“lavado cerebral”

            Esta expresión es una traducción literal del inglés “brainwashing” con la que se designa al procedimiento para vaciar el cerebro de una persona de sus ideas y convicciones y sustituirlas por otras, como medio de dominar su pensamiento y sus lealtades. La expresión, que nació mucho después que su práctica, fue acuñada en 1951 por el periodista norteamericano Edward Hunter a raíz de la guerra de Corea, cuando algunos soldados estadounidenses, al retorno de su prisión en el país asiático, habían cambiado completamente su modo de pensar y defendían ardorosamente el comunismo. Las autoridades militares norteamericanas no salían de su sorpresa y empezaron a investigar lo que había ocurrido en las cárceles coreanas. Todo ellos habían sufrido un lavado de cerebro y habían asumido nuevas ideas y creencias.

            Desde la perspectiva de la moderna neurología, el escritor catalán Eduardo Punset explica en su libro “El alma está en el cerebro” (2006) que el lavado cerebral es la máxima invasión a la privacidad. “Antes creíamos que el cerebro era sólido como un diamante  —afirma—,  pero aprendimos que otras personas pueden controlar lo que hacemos  —e incluso lo que pensamos—  recurriendo a métodos como la coerción, la mentira y la violencia. Sabemos que pueden lavarnos el cerebro”.

            La investigadora inglesa Kathleen Taylor, del Departamento de Fisiología de la Universidad de Oxford, en su libro “Brainwashing: The Science of Thought Control” (2004), realiza un análisis de la versatilidad y fragilidad del cerebro humano y de las posibilidades de cambiar sus contenidos a través de un procedimiento de dos fases: la eliminación de las creencias anteriores y la instauración de las nuevas.

            Si bien los métodos psico-políticos de lavado cerebral son casi tan viejos como la humanidad, puesto que desde los tiempos más remotos el hombre fue coaccionado contra su voluntad para rendir obediencia a fetiches religiosos o políticos, sus primeras y rudimentarias técnicas, íntimamente vinculadas a la >tortura, se aplicaron en los tribunales europeos de la Santa Inquisición, al final de la Edad Media. Con el pasar de los tiempos esos métodos se perfeccionaron, se sometieron a cánones científicos y sistemáticos y se institucionalizaron en los regímenes fascistas y comunistas del siglo XX, para afianzar el poder de las camarillas gobernantes. Fueron el aislamiento, la tortura, el intenso estrés, la presión emocional, la repetición del mensaje, el electric shock, los fármacos y las drogas los principales métodos de doblegamiento de la personalidad, manipulación del cerebro y cambio de identidad.

            Con la ayuda de la psicología y de la psiquiatría, las técnicas del lavado de cerebros se las utilizó principalmente en Italia, Alemania, España, China, la Unión Soviética, Corea del Norte y Vietnam durante el imperio del <fascismo, el >maoísmo y el <estalinismo.

            En la China de Mao Tse-tung se las empleó con el nombre de “reeducación” para reducir a los opositores. Mediante estos métodos los aparatos policiales soviéticos obtuvieron las célebres “confesiones” y “autocríticas” de los detenidos, que sirvieron de antecedente para la sanción, y lograron la “conversión” ideológica de ellos, que abjuraron públicamente de sus convicciones. El lavado cerebral fue un despiadado método de represión política sobre los disidentes y los opositores. También en las <guerras sucias de América Latina durante el último cuarto del siglo XX se utilizaron los más repudiables métodos de lavado cerebral contra miles de personas acusadas de pertenecer al comunismo o de simpatizar con él y de conspirar contra los “valores de la civilización occidental y cristiana”.

            Desde 1929 Mao Tse-tung usó la locución ssu-hsiang tou-cheng que significaba “control de la mente” (mind control) o “lucha de pensamiento” (thought struggle). Pero, como dije antes, fue Edward Hunter, corresponsal de prensa norteamericano en la guerra de Corea, quien en 1951  —traduciendo la expresión hse nao del idioma chino, que significaba wash brain, o sea “lavado de cerebro”—  acuñó el término brainwashing para describir los inhumanos métodos de tortura y aniquilación psíquica a que fueron sometidos los soldados norteamericanos en los campamentos de prisioneros de Corea del Norte y de China durante el conflicto armado de los años 50. Hunter amplió después sus informaciones en su libro "Brainwashing in Red China" publicado en Nueva York en 1956.

