justicialismo

            Llámase justicialismo o peronismo al movimiento político de corte populista fundado en Argentina por el general Juan Domingo Perón a finales de los años 40 del siglo pasado y al conjunto de sus ideas políticas.

            Este fue el nombre que Perón y sus partidarios dieron al naciente movimiento. La palabra se deriva de <justicia. Pretendió ser una teoría política capaz de llevar a la práctica la justicia social. La iniciativa perteneció al doctor Raúl Stafforini, un antiguo funcionario de la Secretaría de Trabajo y Previsión, quien en una reunión de la dirigencia en 1945, en la que se buscaba un nombre para el movimiento, dijo: “si esto ha de ser algo que gire sobre el pivote de la justicia social, pongámosle 'justicialista”.

            Juan Domingo Perón (1895-1974) fue presidente de Argentina en tres períodos: 1946-1952, 1952-1955 y 1973-1974.

            Egresado en 1913 del Colegio Militar como subteniente de infantería, Perón prosiguó exitosamente su carrera castrense hasta que, después del <golpe de Estado militar del 4 de junio de 1943, ejecutado por una logia de oficiales, pasó a desempeñar simultáneamente los cargos de Ministro de Guerra y Ministro del Trabajo y, el 7 de junio de 1944, también la Vicepresidencia de la República.

            Antes, entre 1939 y 1941, había cumplido una larga misión militar en Italia durante el régimen fascista de Mussolini, que sin duda le dejó huellas indelebles.

            Cuando el gobierno de facto quiso legitimar su situación y convocó a elecciones presidenciales el 24 de febrero de 1946, el coronel Perón triunfó en ellas sobre el binomio Balbín-Frondizi del Partido Radical y asumió el mando presidencial el 4 de junio de 1946. Bajo su gobierno se unificó la Confederación General del Trabajo, como eje del movimiento obrero sometido al control oficial, y se fundaron el Partido Peronista y el Partido Peronista Femenino en apoyo civil a su líder. El infatigable trabajo de Eva Duarte de Perón tuvo mucho que ver en esto.

            Gracias a una enmienda constitucional aprobada en la Asamblea Legislativa por la mayoría peronista, en una votación de discutible legalidad, Perón fue reelegido como Presidente de la República el 11 de noviembre de 1951 e inició un nuevo período de gobierno en 1952, que duró hasta el 19 de septiembre de 1955 en que fue derrocado por un alzamiento militar.

            Un tribunal de honor de las fuerzas armadas le declaró indigno de ostentar el grado y de vestir el uniforme militar. Se exilió por 18 años en España. Después de su larga ausencia retornó al poder por elección popular en 1973, en la que volvió a derrotar a su viejo adversario Ricardo Balbín, líder de Unión Cívica Radical. En esa elección, la papeleta electoral peronista estuvo formada por Perón a la presidencia y su propia mujer, María Estela Martínez de Perón, a la vicepresidencia. Un año más tarde falleció el jefe del Estado y el peronismo sin Perón prosiguió bajo la presidencia de su segunda esposa hasta 1976 en que terminó su gobierno, en medio del desorden público y la corrupción, por acción de un golpe militar.

            Años más tarde, en 1989, el peronismo  —o el neoperonismo, como algunos prefieren—  retornó al poder a través de elecciones populares con el presidente Carlos Menem.

            En los comienzos de su vida política, el coronel Perón  —todavía en servicio activo—  formó parte del Grupo de Oficiales Unidos (GOU), que fue una logia militar clandestina abiertamente alineada en la lucha y los ideales del >nazismo, que asaltó el poder el 4 de junio de 1943.

