“laissez faire”

            Esta locución se originó en una vieja conversación que mantuvo Jean Baptiste Colbert, ministro de finanzas Luis XIV, con unos comerciantes franceses a quienes preguntó qué podía hacer el Estado en favor de ellos. Y respondieron: “laissez faire, laissez passer”. O sea suprimir las trabas y regulaciones al movimento de las mercancías.

            A mediados del siglo XVIII  —cuando el ancien régime se acercaba a su dramático fin—,  nació la escuela económica denominada fisiocracia, cuyo más importante exponente fue Francisco Quesnay (1694-1774), médico de Luis XV, como reacción ante el >mercantilismo y su política intervencionista que aherrojaron la iniciativa privada en el proceso de la producción y el intercambio.

            Los fisiócratas sostuvieron que la riqueza de los Estados reside primordialmente en la tierra, que hay que estimular la producción agrícola y la circulación de bienes y que la economía es un fenómeno natural que se rige por sus propias leyes.

            El Estado no debe intervenir en ella. Ha de dejar que actúen libremente las fuerzas “naturales” de la economía. Fue entonces cuando el fisiócrata francés Vincent de Gournay (1712-1759) usó la célebre frase: laissez faire, laissez passer, que significa dejar hacer, dejar pasar, o sea dejar actuar a la iniciativa individual, dejar producir libremente a la gente, dejar circular las mercancías, suprimir las barreras aduaneras y permitir que los bienes fluyan libremente entre las personas y entre los países.

            Desde entonces esta teoría económica formó parte de la propuesta ideológica del naciente >liberalismo y ejerció un prolongado influjo sobre la vida económica de Occidente durante el siglo XIX y hasta la crisis mundial de 1929, en que la escuela keynesiana demostró la inhabilidad del laissez faire y propugnó la vigorosa intervención del Estado para orientar la economía.

            Los economistas de la escuela clásica estuvieron convencidos de que dentro del libre juego de las fuerzas económicas, al chocar entre sí intereses individuales opuestos, se genera en el proceso de la producción, circulación y distribución de bienes un efecto estabilizador que alcanza los necesarios equilibrios o que los restaura en caso de que, momentáneamente, se hayan perdido.

            Cualquier intromisión de la autoridad estatal en el juego de las leyes naturales de la economía  —que ellos veían como un mecanismo perfecto que se ponía en marcha, se impulsaba, se frenaba y se lubricaba a sí mismo, automáticamente—  no haría sino dañar su funcionamiento.

            Sostenían que incluso en el orden del comercio exterior este automatismo funcionaba perfectamente. Pensaban que la balanza de pagos en cada país se ajustaba automáticamente, gracias a las fuerzas del mercado, de modo que los desajustes que podían eventualmente ocurrir eran pasajeros y ella recobraba espontáneamente su situación de equilibrio. Decían que los >superávit en la balanza de pagos encontraban automáticamente su equilibrio gracias a la entrada neta de oro  —en los países cuyo sistema monetario estaba ligado al patrón oro—  o por las oscilaciones producidas en el tipo de cambio  —en los que habían adoptado el sistema de libres oscilaciones—  que al provocar un incremento de la oferta monetaria conducían al aumento de la demanda de bienes y servicios en el mercado, cuya consecuencia inmediata era el alza general del nivel de precios. Esta alza, a su vez, estimulaba las importaciones, que resultaban más baratas que la producción nacional, y desalentaban las exportaciones, con lo cual la balanza de pagos recobraba su posición de equilibrio. Si el caso era de >déficit en la balanza de pagos, se producía el proceso contrario y la disminución de las importaciones junto con el incremento de las exportaciones revertían la tendencia negativa. Y como el carácter de ambos procesos era simétrico, según sostenían los economistas clásicos  —y sostienen hoy los neoclásicos—,  las tendencias del ajuste en uno u otro sentido encontraban pronto su punto de equilibrio.

