islamismo

            Es la religión y la concepción del mundo de los creyentes de Alá y seguidores de su profeta Mahoma. El libro sagrado del islamismo es el Corán, que contiene todos los elementos de la religión mahometana, llamada también islámica, musulmana o muslímica.

            Por extensión, se llama islamismo también al conjunto de manifestaciones culturales, artísticas y políticas de los pueblos árabes que profesan esta religión.

            La palabra islamismo viene de islam, que significa sumisión a Dios. El Corán manda que “la verdadera religión a los ojos de Alá es el Islamismo”. El fundador de esta religión fue Mahoma, nacido el año 571 en La Meca. No es mucho lo que se sabe sobre él. Peter Watson, en su libro “Ideas. Historia intelectual de la humanidad” (2009), sostiene que “la primera biografía de la que tenemos noticias fue escrita en el año 767, mucho después de la muerte del profeta, y con todo, sólo la conocemos a través de una edición realizada en 833”. Según la leyenda, Mahoma quedó huérfano a los seis años de edad y a los doce fue llevado por su tío a Siria, donde conoció al monje cristiano Bahira. Se casó a la edad de veinticinco años con Khadijah, una viuda rica quince años mayor que él, y con ella se dedicó a las faenas del comercio. En uno de sus frecuentes retiros al desierto dijo haber recibido del arcángel Gabriel la revelación de su misión. Era el año 610. Y a partir de ese momento Mahoma empezó a ejercer su cometido profético, a combatir la idolatría de los pueblos árabes y a predicar el monoteísmo, la creencia en ángeles y demonios, el día del juicio final y la existencia de una vida eterna después de la muerte. Todas estas ideas, que no eran nuevas, coincidían con las que habían difundido el zoroastrismo, el judaísmo y el cristianismo.

            Como había ocurrido con el cristianismo, la nueva fe penetró especialmente entre los esclavos y las capas sociales más pobres, lo cual provocó la beligerante oposición de las familias ricas, que obligó a Mahoma a buscar refugio al otro lado del mar Rojo. Se estableció en Medina. Allí vivió rodeado de sus numerosas esposas e hijos. Persistieron sus visiones y revelaciones. La más importante de ellas fue la denominada isra: un viaje nocturno del profeta al cielo, con escala en Jerusalén, donde pudo contemplar el rostro de su dios. La consideración de Jerusalén como la tercera ciudad sagrada de los mahometanos  —después de La Meca y Medina—  obedece precisamente a este episodio.

            En su empeño por expandir las fronteras de la “tierra del Islam”  —dar al-Islam—,   Mahoma se convirtió pronto en un líder político, militar y religioso. Estableció leyes, administró justicia, creó tributos, recaudó dinero, libró guerras, acordó alianzas tácticas, destruyó ídolos enemigos. Desplegó una febril actividad. Instituyó los primeros fundamentos de la nueva religión: la oración del alminar  —el adhan—,  desde donde el almuédano convocaba a los fieles en las horas de oración; señaló la dirección en que hay que rezar  —la qiblah—  después de haber sustituido Jerusalén por La Meca; estableció el mes del ayuno  —el ramadán—;  promovió la peregrinación al santuario de la Kaaba para besar la piedra negra; e implantó los primeros fundamentos de su creencia.

            El contenido de la nueva religión fue plasmado en el Corán, que es el libro sagrado del islamismo, compuesto de 114 capítulos (suras) divididos en versículos (aleyas). El libro contiene las revelaciones de Alá a Mahoma hechas por intermedio del arcángel Gabriel durante su estancia en La Meca y Medina en las primeras décadas del siglo VII. Según la tradición musulmana, Mahoma comunicó oralmente esas revelaciones a sus seguidores  —puesto que era analfabeto—  y ellos las memorizaron o las escribieron en hojas de palma, fragmentos de hueso, pieles de animales u otra clase de utensilios, que fueron recopiladas después de la muerte del profeta, durante el califato de Uthman  —alrededor el año 650—,  en el libro que hoy conocemos como el Corán.

            El texto de su primera edición  —conocido como "Uthmani"—  se convirtió casi trescientos años después  —en el 933—  en la versión autorizada. Estaba escrita en árabe. Las demás fueron destruidas por orden de los califas y de los visires. De modo que tardó más de tres siglos en aparecer la versión oficial y autorizada del Corán. No obstante, los fieles musulmanes creen  —porque eso es lo que les han dicho—  que cada palabra del Corán fue dictada a Mahoma por el arcángel Gabriel. Y creen además que el árabe es la lengua de su dios y la que se habla en el paraíso.

            Escritos en árabe, en una mezcla de prosa y poesía sin métrica, con un estilo elíptico y ambiguo, algunos de los pasajes del Corán resultan difíciles de entender. Lo cual ha dado lugar a que se produjeran diferentes interpretaciones de su texto. Desde los tiempos de al-Tabari (muerto en el año 923) hasta nuestros días la investigación islámica del Corán  —la tafsir—  ha sido incesante. Se han escrito numerosos libros sobre el tema. La diversa interpretación de su texto ha producido “herejías”, disensiones y divergencias teológicas. Las traducciones fueron también motivo de controversia. El Corán se ha traducido a una gran variedad de idiomas y su legitimidad siempre fue cuestionada. En lo que fue la primera conversión a una lengua europea, la versión latina apareció en el año 1143 y fue hecha por el humanista británico Robert de Ketton (1110-1160). Después aparecieron versiones en diferentes lenguas. Pero su mensaje central es que hay un solo dios omnipresente y omnisciente, creador de todas las cosas, infinitamente misericordioso, al que el hombre debe adorar y servir.

            El libro contiene preceptos y recomendaciones éticas, advertencias sobre la llegada del juicio final, historias de profetas anteriores y referencias a la religión, al Derecho, al matrimonio, al divorcio, a la herencia y a otros temas de la vida individual, familiar y social. Las escrituras cristianas y judías comparten muchas de estas historias, aunque a veces se desarrollan en forma diferente. En general, las religiones tienen poca originalidad. La mayoría de ellas sustenta principios iguales o muy parecidos, copiados unas de otras. La dialéctica del bien y el mal, representados de diversa manera, es un valor constante en ellas, lo mismo que la idea de que su dios es el verdadero y todos los demás son falsos. La creación, la vida eterna, el castigo por los pecados, el dios como principio y fin de todas las cosas, la suprema sabiduría y justicia de él, su condición necesaria, su ubicuidad, su presencia inteligente e inmutable, han sido también, a lo largo del tiempo, elementos constantes de todas las religiones.

            Los musulmanes tienen al Corán como la palabra de dios en sentido literal. De allí que las oraciones diarias, que son uno de los ritos obligatorios del islam, comprenden la recitación de pasajes del libro aprendidos de memoria.

            Como lo dije antes, la predicación de la nueva religión causó dificultades al profeta del islam. Sufrió persecuciones que le obligaron a huir de La Meca con algunos de sus seguidores. Fue la llamada hégira, en el año 622 de la era cristiana. En Medina elaboró sus dogmas, organizó su culto y predicó la guerra santa contra los infieles de La Meca. Al cabo de ocho años de ausencia, al mando de un ejército, regresó triunfalmente a ella en el año 630. Dispuso destruir los ídolos de los infieles y reconquistó para su dios la piedra negra del santuario de la Kaaba, que había sido motivo de adoración por las tribus árabes aun antes de la fundación del islamismo. Mahoma, que fue teólogo y además un hábil político, sólo necesitó una década para establecer y difundir su religión por India, Persia, China, Indochina, África y parte del Asia.

            El islamismo se dividió más tarde en dos grandes corrientes: la de los sunitas y la de los chiitas. Los primeros reconocen solamente la autoridad religiosa y política de los imanes-califas descendientes de la tribu de los Qurayshíes, a la que perteneció Mahoma. Rechazan, por impostora, toda otra autoridad. Los chiitas, en cambio, sólo acatan la línea de mando de Alí, el primo de Mahoma, a quien éste habría designado como su sucesor.

            Mucha sangre ha corrido y sigue corriendo por causa de esta disputa religiosa.

            La parte dogmática del Corán, que es el libro sagrado del islamismo, reproduce algunos de los principios del judaísmo y del cristianismo. Proclama la unidad en Dios, a quien consideran un ser eterno y todopoderoso, que por un decreto suyo absoluto e inmutable predestina a sus criaturas a las delicias del paraíso o a las torturas del infierno. Establece la misión profética de Mahoma, único elegido y enviado de dios en la Tierra. Manda creer en los ángeles y el demonio, en la vida eterna, en la resurrección de los muertos y en el juicio final.

            Su moral no es muy exigente. Conservó las instituciones de la poligamia y la esclavitud, aunque en forma reglamentada. Mandó observar ciertas prácticas del culto: la ablución, las cinco oraciones diarias (entre el alba y la salida del Sol, al mediodía, por la tarde, a la puesta del Sol y al anochecer), el ayuno anual durante los días del ramadán para los mayores de 14 años, la entrega de limosnas y la peregrinación al santuario de Kaaba en La Meca al menos una vez en la vida.

            Para los musulmanes el peregrinaje a La Meca, en Arabia Saudita, forma parte fundamental de su culto. Millones de peregrinos llegan cada año a la ciudad santa en el mes musulmán de dhu’l-ijjah para realizar el peregrinaje mayor  —denominado “hajj”—  y concentrarse en torno a la Kaaba, o “casa de dios”, que es el santuario de forma cúbica que ocupa el centro de la gran mezquita de Al-Haram, construída en el siglo VIII. Este es el lugar religioso más importante del islam. En la esquina sureste del santuario está la piedra negra que, según los musulmanes, cayó del cielo enviada por el ángel Gabriel a Abraham, quien con su hijo Ismael la colocó allí. En torno del santuario se reúnen muchedumbres impresionantes para rezar y tocar o besar la piedra negra. Después de congregarse en La Meca, la multitud va hacia la Mina, que es una pequeña aldea en donde el demonio está representado por unos obeliscos de piedra. Allí, en su intento de “apedrear al diablo”, las masas de fanáticos, en sus brutales actos de histerismo, producen estampidas monstruosas que dejan anualmente centenares de muertos pisoteados por la gente.

            Con frecuencia las peregrinaciones islámicas terminan en grandes tragedias. A comienzos de marzo del 2001, durante la peregrinación del hajj, murieron aplastados 35 musulmanes bajo un alud humano cuando se cumplía el rito del apedreamiento de satán en la Mina, donde la tradición sostiene que Mahoma pronunció su último sermón antes de morir. Este rito se cumple todos los años como parte de la celebración del eid al-adha (festín del sacrificio) y consiste en que cada peregrino arroja 23 piedras contra tres obeliscos que representan a satanás. El 2 de julio de 1990 una avalancha humana en una galería de la Gran Mezquita de La Meca produjo 1.426 muertos por aplastamiento y asfixia; cuatro años después fallecieron, en las mismas condiciones, 270 peregrinos; un nuevo alud humano cobró la vida de 180 fieles en 1998; el 1 de febrero del 2004, en la ceremonia de lapidación del demonio, murieron 244 personas; el 11 de enero del 2006 en una nueva movilización fanática de dos millones y medio de peregrinos para lapidar al diablo  —entre el mediodía y el ocaso, como manda la tradición—  murieron aplastados 345 paquistaníes, indios, argelinos, egipcios, turcos, sudaneses, palestinos y de otras nacionalidades y centenares quedaron heridos y lesionados; una procesión de diez mil mujeres y niños en honor al profeta Mahoma el 9 de abril del 2006 terminó en una estampida de pánico que produjo más de treinta muertos pisoteados a la salida de la mezquita de Faizan-e-Medina en la ciudad de Karachi.

            El 24 de septiembre del 2015, en la peregrinación anual hacia La Meca, volvió a ocurrir otra tragedia. Más de 700 personas murieron pisoteadas y 800 resultaron heridas en una nueva estampida provocada por la masiva aglomeración de peregrinos sobre el valle de la Mina, en las afueras de La Meca. Los cuerpos quedaron tendidos en la calle. Ese año acudieron cerca de dos millones de peregrinos al rito religioso.

            La prensa saudí acusó a los fieles iraníes de causantes de la avalancha por haber marchado en la dirección equivocada, contradiciendo las indicaciones impartidas. Pero el ayatolá Ali Khomeini, líder supremo iraní, dijo que fue la "mala gestión" saudí la causante de la catástrofe.

            Como es bien sabido, la población de Arabia Saudí es mayoritariamente sunita, mientras que Irán tiene mayoría chiita. Los dos países son rivales históricos por razones religiosas y geopolíticas, nacidas de sus sendas aspiraciones de dominación de la región.

            Esa tragedia fue la peor que se ha producido durante la peregrinación anual desde 1990, cuando murieron más de 1.400 peregrinos también en una abalancha similar.

            La peregrinación dura cinco días para llegar y dar siete vueltas alrededor de la Kaaba, que se encuentra en un patio interior de la Gran Mezquita en La Meca. Todo musulmán tiene la obligación religiosa de realizar al menos una vez en la vida la peregrinación si tiene los medios y salud para hacerlo.

            Son estas las hecatombes causadas por el fanatismo religioso de los musulmanes.

            El islamismo ha impuesto fuertes rasgos de >teocracia en los pueblos musulmanes. Ha sometido el poder político al credo religioso y ha establecido la intolerancia más absoluta en materia religiosa y política. Es una religión intransigente que inculca el fanatismo entre sus adeptos, propugna la “guerra santa” contra los infieles y promete las mejores recompensas ultraterrenas a quienes en ellas murieren en defensa de su fe. El <fundamentalismo moderno, que conmueve al mundo con sus acciones de terrorismo y crueldad, no es más que un subproducto de las viejas prédicas de la religión islámica.

            Los gobiernos islámicos cuentan con una ubicua y represiva policía religiosa, cuya misión es custodiar la aplicación de los preceptos del islam y combatir la “occidentalización” de las costumbres. Ella se inmiscuye en la vida privada y pública de las personas y penetra en su intimidad. Afeitarse la barba, vestirse a la usanza del “impío Occidente”, inobservar el uso obligatorio del atuendo islámico para las mujeres, dejar de asistir a la mezquita, consumir alcohol, mantener abiertos establecimientos comerciales durante el tiempo del rezo y otros incumplimientos de los mandatos coránicos constituyen delitos perseguidos por la policía religiosa en Arabia Saudita, Somalia, Gaza, Malasia, Marruecos, Indonesia y otros países musulmanes.

            En todos ellos hay una policía para la “prevención del vicio y la promoción de la virtud”, que se encarga de que los preceptos del Corán se cumplan. En algunos lugares, como en Afganistán durante el gobierno de los talibanes, se llegó a los extremos de prohibir que las mujeres trabajaran o estudiaran o que los hombres se cortaran la barba o usaran ropa occidental. En 1998 se impartió la orden para que los soldados talibanes, con su AK-47 en el hombro, irrumpieran en los almacenes de Kabul y destruyeran todos los televisores y magnetófonos que encontraran porque “las películas y la música llevan a la corrupción moral”, y se prohibió además que los ciudadanos utilizaran internet, so pena del castigo a los infractores impuesto por la policía religiosa de acuerdo con la ley islámica.

            En Arabia Saudita la Policía para la prevención del vicio y la promoción de la virtud  —la Motawa—  ha cometido excesos condenables. En marzo del 2002 impidió que las alumnas de una escuela en La Meca abandonasen el establecimiento en llamas porque no estaba presente un tutor masculino  —padre o hermano—  y no permitió a los bomberos rescatar a las niñas. En nombre de este prejuicio religioso quince de ellas murieron carbonizadas.

            En la atrasada Arabia Saudita las mujeres no pueden viajar, trabajar o ser intervenidas quirúrgicamente sin el permiso de su “guardián”  —padre, marido u otro varón de la familia que ejerza su custodia—  y les está prohibido conducir vehículos automotores.

            En lo que fue una “gran conquista” del siglo XXI, el rey Abdalá de Arabia Saudita anunció el 25 de septiembre del 2011 que había otorgado el derecho de voto a las mujeres por primera vez en el reino. Ellas podrán, hacia el futuro, votar y ser elegidas en las únicas elecciones que allí se celebran: las municipales. El monarca conservador islámico hizo el anuncio en un discurso ante la Shura, que es una especie de parlamento aunque sin poderes legislativos.

            Como todas las religiones, el islamismo alienta propósitos expansionistas para “mahometizar” a otros pueblos y, con ese fin, invoca ideas tan irracionales como “guerra santa”, “guerra entre la fe y el paganismo”, “guerra entre fieles e infieles”, “guerra en defensa de los lugares santos”. Y como en el Corán está escrito que quienes mueran en la defensa de su fe tendrán bienaventuranza eterna, los ciudadanos se ven inducidos a los mayores sacrificios para alcanzar las ambiciones terrenales de sus líderes, hábilmente parapetadas detrás de los textos del Corán y de los ideales religiosos.

