quien profesa la ideología liberal es necesariamente un >librepensador, que juzga por sí mismo las cosas y que busca afanosa e incesantemente la verdad.

 

 

 

                        2. Su doctrina política.  El liberalismo tiene una idea finalista del Estado, al que considera como un mero instrumento para alcanzar el bienestar humano individual. Entre los valores esenciales que defiende está la >libertad. El liberalismo nació como la ideología de la libertad. Sin embargo, según lo veremos al tratar de sus propuestas económicas, con frecuencia la libertad que postuló llevó a la opresión económica de reducidos grupos aventajados de la sociedad sobre mayorías marginadas, porque la libertad entre desiguales condujo a la injusticia.

            El liberalismo trató de afrontar el gran reto histórico de crear una sociedad pluralista, armoniosa y estable, lo cual suponía la superación de los fraccionamientos sociales tradicionales debidos a razones religiosas, étnicas o culturales. La tolerancia fue su signo. Postuló la libertad de culto y de conciencia, la invisibilidad política del clero, el pluralismo de doctrinas religiosas y no religiosas, la libertad de expresión de las ideas. El pensamiento debía desenvolverse en condiciones de libertad como requisito para el progreso social.

           Para lograr sus propósitos el liberalismo impuso severas restricciones al poder político  —al que consideró como el enemigo número uno de la libertad individual—  y señaló una esfera de prerrogativas personales que no podía ser vulnerada por el Estado. Afirmó la libre condición del individuo frente al poder del Estado y limitó las facultades de éste. Invocó para ello la teoría de los derechos naturales que asistían a la persona humana aun antes de que existiera el Estado. Fueron derechos inherentes a la calidad humana. Derechos que no los creaba el Estado sino que nacían con la persona y en función de cuya protección surgió el Estado como instrumento para realizar la >libertad y la juridicidad en la sociedad.

            Por eso es que el planteamiento político liberal se resuelve, en último término, en una serie de técnicas de control, freno y limitación del poder estatal  —el poder del gobernante, de la asamblea o de un partido—  en beneficio de la libertad individual. Entre tales técnicas está, por supuesto, la protección jurídica de la persona y de sus libertades por medio del Estado de Derecho.

            El politólogo italiano Giovanni Sartori, apasionado defensor del liberalismo, hace malabares retóricos para pretender separar el liberalismo, como sistema político, del “librecambismo”, como sistema económico, y afirma que para los padres fundadores de esta doctrina  —de Locke y Montesquieu a Benjamín Constant—  el liberalismo significó rule of law y no libre comercio ni libre mercado.

            Pero resulta contrario al orden de las cosas pretender separar el liberalismo, como doctrina política, del “librecambismo”, como teoría económica. Una ideología política es una unidad comprensiva de elementos políticos y económicos. El planteamiento económico de ella no es más que la aplicación de sus principios políticos al proceso de la producción, intercambio y distribución de bienes y servicios económicos. Solamente con fines explicativos, como lo hacemos aquí, pueden desglosarse los componentes filosóficos, políticos y económicos envueltos en una ideología, que son inseparables.

            Sartori incluso incurre en una contradicción porque, al plantearse la pregunta, en su libro “Elementos de Teoría Política” (2005), de si “¿puede la solución liberal del problema del poder funcionar y subsistir en el contexto de cualquier sistema económico?”, se contesta que no, que “el liberalismo funciona mejor cuando tiene como complemento una economía de mercado”. Y agrega luego, a manera de ejemplo, que “la protección liberal de la libertad individual pierde todo sostén en una economía de tipo comunista” porque “cualquier concentración total del poder (político y económico) implica que el individuo, y cualquier libertad individual, se machacan”.

            La ideología liberal representa, en la historia de las ideas políticas, la denodada lucha en defensa de la libertad del individuo dentro del Estado e, incluso, contra el Estado. Libertad en todas las direcciones. Libertad de pensamiento, de convicciones, de expresión de las ideas, de participación política y también libertad de emprender en actividades económicas y de apropiarse de sus resultados. Esta última libertad, sin embargo, es la que anula a las anteriores. Se contrapone a ellas porque, en la práctica, genera polos de poder económico que avasallan las libertades de la mayoría desposeída dentro de la sociedad.