            Inmediatamente después de la guerra de Corea el gobierno norteamericano encargó a Robert Lifton, Edgar Schein y Albert Bidermann que realizaran sendos estudios sobre el brainwashing, aparte de una investigación secreta por cuenta de la CIA. Los dos primeros fueron publicados y abrieron una gran polémica sobre el asunto porque sus autores sostenían que en el libro de Hunter había mucho de fantasía. Poco tiempo después el lavado cerebral fue el tema de la película The Manchurian Candidate (1962).

            En las últimas décadas del siglo XX muchos de los nuevos movimientos religiosos en Estados Unidos y en otros países utilizaron métodos muy parecidos a los del lavado cerebral para manipular la fe de sus fieles y mantenerlos cautivos. Casos especialmente dramáticos fueron el de la secta Templo del Pueblo, mil de cuyos miembros se suicidaron ante la inminencia del “fin del mundo”, bajo las exhortaciones de su líder Jim Jones, en la colonia religiosa de Jonestown en la Guyana; y el de los más de setenta miembros de la Iglesia Adventista Davidiana del Séptimo Día que, fieles a las profecías de su secta transmitidas por el Espíritu Santo, en un acto de suicidio colectivo prendieron fuego a su rancho en Waco, Texas, el 19 de abril de 1993, y fallecieron quemados.

            Todo lo cual contribuyó a que la expresión se volviera clásica, aunque ha sido más usada en las faenas de la prensa que en la literatura científica. Los científicos prefieren denominar a esta operación coercive persuasion, como lo hace el psicólogo norteamericano Edgar Schein.

            El tratamiento era principal pero no únicamente psicológico y buscaba desintegrar el sistema de ideas y de valores de la víctima, “drenar” su cabeza de las ideas que contenía y luego “llenarla” con otras (brainfilling). El resultado era la mutación completa de sus opiniones políticas y el cambio de su <ideología e, incluso, de sus convicciones morales.

            Por supuesto que el tratamiento era muy complejo. Incluía torturas físicas y mentales, suministro de drogas, aislamiento, subalimentación, supresión del sueño, interrogatorios interminables, agotamiento mental, intimidación, terrorismo psicológico y otras “técnicas” para debilitar las condiciones físicas y psíquicas del individuo. Y llegaba un momento en que éste no sabía ni siquiera quién era. Su personalidad estaba aniquilada. Había perdido no solamente las nociones de espacio y de tiempo sino también la de su propia identidad. Entonces su cerebro vacío recibía los nuevos conocimientos. Y de allí salía una persona distinta, dispuesta a profesar otros principios y a cooperar con el régimen tiránico.

            El lavado cerebral sólo es posible en un entorno totalitario. Se realiza mediante la psychopolitics, es decir, la aplicación de métodos de indoctrinación sesgada y sistemática impuesta por los mecanismos represivos del régimen. Se lo ha llamado también “persuasión coercitiva”  —coercive persuasion—  o “reforma mental”  —thought reform—  porque es el sistemático esfuerzo para convencer a los no creyentes acerca de las bondades de una doctrina, de un sistema político o de un credo religioso.

            Hay un lavado cerebral individual y uno colectivo. El primero se efectúa con métodos de dos clases: psicológicos y médicos. El segundo a través de la educación, la indoctrinación, la información, la >propaganda y la comunicación de masas. Los métodos psicológicos buscan anular la personalidad del individuo, alienar sus fidelidades, extirpar sus principios, neutralizar sus convicciones, alterar su función cognitiva, amputar su sentido crítico, desconectar su mente de la realidad, manipular sus emociones, erradicar sus proyectos originarios, sustituir su pensamiento analítico por clisés, drenar sus ideas y vaciar el cerebro de sus actuales certezas para reemplazarlas por otras, con el fin de generar en él nuevas lealtades y nuevas obediencias, que son el objetivo final del sistema político imperante. O sea suplantar un estado de conciencia por otro y por esa vía modificar también el inconsciente, donde se generan las motivaciones profundas de los actos humanos.