            La meta más importante de un fundamentalista musulmán, en su tránsito por la Tierra, es convertir al islamismo a toda la humanidad y su primera lealtad no es con el Estado al que pertenece sino con la comunidad religiosa que cruza las fronteras estatales. En otras palabras, su fidelidad primaria no es a la tierra natal  —la watan—  sino a la comunidad de creyentes islámicos  —la umma—  que trasciende los linderos nacionales. Esto quiere decir que el mandato divino de luchar contra el desacato o la ignorancia de las leyes de dios  —el yahilíia—  debe cumplirse en toda la comunidad islámica, por encima de las fronteras patrias, tenidas con frecuencia por los ulemas como factores de división e incomprensión entre los creyentes. La comunidad islámica  —al dawla islamiyya—,  de casi mil millones de personas que viven en un deplorable atraso cultural, está por encima de los Estados, y la ley de dios  —la sharia—,  contenida en el Corán y los hadices, condiciona la validez y vigencia de las leyes estatales. Para alcanzar sus propósitos los musulmanes acuden con frecuencia a la guerra santa contra los impíos  —la yihad—,  en el curso de la cual el martirio es considerado, de acuerdo con la tradición chiita que arranca del sacrificio del imán Alí, sucesor de Mahoma, en el año 681, el “núcleo duro” de su fe, de modo que la muerte por la gloria de Alá es la mayor ambición de un fundamentalista islámico.

            Lo cual explica a cabalidad la conducta política de los fundamentalistas. En sus afanes de extender la fe y “purificar” la sociedad, la compasión con los ateos es un acto impío que debe ser reprimido con la misma fuerza que el adulterio, la homosexualidad, el juego y otros actos tenidos como contrarios al Corán.

            Esto aclara el terrorismo auto-inmolatorio de los fundamentalistas. Cuando un joven islámico se amarra un cinturón de dinamita y se lanza contra un objetivo israelí, como han hecho tantos militantes de la yihad islámica, tiene la convicción de que esa es la “voluntad de dios” y que después de su muerte irá directamente al paraíso para estar junto a Alá.

            El más importante de los teólogos del mahometismo ha sido Abú Hamid Muhammad al-Ghazali, nacido en Persia en el año 1058, quien con su principal libro “Revivificación de las ciencias de la religión” ha contribuido a dar al islamismo muchas de sus formas actuales. Alrededor del año 1065 se fundó en Bagdad el Nizamiyah, que era un seminario teológico para estudiar el Corán y afirmar la fe ante las amenazas de la filosofía y de la ciencia.

            Resultaron vanos los intentos emprendidos en la segunda mitad del siglo XIX y en la primera del XX por Gamal Ad-din Al Afgani, Muhammad Abduh, Seiyid Ahmed Khan Bahadur, Muhammad Iqbal y otros teólogos musulmanes para modernizar el islamismo.

            La política y activista holandesa en la lucha por los derechos de la mujer, Ayaan Hirsi Ali  —nacida en un hogar islámico en Somalia—,  abandonó el islamismo bajo el impacto que le causó ver en directo por la televisión, en la mañana del 11 de septiembre del 2001, “los edificios cayendo y la gente saltando por las ventanas”, como parte de los atentados consumados en Nueva York y Washington por activistas musulmanes bajo el grito de “¡Alá es el más grande!”. Eso motivó su separación del islamismo. “Yo no podía fingir que aquello no se hizo en nombre de mi religión  —dijo a la prensa—  porque era coherente con muchas de las cosas que yo había visto en el Islam”. Y entonces decidió abjurar de esa religión y “aprender a reflexionar por mí misma”. Agregó: “el problema del Islam es que no hay sitio para ‘el uno mismo’, no hay sitio para el individuo”. “La relación del ser humano con el Islam es de masa y esclavitud”, de la que resulta “una completa y total sumisión de la voluntad”, añadió. Como “el profeta Mahoma es infalible, no se puede decir nada malo ni pensar nada crítico”, lo cual “conlleva un completo estancamiento intelectual”. “Tenemos que cambiar eso, reconociendo que el profeta fue un ser humano y no Dios”. Con referencia al tema sexual dijo que en el islamismo “el sexo sólo está permitido dentro del matrimonio, como en otras religiones, pero el modo en que funcionan los musulmanes es metiendo a las mujeres en una jaula. Esa jaula no sólo es física sino también mental. Cuando se mete a las niñas y a las mujeres en una jaula mental, no pueden escapar de la ignorancia y los hijos que educan, incluso los varones, crecen igualmente ignorantes”.

            El filósofo británico Christopher Hitchens, en su libro "The Portable Atheist" (2007), acoge un texto del iraní Ibn Warraq en el que condena el rechazo del islam a la ciencia: “explicarlo todo en los términos de dios  —dice—  es no explicar nada” y critica los tremendos castigos que prescribe este “dios misericordioso” en el Corán: crucifixión para los enemigos religiosos y lapidación para las mujeres por causa de adulterio o fornicación.

            Por supuesto que a lo largo de la vida del islamismo no han faltado dentro del mundo musulmán importantes críticos y cuestionadores de esta religión: al-Mutanabi, Qays ibn Zubayr, Ibrahim ibn Sayaba, Ibn al-Rawandi, al-Razi y tantos otros que desenmascararon las “fábulas absurdas e incoherentes” del Corán y las debilidades y miserias humanas de Mahoma.

            En su obra biográfica "Life of Mahomet", publicada a mediados del siglo XIX, el escritor británico Sir William Muir  —citado por Fernando Vallejo—  afirma que “la espada de Mahoma y el Corán son los más empecinados enemigos de la civilización, la libertad y la verdad que haya conocido el mundo”. Son proverbiales la intolerancia y la crueldad de los textos coránicos. “Mata a los infieles donde los encuentres”, manda el sura 9. “Cuando encuentres infieles mátalos y haz con ellos una carnicería”, dispone el sura 47, versículo 4. El versículo 12 del sura 8 proclama: “Yo sembraré el terror en los infieles y vosotros cortadles la cabeza”. “A los que hacen la guerra contra Alá y su Profeta  —dice uno de los versículos del sura 5—  átalos, crucifícalos, córtales las manos y los pies”. Y esos versículos resumen la vida de Mahoma, preñada de matanzas, carnicerías y depredaciones “en nombre de Alá, el clemente y misericordioso”, como las que consumó contra las tribus judías de Medina.

            Profundo conocedor de los textos sagrados del islam, el novelista y escritor colombiano Fernando Vallejo, en su best seller “La Puta de Babilonia” (2007), afirma que Mahoma, el fundador de la religión mahometana, fue un “mercader taimado”, “uno de los seres más dañinos y viles” de la historia y “una máquina de infamias”, que “llegó a ser el hombre más poderoso de la península arábiga, donde instaló su reino del terror y mató a millares”. Concluye que “en crueldad y maldad, en misoginia y esclavismo, el Corán compite con la Biblia”. Para demostrarlo cita varios versículos coránicos, fruto de las supuestas revelaciones del arcángel Gabriel a Mahoma: “Si teméis no ser equitativos con los huérfanos, no os caséis más que con dos, tres o cuatro mujeres” (sura 4, versículo 3). “En el reparto de los bienes entre vuestros hijos Alá os manda dar al varón la porción de dos hijas” (sura 2, versículo 12). “Jamás le ha sido dado a un profeta hacer prisioneros sin haberlos degollado ni cometer grandes sacrificios en la tierra” (sura 8, versículo 68). “¿Hemos creado acaso ángeles hembras?” (sura 37, versículo 150).

            En febrero de 1995, o sea en el dintel del siglo XXI, la justicia pakistaní condenó a muerte en Islamabad a dos cristianos (de los cuales uno era analfabeto) bajo la acusación de haber escrito en una pared una frase “blasfema” contra Mahoma. Según uno de los testigos de cargo la frase estaba compuesta “por cinco o seis palabras”, pero por ser blasfema nadie la explicó, la repitió ni la publicó y quedó guardada para siempre en la memoria de los testigos. La pena de muerte, sin embargo, se la cumplió con el fanatismo de siempre. En Irán el escritor de origen hindú, nacionalizado en Inglaterra, Salman Rushdie fue condenado a muerte en 1988 por sus versos satánicos que, en concepto de los fanáticos iraníes, eran atentatorios contra el Corán. Y se autorizó a cualquier persona que profesara el islamismo para matar a Rushdie dondequiera que lo encontrara. De modo que el escritor, por su derecho a pensar, es un fugitivo de por vida de la furia integrista.

            Sobre él recayó adicionalmente la recompensa de 2,5 millones de dólares ofrecidos por la fundación islámica 15 Jordad a favor de quien ejecutara la fatwa que le condenaba a muerte, aunque el entonces ministro iraní de relaciones exteriores Kamal Jarazi declaró el 24 de septiembre de 1998 en Nueva York que su gobierno no tenía vinculación alguna con esta propuesta.

            Parecida suerte corrió Ayaan Hirsi Ali  —política y escritora holandesa nacida en Somalia—  a causa de sus críticas al islam, de sus cuestionamientos morales a Mahoma por su matrimonio a los 52 años de edad con Aisha bint Abi Bakr, que tenía 9 años, y de sus acusaciones por las prácticas de mutilación sexual y los castigos que se imponen a las mujeres adúlteras en varios países africanos, bajo el imperio de la sharia. Su condena a muerte por los fundamentalistas musulmanes la obligaron a vivir en la clandestinidad. En agosto del 2004 un cortometraje sobre la violencia contra las mujeres en las sociedades islámicas, realizado para la televisión de su país por el cineasta holandés Theo Van Gogh con el guion de Ayaan Hirsi Ali, produjo la fanática indignación de los musulmanes, como consecuencia de la cual Van Gogh murió asesinado el 2 de noviembre de ese año en una calle céntrica de Amsterdam por el islamista holandés, de origen marroquí, Mohammed Bouyeri, quien le clavó una puñalada en el pecho y luego lo degolló. Prendida por el puñal quedó una carta dirigida a Ayaan Hirsi Ali, escrita a nombre de Alá, en la que se amenazaba de muerte a los gobiernos occidentales, a los judíos y a los infieles.

            El fanatismo de algunos sectores integristas no tiene límites. Dos cristianos, de los cuales uno era analfabeto, fueron acusados y condenados por la justicia pakistaní en Islamabad en 1995 por haber grabado en una pared una frase “blasfema” contra Mahoma. El Ministerio de la Promoción de la Virtud y de la lucha contra el Vicio de Afganistán prohibió en 1998 que las mujeres trabajasen o estudiasen y que los hombres se cortasen la barba o usasen ropa occidental y expidió la orden oficial para que los soldados talibanes afganos, con su AK-47 en el hombro, incursionasen en los almacenes de Kabul y destruyesen todos los televisores y magnetófonos que encontrasen porque “las películas y la música llevan a la corrupción moral”. Desde 1994 el juego de ajedrez y la práctica del fútbol están prohibidos. Ajmal Jamshidi, Secretario General de la Federación Afgana de Ajedrez, tuvo que ir al exilio en Amsterdam para salvar su vida. De los ajedrecistas activos, 1.900 fueron detenidos y los restantes han tenido también que huir. El fútbol se proscribió en recuerdo de que, en la guerra de Karbala durante el siglo VII, los soldados cristianos cortaron las cabezas de Hassan y Husayn, hijos de Alí (que fue uno de los discípulos predilectos de Mahoma) y jugaron una especie de fútbol con ellas.

            La ley islámica prohíbe por pecaminosos el laicismo y la coeducación. El 26 de febrero del 2001 el líder supremo de Afganistán, Mohammad Omar, ante la mirada horrorizada del mundo, dispuso la destrucción de todas las estatuas budistas de la provincia de Bamiyán, de 1.500 años de antigüedad  —entre ellas una gigantesca estatua pétrea del Buda de 53 metros de altura—  porque ellas constituyen “falsos ídolos antiislamitas”.

            El 11 de septiembre del 2001 integristas islámicos bajo las órdenes del terrorista Ossama Bin Laden  —escondido en Afganistán—  secuestraron cuatro aviones de pasajeros y los estrellaron contra las torres gemelas del Word Trade Center de Nueva York y el Pentágono de Washington, con un saldo de 3.248 muertos.

            Los terroristas islámicos amenazaron después destruir Estados Unidos con armas químicas, bacterianas y nucleares. Todo en nombre de la lucha contra los “infieles” y de la grandeza de Alá.

          El 6 de julio de 2002, en una remota población pakistaní denominada Muzaffargarh, de la provincia de Punjab, un tribunal tribal compuesto por ancianos del lugar ordenó que cuatro hombres violaran a la joven Mukhtaran Mai como castigo porque su hermano de once años había sido visto con una adolescente de una casta superior. Este hecho constituye una “falta moral” castigada con la muerte en algunas zonas muy conservadoras de Pakistán. En ese mismo mes fue ejecutado en la horca el cristiano pakistaní Anwar Keneth por haber incurrido en la “blasfemia” de afirmar la falsedad de la religión islámica.

            Más de doscientos muertos y dos mil heridos fue el saldo de los enfrentamientos entre musulmanes y cristianos en la ciudad argelina de Kaduna los días 20, 21 y 22 de noviembre del 2002, originados en el certamen de elección de miss mundo programado para el 7 de diciembre de ese año en Nigeria. El periódico "This Day" de Kaduna publicó un artículo escrito por Isioma Daniel  —una periodista nigeriana de fe cristiana—  que decía que el profeta Mahoma estaría encantado de casarse con una de las bellas participantes del concurso. Bastó esto para que enardecidos musulmanes incendiaran las instalaciones del diario y promovieran las más brutales acciones de violencia contra la minoría cristiana.

          El 22 de marzo del 2002 el Tribunal Supremo de Justicia de Nigeria condenó a muerte por lapidación a Amina Lawal, bajo la acusación de adulterio de acuerdo con la ley islámica  —la sharia—,  sentencia cuya ejecución fue aplazada por varios meses para que la joven madre pudiera terminar de amamantar a su tierna hija. El caso conmovió a la opinión pública mundial. Organizaciones de derechos humanos se movilizaron en todo el mundo. Centenares de miles de personas de diversos puntos del planeta hicieron llegar sus invocaciones de clemencia al recientemente reelegido presidente nigeriano Olusegun Obasanjo. Al final, una corte de Nigeria revocó la condena en septiembre del 2003 y evitó que la mujer fuera enterrada viva hasta el cuello y muerta a pedradas, tal como manda la sharia o ley islámica.

            En Irán un adolescente de 19 años fue condenado en enero del 2003 a morir en la horca por haber reincidido en beber alcohol, contraviniendo la prohibición de la ley islámica.

          El 2 de julio del 2006 un tribunal de justicia de Dubai, Emiratos Árabes Unidos, condenó a un ciudadano egipcio a dos meses de prisión por haber tomado “fotografías indecentes” con la cámara fotográfica de su teléfono celular a una mujer con minifalda que hacía compras en un centro comercial. Cosa parecida ocurrió en Irán en el 2006: Sakineh Mohammadi Ashtiani, de 43 años de edad, fue condenada a lapidación por “adulterio”, al haber mantenido “relaciones sexuales ilícitas” después de la muerte de su marido, aunque cuatro años después fue suspendida la ejecución bajo la presión internacional.

            El parlamento iraní aprobó en el año 2007 una ley que permitía castigar con la pena capital a quienes produjeran material pornográfico. Pena que ya existía para los delitos de traición, espionaje, sodomía, adulterio y prostitución.

          Aisha Ibrahim Dhuhulow, una dulce y humilde joven de 14 años de edad, fue enterrada hasta el cuello y después apedreada hasta la muerte por cincuenta hombres, bajo la acusación de adulterio que formuló la autoridad islámica. Atada de pies y manos fue arrastrada hacia la plaza pública de la ciudad de Kismayo en Somalia y, cuando los familiares de la víctima intentaron acercársele, los guardias islámicos abrieron fuego y mataron a un niño. Esto ocurrió el 28 de octubre del 2008. Un mes después, en Afganistán, grupos de talibanes islámicos opuestos a que las mujeres se educaran lanzaron ácido al rostro de decenas de niñas en su camino a la escuela, causándoles severas quemaduras, con el propósito de actualizar la prohibición, vigente durante el régimen talibán de 1996 a 2001, de que ellas asistieran a escuelas y colegios.

          Bajo la misma ley islámica, dos hombres acusados de adulterio fueron lapidados en la ciudad iraní de Mashhad el 21 de diciembre del 2008, mientras que un tercero logró escapar de la fosa y evadir la pena de muerte.

