inflación

            Es el alza constante de los precios de los bienes y servicios que se expenden en el mercado de un país. La cual determina que el dinero disminuya, frente a ellos, su poder adquisitivo.

            Aunque es un fenómeno global en el que resulta difícil separar sus distintos elementos, que están estrechamente interrelacionados, se suele hablar de inflación de oferta, inflación de demanda e inflación de costes. La primera clase de inflación se produce por la disminución o crecimiento menor al esperado de la provisión de bienes y servicios al mercado, sea porque ha bajado la producción y la productividad  —y esto, a su vez, obedece a diferentes causas—  o porque los productos se han destinado preferentemente a la exportación en razón de mejores precios en el exterior.

            La segunda clase de inflación se origina por el exceso de la demanda agregada con relación al cúmulo de bienes y servicios que produce la economía de un país, lo cual dilata la demanda efectiva expresada en dinero y suscita un desequilibrio con la oferta disponible de bienes o servicios, que eleva el nivel general de precios. La creación primaria de dinero la hace la autoridad monetaria y la secundaria, los bancos. Ellos son los responsables del volumen de medios de pago en poder del público.

            La inflación de costes tiene sus causas en el incremento de los salarios de los trabajadores, en el aumento de los precios de las materias primas e insumos que se utilizan en el ciclo productivo, en el incremento del precio del dinero, en las alzas impositivas y en el aumento de las tasas de los servicios públicos. Todo lo cual encarece la producción. Y dado que la producción de unas empresas es el factor de producción de otras, en una larga y complicada cadena, los precios más altos de unas significarán necesariamente mayores costes para otras; y éstos, a su vez, se traducirán en elevación de precios puesto que el aumento de los costes se traladará al consumidor en los artículos finales.

            La inflación siempre inflige daño a alguien, puesto que entraña una disminución del poder adquisitivo del dinero. Ante este peligro, quienes ven afectados sus ingresos, como adquirentes de los bienes y servicios que han subido de precio, tratan de mantener el nivel real de su renta, para lo cual elevan los precios de los bienes y servicios producidos por ellos. Así se defienden de los estragos de la inflación. Trasladan a otros, en una reacción en cadena, los efectos de la inflación, hasta que llegan al último eslabón de ella, que es el hombre pobre, dueño de una renta fija o poco flexible, quien no puede trasladar los daños que el sistema inflacionario le impone. Por tanto, son los grupos que perciben rentas fijas  —sueldos, salarios, pensiones, subsidios estatales, intereses—  los que realmente sufren las consecuencias de la inflación. Las sufren también las capas medias bajas cuya pequeña riqueza está generalmente conservada en forma de dinero o de títulos que producen sumas fijas de interés, que soportan el impacto de la erosión inflacionaria.

            Por eso se ha dicho que la inflación es un impuesto a la pobreza.

            Lo anterior significa que, si la inflación es alta y prolongada, produce una redistribución del ingreso y una traslación de riqueza de unos grupos sociales a otros. En otras palabras, favorece la concentración del ingreso.

            La inflación tiene diversas causas. Hay también varias teorías para explicarla. Las presiones inflacionarias son de distinto orden y son difíciles de combatir. En ella gravitan no solamente factores económicos ligados a la producción, a la productividad, al volumen monetario, a la política crediticia, a la especulación, a los costes de producción y a otros factores reales, sino también elementos psicológicos y psicosociales  —el temor, la alarma, la inseguridad, las expectativas—  que pueden ponerla fuera de control. El peligro está en que la inflación se alimenta a sí misma. Se autoimpulsa. Las expectativas operan sobre las expectativas. Los precios impulsan los salarios y los gastos y éstos, a su vez, elevan los precios. Así se puede llegar a la hiperinflación, como la que sufrieron a comienzos de la década de los veinte del siglo pasado varios países de Europa central y oriental y hace pocos años Bolivia, Brasil, Argentina, Perú y otros Estados latinoamericanos, con tasas impresionantemente altas.

            En los procesos de hiperinflación el Estado pierde todo control sobre la economía. El dinero pierde sentido. Nadie desea tenerlo. Todos tratan de desprenderse rápidamente de él para reemplazarlo por bienes y esto causa un tremendo aumento en la velocidad de su circulación, con consecuencias verdaderamente graves sobre el nivel general de los precios.

            No obstante, el pensamiento keynesiano, preocupado principalmente por la deflación, “siente” la inflación de otra manera. Ve en ella una suerte de “precio” que hay que pagar para evitar males mayores: la deflación, la recesión, la falta de demanda, la baja de la producción y el desempleo de la fuerza laboral.

 
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