            El liberalismo nunca se planteó la cuestión de la riqueza como sustento de la libertad individual ni la distribución del ingreso como infraestructura de la democracia. Incurrió en la ingenuidad de suponer que la igualdad ante la ley, la libertad de contratación, el derecho de propiedad sin limitaciones, la libre empresa y la inhibición del Estado ante la actividad económica particular contribuían, por sí solos, a precautelar la libertad de los individuos, cuando la realidad se encargó de probar todo lo contrario: que la abstención de la autoridad pública en la vigilancia del proceso económico conduce a un estado de cosas en que el pez grande se come al chico, frente a un Estado cruzado de brazos.

            Esta ingenuidad se puede explicar porque los pensadores liberales insurgieron contra el <absolutismo monárquico y contra su teoría económica, que fue el >mercantilismo. Como reacción a ellos, en el movimiento pendular de la historia, postularon la condición libre del individuo frente a la autoridad política y la teoría del <laissez faire en la actividad económica.

            El liberalismo, en la organización del Estado, tomó muchas precauciones para impedir la invasión del poder público sobre las prerrogativas del individuo. La teoría del contrato social, la limitación de la autoridad pública, la doctrina de los derechos naturales  —derechos que el Estado no los crea sino que simplemente los reconoce y garantiza—  la división de poderes, el Estado sometido al Derecho, la responsabilidad de los gobernantes, la publicidad de los actos de gobierno y todo el andamiaje jurídico y político liberal tuvieron la finalidad de frenar la autoridad pública y amurallar la esfera de libertad del individuo.

            Pero tomó al individuo en abstracto, sustraído de la vida social, desposeído de sus particulares situaciones de fortaleza o debilidad económica frente al grupo, lo cual le impidió ver los factores opresivos colaterales que obran sobre él, todos ellos nacidos de las relaciones de producción, que disminuyen o acaso anulan la libertad del individuo concreto, del individuo insertado en la trama social y aprisionado por la red de interrelaciones económicas que ella supone.

            Esta es la razón principal de la inadecuación del sistema liberal  —y, hoy, del neoliberal—  a los fenómenos sociales de nuestro tiempo. La responsabilidad de salvaguardar las libertades en los días actuales difiere notablemente de cómo debió acometerse esa tarea en el pasado. Dado que sin seguridad económica no puede haber libre albedrío, para defender las libertades del hombre de nuestro tiempo hace falta algo más que las indiscriminadas limitaciones jurídicas al poder: es necesaria una dinámica acción estatal reguladora de las relaciones de producción, que contribuya a la equitativa distribución del ingreso y de la riqueza.

            A pesar de esto, no hay duda de que la doctrina liberal en su componente político, dejó un legado de principios bienhechores de la convivencia social, que aún forman parte del constitucionalismo. La teoría de la división de poderes, el Estado de Derecho, la limitación jurídica de la autoridad pública, el deber de obediencia condicionado de los gobernados, la doctrina de los derechos humanos son principios que aún tienen vigencia y que defienden a la sociedad de los embates del autoritarismo.

 

 

 

                        3. Su teoría económica.   La teoría económica liberal está contenida en las obras de los economistas de la escuela clásica y de modo especial en las de Adam Smith (1725-1790), David Ricardo (1772-1823) y James Mill (1773-1836), quienes sostenían que la actividad económica de la sociedad está sometida a sus propias leyes  —que son leyes naturales—  en las que no debe intervenir la autoridad pública.

            Para lograr este propósito usaron la conocida fórmula del laissez faire, laissez passer, que no fue inventada por los economistas clásicos sino por los de la <fisiocracia, para combatir las restricciones aduaneras del >mercantilismo, pero que en todo caso excluye la participación del Estado en el proceso económico de la sociedad.