            En pleno siglo XXI, bajo el gobierno fundamentalista islámico de Mahmud Ahmadinejad en Irán, el ciudadano iraní Majid Movahedi, quien en 1994 había arrojado ácido sulfúrico al rostro de Ameneh Bahrami  —una mujer de 24 años a la que dejó ciega y desfigurada porque se negó a casarse con él—,  fue condenado en marzo del 2009 por la Corte de Justicia a recibir cinco gotas del mismo ácido en cada uno de sus ojos, en aplicación de la ley del talión consagrada en la legislación islámica de ese país. El episodio se repitió a fines del 2010. En estricta aplicación de la ley del talión, el juez iraní Aziz Mohamadila condenó al ciudadano Hamid a perder un ojo y una oreja por haber echado ácido sulfúrico en el rostro de un hombre, a consecuencia de lo cual éste perdió uno de sus ojos y una oreja.

            En aplicación de la ley islámica  —la sharia—,  que incrimina a los musulmanes que renuncian a su religión, un tribunal de justicia iraní en el 2010 condenó a muerte por apostasía al joven pastor iraní Youcef Nadarkhani, de 32 años de edad, que se convirtió al cristianismo cuando tenía 19 y que se negó a arrepentirse de su decisión.

            El 24 de octubre del 2009 varias jóvenes somalíes fueron castigadas en la ciudad de Marca, al sur de la capital, por no usar el tipo de sostén establecido por las autoridades islámicas.

            Niños de entre diez y quince años de edad fueron castigados en Somalia el 26 de octubre del 2009 con 38 latigazos por haber jugado fútbol. La condena provino de una corte islámica de Jowhar  —noventa kilómetros al norte de Mogadiscio—,  bajo la consideración de que el fútbol no es un deporte islámico. Y la población del lugar fue convocada para ver la ejecución del castigo.

            Durante el desarrollo del Campeonato Mundial de Fútbol en Sudáfrica, en junio del 2010, dos jóvenes fueron sorprendidos en Somalia mirando por televisión el partido entre Argentina y Nigeria y fueron asesinados en el acto por miembros del grupo fundamentalista Hezbolá, en nombre del islamismo, puesto que en ese país era un acto satánico jugar o mirar el fútbol. El líder islámico Sheik Mohamed Abu Abdalla dijo en aquella ocasión que “el fútbol desciende de las viejas culturas cristianas y nuestra administración islámica nunca permitirá ver lo que ellos llaman la Copa Mundial de la FIFA. Este es nuestro último aviso”.

          Con las mismas invocaciones teológicas, comandos de la milicia islámica somalí al Shabaab, vinculada con al Qaeda, asesinaron con bombas explosivas en Kampala, capital de Uganda, a 74 aficionados al fútbol que el domingo 11 de julio del 2010 presenciaban por televisión en el restaurante Ethiopian Village y en un club de rugby el partido final que se jugaba en Johannesburgo entre los equipos de España y Holanda.

            El grupo radical islámico Ansar al Din, que ha aplicado los castigos del Corán hasta sus más extremas consecuencias, dispuso el 31 de julio del 2012 en la ciudad de Gao, Malí, la lapidación pública de un hombre y una mujer por el pecado de vivir juntos sin estar casados.

            A pesar de que el matrimonio civil está reconocido en el territorio libanés para quienes no pertenecen a la confesión islámica, el primer matrimonio civil que se celebró en Líbano  —ante un notario y no ante la autoridad religiosa—  creó gran malestar entre las autoridades islámicas, acalorados debates en los medios de comunicación libaneses e, incluso, manifestaciones en las calles de Beirut. Fue el enlace matrimonial entre Kholoud Sukkariyeh, de 30 años, y Nidel Darwish, de 29, celebrado el 2 de noviembre del 2012. Él era suní y ella chií  —o sea que pertenecían a las dos grandes sectas en que se divide el islamismo—  y decidieron acogerse para su matrimonio a un decreto de 1936 expedido por la autoridad colonial francesa, que no había sido derogado.

            En un país confesional, donde la casta islámica controla y regula las relaciones familiares, sociales y políticas, está prohibido el matrimonio civil entre creyentes religiosos. Constituye una apostasía.

            Los libaneses que quieren casarse al margen de la autoridad religiosa tienen que hacerlo en Chipre, Turquía u otro país. Pero un muy alto porcentaje de la gente joven se ha pronunciado en Líbano por el matrimonio civil y contra la injerencia de los clérigos musulmanes en la vida privada de las personas. Sin embargo, la autoridad religiosa islámica mantiene su fuerza y sus puntos de vista.

            El  15  de  mayo  del  2014  en  Sudán  —Sudán del norte, que es musulmán—  un tribunal judicial condenó a la ciudadana Mariam Ishaq, de 27 años de edad, a morir en la horca por haberse convertido al cristianismo, pero antes de ser ahorcada ella debía recibir también cien latigazos por el delito de "adulterio" al haberse casado con un cristiano. La ley sudanesa  —en aplicación de la sharia—  prohibía la conversión del islam al cristianismo y también el matrimonio con alguien de otra religión. Sin embargo, un mes después un tribunal de apelación levantó la pena de muerte y ordenó la libertad de la imputada.

            La publicación de unos dibujos del rostro de Mahoma el 30 de septiembre del 2005 en el periódico danés "Jyllands-Posten", reproducidos después en la revista noruega "Magazinet", fue suficiente para provocar la indignación de los países árabes y promover violentas manifestaciones populares de protesta  —desde el norte de África hasta el golfo Pérsico, incluidos Siria, Jordania, Líbano, Irán, Afganistán, Irak, Pakistán, Indonesia, Mauritania y Malí—  contra Dinamarca y Noruega. A causa de esos dibujos "blasfemos" la ira de los pueblos árabes se disparó contra Europa. Libia rompió relaciones diplomáticas con Copenhague y los gobiernos árabes implantaron un boicot comercial contra los productos de los países nórdicos. Las sedes diplomáticas de Dinamarca y Noruega fueron incendiadas en Damasco. En Beirut turbas enloquecidas, al grito de "¡no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta!", prendieron fuego al consulado danés y destrozaron iglesias y locales comerciales en el barrio cristiano de Achrafiyé. Se quemaron banderas europeas y norteamericana en las calles. Resonaron iracundas amenazas islámicas de represalias terroristas contra objetivos occidentales. Un coche-bomba estalló frente a la embajada danesa en Islamabad y mató a ocho personas e hirió a 27. El ultraconservador y fundamentalista presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, decretó la insubsistencia de todos los tratados y contratos celebrados con Dinamarca, Noruega y Francia.

            Cinco años después de esos acontecimientos, el Servicio de Seguridad e Inteligencia danés (PET) informó el 29 de diciembre del 2010 que detuvo a cuatro milicianos islámicos que habían planificado un ataque terrorista al diario "Jyllands-Posten" de Copenhague, que publicó las caricaturas del profeta Mahoma. Precisó Jakob Scharf, director del PET, que los detenidos fueron: un ciudadano tunecino de 44 años, un libanés de 29, un iraquí de 26  —que residía en Copenhague mientras solicitaba asilo—  y un residente sueco de 30, cuyo origen no se reveló.

            El dibujante sueco Lars Vilks publicó en el diario "Nerikes Allehanda" en el 2007 unas caricaturas de Mahoma que enfurecieron al mundo islámico. Y desde ese momento ha sido perseguido a sol y sombra por sus fundamentalistas. Pesó sobre él la pena de muerte decretada por los sectores radicales del islamismo, con recompensa económica para quien la ejecute. Fue agredido en la Universidad de Uppsala mientras dictaba una conferencia. Su casa en Nynäshamnläge, en el sur de Suecia, fue incendiada. Y en la tarde del sábado 11 de diciembre del 2010 el kamikaze islámico iraquí Taimour al-Abdaly  —de 29 años de edad, vinculado con al Qaeda, padre de dos hijos pequeños de 3 y 2 años, que estudió en una universidad inglesa—  se inmoló en su intento fallido por producir una gigantesca matanza en el céntrico y concurrido sector comercial de Estocolmo. Su intención quedó frustrada porque no explosionó su coche-bomba ni estallaron todos los explosivos que llevaba en su mochila. Como resultado de esa operación murió solamente el kamikaze y dos peatones quedaron heridos. La motivación: las "blasfemas" caricaturas de Mahoma y la presencia de quinientos soldados suecos en Afganistán, según pudo saberse por el mensaje electrónico enviado por el terrorista momentos antes de su acción. 

            En la actualidad hay una creciente preocupación por la amenaza del fundamentalismo islámico en el mundo. Se han desatado violencia y presiones integristas en Egipto, Argelia, Irán, Pakistán, Alfganistán, Cachemira, Turquía, Libia, Chad, Níger, Nigeria, Mauritania, Etiopía, Sudán, Malí, Túnez, Somalia, Kenia, Uganda, Mozambique, Tanzania, Marruecos, Yemen, Oman, Siria, Irak, Bosnia, Bulgaria, Azerbiyán, Uzbekistán, Kazajstán, Tayikistán, Bangladesh, Indonesia, Malasia, Sri Lanka, Kirguistán y varios otros países. En todos ellos los grupos integristas han promovido acciones violentas. Pero ellas se han proyectado también fuera de sus fronteras y han incursionado en algunos países de Occidente, como Estados Unidos, Alemania, Argentina, Inglaterra, Francia y España, que han sufrido los estragos de la violencia integrista. Recordemos el atentado dinamitero contra la embajada de los Estados Unidos en Beirut en 1983 que dejó 61 muertos, o la colocación de una bomba explosiva por dos miembros de los servicios secretos de Libia el 21 de diciembre de 1988 en un Boeing 747 de la empresa norteamericana PanAm, que cayó con sus 259 pasajeros sobre Lockerbie en Escocia mientras cumplía un vuelo entre Franckfurt y Nueva York  —y a cuyos autores, Abdel Basset Alí Mohamen al-Megrahi y Al Amin Khalifa Fremah, protegió por siete años el gobernante de Libia Muammar Gadaffi—;  o la destrucción de la embajada israelí en Buenos Aires el 17 de marzo de 1992 que mató a 29 personas, o el coche-bomba contra las torres gemelas del Word Trade Center de Nueva York el 26 de febrero de 1993, o la demolición del edificio de la Asociación Mutualista Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires el 17 de julio de 1994 con un saldo de 95 muertos y 250 heridos (de cuya autoría la justicia argentina inculpó directamente al presidente de Irán y a altos personeros de su gobierno), o la acción explosiva contra la embajada de Israel en Londres en 1994, o las bombas en el metro de París a fines de 1995, o los atentados dinamiteros en las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania el 7 de agosto de 1998 con un saldo de 258 muertos y miles de heridos, o las bombas explosivas en el metro de París en 1995, o los ocho intentos de asesinato contra el presidente Hosni Mubarak de Egipto, o el asesinato de veinte turistas griegos en la puerta de un hotel en El Cairo el 18 de abril de 1996; o los atroces atentados contra el World Trade Center en Nueva York y el Pentágono en Washington el 11 de septiembre del 2001, o las sangrientas explosiones en dos clubes nocturnos de Kuta, en la isla Bali de Indonesia, en octubre del 2002; o los atentados en los trenes madrileños en marzo del 2004, o las explosiones en el metro de Londres en julio del 2005, o las bombas explosivas en la red ferroviaria de Bombay en julio del 2006, o el brutal atentado de kamikazes islámicos en las calles de Karachi, Pakistán, contra la multitud que recibía a la ex primera ministra Benazir Bhutto el 18 de octubre del 2007, que causó cerca de 150 muertos y más de 500 heridos y mutilados; o los dos atentados suicidas con coches-bomba casi simultáneos en la capital de Argelia el 11 de diciembre del 2007, perpetrados por kamikazes de al Qaeda contra la Corte Suprema de Justicia y el Consejo Constitucional, en el barrio El Biar, y contra las sedes del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en Hydra, que dejaron 67 personas muertas y centenares heridas; o el ataque, demolición e incendio de los lujosos hoteles Taj Mahal Oberoi, tres hospitales, un restaurante y una terminal ferroviaria, en la noche del 26 de noviembre del 2008, por comandos del grupo terrorista islámico de origen pakistani Lashker-e-Taiba en la ciudad de Bombay, India, con el saldo de 172 muertos y 315 heridos, muchos de ellos británicos y estadounidenses; o la muerte de tres personas y 176 heridas y amputadas el 15 de abril del 2013 por dos explosiones en la línea de llegada de la Maratón de Boston en el centro de la ciudad, en la que participaron alrededor de 27 mil atletas, cuyos artefactos explosivos de fabricación artesanal fueron colocados por dos jóvenes musulmanes procedentes de Chechenia que residían en Estados Unidos, de los cuales el uno era seguidor del islam radical; o la explosión de una bomba consumada por la banda terrorista nigeriana Boko Haram el 1 de junio del 2014 contra quienes veían por televisión un partido de fútbol en un concurrido bar de la ciudad nigeriana de Mubi, que dejó varias decenas de personas muertas; o el asesinato por la misma banda, cuatro días después, de al menos doscientas personas en las localidades de Attagara, Agapalawa y Aganjara  —feudo político y operativo de ella—  cuando al grito de "¡Alá es Grande!", según era su costumbre, abrió fuego contra la gente reunida en la plaza; o el secuestro de cien varones adolescentes y la muerte de diez personas el domingo 10 de agosto del mismo año por un comando armado de Boko Haram en la comunidad de Doron Baga, al norte de Nigeria; y otros tantos atentados consumados para "la mayor gloria de Alá" en diversos lugares del planeta contra gente inocente.

            Con relación al cruento atentado de 1994 contra la Asociación Mutualista Israelita Argentina (AMIA), el juez federal Rodolfo Canicoba Corral pidió desde Buenos Aires el 9 de noviembre del 2006 la captura internacional de Alí Rafsanjani, ex Presidente de Irán (1989-1997) y Presidente del poderoso Consejo de la Conveniencia, bajo el cargo de “crímenes de lesa humanidad”, y libró un exhorto judicial a la INTERPOL para su aprehensión en cualquier lugar del mundo. La acusación del juez argentino se extendió también contra el exministro de Inteligencia y Seguridad iraní Alí Fallahijan; el excanciller Alí Akbar Velayati; Mohsen Rezai, excomandante del Cuerpo de Guardianes de la Revolución; el excomandante de las fuerzas Al Quds, Ahmad Vahidi; el exjefe del Servicio Exterior de Seguridad del movimiento chiita libanés Hezbolá, Imad Fayez Moughnieh; y el exembajador iraní en Buenos Aires, Hadi Soleimanpour. La conclusión a la que llegó la justicia argentina en este caso, después de haber reunido pruebas a lo largo de doce años, fue que el edificio de la AMIA había sido demolido por un cohete-bomba cargado con 300 a 400 kilos de explosivos, bajo la autoría intelectual de los mencionados exfuncionarios del gobierno de Irán y con la autoría material del activista libanés de Hezbolá, Ibrahim Hussein Berro, quien murió en el ataque. El gobierno de Irán rechazó inmediatamente los cargos y respondió que esa orden de prisión obedecía a la “iranofobia diseminada en el mundo por Estados Unidos e Israel”. El atentado contra la AMIA fue antecedido en 1992 por el bombazo que destruyó la embajada de Israel en Buenos Aires y que causó la muerte de 29 personas. Atentados éstos que se explican porque en Argentina vive la tercera mayor comunidad judía del mundo.

            Dos miembros de los servicios secretos de Libia, que posteriormente fueron identificados como Abdel Basset Alí Mohamen al-Megrahi y Al Amin Khalifa Fremah, colocaron una bomba explosiva el 21 de diciembre de 1988 en un Boeing 747 de la compañía norteamericana PanAm que cumplía el vuelo 103 de Franckfurt a Nueva York, que se desintegró en el aire y cayó con los restos de sus 259 pasajeros sobre Lockerbie en Escocia. El coronel Gadafi, gobernante de Libia, los protegió por siete años hasta que, por presión del embargo y de las sanciones decretados por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 1992, se vio precisado a entregarlos a la justicia escocesa el 5 de abril de 1999.

            En octubre de 1995 un jurado federal de Nueva York declaró culpables al clérigo islámico integrista, Omar Abdel Rahman, de nacionalidad egipcia, y a nueve seguidores suyos, por la explosión en el World Trade Center en 1993 y por su complot terrorista para volar el edificio de la ONU y asesinar al presidente Hosni Mubarak de Egipto durante una visita a Nueva York.

            La Jamaa Islamiya, que es la principal organización islámica armada de Egipto, reivindicó el último intento de asesinato contra el presidente egipcio Hosni Mubarak, realizado el 26 de junio de 1995 en Addis Abeba, la capital de Etiopía. Al reivindicar el atentado, la organización explicó en una nota escrita en árabe enviada a los medios de comunicación que “los intentos para ejecutar el castigo de Dios contra ese criminal no cesarán. Si Dios quiere nuestra jihad (guerra santa), ésta sólo se detendrá cuando la ley divina sea aplicada en Egipto”.