            Esta es otra de las ilusiones de los patrocinadores de la teoría cuantitativa del dinero. Las cosas, en realidad, no son tan simples. En el caso de los países con déficit en la balanza de pagos más probable es que el ajuste se realice a costa de la producción y el nivel del empleo que por la vía de los precios.

            La verdad es que la “sabiduría” de las leyes “naturales” de la economía y de las fuerzas del mercado no llega a tanto. Lo prueba la terrible concentración del ingreso que ellas promovieron y la crisis recesiva a la que condujeron a la humanidad a partir de 1929. Allí se demostró la imperfección del sistema.

            Es cierto que, bajo determinadas circunstancias, el mercado puede ser más o menos eficiente, en los términos en que afirma el profesor de la Universidad de Chicago, Milton Friedman, para coordinar las actividades de un inmenso número de personas a fin de asegurar que se fabriquen los productos adecuados, en las cantidades precisas, para estar disponibles en los lugares necesarios. Eso es parcialmente verdadero en los países de amplios mercados, en los que puede haber una aproximación a la libre competencia. Pero no lo es en los de mercado insuficiente y competencia imperfecta, en los que todo tiende a la concentración, al monopolio y al oligopolio, y en los que el Estado debe estar presente para corregir las distorsiones del mercado. Lo que es incuestionable, lo mismo en los países grandes que en los chicos, es que las fuerzas del mercado son absolutamente insensibles para la justicia social, la protección del medio ambiente, la defensa de los recursos naturales, el fomento de la cultura y otra serie de valores que se relacionan con el <desarrollo humano de los pueblos. La promoción de tales valores requiere de una acción deliberada y eventualmente coercitiva de la autoridad pública porque estas preocupaciones no entran en la agenda de las fuerzas del mercado.

            El multimillonario empresario norteamericano George Soros, en un artículo aparecido en “Le Nouvel Observateur” de París, enero-frebrero 1997, sostuvo que el laissez faire se ha convertido en la actualidad en una amenaza contra la sociedad abierta y democrática. Esto no lo dijo un marxista ni un hombre de izquierda: lo dijo un financista internacional, presidente del Open Society Institute and the Soros Fund Management que gastó en 1996 casi trescientos millones de dólares para promover el objetivo de la sociedad abierta en el mundo. Pues bien, él afirmó que la intensificación desenfrenada del capitalismo liberal y la extensión de los valores mercantiles a todos los ámbitos de la vida comunitaria ponen en peligro el porvenir de la propia sociedad capitalista. Afirmó que el laissez faire ha llegado a ser una amenaza tan grave como en su tiempo fue el comunismo. Aseveró que las ideologías totalitarias buscan destruir deliberadamente la sociedad abierta mientras que el laissez faire la pone en peligro por inadvertencia o por egoísmo.

            Pero el hecho de que el capitalismo liberal haya elevado a categoría casi religiosa la magia del mercado, bajo el supuesto de que nada sirve mejor al interés común que la búsqueda desenfrenada de la conveniencia personal, es absolutamente peligroso para el propio sistema capitalista. Y “si nuestra visión no es moderada por el reconocimiento de un interés común superior a los intereses individuales, nuestro sistema actual  —que aunque imperfecto puede definirse como sociedad abierta—  corre el peligro de hundirse”, dijo el exitoso y próspero especulador financiero, que conoce el sistema por dentro.

            Concluyó que la sociedad abierta puede verse amenazada por un exceso de individualismo, un exceso de competencia o la falta de cooperación, en alusión a que el exagerado poder del mercado no sólo puede anular la libertad individual de los pobres sino que constituye también una amenaza para la estabilidad económica, la justicia social y las relaciones internacionales.

            Posteriormente Soros amplió y profundizó sus ideas en el libro “La Crisis del Capitalismo Global” que publicó en 1998.