            Los economistas de la escuela clásica estuvieron convencidos de que dentro del libre juego de las fuerzas económicas, al chocar entre sí intereses individuales opuestos, se genera en el proceso de producción, circulación y distribución de bienes un efecto estabilizador que alcanza los necesarios equilibrios o que los restaura en caso de que, momentáneamente, se hayan perdido.

            Cualquier intromisión de la autoridad estatal en el juego de las leyes naturales de la economía  —que ellos veían como un mecanismo perfecto que se ponía en marcha, se impulsaba, se frenaba y se lubricaba a sí mismo, automáticamente—  no haría sino dañar su funcionamiento.

            El liberalismo, sin duda, tuvo una distorsionada visión del fenómeno social. Nunca se percató de que las personas llegan al mundo con determinadas diferencias de propiedad, de ubicación en la sociedad y con distintas predisposiciones naturales que determinarán ulteriores diferencias de educación y aptitud. Si en la sociedad sólo se garantizara el libre despliegue de las fuerzas individuales y no se tomaran ciertas precauciones, esas diferencias conducirían fatalmente a la explotación del mejor dotado sobre el más débil. Esto, que es apenas lógico, ocurrió en los regímenes liberales. Por eso se produjo una irreductible contradicción entre sus generosos postulados filosóficos y las egoístas tesis de su sistema económico capitalista, que se resolvió finalmente en el avasallamiento de las acciones económicas sobre las lucubraciones filosóficas.

            El liberalismo tuvo una falsa idea de la naturaleza de la sociedad como el marxismo la tuvo respecto de la naturaleza del ser humano. El uno supuso ingenuamente que el libre despliegue individual conduciría al bienestar colectivo y el otro creyó candorosamente que el hombre es un ser esencialmente altruista y solidario, capaz de anteponer espontáneamente los intereses sociales a los suyos personales. Ambos, creo yo, se equivocaron de buena fe.

            El economista australiano Colin Clark sostiene, no sin razón, que los principios económicos del liberalismo (ideología que, según él, sustituyó al utilitarismo cuando este nombre cayó en desuso) han regido, hasta nuestros días, el pensamiento básico de muchos economistas de la Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, aunque “oficialmente” esta ideología fue abandonada en Europa continental hacia el año 1870 y una generación más tarde en Inglaterra. Por eso le fue tan fácil “renacer” en la década de los 80 del siglo XX bajo el nombre de >neoliberalismo. Sus principios se han mantenido latentes durante mucho tiempo. La teoría económica liberal, en forma larvada, formó parte de las ideas de un amplio e influyente sector dirigente de Estados Unidos y de otros países desarrollados de Occidente, que incluye a políticos, economistas y hombres de negocios.

            Se utilizó la expresión liberalismo manchesteriano para designar la tendencia extrema del liberalismo hacia el librecambio. Los manchesterianos propugnaban una libertad económica ilimitada, que llegaba a los excesos de rechazar cualquier intromisión del Estado en la economía y prohibir toda legislación de protección obrera, puesto que consideraba que la fuerza de trabajo era una mercancía más y debía estar sometida a las leyes del mercado. La expresión proviene de la ciudad de Manchester, en Inglaterra, donde operó entre los años 1838 y 1846 la denominada Escuela de Manchester, que defendía los intereses económicos de la aristocracia terrateniente contra los afanes de los empresarios de la naciente revolución industrial de introducir pequeñas reglamentaciones al comercio internacional.

            La Escuela de Manchester estaba liderada por dos jóvenes ingleses: el uno era un productor textil llamado Richard Cobden (1804-1865) y, el otro, un brillante orador juvenil llamado John Brigth (1811-1889), que se constituyeron en los acérrimos críticos de la política exterior del gobierno británico.

            Dentro de este marco conceptual ellos fundaron la Anti-Corn-Law League, que era un movimiento contra la protección aduanera y la limitación tributaria de los cereales.