            La milicia islámica fundamentalista Boko Haram, fundada en Nigeria el año 2002, lanzó en el 2012 una campaña de terror contra las instituciones educativas de Nigeria y contra el “saber occidental”. En abril de ese año, bajo el postulado de que “la educación occidental es un pecado”, asaltó la universidad pública de Bayero en la ciudad de Kano y causó 16 muertos. En septiembre del mismo año expidió una declaración en la que amenazaba a 19 centros de educación superior con una oleada de atentados si no dejaban de impartir “educación occidental”. Y, en cumplimiento de su amenaza, a comienzos de octubre atacó una residencia universitaria en el noreste de Nigeria y mató a 26 estudiantes. Todo por combatir la enseñanza de la ciencia “occidental” en los planteles de educación universitaria.

            El 5 de julio del 2013 terroristas de este grupo integrista asesinaron a cuarenta y dos estudiantes cristianos en la ciudad de Potiskum, al noreste de Nigeria, cuando asaltaron su escuela pública, la incendiaron con los alumnos y profesores dentro y dispararon contra quienes trataron de huir. El grupo, en alianza con al Qaeda en el Magreb islámico y al Shabab en Somalia, luchaba por establecer un Estado islámico en el norte de Nigeria.

            El 14 de abril del 2014, en un colegio del pequeño poblado Chibok situado al noreste de Nigeria, el mismo grupo islámico Boko Haram secuestró 223 muchachas de entre 13 y 18 años de edad que estudiaban allí para venderlas como objetos sexuales. Todas ellas fueron sometidas a un cautiverio sexual.

            El líder de la banda, Abubakar Shekau, declaró en la televisión que las había secuestrado "por orden de Alá" para sentar el precedente de que "la educación occidental debe cesar". Y proclamó: "Hermanos: deben cortar la cabeza de los infieles".

            Pocos días después  —el 5 de mayo—  miembros del mismo grupo terrorista, vestidos con uniformes militares y movilizados en vehículos blindados de transporte, irrumpieron en la pequeña ciudad de Gamboru Ngala al norte de Nigeria  —que había sido usada como base de las tropas que buscaban a las niñas secuestradas—  y, al grito de "¡Dios es Grande!", dispararon indiscriminadamente granadas y bombas contra un mercado lleno de gente y prendieron fuego a los edificios para quemar vivos a quienes en ellos se refugiaron. La sangrienta operación arrojó 310 personas muertas. El ataque pareció ser una respuesta de la banda terrorista a la aceptación que el gobierno nigeriano diera a las propuestas de ayuda de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y China para localizar a las niñas secuestradas veintiún días antes.

            Su cruel y despiadado líder, Abubakar Shekau, nacido en un poblado de agricultores y ganaderos en el noreste del país, estudió teología islámica en Maiduguri. Allí conoció al predicador Mohammed Yusuf, fundador del Boko Haram. Su objetivo central era hacer de Nigeria, por la fuerza de las armas, un Estado islámico. Para ello, utilizando la religión como instrumento, seducía y reclutaba a los jóvenes en su ejército de fanáticos islamistas. Y proclamaba: "me gusta matar a quien sea que Dios me pida matar". El propio nombre de la banda terrorista  —Boko Haram—  significa en su idioma original: "la educación occidental es un pecado".

          La  banda  fue  responsable  el  domingo  1  de  junio  del  2014  de  otra  acción  terrorista: la explosión de una bomba contra quienes veían por televisión un partido de fútbol en un concurrido bar de la ciudad nigeriana de Mubi  —al noreste del país—,  con el resultado de varias decenas de personas muertas. Cuatro días después al menos doscientas personas fallecieron en un nuevo ataque perpetrado por los terroristas. Vestidos con uniforme militar asaltaron las localidades de Attagara, Agapalawa y Aganjara en el Estado norteño de Borno, feudo político y operativo de la banda. Pidieron a la gente que se reuniera en la plaza central de esas localidades y luego abrieron fuego contra ellas al grito de “¡Alá es Grande!”, según era su costumbre.

            Este grupo fundamentalista  —en ataques contra escuelas, iglesias, mezquitas, entidades policiales—  ha dado muerte a miles de personas desde el día de su insurrección contra Occidente. 

            Otro episodio crudelísimo en la cadena del terrorismo islámico fue el asalto de insurgentes talibanes, pertenecientes al grupo terrorista TTP  —creado en el 2007 bajo el liderazgo de Baitulá Mehsud—,  a una escuela en la ciudad de Peshawar, al noroeste de Pakistán, el 16 de diciembre del 2014. Los terroristas abrieron fuego y lanzaron granadas indiscriminadamente contra los estudiantes y dieron muerte a 132 niños y adolescentes e hirieron a 250. Todo, como protesta contra el ejército paquistaní.

            La proyección de un fragmento de la película  “The Innocence of Muslims”  por YouTube en internet el 11 de septiembre del 2012 desató la furia de las comunidades islámicas radicales, que salieron a las calles a cometer toda clase de actos de violencia.  La película,  producida  por  Nakoula  Basseley  Nakoula  —copto egipcio residente en California—,  ridiculizaba a Mahoma y lo pintaba como homosexual, mujeriego, pederasta y otras lindezas. Egipto, Libia, Yemen, Líbano, Túnez, Afganistán, Irán, Irak, Siria, Indonesia, Pakistán, Bangladesh, Sudán, Marruecos y otros países del mundo islámico fueron sacudidos por las turbas fanatizadas. Una de ellas asaltó la embajada estadounidense en El Cairo, arrancó su bandera y la reemplazó por la bandera islámica. En Libia las cosas fueron peores. Al grito de “no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”, musulmanes enfurecidos incendiaron el consulado estadounidense en la ciudad de Bengasi y mataron a tiros al embajador Christopher Stevens y a tres funcionarios diplomáticos de Estados Unidos.

            Hubo también actos de protesta y de violencia en los barrios musulmanes de varias ciudades europeas.

            La guerra santa golpea en todos los frentes: lo mismo en Argelia que en Francia, en Egipto que en Irán, en Pakistán que en Nueva York. La manifestación gigantesca de hombres de color realizada en la ciudad de Washington el 16 de octubre de 1995, frente al Capitolio, para protestar contra el racismo, la injusticia, la marginación económica y la estructura del poder blanco, fue convocada por una organización islámica norteamericana denominada la Nación del Islam, dirigida por Louis Farrakhan, un clérigo musulmán con fuertes tendencias racistas y demagógicas. Centenares de miles de manifestantes coparon la enorme explanada que se extiende desde el Capitolio al obelisco de George Washington, en la que se consideró la mayor movilización negra de la historia de Estados Unidos. Ella causó una gran preocupación en ese país. La opinión pública temió que ese acto marcase la reiniciación de las actividades de protesta negra. Los dinamiteros de París lo mismo que quienes levantan el puño amenazante en Washington dicen hacerlo en nombre del Islam, cuyo <fundamentalismo se perfila como una amenaza planetaria.

            Samuel P. Huntington (1927-2008), profesor de la Universidad de Harvard, en un artículo publicado en 1993 en la revista “Foreign Affairs”, titulado “The Clash of Civilizations” (“Choque de Civilizaciones”), sostiene la tesis de que los conflictos entre los pueblos serán en lo futuro  —ya han comenzado a serlo—  luchas entre civilizaciones antes que entre Estados. Afirma que la naturaleza de ellos ha evolucionado a lo largo de la historia: del enfrentamiento entre príncipes se fue al de Estados, luego a la confrontación entre ideologías y hoy a la lucha entre civilizaciones. Escribe que “el mundo será moldeado en gran parte por la interacción entre las siete u ocho principales civilizaciones. Estas incluyen la occidental, la confuciana, la japonesa, la islámica, la hindú, la eslava-ortodoxa, la latinoamericana y posiblemente la africana. Los más importantes conflictos del futuro ocurrirán a lo largo de las fallas culturales que separan estas civilizaciones las unas de las otras”. Con base en esta tesis vaticina el profesor de Harvard que “la próxima guerra mundial, si la hubiera, será una guerra entre civilizaciones”.

            Las apreciaciones de Huntington se fundamentan en sus observaciones de lo ocurrido en la Unión Soviética y en Yugoeslavia después de la guerra fría. Esos Estados se desintegraron en forma violenta bajo la presión y el enfrentamiento de pueblos de diferentes civilizaciones. Sus profundas diferencias culturales, religiosas y étnicas afloraron tan pronto como se aflojó la rígida ortopedia marxista. Allí se pusieron en evidencia las luchas a las que se refiere Huntington.

            Las consideraciones ideológicas cedieron el paso a las cuestiones culturales de naturaleza religiosa y étnica. La confrontación entre Estados fue sustituida por la lucha dentro de los Estados. Hacia el futuro se puede vislumbrar que se intensificará la confrontación que se ha iniciado ya entre la civilización de Occidente y la civilización islámica. La primera ha tratado de penetrar en la segunda  —y de hecho la ha penetrado—  pero ésta ha respondido con una sucesión de actos terroristas en las calles de Nueva York, Buenos Aires, París, Londres, Madrid y otras ciudades, inspirados en un profundo odio hacia Occidente.

            Las potencias de Occidente, en su mejor momento como triunfadoras de la guerra fría, con su adversario ideológico borrado del mapa y con un descomunal poder militar y económico, no tienen rivales en el mundo oriental y, aparte de China y del Japón, tampoco enfrentan por hoy ningún otro desafío económico. Dominan las instituciones de seguridad internacionales. Las decisiones que se toman en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas lo mismo que las del Fondo Monetario Internacional reflejan sus intereses aunque se las presenta como iniciativas de la comunidad internacional. Las ideas occidentales  —Estado de Derecho, constitucionalismo, derechos humanos, igualdad, libertad, separación de la iglesia y el Estado, laicidad, individualismo, mercado libre, aperturismo económico, globalización y otras—,  no obstante su contraposición con los valores y categorías ancestrales de los pueblos orientales, han tenido cierta penetración en ellos junto con formas y modelos de la vida cotidiana. Hay, sin duda, una occidentalización de la cultura mundial. Cosa que no es nueva. Empezó hace algunas décadas con la educación de las elites orientales en las mejores universidades de Occidente  —Oxford, la Sorbona, Sandhurts o Harvard—  donde absorbieron valores y actitudes occidentales. Occidente se encuentra hoy en la cúspide de su poder y sus ideas se irradian con más fuerza que en el pasado hacia los lugares más lejanos del globo. Sin embargo, las diferencias culturales subsisten y chocan entre sí en el marco de un planeta cada vez más reducido e interactivo. No se han borrado, ni mucho menos, las distinciones marcadas por la historia, la tradición, la cultura, la religión, la lengua. Son diferentes las concepciones sobre el hombre, sus relaciones con la divinidad, las vinculaciones familiares, las jerarquías sociales. Ninguna de las civilizaciones ha renunciado a su identidad, que es fruto de siglos de historia. Los líderes islámicos se niegan a aceptar principios culturales que les son extraños. Y responden con  violencia  —a veces con violencia irracional—  a los afanes hegemonistas de Occidente. En todo caso, la tesis de que en el nuevo orden mundial la lucha no será entre Estados sino entre civilizaciones y, concretamente, entre la civilización occidental y el islamismo, tiene todos los visos de ser verdadera.

            La confrontación está alimentada, en los países industriales de Occidente, por una indisimulable animadversión hacia la manera de ser de los pueblos islámicos y por el rechazo a la inmigración árabe y musulmana; y, en los países árabes, por el panislamismo que, invocando la identidad cultural y religiosa, impulsa movimientos de resistencia de los musulmanes unidos contra las acechanzas occidentales, es portador de un complejo y, en muchos aspectos, primitivo programa político-religioso de lucha contra los “infieles” y se propone el rescate de la cultura islámica, herida por la penetración occidental.

            El 22 de marzo de 1945 se concretó la fundación de la Liga Árabe, destinada a constituirse en el instrumento del panislamismo en la confrontación contra Occidente. Fueron siete los Estados fundadores: Egipto, Irak, Jordania, Líbano, Arabia Saudita, Siria y Yemen del Norte. Después se incorporaron Libia, Sudán, Marruecos, Túnez, Kuwait, Argelia, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Catar, Omán, Mauritania, Somalia, Palestina, Yibuti y Comoras. Sus confesados propósitos fueron: “Servir el bien común de todos los países árabes, asegurar mejores condiciones para todos los países árabes, garantizar el futuro de todos los países árabes y cumplir los deseos y expectativas de todos los países árabes”. Pero detrás de ellos había varios otros, como el de evitar que en el protectorado británico de Palestina se creara el Estado de Israel. Por eso, la Liga suspendió su membresía a Egipto a raíz de la suscripción por su presidente, Anwar al-Sadat, de los acuerdos de paz de Camp David con Israel y el establecimiento de relaciones diplomáticas con el Estado judío. Como consecuencia de la suspensión de Egipto la sede de la organización fue trasladada de El Cairo a Túnez, donde funcionó desde 1979 hasta 1989.

            Durante la <guerra fría el gobierno de Moscú trató de manipular el sentimiento panislámico y de valerse de él para formar un frente común contra las potencias occidentales, pero no lo logró plenamente porque hubo de por medio incompatibilidades de orden político y religioso. La Unión Soviética alentó luchas de liberación en los países islámicos, pero algunos de los gobiernos de la Liga Árabe eran abiertamente anticomunistas. Los musulmanes nunca olvidaron que el gobierno soviético contribuyó con su voto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para la creación del Estado de Israel en 1948. Y tenían además sus reservas frente a un régimen político prescindente de la divinidad. A su vez los soviéticos desconfiaban de regímenes teocráticos manipulados por la clerecía fanática. Lo cierto es que el gobierno de Moscú nunca pudo estar seguro de la lealtad de los árabes ni éstos confiaron en Moscú. Incluso durante la Segunda Guerra Mundial hubo sospechas de que varios gobiernos árabes simpatizaban con las potencias del eje Roma-Berlín-Tokio.

            El 28 de septiembre del 2000 se inició la segunda <intifada como indignada protesta de los integristas palestinos por la visita del líder de la oposición derechista de Israel, Ariel Sharón, a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, llamada por los judíos Monte del Templo, porque allí se levantaron en la Antigüedad los templos de Salomón y Herodes; y reivindicada por los palestinos porque en ella se encuentran las mezquitas de Al-Aqsa y de Omar, desde donde Mahoma ascendió al cielo a horcajadas de su yegua alada, según la tradición musulmana.

            La escalada de violencia se agudizó a lo largo del año 2002 y llegó a niveles demenciales en el 2003, 2004, 2005, 2008 y 2014. Las fuerzas armadas israelíes respondieron golpe por golpe. En una de sus represalias demolieron los principales edificios de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en Gaza, muy cercanos al campamento principal ocupado por Yasser Arafat, quien fue reducido a una virtual inmovilidad.

            Cada atentado palestino fue replicado por una dura represalia de las fuerzas armadas judías. Y la paz se alejó cada vez más.

            Según informaciones del ejército judío, en los cinco primeros años la segunda intifada causó 4.764 víctimas mortales, de las cuales 3.700 fueron palestinas y 1.064 israelíes.

            En noviembre de 2002, con ocasión del asesinato en una emboscada de doce israelíes  —9 militares y 3 colonos—  perpetrado por miembros de la Yihad Islámica, el primer ministro de Israel Ariel Sharon declaró que el acuerdo de Hebrón, firmado en 1997 con la mediación de Estados Unidos en concordancia con el proceso de paz de Oslo, que reconoció un régimen autonómico a los asentamientos palestinos en la ciudad cisjordana de Ramallah, quedaba anulado y, en consecuencia, ordenó que el ejército israelí tomara la ciudad y declarara en ella el toque de queda.

            Los hechos y las pasiones desbordaron las estipulaciones de Oslo.

            A partir del 16 de junio del 2002 el gobierno israelí, presidido por Ariel Sharon, empezó a levantar la llamada “valla de seguridad” para separar Israel de Cisjordania e impedir los ataques terroristas palestinos. La valla tiene 705 kilómetros de largo y se compone, en el 3% de su longitud, de muro de hormigón de casi nueve metros de alto y, en el tramo restante, de alambrada electrificada. Ella sigue en la mayor parte de su trazo la denominada “línea verde”  —pactada en el armisticio de Rodas firmado en 1949, tras la guerra que dio paso a la creación del Estado de Israel—,  que desde ese momento fue considerada por las Naciones Unidas como la frontera entre ambos países aunque ella en realidad no era más que una línea de armisticio. En tres tramos la valla se adentró una milla hacia el este  —para incorporar a los asentamientos judíos de Henanit, Shaked, Rehan, Dalit y Zofim—  e implicó la toma de tierras. Hubo también una desviación de casi cuatro millas alrededor de las ciudades de Alfei Menashe y Elkanah y otra de seis millas en la zona del aeropuerto internacional Ben Gurión, en las afueras de Tel Aviv, para asegurar el tráfico aéreo. Hubo otros tramos, en cambio, en que la barrera se desvió hacia el interior de la línea verde, en territorio israelí. Veintidós y medio kilómetros de la barrera corresponden al área oriental de Jerusalén.