            El tema del papel del Estado sobre el proceso económico se ha discutido largamente en la historia. El absolutismo monárquico de los siglos XVII y XVIII creó un Estado autoritario e intervencionista que aherrojó las iniciativas particulares. Advino entonces el >liberalismo para reivindicar la autonomía individual y estimular el progreso económico de la sociedad merced a la iniciativa privada exenta de trabas. Esto, sin embargo, condujo pronto a un proceso piramidal de acumulación de la riqueza. El pez grande se comió al chico ante un Estado cruzado de brazos.

            El sistema hizo crisis en Occidente en los años 30 del siglo pasado con la gran >recesión mundial.

            Fue necesario entonces revisar el papel del Estado en la economía. Las corrientes socialistas democráticas y socialdemócratas insistieron en ampliar sus facultades reguladoras sobre el proceso económico  —y de hecho la teoría keynesiana, como respuesta a la crisis recesiva de aquellos años, propugnó la vigorosa intervención del Estado para garantizar la inversión y el empleo—  mientras que el >marxismo fue más lejos: propuso la abolición de la propiedad privada y la estatificación de los instrumentos de producción. Los postulados marxistas se institucionalizaron en la Unión Soviética a partir de 1917 y más tarde en los países de su órbita de influencia.

            En medio de la crisis económica mundial de los últimos años  —que es una crisis generalizada que afecta a los países ricos y a los pobres, a los del este y a los del oeste, a los desarrollados y a los subdesarrollados—  y debido al reciente colapso de los regímenes marxistas, quedó al descubierto la ineficacia del sistema de economía dirigida y se abrió nuevamente una gran discusión en el mundo  —particularmente en América Latina—  sobre el “tamaño del Estado” y sobre la injerencia del gobierno en el proceso de la producción y el intercambio.

            No hay duda de que, bajo el peso de su inoperancia, se ha desplomado el sistema de la estatificación. No podía pervivir más una teoría y una práctica económicas en las cuales el control gubernativo de los medios de producción, convertido en el interés de clase de la alta burocracia, se volvió un sistema económico deficiente que disminuyó la cantidad y la calidad de la producción. El >marxismo, a pesar de postular un socialismo científico, se extravió por los atajos de la utopía. Y en estos últimos años hemos asistido al desvanecimiento de sus ilusiones.

            Esto ha arrastrado a algunos políticos, escritores, empresarios y economistas latinoamericanos  —movidos por un sentimiento casi rencoroso contra el Estado—  a culpar de todos los males al <intervencionismo estatal que rigió en los países occidentales desde la gran depresión del año 29 hasta la década del 70 y a proponer, a título de >modernización del Estado, un extenso programa de >privatizaciones indiscriminadas. Por combatir la adiposidad de la entidad pública y buscar la eficiencia de sus instituciones, han caído traumáticamente en el otro extremo: el de la inhibición estatal en el proceso económico y la entrega del comando de la economía  —incluida la prestación de los servicios públicos básicos—  al sector privado, en el marco de las leyes del mercado.

            Han pretendido ir, sin escalas intermedias, del Estado megalómano que, en su delirio de grandeza, absorbió toda clase de responsabilidades para cumplirlas mal, al Estado desertor que fuga del escenario y abandona sus más elementales deberes para con la sociedad.

            Pero en muchos casos latinoamericanos más que obesidad estatal lo que ha habido realmente es pobreza y carencia de posibilidades para financiar el desarrollo. Este ha sido, a lo largo del tiempo, el gran problema de los Estados latinoamericanos. Primero intentaron financiarlo con la explotación irracional de los recursos naturales  —principalmente a cargo de empresas extranjeras—,  después acudieron a un desproporcionado endeudamiento externo y hoy pretenden obtener recursos para el desarrollo de la venta de los activos y empresas públicas, a través de un proceso indiscriminado de >privatizaciones. La vía tributaria no ha sido eficazmente utilizada. Ha sido deficiente desde el punto de vista fiscal e injusta desde el punto de vista social.