            En su libro “Cronica de una Guerra Secreta” (2004), el embajador brasileño Sergio Correa da Costa  —quien representó a su país en Washington y en Londres y que en los años 40 fue espía en Argentina—,  al tratar el tema de la penetración hitleriana en Latinoamérica, afirma que Perón se proponía gobernar América del Sur si la Alemania nazi triunfaba en la Segunda Guerra Mundial. Correa da Costa dice que en el memorándum confidencial de Washington, conocido como el libro azul, consta que Perón, en sus secretos vínculos con el nazismo, aseguró a Heinrich Himmler  —jefe de las guardias de choque nazis (las schutz-staffel, mejor conocidas como las SS) y jefe de la Geheime Staatspolizei (GESTAPO)—  que el rompimiento de relaciones diplomáticas con Alemania, decretado por Argentina bajo la presión de Estados Unidos, “no tendrá mayor importancia pues la verdadera orientación del régimen continuará favorable a Alemania. El documento americano, con exuberancia de detalles, denuncia el estrecho contacto del gobierno argentino con las autoridades alemanas en el sentido de favorecer las acciones de Berlín y de minar la solidaridad continental”.

            Esto ocurría en plena guerra mundial.

            Un mes antes del <golpe de Estado de 1943 que llevó a Perón a desempeñar los ministerios de guerra y de trabajo y después la Vicepresidencia de la República, el GOU puso en circulación entre la oficialidad militar un manifiesto-programa “confidencial” que contenía los puntos de vista y los objetivos políticos de este influyente grupo de oficiales. En el documento se decía que “la era de la nación va siendo paulatinamente sustituida por la era del Continente. Así como los feudos se unieron para formar la nación, hoy las naciones deben unirse para formar un Continente. Es la finalidad de esta guerra. Alemania realiza un esfuerzo titánico para unificar el Continente europeo. La nación mayor y mejor equipada deberá regir los destinos del Continente en su nueva configuración. En Europa esa nación es Alemania. En nuestros días, Alemania está dando vida a una dimensión histórica. Debemos seguir este ejemplo. La lucha de Hitler, en la paz y en la guerra, será nuestra guía de ahora en adelante”.

            En otra parte del documento se afirmaba: “Para dar el primer paso que nos llevará a una Argentina grande y poderosa será necesario apoderarse del poder. Jamás un civil comprenderá la grandeza de nuestro ideal; habrá, pues, que eliminarlos del gobierno y darles la única misión que les corresponde: el trabajo y la obediencia”. Y agregaba: “Nuestro gobierno será una dictadura inflexible” en la que, “bajo el ejemplo de Alemania, por la radio, por la prensa controlada, por el cine, por el libro, por la Iglesia y por la educación se inculcará en el pueblo un espíritu favorable para emprender el camino heroico que habrá de recorrer. Sólo así llegará a renunciar a la vida cómoda que ahora lleva”.

            El documento secreto hablaba también de una alianza de Argentina con Paraguay, Bolivia, Chile y Uruguay, que “atraerá fácilmente a Brasil”. Y añadía: “caído Brasil, el Continente sudamericano será nuestro”.

            Estos testimonios documentales demuestran que, en su delirio de grandeza, Perón soñaba en convertirse en líder continental. Para eso confiaba en que la Alemania nazi saliera victoriosa de la Segunda Guerra Mundial. Pero los planes peronistas se frustraron en 1945 por la derrota de los países del eje y, entonces, desaparecido el Tercer Reich entre los escombros llameantes de Berlín, el gobierno de Perón se vio obligado a alinearse, junto a los restantes países de América Latina, con las potencias aliadas victoriosas.

            Las ideas del peronismo no fueron muy claras. No lo fue tampoco la organización política que las sustentaba. Desde su primer discurso pronunciado al día siguiente de su retorno de España en 1973, Perón se empeñó en hablar del “movimiento” peronista y no del Partido Justicialista. Hizo mucho énfasis en que el peronismo no era un partido político sino un “movimiento” para organizar, encuadrar y conducir a la masa peronista. Afirmó que los partidos políticos han sido superados por el tiempo, que la época de ellos pasó y que los tiempos modernos exigen movimientos y no partidos políticos. Sus ideas no fueron muy claras. El propósito pareció ser el de formar algo más amplio que un partido político: un movimiento que diera cabida a las ramas masculina, femenina y gremial del peronismo tradicional, integradas en sus períodos anteriores de gobierno, y a los grupos heterogéneos que por convicción u >oportunismo se congregaron después alrededor de la figura carismática del caudillo populista.