            Tramos de ella se levantaron en territorio israelí y otros en territorio palestino ocupado, teniendo como referencia la “línea verde”. La barrera está compuesta de muros, alambradas, fosas y torres que cubren entre cuarenta y cien metros de ancho y está dotada de sensores automáticos, cámaras de televisión y otros dispositivos electrónicos ultramodernos de control y vigilancia.

            La construcción de la barrera, que empezó y concluyó durante las administraciones de Ariel Sharon, a un coste de alrededor de dos mil millones de dólares, fue muy controvertida. Los israelíes la defendieron en nombre de la protección de su población ante los ataques terroristas suicidas procedentes de Cisjordania, que habían dejado un alto número de víctimas inocentes. Los palestinos, en cambio, afirmaron que la cerca electrificada  —a la que llamaron muro—  era una forma de <apartheid e implicaba la anexión a Israel de alrededor de 160 kilómetros cuadrados de territorio de Cisjordania. Una declaración del Banco Mundial afirmó que la valla afectaba a cerca de ciento veinte mil personas de dieciséis comunidades palestinas. Las asociaciones de derechos humanos impugnaron la barrera porque restringía la libertad de movimiento de la población palestina. El Tribunal Supremo de Justicia de Israel dictaminó el 30 de junio del 2004, en el curso de su construcción, que el país tenía derecho a levantar la barrera en guarda de su seguridad pero obligó al gobierno a que modificara su trazo original y regresara treinta kilómetros hacia la línea verde para no dañar a los residentes palestinos de la zona; y el 15 de septiembre del 2005 ordenó el derrocamiento de un tramo del muro en el distrito cisjordano de Tulkarem para evitar el encierro, dentro de un enclave, de mil campesinos palestinos. La Autoridad Nacional Palestina denunció que Israel buscaba anexarse territorios y obstaculizar la fundación del Estado palestino. El mundo árabe manifestó su oposición. El jeque Hasan Nasralah, líder del grupo terrorista libanés Hezbolá, expresó que los atentados eran la única respuesta posible a esta iniciativa.

            El 8 de diciembre del 2003 la Asamblea General de la Naciones Unidas adoptó una resolución en la que exhortaba a la Corte Internacional de Justicia de La Haya para que se pronunciara urgentemente, a la luz del Derecho Internacional, acerca de las consecuencias jurídicas de la construcción de la referida barrera sobre los territorios palestinos ocupados por Israel. La Corte de La Haya  —que es el órgano judicial de las Naciones Unidas—  emitió el 9 de julio del 2004 un fallo no vinculante en el que declaró que la barrera de seguridad era contraria al Derecho Internacional y que, por tanto, debía ser destruída. Israel respondió que tal fallo ignoraba “totalmente el terrorismo palestino” y obviamente se negó a cumplirlo. Argumentó que desde que se erigió la barrera el número de atentados terroristas había disminuido en el 82 por ciento, aunque la motivación de los activistas era la misma. La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas aprobó días después una resolución, por 150 votos a favor, 6 en contra y 10 abstenciones, en la que exhortó a Israel a obedecer el dictamen de la Corte y a pagar indemnizaciones a los palestinos afectados por la barrera.

            Nada de esto obedeció Israel.

            Es un país amurallado casi por completo en las fronteras con sus vecinos: Líbano, Siria, Jordania, la Franja de Gaza y Egipto.

            En abril de 2003, bajo la presión de Washington y en un esfuerzo por bajar los niveles de confrontación, el gobierno palestino de Yasser Arafat creó la función de primer ministro y nombró a Mahmud Abbas —cuyo nombre de guerra era Abú Mazen— para desempeñarla. Con lo cual fraccionó el poder presidencial antes centralizado de Yasser Arafat. El 4 de junio se realizó en la ciudad jordana de Aqaba una reunión cumbre entre los primeros ministros de Israel y de Palestina, con la presencia del presidente George W. Bush de Estados Unidos y del rey Abdala de Jordania, en el marco del plan de paz denominado “road map” (que se tradujo al castellano como “mapa de caminos” u “hoja de ruta”) propuesto por el gobernante norteamericano para la conclusión de la intifada y la creación de un Estado palestino en el año 2005. En esa reunión Ariel Sharon se comprometió a desmantelar algunos asentamientos judíos ilegales como expresión de su voluntad de paz y Abbas ofreció poner fin al terrorismo. “La intifada armada debe terminar  —expresó el primer ministro de Palestina—  y debemos recurrir a medios pacíficos en nuestra búsqueda de terminar con la ocupación y con el sufrimiento de los palestinos e israelíes”. Pero sus buenas intenciones se vieron contrariadas por la Derecha ultranacionalista israelí y por los grupos extremistas palestinos, especialmente Hamás y la Yihad Islámica, que repudiaron la reunión, condenaron a muerte a Sharon y desataron una nueva y brutal escalada de violencia contra la población civil. Todo lo cual derivó en una declaración de guerra total contra Israel por parte de las Brigadas Ezzedin al Qassam, brazo armado de Hamás, y en una declaración de guerra del gobierno israelí contra este grupo terrorista, cuyos dirigentes fueron considerados objetivos militares.

            Se frustró, pues, un nuevo y renovado intento de alcanzar la paz.

            En medio de la agudización del conflicto, el 8 de febrero del 2005, con la intermediación del presidente Hosni Mubarak de Egipto, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas  —elegido después de la muerte de Yasser Arafat—,  y el primer ministro israelí Ariel Sharon se reunieron en el balneario egipcio de Charm el Cheij para acordar el fin de los cuatro años de la intifada y de la operación de las fuerzas armadas islaelíes en Cisjordania y la franja de Gaza. Esto aconteció después de la muerte de Arafat el 11 de noviembre del 2004. Sin embargo, los movimientos radicales palestinos Yihad y Hamás impugnaron la reunión porque, según dijeron, ella “no expresó la posición de los movimientos palestinos” y también lo hicieron los líderes de la ultraderecha nacionalista israelí. Y se volvió a producir lo de siempre: que los esfuerzos de paz de los gobernantes palestinos e israelíes fueron saboteados desde dentro por los sectores violentos. Se repitió el proceso de los acuerdos de 1993 en Oslo entre Yitz Rabin y Yasser Arafat, después de los cuales se abrió una sanguinaria ola de terrorismo y violencia.

            Con el paso de los años ocurrió lo impensable: que la banda terrorista Hamás  —fundada en 1987 en la franja de Gaza, con el comienzo de la primera intifada—  ganó las elecciones parlamentarias palestinas celebradas el 25 de enero del 2006. Obtuvo 74 de las 132 curules del parlamento palestino y eso le dio derecho a asumir el gobierno. El movimiento Al Fatah, fundado por Yasser Arafat, que dominó la política palestina durante cuatro décadas y que en ese momento ejercía el poder, alcanzó 43 curules y las restantes se repartieron entre grupos menores.

            Esto, como era lógico, produjo una conmoción en Israel y en sus países amigos, porque entrañó un cambio fundamental en las relaciones políticas del Oriente Medio. El primer ministro interino de Israel, Ehud Olmert, no ocultó su preocupación por el triunfo electoral de Hamás y descartó cualquier trato con el gobierno de un grupo que había asesinado a centenares de israelíes en atentados suicidas y que había declarado que uno de sus objetivos es la destrucción de Israel. Sin embargo, los líderes de Hamás adoptaron una actitud de prudencia tras su triunfo electoral.

            En marzo del  2006, previa la aceptación del presidente Mahmud Abbas y la ratificación por el parlamento  —porque era un gobierno de corte parlamentario—,  Hamás asumió el poder con Ismail Haniyeh como primer ministro. Los líderes de Hamás no lograron un acuerdo político con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), fundada años atrás por Yasser Arafat, para hacer un gobierno de unidad nacional. Se produjo entonces una “cohabitación”  —para hablar en términos de la política francesa—  entre la OLP, que ostentaba la jefatura del Estado con el presidente Mahmud Abbas, y Hamás que había asumido la jefatura del gobierno con Haniyeh como primer ministro, dos grupos islámicos que mantenían posiciones diferentes en cuanto a las relaciones de Palestina con Israel. El punto principal de las discrepancias entre ellos fue siempre el reconocimiento del Estado de Israel y la validez de los acuerdos firmados entre israelíes y palestinos. Pero además existían diferencias coyunturales de orden táctico y ético: los líderes de Hamás acusaban a varios de los dirigentes de la OLP de corrupción y de ineficacia administrativa en el gobierno. Haniyeh formó su primer gabinete compuesto de veinticuatro ministros, en el que había una mujer y un cristiano, cosa inusitada en tratándose de un integrista islámico. Mahmoud al-Zahar  —cofundador de Hamás, hombre de la línea dura y sobreviviente de un bombardeo israelí en el 2003—  fue designado ministro de asuntos exteriores y Saeed Seyam, conocido por su posición pragmática, ministro del interior, bajo cuyo mando estaban las fuerzas de seguridad.

            Pero a partir de ese momento no hubo un día de paz. Los grupos armados de Haniyeh se enfrentaron brutalmente en las calles contra los de Abbas, utilizando toda clase de armas. Los enfrentamientos dejaron decenas de muertos y heridos entre los dos grupos islámicos. La guerra civil entre las dos facciones era inminente. Surgió entonces la iniciativa de paz del rey Abdullah de Arabia Saudita y se reunieron en La Meca durante los primeros días de febrero del 2007 los líderes de los grupos rivales palestinos para negociar la paz y detener la lucha. Después de muy arduas y secretas negociaciones  —y en medio de ritos islámicos y la lectura de versículos del Corán—  el presidente palestino Mahmud Abbas; Jaled Meshal, líder máximo de Hamás; y el primer ministro Ismail Haniyeh suscribieron el 8 de febrero la Declaración de La Meca para formar un gobierno de unidad nacional, poner fin al derramamiento de sangre en el territorio palestino y crear un frente común para resistir la ocupación israelí en la franja de Gaza. Abbas, jefe de la Autoridad Palestina y líder de Al Fatah, presidía el gobierno, y el líder de Hamás Ismail Haniyeh fue designado primer ministro. El gabinete fue constituido con una mayoría de ministros de Hamás y de Al Fatah y unos pocos independientes y miembros de grupos minoritarios. Aunque no se dijo, se suponía que el acuerdo reconocía los tratados suscritos anteriormente por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y el gobierno de Israel. Un mes después las cosas parecieron quedar claras: Abbas declaró que estaba dispuesto a “emprender el camino de una paz justa, reanudando las negociaciones entre la OLP y el gobierno israelí”.

            No obstante, a espaldas del acuerdo de La Meca, brotó inmediatamente una brutal oleada de violencia en la franja de Gaza entre los militantes de los dos grupos del gobierno de unidad, fuertemente armados: Al Fatah y Hamás, cuyos milicianos, con el fusil Kalashnikov en una mano y el Corán en la otra, se mataban en las calles e incendiaban o demolían sus respectivos edificios. Gaza se convirtió en un infierno. La lucha intraislámica dejó centenares de muertos de ambos bandos y miles de desplazados. La pobreza y el hambre azotaron al millón y medio de habitantes de esta pequeña región de 362 kilómetros cuadrados que carece de puertos y aeropuertos, que se comunica con Egipto a través de su frontera terrestre y cuya electricidad, combustibles, alimentos y agua provienen de Israel. Entonces el presidente Abbas disolvió el recientemente instituido gobierno de unidad nacional, destituyó al primer ministro Haniyeh y decretó el estado de sitio en Gaza. Pero las milicias de Hamás terminaron por asumir el control de Gaza. Sus brigadas Ezzedin Al Qassam, brazo armado de ellas, presentaron un ultimátum a los cuarteles de seguridad palestinos para que entregaran sus armas. Los funcionarios del gobierno tuvieron que abandonar Gaza y se concentraron en Cisjordania. Abbas formó un gobierno de contingencia en la ciudad cisjordana de Ramala. La división palestina fue completa: Hamás controlaba Gaza y al Fatah Cisjordania. La paz con Israel estaba más lejos que siempre. El gobierno de Washington anunció su apoyo al presidente Abbas  —apoyo financiero y diplomático—  y expresó que no abandonaría a la población palestina, sometida a las inclemencias de la violencia de los grupos armados. Levantó inmediatamente el embargo que pesaba sobre Palestina, reanudó las relaciones comerciales y financieras con el gobierno de Abbas y abrió una ayuda de 86 millones de dólares para sus fuerzas de seguridad y de 40 millones para asistir a los residentes de Gaza, fieles a la Autoridad Nacional de Palestina.

            En medio de la tensa situación, el primer ministro de Israel, Ehud Olmert, habló el 25 de julio del 2007 con Mahmud Abbas, presidente del gobierno palestino, sobre el método y las etapas conducentes hacia la creación de un Estado palestino sobre la mayor parte de Cisjordania y la franja de Gaza. Antes los dos líderes habían tratado el tema con el ex primer ministro británico Tony Blair, delegado de las Naciones Unidas para las conversaciones de paz en el Oriente Medio.

            El presidente estadounidense George W. Bush tomó la iniciativa de reunir en la ciudad de Annapolis, Estados Unidos, a los dos líderes en conflicto: Ehud Olmert y Mahmud Abbas. La cita tripartita, a la que asistieron como testigos los representantes de los gobiernos de la Liga Árabe, se realizó el 27 de noviembre del 2007. En ella se convino volver a la mesa de negociaciones bilaterales para alcanzar un acuerdo de paz hasta fines del 2008. Sin embargo, simultáneamente los militantes de Hamás salieron a las calles a protestar violentamente contra la reunión de Annapolis y las fuerzas polìticas de la derecha israelí, por órgano del ex primer ministro y en ese momento jefe del Likud, Benjamín Netanyahu, manifestaron su oposición a los arreglos de paz. Sami Abú Suhri, portavoz de Hamás, expresó que el compromiso de los dos debilitados líderes para instrumentar un plan de paz en el Oriente Medio era “un crimen”. El gobierno iraní promovió manifestaciones hostiles contra la reunión de Annapolis y su presidente Ahmadinejad, al condenar la conferencia, aseguró que “el Estado de Israel no durará mucho tiempo”.

            Hamás se fundó con el confesado objetivo de erradicar el Estado de Israel por medio de la violencia terrorista, ya que está asentado sobre la tierra palestina, que va “desde el río hasta el mar”, tierra que está consagrada al islamismo. Desde su visión confesional de las cosas, este grupo sostuvo siempre que el problema del pueblo palestino es religioso antes que político o económico y que, por tanto, no podrá solucionarse con acuerdos políticos. Por eso se opuso permanentemente a los convenios de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) con Israel, incluido el acuerdo de Oslo, y sostuvo que la única forma de enfrentar a Israel era mediante la yihad, es decir, la “guerra santa”.

            El grupo ha sido responsable de la mayoría de los atentados dinamiteros suicidas contra objetivos civiles israelíes.

            Su fundador, Sheikh Ahmad Yassin, declarado objetivo militar por las fuerzas israelíes, fue violentamente eliminado por ellas el 22 de marzo del 2004. Igual suerte corrió su sucesor Abdel Aziz Rantissi. Entonces varios líderes asumieron el mando colegiado de la organización: Ismail Hania, Jaled Mashaal, Mahmud al-Zahar, Hassan Yousef, Mohamend Abu Tir, Nizar Rian, Sa’id Siam, Sami Abu Zahari, con soporte logístico de algunos países árabes.

            En diciembre del 2008 estalló un nuevo y grave conflicto armado en Palestina. El día 19 el grupo Hamás, que gobernaba la franja de Gaza, dio por terminada unilateralmente la tregua acordada con Israel bajo la mediación del gobierno egipcio el 19 de junio anterior, que generó un ambiente de relativa tranquilidad en la zona y que permitió la liberación por Israel de 230 prisioneros palestinos de sus cárceles, que se sumaron a los 198 excarcelados cuatro meses antes. Hamás reinició inmediatamente el lanzamiento de misiles, cohetes y proyectiles de mortero contra territorio israelí. La respuesta de Tel Aviv no se hizo esperar. El 27 de diciembre su fuerza aérea inició los bombardeos contra objetivos militares y políticos en Gaza. Y el 3 de enero comenzó la invasión en profundidad de su infantería y artillería en ese territorio palestino. Se tomaron varias de sus ciudades, en cuyas calles hubo durísimos combates cuerpo a cuerpo entre los soldados israelíes y los milicianos de Hamás. Ni el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ni la Unión Europea pudieron parar la acometida israelí. Solamente después de 21 días de combates y cuando creyó alcanzados sus objetivos militares contra Hamás, Israel decretó unilateralmente el alto al fuego y ordenó el retiro gradual de sus tropas.

            La feroz operación militar de Israel dejó 1.200 muertos palestinos  —incluidos niños, mujeres y ancianos—,  más de 5.300 heridos, 10 bajas militares israelíes e ingentes daños materiales.