            En el fondo, la verdad es que el régimen capitalista de mercado ni el socialista de economía dirigida han demostrado ser eficientes. La crisis mundial de 1929 fue el resultado del poder omnímodo que se dio a la iniciativa privada en la conducción de la economía y la crisis de los años recientes obedeció, en alguna medida, al fracaso de la estatificación de los países marxistas. Eso me hace pensar que la verdad económica no está en esas posiciones extremas sino en la rica gama de las posibilidades intermedias. Allí hay que buscar el sistema económico que mejor se adecue a las circunstancias de cada sociedad. No existen recetas de valor universal. No hay fórmulas all terrain. Cada país debe encontrar su propia senda hacia el desarrollo.

            Actualmente el laissez faire universal es la <globalización, que representa el aperturismo y la permisión totales, dentro y fuera de las fronteras nacionales, para la operación de los agentes económicos. La globalización es la apoteosis del laissez faire. El capital, con poderes omnímodos, puede hacer todo lo que se le ocurra. Ha encontrado en los avances de la informática y las telecomunicaciones sus principales aliados. Puede cambiar su denominación, levantar vuelo e ir de un lugar a otro en pocos segundos, sin que los Estados estén en capacidad de impedirlo. Las facultades que el neoliberalismo ha cercenado al Estado han sido transferidas al capital financiero que en plenitud de poder busca alcanzar los mayores rendimientos posibles en el menor plazo. Todo lo cual demuestra que adelanta un proceso de concentración empresarial de escala planetaria que terminará por someter a los Estados. En el futuro próximo la soberanía y la potestad política ya no serán atributos estatales sino de las <corporaciones transnacionales que cubrirán el planeta con su poder.

            En el vocabulario económico se suele utilizar el vocablo manchesterismo para designar la tendencia extrema del aperturismo y el librecambio. Los manchesterianos propugnan la libertad económica ilimitada, que llega a los excesos de rechazar cualquier intromisión del Estado en la economía y prohibir toda legislación de protección obrera, puesto que considera que la fuerza de trabajo es una mercancía más y debe estar sometida a las leyes del mercado. La expresión proviene de la ciudad de Manchester, en Inglaterra, donde operó entre los años 1838 y 1846 la denominada escuela de Manchester, que defendía los intereses económicos de la aristocracia terrateniente inglesa y europea contra los afanes de los empresarios de la naciente revolución industrial de introducir pequeñas reglamentaciones al comercio internacional.

            La escuela de Manchester estuvo liderada por dos jóvenes ingleses: el uno era un productor textil llamado Richard Cobden (1804-1865) y, el otro, un brillante orador juvenil llamado John Brigth (1811-1889), que se constituyeron en los acérrimos críticos de la política exterior del gobierno británico.

            Dentro de este marco conceptual ellos fundaron la Anti-Corn-Law League, que fue un movimiento contra la protección aduanera y la imposición tributaria a los cereales.

            A pesar de que Cobden escribió por esos años un pequeño ensayo titulado “Speeches on Questions of Public Policy” y que Bright publicó su “Speech on Reform” (1866), ellos eran más activistas políticos que teóricos económicos, por lo que la denominada escuela de Manchester no fue, en realidad, una entidad doctrinal que hubiera formulado una teoría completa y coherente sobre el librecambio sino simplemente un grupo unido alrededor del propósito unidimensional y pragmático de alcanzar la revocación de las leyes que principalmente en Inglaterra y Alemania regimentaban y gravaban la comercialización de los cereales.

            En una conferencia dictada en Manchester el 15 de enero de 1846, Cobden dijo, con un envidiable candor, que cuando “el hombre se convierta en una sola familia e intercambie libremente con su hermano los frutos del trabajo” se desvanecerán “los imperios grandes y poderosos, los ejércitos gigantescos y las grandes armadas” que sólo “sirven para la destrucción de la vida y la desolación de los frutos del trabajo”.

            Al conjunto de estas ideas más o menos simples se llamó también manchesterismo, que se instituyó en el símbolo del libre comercio de la época y que hoy designa las políticas radicales y extremas del laissez faire.

 
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