            El justicialismo estuvo concebido en términos extremadamente generales. Su “doctrina” adolecía de grandilocuencias, excesos retóricos, imprecisiones, falta de coherencia y, sobre todo, insondables generalidades. Se componía de enunciaciones muy vagas sobre la justicia social, la independencia económica de Argentina, los afanes de “continentalización” del justicialismo, la vocación argentina de ser una gran potencia y la llamada “tercera posición”, alejada del “demoliberalismo capitalista, puramente individualista, y del colectivismo del marxismo dogmático internacional”, en la política exterior.

            El discurso leído en su nombre ante la cumbre de los >países no alineados celebrada en Argel en 1973, en el que Perón intentó hacer una definición doctrinal y señalar ante la comunidad internacional los grandes lineamientos de su política interior y exterior, nos puede dar una idea de la vaguedad de los planteamientos justicialistas. Perón afirmó entonces que “el patrimonio ideológico de nuestra Doctrina Justicialista está enfocado en trabajar para labrar la felicidad del pueblo y asegurar la grandeza futura de la Patria” y, más retórico que conceptual, añadió: “nosotros queremos una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”.

            Como varios dirigentes políticos fascistas y de otras orientaciones en distintos tiempos y lugares, Perón mencionó la tercera posición como una postura ideológica  —la tercera posición peronista—,  aunque sin mayores precisiones. En su postrer mensaje al congreso nacional el 1 de mayo de 1974 expresó que “la esencia de nuestra tercer a posición consiste en anhelar una sociedad eminentemente creativa y justa, en la cual la conducción económica pertenezca al país como comunidad armónica y donde los logros económicos no atenten contra la libertad y la dignidad del hombre”. En medio de la generalidad conceptual del líder justicialista no hubo mención alguna a las relaciones entre el Estado, la sociedad y el mercado. Hubo a lo sumo una lata referencia a que “el mundo se divide hoy en capitalistas y comunistas en pugna: nosotros no somos ni lo uno ni lo otro”. Y agregó que “tanto el capitalismo como el comunismo son sistemas superados por el tiempo”.

            “Consideramos al capitalismo como la explotación del hombre por el capital  —había escrito antes—  y al comunismo como la explotación del individuo por el Estado. Ambos insectifican a la persona mediante sistemas distintos. Creemos más: pensamos que los abusos del capitalismo son la causa y el comunismo el efecto. Sin capitalismo el comunismo no tendría razón de ser, creemos igualmente que, desaparecida la causa, se entraría en el comienzo de la desaparición del efecto”. Y agregó: “Esto lo hemos probado durante los ocho años de nuestro gobierno en que, el Partido Comunista en nuestro país, alcanzó su mínima expresión. Para ello nos bastó suprimir los abusos del capitalismo procediendo por evolución en los sistemas económicos y sociales”.

            No son pocas sus similitudes con el <fascismo. La influencia mussoliniana sobre Perón es innegable. Empezó probablemente durante su estancia de dos años en Roma durante el apogeo del régimen fascista italiano. El desconcierto ideológico de Perón fue muy parecido al de Mussolini. En un diálogo con la juventud, el 8 de septiembre de 1973, Perón afirmó: “tenemos, sí, una ideología, dentro de la cual nos vamos desarrollando. Algunos están a la derecha de esa ideología y otros están a la izquierda, pero están en la ideología. Los de la derecha protestan porque estos de la izquierda están, y los de la izquierda protestan porque están los de la derecha. Yo no sé cuál de los dos tiene razón. Pero eso es una cosa que a mí no me interesa.”