            En las elecciones generales de Israel celebradas el 10 de febrero del 2009 triunfó Benjamín Netanyahu, al frente de una coalición de partidos de la ultraderecha. Por este medio el líder del Likud volvió a la jefatura del gobierno. Era un hombre de mano dura. Sirvió, con el rango de capitán, en una unidad de comando del ejército de Israel y luchó en la guerra de 1973. Fue primer ministro de 1996 a 1999. Después se desempeñó como ministro de finanzas en el 2005. No apoyaba el proyecto del futuro Estado palestino. Había sido un intolerante crítico del pacifismo postulado por los partidos y grupos de centro-izquierda en su país. Y si bien en su discurso de investidura el 30 de marzo del 2009 afirmó que estaba dispuesto a negociar la paz con los palestinos, se abstuvo de hablar de un Estado palestino y atacó duramente a Irán por sus designios de fabricar armas atómicas.

          Todo llevaba a pensar que no habría paz en esa región mientras los grupos islámicos radicales  —algunos de ellos apoyados logísticamente por Irán—  no renunciaran a su objetivo vital de suprimir el Estado de Israel. Con su proverbial fundamentalismo, el presidente iraní Ahmadinejad dijo por esos días que “Israel debe ser borrado del mapa”. Y años más tarde el ayatolá Ali Khomeini, líder supremo iraní, reiteró en septiembre del 2015 que "en 25 años Israel no existirá". Pero en el seno del mahometismo había sectores moderados que condenaban la violencia de los extremistas islámicos. Lo cual produjo la división interna en las filas musulmanas. El ayatolá Alí Khamenei de Irán y su presidente Mahmud Ahmadinejad no cesaron de denostar a los líderes árabes  moderados  —Mahmud Abbas de Palestina, Mubarak de Egipto, el rey Abddullah de Arabia Saudita, el rey Abdala de Jordania, el primer ministro Nuri al-Maliki de Irak y otros—  por su inacción en el conflicto o por haber condenado la violencia de Hamás y abogar por la paz en el Oriente Medio.

            Pero había diferencias cualitativas, que pesaban mucho, entre los tradicionales enemigos. El pequeño Estado de Israel, con una superficie territorial de 20.991 km2, era uno de los países más densamente poblados del planeta: 354,6 habitantes por kilómetro cuadrado. Según datos del año 2009, la población judía de 14 millones de personas, de la cual aproximadamente la mitad habitaba en Israel, representaba el 0,02% de la población global del planeta (World Christian Database). Sin embargo, hasta finales del 2009, los premios Nobel obtenidos por los judíos o por personas de origen judío que ostentaban otras nacionalidades en razón de la diáspora, eran: 52 en Medicina, 49 en Física, 28 en Química, 23 en Economía, 12 en Literatura y 9 en la Paz. En cambio, la población islámica de 1.322 millones de personas  —asentadas en 55 países de mayoría musulmana—,  que representaba alrededor del 20% de la población mundial, había obtenido solamente: 2 premios Nobel en Física, 2 en Medicina y 2 en la Paz.

            Prosiguió la confrontación palestino-israelí.

            El 18 de marzo del 2013 el parlamento judío confió un tercer período de gobierno a Netanyahu.

            El ejército israelí descubrió el 7 de octubre de ese año un nuevo túnel subterráneo de 1,7 kilómetros de largo por dos metros de alto, construido por el grupo islamista Hamás  —el tercero descubierto en ese año—,  que fue excavado a 18 metros de profundidad y que penetraba 300 metros en territorio de Israel.  

            En marzo del 2014 las fuerzas militares judías encontraron un cuarto túnel entre Gaza e Israel de 2,5 kilómetros de largo  —el mayor y más sofisticado de todos—  que incursionaba 700 metros en el suelo israelí.

            El portavoz de las fuerzas armadas judías puntualizó que esos túneles se construyen para "infiltrarse en Israel, poner bombas y secuestrar ciudadanos israelíes". En tanto que Ismail Haniye, primer ministro del gobierno de Gaza, manifestó que los túneles son parte de su nueva estrategia de lucha contra Israel.

            En la madrugada del 5 de marzo del 2014 el buque iraní con bandera panameñala Klos-C fue interceptado en aguas internacionales del Mar Rojo por las fuerzas marinas de Israel y conducido al puerto de Eilat. Había partido del embarcadero iraní de Bandar Abbas, su destino era Puerto Sudán y su carga eran misiles sirios M-302 tierra-tierra que, tras cruzar los golfos de Omán y Adén, iban a entrar en la Franja de Gaza por territorio egipcio y la península del Sinaí.

            Esos misiles suministrados por Irán  —capaces de alcanzar Tel Aviv y Jerusalén—  tenían como destinatario final el grupo islamista Hamás que, según la inteligencia israelí, no poseía ese tipo de misiles.

            El nuevo gobierno egipcio  —que en julio del 2013 asumió el poder tras derrocar al régimen islamista de los Hermanos Musulmanes, aliados de Hamás—  ordenó la clausura de los túneles por los que pasaba el contrabando de armas desde el Sinaí hacia Gaza y prohibió todo movimiento de los activistas de Hamás en su territorio.

            En Gaza las cosas continuaron igual. Como vimos antes, ella estaba controlada por un precario gobierno de unidad integrado por Al Fatah y Hamás, que abrigaban entre sí grandes diferencias ideológicas, políticas y estratégicas. Las bandas terroristas Hamás y Yihad Islámica continuaron con el lanzamiento de cohetes contra territorio israelí, aunque la mayoría de ellos fue interceptada por el sistema móvil Iron Dome de interceptación de misiles y cohetes  —la cúpula de hierro compuesta por un escudo de siete baterías, cada una de las cuales tenía un centro de control, un radar y tres lanzadores con veinte misiles cada uno—  desplegado el 27 de marzo del 2011 al sur de Israel para detener los cohetes disparados desde Gaza. Hamás  —formada en 1987 con el propósito declarado de destruir y eliminar al Estado de Israel—  estaba pertrechada principalmente por el gobierno de Irán mediante el contrabando de armas y financiada por poderosos regímenes del radicalismo islámico. Formaba parte de la lista mundial de grupos terroristas elaborada por el Departamento de Estado de los Estados Unidos.

            El 12 de junio del 2014 tres adolescentes israelíes fueron secuestrados y asesinados por agentes de Hamás. El lanzamiento de cohetes desde Gaza contra territorio israelí no se detuvo. El 1 de julio la banda disparó cuatro morteros que causaron la muerte de dos pesonas e hirieron a cuatro. El 7 de julio lanzó más de 80 cohetes con dirección a ciudades israelíes del sur, cuyos habitantes se vieron precisados a resguardarse en los refugios subterráneos. Al día siguiente dos de los cohetes M-75 disparados desde Gaza cayeron en las proximidades de la central nuclear israelí de Dimona  —que era su mayor instalación nuclear—, donde estaba instalado uno de sus reactores nucleares. Se conocía que en aquella época Israel poseía alrededor de 200 ojivas atómicas. 

            En los siguientes días el lanzamiento de cohetes y morteros fue sistemático. Hasta que el 8 de julio el primer ministro Benjamín Netanyahu ordenó la invasión terrestre y aérea contra la franja de Gaza  —con la denominada operación Protective Edge—,  para lo cual movilizó a las fuerzas de defensa israelí y a 82.000 reservistas, aunque a comienzos de agosto desmovilizó 30 mil de ellos, que no le fueron necesarios.

            Estalló una nueva confrontación militar entre Israel y los grupos irregulares armados de Gaza.

            Esa fue, sin duda, la mayor y más destructiva de las ofensivas israelíes realizadas hasta aquel momento.

            Cuando se iniciaron los combates los dirigentes judíos dijeron que su respuesta militar sería selectiva y apuntaría hacia los combatientes del grupo Hamás, sus instalaciones de cohetes, sus arsenales, sus oficinas y sus túneles de penetración en territorio israelí. Pero el cumplimiento de ese objetivo resultó imposible en una zona tan altamente poblada. Gaza tenía en ese momento 1'800.000 habitantes sobre un territorio de 362 kilómetros cuadrados de superficie, lo que daba 4.972 habitantes por kilómetro. Era uno de los lugares de mayor densidad demográfica en el planeta. El 70% de la población estaba formada por refugiados. Pero, además, las milicias de Hamás, como táctica defensiva, colocaron algunas de sus instalaciones militares en sótanos de hospitales o en edificios de vivienda y formaron escudos humanos para la protección de sus combatientes e instalaciones militares.

            La operación duró cincuenta días, con breves interrupciones de horas por acuerdos de alto al fuego patrocinados por el gobierno de Egipto con la participación de misiones de la Unión Europea y Estados Unidos. Fue terriblemente sangrienta. Arrojó, hacia el lado palestino, 2.143 muertos, millares de heridos y centenares de miles de desplazados. Hubo un altísimo porcentaje de víctimas inocentes entre la población palestina, varios miles de heridos y decenas de miles de desplazados. En Israel las bajas fueron inmensamente menores: 2 comandantes de unidad, 62 soldados y 3 civiles. Los daños materiales en las ciudades de Gaza fueron gigantescos. Quedaron destruidas 17.200 casas, 55 mil fueron dañadas y sufrieron graves daños las plantas y sistemas eléctricos, las redes de distribución de agua potable y otras infraestructuras urbanas, lo mismo que fábricas, hospitales, escuelas y colegios.

            Navanethem Pillay, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, denunció en esos días que los ataques de las fuerzas militares judías sobre Gaza pudieran constituir crímenes de guerra.

            La operación Protective Edge fue respaldada por la mayoría de la población israelí  —según un sondeo de opinión que entonces se publicó—,  pero en Gaza las cosas fueron diferentes: sólo el 33% de los ciudadanos apoyaba a Hamás  —lo reveló una encuesta del Centro Palestino de Política e Investigación hecha poco tiempo antes—  mientras que los restantes repudiaban su mal gobierno, su comportamiento dogmático, su violencia, su crueldad y su extremismo.

            Y, respecto al exterior, Gaza quedó aislada y no tuvo un importante apoyo en el mundo árabe durante la guerra.  Pero  también  el triunfador  militar  —Israel—  salió muy debilitado en su posición internacional ya que en muchos lugares del mundo surgieron censuras por su desmedida operación militar. De los propios sectores laboristas internos salieron críticas contra los excesos militares en Gaza. Sostuvieron que la respuesta israelí a los ataques de Hamás había sido desproporcionada. El reguero de sangre de civiles (tres cuartas partes de los 2.143 muertos, con cerca de 450 niños y adolescentes) había terminado por convertir esa ofensiva militar en una espiral de violencia. Y el profesor y diplomático estadounidense Martin Indyk, exmediador en las negociaciones palestino-israelíes, opinó que la guerra agravó la ya "tensa" relación entre Obama y Netanyahu.

            Todo esto a pesar de que las fuerzas armadas de Israel emplearon el procedimiento denominado golpe en la puerta, que consistía en advertir por vía telefónica a la población de Gaza los lugares y edificios civiles que iban a ser atacados para que fueran abandonados.

            La guerra terminó el 26 de agosto del 2014 por un acuerdo de tregua prolongada  —no acuerdo de paz—  celebrado en El Cairo gracias a la mediación diplomática de Egipto, con el compromiso de que Hamás se abstenga de lanzar misiles y morteros y de cavar nuevos túneles en territorio israelí y abandone el contrabando de armas, y que los judíos, por su parte, detengan sus acciones militares, amplíen los pasos fronterizos de Gaza para que pasen productos, ayuda humanitaria y materiales de reconstrucción, extienda la zona de pesca de Gaza de tres a seis millas marinas en el Mediterráneo y Egipto abra sus controles sobre los catorce kilómetros de frontera con Gaza.

            En otro lugar del Oriente Medio, la reorganizada y bien estructurada milicia fundamentalista Estado Islámico (EI)  —Islamic State of Iraq and Syria (ISIS), en su denominación en inglés—,   de tendencia sunita, sembró el terror en el norte de Irak a mediados del 2014 y durante los siguientes años. Según los departamentos de inteligencia norteamericanos, tenía en ese año entre 20.000 y 30.000 combatientes bien armados, de los cuales alrededor de 2.000 eran occidentales. Estaba conducida por Abu Bakr al-Baghdadi, quien pretendía establecer un califato regido por el Corán que abarcara Irak, Siria, Líbano y Jordania, en una primera fase, por encima de las fronteras estatales, y reclamaba la obediencia absoluta del mundo musulmán. Sus yihadistas, bajo la acusación de "adoradores del demonio", masacraron a los pobladores de toda la región y suscitaron una terrible crisis humanitaria. Decenas de miles de cristianos y yazidies kurdos tuvieron que huir y emigrar tras las matanzas y crueldades de los yihadistas, que torturaban, decapitaban y enterraban vivos a quienes no se convertían al islam. 

            Alrededor de 200.000 yazidíes y cristianos se vieron forzados a huir y refugiarse en las montañas de Sinyar, donde morían de hambre, de sed y de calor, bajo temperaturas superiores a los 40 grados centígrados.

            El gobierno iraquí pedía entonces ayuda internacional ya que sus tropas no tenían la capacidad para detener a los insurgentes islámicos.

            El 7 de agosto del 2014 el presidente Barack Obama decidió responder positivamente a los clamores del gobierno iraquí y ordenó a las fuerzas aéreas norteamericanas bombardear los cuarteles y posiciones de avanzada de los yihadistas, que habían tomado las ciudades de Mosul, Tikrit, Sinjar, Qaragosh, Sharqat, Kirkuk, Khanaquin, Bukamal, Al Qaim, Rutba, Jalawla y que se acercaban a Bagdad para someterla por la fuerza y asumir el poder total.

            Obama tomó la decisión de no enviar tropas terrestres sino bombardear las posiciones insurgentes mediante la aviación regular y los drones, en un movimiento militar que, según afirmó el Presidente, era una operación "limitada en su alcance y duración" para evitar la toma de Erbil, capital del Kurdistán iraquí, por los yihadistas alzados en armas.

            A partir de ese momento, aviones estadounidenses e iraquíes asumieron también la misión de lanzar desde el aire alimentos, bebidas y elementos de ayuda humanitaria hacia las montañas de Sinyar para tratar de salvar la vida de los refugiados.

            En marzo del 2015, a causa del bombardeo de las fuerzas aliadas occidentales sobre la ciudad de Al Baaj, al noroeste de Irak, quedó gravemente herido Al Baghdadi,  líder del grupo terrorista Estado Islámico (EI), y  murió  pocos  días  después.  Inmediatamente fue sustituido por Abu Alaa al Afri  —también conocido como Abu Hasan, cuyo verdadero nombre es Abdelrahman Moustafa  al Qurdashi—,  quien asumió la jefatura suprema del grupo. 

            Durante las acciones de violencia promovidas en el norte de Irak por Estado Islámico (EI) se produjo un hecho aterrador: el periodista norteamericano James Foley, secuestrado en Siria en noviembre del 2012 mientras cumplía sus actividades informativas para el GlobalPost, la Agence France-Presse (AFP) y otras agencias de comunicación sobre las revueltas contra el gobierno de Bashar al-Assad, fue brutalmente decapitado por Estado Islámico (EI) el martes 20 de agosto del 2014 en algún lugar del desierto iraquí.

            El degollamiento fue visto alrededor del mundo en un vídeo grabado por los terroristas y proyectado en internet a través de Youtube y otras redes, en el que se mostró con diáfana claridad cómo un encapuchado vestido de negro cortó el cuello de su víctima con un cuchillo.

            El vídeo de cinco minutos de duración tenía tres partes. Primero se insertó un discurso del presidente Barack Obama en el que anunciaba su decisión de bombardear a los milicianos de la banda yihadista Estado Islámico (EI) en el norte de Irak para defender a la población kurda; luego apareció Foley arrodillado sobre la arena junto a su verdugo, con sus manos atadas hacia atrás, y dirigió un mensaje en el que pedía a su familia y amigos que se levantasen contra el gobierno de Estados Unidos en protesta por los bombardeos en Irak; y finalmente se vio y escuchó al verdugo encapuchado, quien blandiendo un cuchillo afirmaba: "cualquier intento tuyo, Obama, de negar a los musulmanes su derecho a vivir en seguridad bajo el califato resultará en el derramamiento de sangre de tu pueblo", después de lo cual degolló a Foley, cuyo cuerpo inerte y la cabeza decapitada, echados sobre la arena, cerraban el vídeo.

            El cuadro fue espeluznante.

            Foley era un joven pero experimentado corresponsal de prensa, que después de cubrir la guerra en Libia y de haber sido apresado allí durante varias semanas por el régimen de Muammar Gadaffi, viajó a Siria para reportar la crudelísima guerra civil que se desarrollaba en sus campos y ciudades.