            A pesar de que Cobden escribió por esos años un pequeño ensayo titulado “Speeches on Questions of Public Policy” y que Bright publicó su “Speech on Reform” (1866), ellos eran más activistas políticos que teóricos económicos, por lo que la denominada Escuela de Manchester no fue, en realidad, una entidad doctrinal que hubiera formulado una teoría completa y coherente sobre el librecambio sino simplemente un grupo unido alrededor del propósito unidimensional y pragmático de alcanzar la revocación de las leyes que en Inglaterra y Alemania regimentaban y gravaban la comercialización de los cereales.

            En una conferencia dictada en Manchester el 15 de enero de 1846, Cobden dijo, con un envidiable candor, que cuando “el hombre se convierta en una sola familia e intercambie libremente con su hermano los frutos del trabajo” se desvanecerán “los imperios grandes y poderosos, los ejércitos gigantescos y las grandes armadas” que sólo “sirven para la destrucción de la vida y la desolación de los frutos del trabajo”.

            Al conjunto de estas ideas más o menos simples se llamó también manchesterismo, que se convirtió en el símbolo del libre comercio de la época.

 

 

 

                         4. Los partidos liberales.  Estos fueron, en Europa y en todas partes, los portadores de la ideología liberal. En la segunda mitad del siglo XIX ellos surgieron con mucha fuerza, como partidos innovadores e incluso revolucionarios para la época, con el propósito de enfrentar el viejo orden económico y social.

            Los partidos liberales sostenían la libertad política, la libre expresión del pensamiento, la separación de la <Iglesia y el Estado, el <laicismo, la libertad económica, la libre iniciativa, la libertad de empresa y todos los demás ideales políticos y económicos que triunfaron en la Revolución Francesa. Como representantes de una nueva clase social en emergencia  —la <burguesía—,  cuyos intereses económicos estaban estrechamente vinculados al comercio, las finanzas y la industria de su tiempo, los partidos liberales europeos nacieron para enfrentar a los partidos conservadores, o conservadores católicos, o cristianos históricos  —en todo caso, partidos confesionales—  comprometidos con el statu quo, que representaban los decadentes intereses de la nobleza, el clero y los señores de la tierra.

            La confrontación fue dura por un buen tiempo. Eran dos concepciones antagónicas del mundo, dos intereses sociales en conflicto, dos propuestas económicas distintas. En esa lucha, el <bipartidismo conservador-liberal se impuso por largo tiempo. Entonces surgieron los partidos socialistas para proclamar un nuevo orden que amenazó por igual a conservadores y liberales.

            Esto ocurrió a fines del siglo XIX y principios del XX. Con toda su carga <iconoclasta, los partidos socialistas insurgieron lo mismo contra el orden conservador que contra el liberal. No hicieron realmente diferencias entre ellos. Ambos se presentaban a sus ojos como formas viciosas de organización social que había que destruir. Los unos eran los defensores de la tradición, la autoridad y los privilegios de una clase en decadencia, los otros de las prerrogativas económicas de una clase en ascenso o ya en plena consolidación de su posición hegemónica.

            Por tanto, el >socialismo, como representante de los puntos de vista del >obrerismo, constituía una amenaza para los unos y los otros. Esto produjo en la mayoría de los países uno de dos fenómenos: o la escisión de los partidos liberales para dar nacimiento a los llamados partidos “radicales” (como ocurrió en Holanda en 1891, Francia en 1901, Dinamarca en 1906) o la unión de los partidos liberales con los conservadores en un solo haz de intereses para defenderse de la acechanza socialista. Así nacieron, en muchos lugares, los partidos nacionales o de cualquier otro nombre, que resultaron de la fusión de los conservadores y los liberales bajo el temor al adversario común.

            Los partidos liberales de Europa y América, en la primera mitad del siglo XX, promovieron su “internacionalización” por medio de asociaciones que trascendieron las fronteras nacionales. En 1924 establecieron en Ginebra “L’Entente internationale des partis radicaux e des partis democratiques similaires” y en 1946 fundaron en Oxford la <“Internacional Liberal”.

 
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