            La conciencia es el saber que se sabe algo, o sea el saber sobre el saber. El inconsciente, en cambio, es un saber profundo y arcano al que no llega la conciencia. De modo que el individuo ignora lo que tiene adentro, ya que el inconsciente es un proceso mental del que el sujeto no tiene conciencia.

            Todo esto empezó con el descubrimiento de los reflejos condicionados del fisiólogo ruso Iván Petrovich Pavlov (1849-1936), Premio Nobel de Medicina en 1904, quien estudió experimentalmente en su laboratorio las perturbaciones que sufría su perro ante la presencia de diversos estímulos exteriores recurrentes. El fisiólogo ruso adiestró al animal para salivar cuando oía una campanilla o veía un círculo proyectado en la pared y a no hacerlo cuando veía una elipse. Depués del sonido de la campanilla o de la proyección del círculo le administraba comida, mientras que tras de la aparición de la elipse le irrogaba una descarga eléctrica. De este modo el perro salivaba ante los primeros estímulos y dejaba de hacerlo ante el tercero, en respuestas perfectamente condicionadas. Estos fueron los célebres reflejos condicionados de Pavlov.

            Estos principios se extendieron al comportamiento del hombre y se descubrió que  —animal al fin—  sus reacciones nerviosas involuntarias frente a un estímulo externo podían ser condicionadas también. El hombre es básicamente un animal que, a pesar de su racionalidad y de la civilización en que está inserto, es susceptible de reflejos condicionados ante estímulos recurrentes. Y es también un ser esencialmente gregario que tiende a asimilarse a los demás y que suele aceptar como suyos los paradigmas del grupo.

            El sociólogo y psicólogo francés Gabriel Tarde (1843-1904) habló larga y sustentadamente de la imitación como un factor de sociabilidad del ser humano. Y John B. Watson, psicólogo conductista norteamericano, publicó en 1920 juntamente con su ayudante Rosalie Rayner el experimento que demostraba que un niño de 11 meses, que antes había jugado alegre y despreocupadamente con una rata blanca de laboratorio, empezó a temerla cuando el psicólogo estadounidense asoció la presencia del animal con un ruido fuerte y desagradable para el niño.

            Cosa parecida hizo la psicóloga estadounidense Mary Cover Jones (1896-1987) al eliminar o reducir la reacción de temor de un niño ante determinados estímulos mediante la asociación del estímulo temido con un elemento agradable, lo cual produjo como resultado una reacción positiva del niño.

            Posteriormente, con base en los descubrimientos de Pavlov, muchos otros psicólogos europeos y norteamericanos emplearon estas y otras técnicas de modificación de la conducta para superar los miedos paralizantes o suprimir las fobias de sus pacientes. De modo que, a comienzos de la década de los años 60 del siglo XX, la modificación de conducta se había convertido ya en una especialidad de la psicología aplicada.

            En los hospitales psiquiátricos soviéticos, con el choque eléctrico  —electric shock—,  la cirugía del cerebro, la hipnosis, el aislamiento, los castigos físicos y psicológicos, la tortura, la privación del sueño, el hambre, la administración de drogas y otras técnicas de modificación de la conducta  —que forman parte de lo que los politólogos norteamericanos llaman la psychopolitics—  se quebraba la personalidad de los opositores al régimen y se los convertía en sus obsecuentes seguidores. Algunos de ellos, cuya personalidad se había derrumbado con el tratamiento, terminaban en la locura o el suicidio. El objetivo político era alcanzar la obediencia de los individuos y también de las multitudes. Por este medio se obtuvieron las famosas “confesiones” y “autoacusaciones” que justificaron la pena capital o la cadena perpetua en los regímenes estalinistas.

 
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