            Llamó la atención el acento británico del degollador, respecto de quien el gobierno de Londres afirmó que seguramente era uno de los ciudadanos ingleses convertidos al Islam e incorporados a la yihad de Irak y Siria. Por esos años los servicios de inteligencia habían registrado que alrededor de quinientos combatientes de la banda Estado Islámico (EI) eran de origen inglés y que había otros procedentes de Francia, Bélgica, Alemania, Suecia, Finlandia y otros países. Esos yihadistas europeos enrolados en las luchas del Oriente Medio pertenecían a la segunda o tercera generación de inmigrantes musulmanes en Europa y eran fanáticos seguidores del Islam.

            El servicio de inteligencia inglés identificó al sanguinario degollador: era un joven ciudadano británico de origen kuwaití llamado Mohammed Emwazi, que en el 2012 viajó a Siria y se incorporó a la banda yihadista Estado Islámico (EI), liderada por Abu Bakr al-Baghdadi.

            Resultó impresionante la gallardía y serenidad con que Foley arrostró su decapitación. No hubo una queja, un pedido de clemencia, ni siquiera un gesto. Y fueron muy claras sus reflexiones en torno a todas las vidas que se han llevado los bombardeos ordenados por su Presidente. Dirigiéndose a sus padres y a los miembros de su familia, pidió que tomaran su muerte con dignidad y que no aceptaran "ningún tipo de compensación económica" de parte de quienes "pusieron el último clavo en mi ataúd", refiriéndose una vez más al gobierno estadounidense.

            Al final del vídeo apareció la imagen de otro periodista norteamericano: Steven Sotloff  —quien había sido secuestrado en Siria a mediados del 2013—,  junto con la leyenda escrita en árabe: "La vida de Steven Joel Sotloff depende de la próxima movida de Obama". Sotloff era un periodista de Miami que colaboraba con la revista "TIME", el "Christian Science Monitor" y otras publicaciones. 

            Trece días después se repitió el episodio: el joven periodista Steven Sotloff fue degollado por el mismo verdugo y de la misma manera. El vídeo del crimen  —denominado segundo llamado para Estados Unidos—  fue también exhibido en internet. Y el verdugo enmascarado volvió a decir con su acento británico: "He vuelto, Obama. Y he vuelto debido a tu arrogante política exterior hacia el Estado Islámico". Al final del acto apareció el anuncio de que la próxima víctima será un rehén británico.

            Y la amenaza se cumplió. El sábado 13 de septiembre fue degollado por el cuchillo del mismo verdugo el ciudadano inglés David Haines (44 años)  —quien había sido secuestrado en Siria en marzo del 2013 mientras trabajaba en una agencia humanitaria internacional—  pocas horas después de que su familia pidiera públicamente clemencia al grupo fundamentalista. El primer ministro británico David Cameron calificó como "un acto inmundo" el degollamiento de su inocente coterráneo. Y, como siempre, al final del vídeo difundido en internet se reveló el nombre de la siguiente víctima: el ciudadano británico Alan Henning.

            Pero fue el turista francés Hervé Gourdel (55 años), secuestrado tres días antes en Argelia, el cuarto decapitado por la banda Estado Islámico (EI) en la mañana del 24 de septiembre. Su secuestro y degollamiento corrió a cargo del grupo argelino Yund al Jilafa, aliado de Estado Islámico (EI). En el correspondiente vídeo difundido a través de las redes sociales instantes después de la decapitación se pudo ver a un yihadista con la cabeza de su víctima en sus manos y el cuerpo degollado en el suelo. El presidente de Francia François Hollande declaró en Nueva York  —donde asistía a las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas—  que su país no cedería ante el chantaje ni la amenaza de los grupos terroristas. Y Francia continuó con los bombardeos de su fuerza aérea, iniciados cinco días antes, contra las bases de Estado Islámico (EI) en territorios iraquí y sirio.

            Pero las decapitaciones continuaron. El británico Alan Henning (47 años), quien fue secuestrado por los terroristas en diciembre del 2013 cuando laboraba como taxista voluntario de la organización no gubernamental Aid 4 Syria al servicio de los niños sirios, fue la quinta víctima occidental. Su degollamiento se difundió también en YouTube a través de un vídeo el 3 de octubre, en el que se escucharon sus últimas palabras. Y allí se advirtió que el norteamericano Peter Kassig será la siguiente víctima occidental, junto con decenas de kurdos y sirios. Esas decapitaciones se dieron en noviembre del 2014.

            A mediados de diciembre de ese año el Estado Islámico (EI) ofreció en venta los restos de James Foley y pidió un millón de dólares por ellos.

            La milicia terrorista, que tenía en su poder dos rehenes japoneses, formuló un ultimátum al gobierno de Tokio: si no pagaba 200 millones de dólares de rescate en el término de 72 horas, ellos serían degollados. El gobierno japonés se negó a pagar para no contribuir a crear una nueva forma de extorsión. Y el domingo 25 de enero del 2015, en un programa transmitido por Internet, un portavoz de la milicia informó que habían decapitado a Haruna Yukawa, uno de los dos rehenes, "tras expirar el plazo establecido a Japón". El otro rehén  —Kenji Goto, periodista japonés—  fue ejecutado seis días después.

            El Estado Islámico (EI) difundió por internet el 3 de febrero del 2015 un vídeo de 22 minutos de duración que mostraba a un hombre que era quemado vivo dentro de una jaula de hierro. Se trataba del piloto jordano Muaz Kasasbeh, capturado tras el estrellamiento de su avión F-16 en Siria el 24 de diciembre anterior durante un ataque contra las posiciones del grupo yihadista. Su espeluznante incineración se produjo el 3 de enero.

            La rama libia del Estado Islámico (EI) dio a conocer por TV el domingo 15 de febrero de ese año un vídeo que mostraba la decapitación de 21 cristianos coptos egipcios arrodillados en una playa, que habían sido secuestrados en Libia por la organización islamista.

            El presidente de Egipto Abdelfatá al Sisi manifestó por medio de la televisión estatal que “Egipto se reserva el derecho a responder de la manera adecuada” al asesinato.

            El 7 de enero del 2015, cerca de las 11:30 horas de la mañana, se consumó uno de los más dramáticos y cruentos episodios de violencia. Los hermanos Said y Cherif Kouachi  —de 34 y 32 años de edad, respectivamente, nacidos en París e hijos de inmigrantes musulmanes argelinos—  asaltaron las oficinas del semanario satírico "Charlie Hebdo", situadas en la 10 Rue Nicolas-Appert de París, y, al grito de "¡Alá es grande!", mataron con un rifle AK-47 a Stéphane Charbonnier  —editor de la revista—,  a cuatro caricaturistas y tres empleados que estaban sentados en la sala de redacción, a dos oficiales de policía, un visitante y un peatón. Y once personas fueron heridas. Lo hicieron para castigar las "blasfemas" caricaturas de Mahoma publicadas por la revista. Inmediatamente de consumado el crimen, sus dos autores gritaron en la calle: "¡Hemos vengado al Profeta!", "¡Hemos vengado al Profeta!" y fugaron del lugar.

            Dos días después los hermanos Kouachi, miembros del islamismo radical y militantes de una yihad islámica, fueron abatidos por la policía en un edificio al norte de París, donde se habían atrincherado con un rehén, que fue liberado.

            Ellos eran musulmanes fanáticos, simpatizantes de las milicias terroristas Estado Islámico (EI) y al Qaeda  —que desde hace varios años habían emitido a sus miembros las consignas de "pasar a la acción" y "atacar a los impíos"—,  y, como todos los yihadistas, estaban convencidos de que si morían como mártires ganarían el cielo de Alá irreversiblemente.

            Días después, un miembro de al Qaeda en Yemen reivindicó para su organización terrorista el ataque.

            A los siete días del atentado, la revista "Charlie Hebdo" volvió a salir. En su primera página tenía una nueva caricatura del Mahoma junto a la leyenda: "Todos están perdonados". Sus primeros tres millones de ejemplares se agotaron y se imprimieron cerca de dos millones más.

            Como dijimos antes, en el intento de matar al dibujante sueco Lars Vilks  —quien publicó unas caricaturas de Mahoma en el diario "Nerikes Allehanda" en el 2007—  el kamikaze islámico iraquí Taimour al-Abdaly vinculado con al Qaeda se inmoló el 11 de diciembre del 2010 en su frustrado intento de producir una gigantesca matanza en un concurrido sector citadino de Estocolmo. No explosionó su coche-bomba. Y en esa operación murió solamente el kamikaze y quedaron heridos dos peatones.

            El caricaturista sueco Lars Vilks se ganó el odio de los musulmanes radicales tras dibujar al profeta Mahoma con el cuerpo de un perro. La banda terrorista al Qaeda lo condenó a muerte y puso el precio de cien mil dólares a su cabeza. Desde entonces ha sido el objetivo de varios complots que resultaron fallidos, el último de los cuales fue el ataque a bala mientras participaba en un debate académico sobre Art, Blasphemy and Freedom of Expression en una cafetería de Copenhague  —el Krudttonden Cultural Centre—  la tarde del 14 de febrero del 2015, al cumplirse el 26º aniversario de la fatwa expedida por el ayatolá Khomeini en Irán que llamaba a matar al escritor británico Salman Rushdie por sus "Versos Satánicos", en los que convocaba a pensar de manera diferente del fundamentalismo islámico. El caricaturista se salvó pero quedaron un muerto y varios heridos. El autor  de  los  disparos  fue  el  joven islamista Omar  Abdel  Hamid  el  Hussein  —22 años de edad, nacido en Dinamarca pero de ancestros musulmanes palestinos, conectado con acciones de violencia y pandillas, y simpatizante del Estado Islámico (EI)—,  quien fue abatido por la policía danesa horas más tarde, tras efectuar otro atentado. El solitario pistolero abrió fuego contra un grupo de israelíes que celebraban su bar mitzvah  —la confirmación judía—  en la principal sinagoga de Copenhague y dejó un policía muerto y dos heridos. El pistolero encapuchado había salido de prisión hace quince días por apuñalar a una persona en una estación del metro. Una hora antes del atentado contra la cafetería abrió en la red social de Facebook varias proclamas yihadistas y unos versos del Corán relacionados con el exterminio de los infieles. 

            Con esa oportunidad, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, pidió a sus coterráneos que retornaran a Israel puesto que "estamos preparados para acoger una inmigración procedente de Europa".

            Los actos criminales de París y de Copenhague extendieron por Francia, Dinamarca y los países de Europa occidental la fobia anti-islámica y el temor compulsivo. En lo que fue la mayor movilización de masas en las calles de París, una gigantesca marcha de protesta contra el crimen a la que concurrieron 1,6 millones de personas desbordó las calles parisinas. Nunca se había visto allí nada parecido. Estuvo encabezada por el presidente francés François Hollande, acompañado de jefes de Estado y de gobierno, ministros y líderes políticos de cerca de cincuenta países del mundo, entre los cuales estaban los gobernantes de Alemania, Inglaterra, España e Israel. No dejó de llamar la atención la presencia allí del presidente de Palestina, Mahmud Abbás.

            Pero Estado Islámico (EI) siguió adelante con sus acciones terroristas. El viernes 13 de noviembre del 2015 a las 10 de la noche  —en lo que fue hasta ese momento la acción terrorista más cruel y violenta después de la voladura de las torres gemelas de Nueva York—  un comando suyo de cuatro yihadistas penetró en la sala de conciertos Le Bataclan situada en el Boulevard Voltaire en París, en donde se habían congregado unas mil quinientas personas para escuchar el concierto de la banda californiana Eagles of Death Metal, y, al grito de “¡Alá es grande!”, abrió fuego con sus metralletas y lanzó bombas explosivas contra el público, dando muerte a 89 espectadores y causando centenares heridos.

            Fue una horrible carnicería. Los cadáveres yacían sobre las butacas y en el piso. Los gritos de dolor de los heridos estremecían el ambiente. Cuando los agentes de policía irrumpieron en el edificio, tres de los atacantes activaron sus cinturones explosivos y se suicidaron y el cuarto fue abatido por un elemento policial.

            Esa acción formó parte de seis ataques coordinados en diversos lugares de París, que dejaron 129 muertos y 352 heridos. Además de la tragedia en Le Bataclan los yihadistas abatieron a dieciocho personas en el Boulevard de Charonne, cinco en el café Bonne Bière de calle Fontaine-au-roi, catorce en la calle Alibert cerca del restaurante Le Carillon y una en el Boulevard Voltaire.

            Dos de las explosiones resonaron cerca del estadio durante el partido de fútbol que jugaban las selecciones de Francia y Alemania. Causaron cinco muertos. Los espectadores tuvieron que abandonar el estadio por las puertas de emergencia Lo hicieron en orden y con tranquilidad, mientras otra parte de los asistentes invadió la cancha. El presidente Hollande fue rescatado del lugar en un helicóptero. En un comunicado difundido por internet, el Estado Islámico reivindicó los ataques perpetrados por “ocho hermanos con cinturones explosivos y rifles de asalto contra lugares cuidadosamente escogidos en el corazón de París. Que Francia y aquellos que siguen su rumbo sepan que serán los blancos principales del Estado Islámico”, advirtió la organización terrorista, que contaba en sus filas con miles de extranjeros, incluidos centenares de franceses.

            El terror cundió en Francia y Europa. Y conmovió al mundo entero. El presidente Francois Hollande calificó a los atentados como “actos de guerra”, pero el Estado Islámico (EI) respondió que “Francia seguirá oliendo el olor de la muerte”.

            Los grupos palestinos Hamas, en el poder en la Franja de Gaza, y la Yihad Islámica condenaron los atentados de París.

            Tras esos ataques, Anonymous  —la mayor red de hackers del mundo—  declaró la guerra cibernética contra el grupo terrorista Estado Islámico. A través de un vídeo difundido en internet, su enmascarado portavoz manifestó: "Esperen ciberataques masivos, se ha declarado la guerra. Estén preparados", ya que los ataques perpetrados en París "no pueden quedar impunes". Y advirtió que los miembros de Anonymous en todo el mundo emprenderán una cacería. "Sepan que los encontraremos  —dijo—  y que no los dejaremos ir".

            Con su guerra electrónica Anonymous se propuso erradicar toda la propaganda del grupo terrorista en la red. "Los franceses son más fuertes que ustedes y saldrán adelante de esta atrocidad, incluso más fortalecidos", reivindicó el enmascarado.

            Pero internet servía también a los grupos armados terroristas alrededor del mundo, que estaban en posibilidad no solamente de robar información para cumplir con mayor precisión y eficacia su acciones de violencia sino también de reclutar a través de su red a nuevos simpatizantes y activistas que operaran bajo sus consignas secretas en cualquier lugar de la geografía terrestre.

            La propia banda terrorista Estado Islámico (EI) se valió de internet a partir del año 2015 para sumar a sus filas alrededor de 25 mil jóvenes de un centenar de países.

            Las investigaciones llevaron a concluir que Bruselas fue el centro focal de la conspiración islámica contra París. En la capital belga nació y cursó sus estudios el joven Abdel-hamid Abaaoud, hijo de inmigrantes marroquíes, autor intelectual de los atentados.

            ¿Por qué Francia?, se preguntaba la gente. Pues por ser el país que más defiende los valores de la Ilustración del siglo XVIII, especialmente el laicismo, tan odiado por el radicalismo islámico.

            La coalición militar internacional liderada por Estados Unidos reforzó sus bombardeos contra los reductos yihadistas en Siria e Irak, mientras que Rusia inició los suyos contra las posiciones del EI en Siria, aunque los observadores occidentales sostenían que las acciones rusas afectaban más a los grupos de oposición al gobierno de Bashar al-Assad.

            El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas  —después de condenar en los términos más duros los ataques terroristas en Susa, Ankara, el derribo de un avión comercial ruso sobre el Sinaí, los ataques en París y todos los demás atentados terroristas de aquella época—  aprobó por unanimidad el 20 de noviembre del 2015 la Resolución 2249, en la que pidió a los gobiernos del mundo "redoblar esfuerzos y coordinar sus iniciativas para prevenir y frenar los actos terroristas" cometidos especialmente por el Estado Islámico, al-Qaeda y otros grupos islamistas y para detener el flujo de combatientes extranjeros hacia el Oriente Medio, puesto que un reporte del Congreso de Estados Unidos reveló a fines de aquel año que unos 4.500 jóvenes de los países occidentales habían abrazado la causa de la yihad islámica a partir del 2011.

            El 2 de diciembre del 2015 una pareja de desconocidos, que llevaba dos metralletas y dos pistolas automáticas calibre 9 milímetros, abrió fuego contra un centro se servicios sociales para discapacitados en la ciudad de San Bernardino, California, mientras sus miembros disfrutaban de una celebración de Navidad, y mató a diesciséis personas e hirió a veintiuna.

            Los jóvenes asesinos fueron prontamente alcanzados por la policía y murieron en el tiroteo.