            No se ve mucha lucidez en estos planteamientos. Hay un profundo desconocimiento de lo que es un partido, de lo que es una ideología política y de lo que significan izquierda y derecha en el orden doctrinal. Sin duda, Juan Domingo Perón fue un líder populista notable, con una gran dosis de simpatía personal, talento e instinto político. Conoció muy bien la idiosincrasia de su pueblo. Su <carisma se impuso sobre las masas argentinas. Logró incluso convocar bajo su prestigio a personas ubicadas desde la extrema derecha a la extrema izquierda del espectro político, aunque esto después le causó muchos problemas.

            Fue admirable su capacidad de convocación. Manejó bastante bien sus relaciones con la alta jerarquía eclesiástica  —implantó como obligatoria la educación católica en las escuelas—  hasta que intentó “canonizar” a su esposa, Eva Duarte, después del fallecimiento de ella en 1952.

            Sus relaciones con los gremios del trabajo fueron muy fluidas. De hecho los sindicatos constituyeron su principal apoyo político. En suma, tuvo un gran manejo político de masas. Pero no fue un ideólogo ni tuvo ideólogos a su lado. Sus planteamientos carecieron de profundidad y de coherencia.

            Perón fue, fundamentalmente, un hombre pragmático que improvisó sus ideas al ritmo de los acontecimientos. Esas ideas fueron recogidas, ordenadas y desarrolladas por sus “exégetas”. No fue un ideólogo ni creó una ideología. Su manera de pensar fue expresada muy elocuentemente en la disertación que dio al inaugurar los cursos de la Escuela Superior Peronista, en su segunda época de gobierno:

            “Hay un caso famoso de la conducción que se le presentó al general Verdy du Vernois, citado por grandes autores, en la batalla de Nachau. El había sido, durante veinte años, profesor de conducción en la Escuela Superior de Guerra de Francia. Llegó al campo de la batalla y dijo: ”¿qué principio aplico aquí? ¿La economía de las fuerzas?”, y el enemigo se venía encima. “¿Qué principio de la conducción aplico aquí?”, y el enemigo seguía avanzando y habían ya tomado contacto las vanguardias. “¿Qué ejemplo de la historia me puede inspirar para la batalla?”, y el adversario seguía avanzando, y ya se producía la 'mélange', como dicen los franceses. Hasta que él se dio cuenta y dijo: “Al diablo los principios y al diablo los ejemplos; veamos de qué se trata, veamos el caso concreto”. Vio el caso concreto como era, resolvió de acuerdo con su criterio y ganó la batalla.”

            Aquí se reflejan el pragmatismo y la confusión de ideas de Perón, su íntimo desdén por las ideologías y su tendencia hacia la improvisación de acuerdo con las circunstancias.

            Fue tal su despiste ideológico que desde su exilio en Madrid llegó a hacer declaraciones que lindaban con el ridículo, recogidas por la revista argentina “Premisa” el 16 de diciembre de 1970. “La revolución mundial va hacia formas socialistas  —dijo—;  es legítimo asociarse a Rusia para luchar contra el imperialismo; quizás si en 1955 los rusos hubieran estado en condiciones de apoyarme, yo hubiera sido el primer Fidel Castro del continente”.

            Perón y, más que él, su mujer Eva Duarte  —Evita, como la llamaban sus seguidores, quien murió de cáncer el 26 de julio de 1952, durante el segundo período presidencial de su marido—  fueron endiosados por las masas peronistas. Cuando Perón fue derrocado por el golpe militar de 1955, los restos de Evita fueron sacados del país por militares antiperonistas y enterrados, bajo nombre falso, en un cementerio de Milán. Muchos años más tarde, en marzo de 2004, el sudario celeste y blanco que envolvió el cuerpo embalsamado de Evita fue rematado por la empresa Christie´s de Roma. Luego fue comprado por Aerolíneas Argentinas  —de capital español—  por 160.000 dólares y donado al Estado argentino. El 24 de agosto del mismo año, en una ceremonia efectuada en el "salón de los pasos perdidos” del Congreso argentino, el presidente de la compañía de aviación hizo entrega de la reliquia al presidente del Senado y desde ese momento reposa en una urna especial, con vidrios antibalas, en el Congreso de Argentina.

 
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