            Cuatro días después, en una emisora radial de Al-Bayan, la milicia terrorista Estado Islámico (EI)  —Islamic State of Iraq and Syria (ISIS), en su denominación en inglés—  elogió el ataque y declaró que fue obra de sus jóvenes partidarios musulmanes Syed Rizwan Farook —quien trabajaba como inspector de alimentos en el Departamento de Salud del condado de San Bernardino—  y su esposa Tashfeen Malik  —de ascendencia paquistaní—,  radicados en California.

            El Federal Bureau of Investigation (FBI) encontró en casa de los asesinos gran cantidad de explosivos y municiones  —más de 2.500 proyectiles de metralleta y 2.000 de pistola—  y otras evidencias de culpabilidad.

            Desde la oficina oval de la Casa Blanca, en la noche del domingo 6 diciembre, el presidente Obama expresó en un mensaje televisual que el ataque de San Bernardino fue un acto terrorista, que "el ISIS es una amenaza para todos" y prometió destruirlo. Llamó a la población a mantenerse alerta y vigilante. Por su parte, a través de un vídeo propagandístico que tenía en su poder la cadena de televisión Fox News, los yihadistas de la banda terrorista pronosticaron que "la Casa Blanca se volverá negra" con sus ataques.

            Como parte de la cadena de atentados islámicos, poco antes de las 8 de la mañana del 22 de marzo del 2016 fueron atacados con dos  explosiones  suicidas  el  aeropuerto  de  Zaventem  en  Bruselas  —uno de los más concurridos de Europa—  y, hora y media más tarde, con una tercera explosión, la céntrica estación Maelbeek del metro. Estos actos criminales, que causaron 35 muertos y 316 heridos, fueron reivindicados por el Estado Islámico (EI).

            De los cinco autores de los ataques, cuatro fueron identificados dos días después por la policía belga: Ibrahim El Bakraoui, Najim Laachcharou, Khalid El Bakraoui y Mohamed Abrin  —jóvenes islámicos de entre 31 y 24 años de edad—  de quienes los tres primeros murieron en los atentados suicidas.

            La policía de Bélgica estableció que estos terroristas islámicos estuvieron vinculados también a los actos de París.

            Cuatro días antes de los atentados fue capturado en el barrio de Molenbeek de Bruselas el terrorista más buscado de Europa en ese momento: Salah Abdeslam, vinculado a la masacre de París, que era el único de los atacantes que seguía vivo.

            Y en ese mismo día de marzo se produjo otro acto terrorista. Esa vez fue en Irak. Un joven kamikaze del Estado Islámico (EI) hizo estallar la carga explosiva que llevaba amarrada a su cuerpo  y dio muerte a 40 personas e hirió a más de 80, la mayoría de ellas adolescentes que habían cometido el "pecado capital" de ir al estadio a ver un partido de fútbol occidental. La explosión se produjo en el preciso momento en que el alcalde Ahmed Shaker entregaba los trofeos a los ganadores. Y entre los muertos estuvo el propio alcalde y los miembros de su equipo de seguridad

            En lo que fue considerado por esos años como el atentado terrorista más grave en Estados Unidos después de la voladura de las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del 2001, un joven islámico identificado como Omar Seddique Mateen  —de 29 años de edad, hijo de inmigrantes afganos y nacido en Nueva York, con antecedentes de violencia e inestabilidad emocional—  entró a las dos horas de la madrugada del domingo 12 de junio del 2016 al club Pulse de Orlando, en la Florida  —club de homosexuales—,  y disparó allí sus armas  —una pistola y un rifle automático AR-15—  contra centenares de concurrentes "hispanos" que bailaban en la pista o bebían en el bar. La sanguinaria masacre, que impresionó al mundo, dejó 49 muertos y varias decenas de heridos. La banda yihadista Estado Islámico (EI) se atribuyó públicamente el atentado y calificó a su autor  —que murió por la contraofensiva policial—  como "uno de los soldados del califato". Sin embargo, no quedó clara la razón del acto criminal: si fue una intolerancia antigay o la obediencia a una consigna islámica antioccidental.

            El Estado Islámico (EI) no detuvo sus jornadas criminales. El 3 de julio del 2016 tres de sus agentes suicidas detonaron los explosivos que llevaban adheridos a sus cuerpos en  el  aeropuerto  internacional  de  Atatürk en Estambul  —que es uno de los mayores y más activos aeropuertos de la región—,  dieron muerte a 41 personas e hirieron a 240. El pánico se apoderó de los pasajeros nacionales y extranjeros.

           Cinco días después, en lo que fue la peor acción terrorista en Iraq durante ese año, el Estado Islámico (EI) dio muerte a 213 personas e hirió a más de 200 con la explosión de un coche-bomba en el concurrido barrio comercial de Al Karrada en Bagdad. El atentado de los fanáticos suníes fue especialmente dirigido contra los chiitas que hacían sus compras en ese importante sector comercial de la ciudad. Varios inmuebles y numerosos vehículos fueron consumidos por las llamas.

           Un nuevo acto de terror volvió a conmover a Francia. La gente festejaba esa noche con gran alegría el 14 de julio  —su fecha nacional—  en el Paseo de los Ingleses de Niza. Era el año 2016. De pronto, un camión invadió la gran vía peatonal a toda velocidad y a lo largo de veinte cuadras atropelló y destrozó a los grupos congregados en la calle y las aceras. Dejó sobre el pavimento 84 muertos y más de 300 heridos y lesionados. Su conductor  —Mohamed Bouhlel, tunecino, nacido en Francia, de 31 años de edad—  fue abatido por la policía. La fecha elegida fue muy significativa. Y el acto terrorista fue reivindicado por los yihadistas del Estado Islámico (EI), quienes afirmaron que el autor de la masacre "era un soldado del ISIS".

            Con ocasión del terrible acto terrorista suicida perpetrado el sábado 21 de agosto del 2016 en la ciudad turca de Gaziantep por un niño kamikaze, que costó la vida de 54 personas  —de quienes 29 fueron menores de edad—  que asistían a una celebración nupcial kurda, se confirmó que el Estado Islámico (EI) reclutaba y preparaba a niños como yihadistas suicidas para sus fines terroristas. En la matanza de Gaziantep, el niño suicida fue conducido al lugar por dos hombres, que huyeron del lugar instantes antes de la explosión.

            En el año anterior el propio EI había publicado un vídeo en el que se veía a un niño de entre 12 y 14 años de edad que mataba a tiros a dos presuntos espías del servicio secreto de Rusia.

            La Universidad de Georgia en Estados Unidos realizó en el año 2016 una investigación en torno a los yihadistas suicidas menores de edad utilizados por esta banda terrorista e identificó 89 casos de niños que murieron en acciones al servicio de la banda criminal.

            Después de la ola de atentados islámicos en París, Bruselas y otros lugares se reunió en Washington  —del 31 de marzo al 1 de abril del 2016—  la IV Cumbre sobre Seguridad Nuclear  —Nuclear Security Summit—,  a la que  concurrieron  jefes  de  Estado,  jefes  de gobierno y representantes de 52 Estados  —con la notoria ausencia de los gobernantes de Rusia, Bielorrusia, Irán y Corea del Norte—,  para afrontar el tema que había generado su honda preocupación: la posibilidad del terrorismo nuclear operado por los grupos radicales islámicos.

           Las tres reuniones anteriores para tratar este asunto fueron: en Washington el 2010, el 2012 en Seul y en La Haya el 2014.

           Entre los gobernantes que concurrieron a la reunión de la Casa Blanca estuvieron los de Canadá, China, Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, Italia, Corea del Sur, India y otros Estados. Cuatro latinoamericanos fueron invitados a la reunión: México, Brasil, Argentina y Chile.

            Hubo allí un intercambio de información secreta.

            Obama comentó después de la reunión: "Si los lunáticos de ISIS se hacen con la bomba atómica matarán a mucha gente". Y agregó: "hemos reducido ese riesgo, pero la amenaza del terrorismo nuclear persiste y continuará". 

            Ben Rhodes, Consejero de Seguridad Nacional del Presidente de Estados Unidos, manifestó: "Sabemos que las organizaciones terroristas buscan acceso a esos materiales y tener un artefacto nuclear". 

           En realidad, estuvo presente el temor a que un grupo terrorista clandestino robara un arma nuclear de alguna instalación militar, o comprara material fisionable para fabricar un artefacto nuclear, o adquiriera los elementos radiactivos para construir una "bomba sucia" o atacara instalaciones nucleares occidentales.

            Hay quienes sostienen que Europa vive un proceso de islamización impulsado por la aluvional migración de musulmanes a su territorio, que empezó en la segunda mitad del siglo XX y continuó en el siglo XXI, acicateada por las necesidades de mano de obra barata para los procesos de producción europeos, de un lado, y de otro, atraída por los beneficios que la seguridad social de los países europeos ofrece a todos sus habitantes.

            Lo cierto es que millones de musulmanes, huyendo de la pobreza, el caos político y las sanguinarias dictaduras en sus países de origen, se embarcaron hacia Europa: hacia la Europa "infiel", que dicen los musulmanes.

            En esta operación hay elementos contradictorios: la inmigración islámica es recibida con una cierta hostilidad por los ciudadanos europeos pero los beneficios del bienestar social de sus países se extienden a los inmigrantes, especialmente si están desocupados. Y esto atrae la inmigración. El investigador social islámico egipcio Ali Abd al-Aal, en una entrevista televisual el 12 de octubre del 2012 en la cadena satelital Mayadeen TV de Líbano, afirmó que el 80% de los musulmanes en los países de la Unión Europea vive de la seguridad social estatal, que es uno de los principales atractivos para la inmigración musulmana.

            Pero la hostilidad hacia los inmigrantes no solamente viene de los xenófobos y racistas tradicionales  —con xenofobia agudizada por los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, el 11 de marzo del 2004 en Madrid, el 7 de julio del 2005 en Londres—  sino también de otros sectores de la opinión pública europea que se han manifestado contra la apertura migratoria a los musulmanes, que son los inmigrantes más distantes en términos culturales, religiosos e idiosincrásicos.

            Tales distancias han conducido a que ellos formen en las zonas periféricas y pobres de las ciudades europeas barrios enteros musulmanes  —que son verdaderos guetos, donde se mueven fanáticos religiosos—  en los que se difunden religión, prácticas y costumbres islámicas. Por esos lugares no puede pasar una mujer sin cubrirse la cabeza. Los matrimonios son endogámicos. Tienen sus propias escuelas coránicas. Las numerosas mezquitas convocan grandes congregaciones  —probablemente mayores que las de otras iglesias—,  desde donde se emiten mensajes antioccidentales. Al interior de esos barrios impera de facto la sharia, o sea la ley islámica, y a ellos no ingresan los mandatos legales del Estado anfitrión ni sus autoridades nacionales. Todo lo cual socava la cohesión social de los países europeos.

            El islamismo  —que a más de religión es una ideología política de tendencia teocrática y fundamentalista—   señala reglas de comportamiento social. Por eso Winston Churchill decía del Islam que era "la fuerza más retrograda en todo el mundo" y solía comparar el Corán con el  Mein Kampf de Hitler.

            La inmigración musulmana no se ha asimilado ni incorporado a los países receptores sino que ha creado en ellos sociedades paralelas y subculturas. Sus integrantes consideran que su lealtad con el Islam es mucho más importante que su lealtad con el país que los recibe. Eso ha llevado a los adversarios de la inmigración islámica a decir que los inmigrantes no han llegado para integrarse a las sociedades receptoras sino para pretender “colonizarlas” e imponer la ley islámica. E, incluso, instaurar un califato de dimensiones mundiales, que someta al continente europeo y a los otros continentes.

            En el año 2014 vivían en Europa 54 millones de musulmanes. Eran 29,6 millones en 1990. En Francia representaban un 7,5% de la población, en Bélgica un 6%, en Suiza 5,7%, en Holanda 5,5%, en Alemania 5%, en Inglaterra 4,6%. En varias de las ciudades un alto porcentaje de su población era musulmana  —Marsella, París, Amsterdam, Malmoe, Madrid, Sevilla, Londres, Birmingham, Bruselas, Berlín, Colonia, Bradford—  y en ellas se han producido movilizaciones hostiles contra sus gobiernos e instituciones.

            Como información referencial, anoto que Rusia tenía 21’513.046 islámicos (o sea el 15% de su población), Estados Unidos de América 4’500.000 (1,5%) y China 19’827.778 (1,5%).

            En lo que a Francia se refiere, Marsella  —su segunda mayor ciudad—  es la más musulmana de Europa: casi la mitad de sus 852.000 habitantes es islámica  —en su mayoría de origen argelino y tunecino—,  llegados en las últimas décadas. Marsella tiene graves problemas de pobreza, desempleo y criminalidad.

            La comunidad musulmana de Francia, principalmente de origen argelino, obediente al Frente Islámico de Salvación (FIS) de Argelia, ha lanzado numerosas intifadas en las calles de París y de otras ciudades para reivindicar el derecho de las colegialas islámicas a portar la niqab  —el velo que cubre el rostro y sólo deja descubiertos los ojos—  dentro de las aulas y de vestirse de acuerdo con sus creencias religiosas, cosa que contradice la laicidad del Estado francés establecida en sus leyes. En el año 2005, a lo largo de varias semanas, estallaron violentos desórdenes desatados por la comunidad musulmana en protesta por la muerte de dos jóvenes que, al huir de la policía, treparon a una subestación eléctrica y se electrocutaron. Hubo duros enfrentamientos con la policía. Los amotinados, en su intento de desarticular la sociedad francesa, efectuaron toda clase de acciones violentas e incendiaron centenares de automóviles en las calles de París y de otras ciudades francesas a lo largo de siete semanas de amotinamiento. Los incidentes se extendieron hacia Bélgica, Dinamarca, Alemania, Holanda, Suiza y Grecia.

            En general, a partir de los años 80 del sigo pasado, las guerras en el Oriente Medio, con participación de países árabes, han repercutido en Europa con olas de atentados terroristas.

            Los líderes políticos europeos de la derecha radical consideran que la masiva inmigración musulmana a sus países constituye una amenaza para la seguridad de Europa. Sostienen que el islamismo, antes que una religión, es una ideología política con designios de dominio universal, que pretende la "islamización" de Europa occidental y central  —islamización desde abajo: desde la base social—  por la vía de la inmigración árabe, que es una inmigración "colonizadora". Les preocupan las altas tasas de natalidad de la comunidad musulmana  —que contrastan con las muy bajas de las sociedades europeas—  y sostienen que, en términos comparativos, la población europea disminuye mientras que la islámica crece. Y concluyen que, sobre la base de los 54 millones de musulmanes en Europa central y occidental  —según cifras del 2014—,  más de un 10% de la población en diez países europeos será musulmana en el año 2030.

            En el Reino Unido hay también una fuerte población musulmana de características contestatarias, asentada en la periferia de Londres, que proviene principalmente de Pakistán e India.

            En el año 2014 vivían en España alrededor de 1’800.000 musulmanes, procedentes principalmente del Magreb: marroquíes, argelinos y tunecinos. Representaban el 3,6% de la población. Su trabajo era mal valorado  —y ellos lo sabían—,  soportaban altos índices de desocupación laboral o se dedicaban a tareas de baja cualificación e insignificantes remuneraciones. Los españoles suelen citar los datos y cifras de la Guardia Civil, según los cuales uno de cada tres magrebíes ha sido detenido por la comisión de delitos y casi la mitad de los presos extranjeros en cárceles españolas eran árabes. Claro que las condiciones económicas y sociales de esos inmigrantes son terriblemente angustiantes, lo cual les acerca más a la delincuencia.

            En Francia ocurría algo parecido. Según datos del 2014, entre el 60% y el 70% de los presidiarios eran musulmanes. En Holanda lo era el 20% de la población carcelaria. Representando el 6% de la población total de Bélgica, los musulmanes formaban el 16% de la población encarcelada. En Inglaterra los inmigrantes islámicos constituían el 2,8% de la población general pero su incidencia delictiva representaba el 11% de la población carcelaria.

            En lo que a Rusia se refiere, el 4 de agosto del 2013 el presidente Vladimir Putin, en su discurso al parlamento, se refirió a las tensiones que en su país causaban las minorías islámicas y dijo: “¡En Rusia vivid como rusos! Cualquier minoría, de cualquier lugar, que quiera vivir en Rusia, trabajar y comer en Rusia, debe hablar ruso y debe respetar las leyes rusas. Si ellos prefieren la ley sharia y vivir una vida de musulmanes les aconsejamos que se vayan a aquellos lugares donde esa sea la ley del Estado”. Agregó: “no toleraremos faltas de respeto hacia nuestra cultura rusa”. Y concluyó: “las tradiciones y costumbres rusas no son compatibles con la falta de cultura y formas primitivas de la ley sharia y de los musulmanes”. Los miembros del parlamento ruso, levantados de sus asientos, respondieron con una larga ovación a Putin. 

 

 
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