indio

            Fue un término impuesto por los conquistadores para designar al aborigen de América. Data, por tanto, de los tiempos de Cristóbal Colón. Nació de una equivocación geográfica: los hombres de las carabelas, al pisar por primera vez tierras americanas en 1492, creyeron que habían llegado a la parte occidental de la India y no a un continente nuevo y desconocido. Hasta ese momento los europeos solamente sabían la existencia de tres continentes: el suyo, África y Asia. Con África habían mantenido relaciones de vecindad, guerra e intercambio ciertamente intensas. Y de Asia importaban porcelanas, cedas, joyas, sustancias vegetales aromáticas y otros productos.

            La palabra indio no tiene relación alguna con una tribu, con una cultura, con una raza o con la antropología. Fue una creación arbitraria de los conquistadores que obligaron a los habitantes de estas tierras a llamarse indios, como una forma de identificar a los vencidos. Y las nuevas promociones de los hombres de la conquista y la colonización contribuyeron a incrustar el nombre, de modo que los nativos dejaron de ser aimaras, apaches, araucanos, aucas, aztecas, bayás, cañaris, caras, caracas, caribes, cayapas, chibchas, comenches, guaraníes, huancavilcas, incas, iroqueses, mapuches, mayas, quechuas, quichés, quitus, shyris, shuar, siux, tamanacos, tapuyas, toltecas, yumbos tojolabales, tzotziles, tzetales o zoque y pasaron a llamarse indistinta y simplemente “indios”. Esa fue su nueva identidad.

            La palabra “indio” además se la usa de modo muy general, como si toda la masa indiana fuera homogénea. La verdad es que la población indígena americana es es muy distinta en razón de la historia, la cultura, la economía, la política y la lingüística.

            El indigenista mexicano Gonzalo Aguirre Beltrán (1908-1996) afirmó que “el término indio, impuesto por el colonizador español, nunca determinó una calidad étnica, sino una condición social: la del vencido, la del sujeto a servidumbre”, con clara alusión al peonaje al que el español sometió al hombre de estas tierras.

            Se suscitó inmediatamente la cuestión de si los indios eran seres humanos o no. Muchos teólogos y misioneros de aquel tiempo sostenían que no. Pero el asunto quedó resuelto en 1537 por la bula Sublimis Deo expedida por el papa Paulo III, en la que se estableció que los indios eran “verdaderos hombres” y que, por tanto, tenían la capacidad de razonar y de recibir las enseñanzas de la religión católica.

            Pero se inició entonces la discusión de si ellos eran “esclavos naturales”, según las ideas que había expuesto Aristóteles y recogido más tarde santo Tomás, o estaban destinados a ser hombres libres. Esta ha sido una lucha multisecular que aún perdura. El fraile dominico sevillano Bartolomé de las Casas (1474-1566) jugó un papel muy importante en la defensa de los derechos de los indios durante la primera fase de la conquista. Impugnó la tesis del historiador y eclesiástico español Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) de que, como los indios no habían sido mencionados en la Biblia y además eran diferentes en su lengua y en su conducta de todos los grupos hasta entonces conocidos, no debían considerarse como parte de la humanidad ni las normas de la religión cristiana les eran aplicables. De las Casas argumentó que, por lo contrario, los indios eran seres humanos pues poseían características tan inequívocamente humanas como el lenguaje, la conciencia social y la organización política, con lo cual contribuyó a rectificar la conducta de muchos de los conquistadores y misioneros españoles en las tierras de América.

            Pero los españoles encontraron en América no solamente tierras habitadas sino grandes ciudades, algunas de las cuales eran comparables en magnitud con las europeas. Según investigaciones arqueológicas, Tenochtitlán  —la capital azteca—  tenía cientos de miles de habitantes y un poco menos la capital de los incas, el Cuzco. En vísperas de la conquista América poseía un cierto grado de urbanización, que se había formado a lo largo de los siglos.

            Se presume que sus primeros pobladores llegaron de Asia a través de las islas Aleutianas y el estrecho de Behring, al norte de Alaska  —según la teoría más aceptada—,  hace unos treinta mil años. Del territorio de lo que actualmente es Alaska estos cazadores mongoloides bajaron hacia el sur y se esparcieron en varias direcciones. Unos se establecieron en América del Norte o en Mesoamérica, otros cruzaron el estrecho de Panamá y siguieron por los Andes hacia el altiplano boliviano. Pequeños grupos bajaron desde las mesetas andinas hacia la región amazónica y hacia la costa del Pacífico. Según estudios científicos, los restos encontrados en la parte septentrional de América tienen aproximadamente treinta mil años de antigüedad, los de los Andes alrededor de veintidós mil años y los del extremo meridional nueve mil. Hay indicios de que después, por el mismo estrecho de Behring, se dieron nuevas oleadas migratorias, de origen siberiano, cuyos vestigios se han encontrado en la parte sudeste de la isla de Vancouver. De modo que el hombre americano tiene un origen múltiple y recibió, en diferentes épocas, elementos de culturas paleolíticas, mesolíticas y neolíticas.

            En realidad, mucho se ha discutido y se discute en los círculos antropológicos acerca del origen del hombre americano. Entre las varias teorías hay una que sostiene que los primeros seres humanos en llegar a tierras americanas vinieron por el estrecho de Behring hace alrededor de 11.300 años, según las pruebas realizadas con carbono 14 en los restos encontrados en Clovis, Nuevo México, y que ellos siguieron una ruta de norte a sur para poblar América. Otra teoría es la de Joseph Greenberg de la Universidad de Stanford, quien con base en sus investigaciones arqueológicas y lingüísticas sostiene que hubo tres oleadas de invasión: una hace 25.000 años que formó los amerindios del continente, otra hace 12.000 años cuyos descendientes habitan el noroeste de Estados Unidos y otra que llegó también hace aproximadamente 12.000 años y que dio origen a los esquimo-aleutas. Todas estas inmigraciones presumiblemente de tribus siberianas se hicieron por el estrecho de Behring. Las investigaciones realizadas en los años 80 por el antropólogo Thomas Dillehay de la Universidad de Kentucky con sus excavaciones en Monte Verde, al sur de Chile, apoyadas en pruebas de carbono 14, determinaron que los restos encontrados allí se remontan a 12.500 años. Lo cual significa que esos hombres debieron llegar a América mucho antes puesto que a sus descendientes les habría tomado una enorme cantidad tiempo desplazarse hasta el sur del continente.

            Estas evidencias, complementadas por los estudios antropológicos y lingüísticos del sabio francés Paul Rivet (1876-1958), descartan la teoría del “autoctonismo” del hombre americano sustentada por el paleontólogo italiano-argentino Florentino Ameghino (1854-1911) con su tetraprothomo argentinus.

            Las características físicas y los rasgos fisonómicos de los indios americanos parecen demostrar su origen asiático. La talla, la estructura ósea, el color de la piel, el tipo de cabello, la forma de los ojos, la mancha mongólica en los niños, el trazado de las líneas de las manos y otros rasgos conducen a esa conclusión.

            Por la confusión de Colón y de sus acompañantes los habitantes de estas tierras fueron llamados “indios”. Este es el origen histórico de la palabra. Pero ella tiene diversas significaciones. En primer lugar un contenido étnico-cultural y uno sociopolítico. Lo indio es lo que responde a una cultura determinada, de extraordinario desarrollo a la época en que llegaron los conquistadores blancos. En el “descubrimiento mutuo” que la gran aventura de las carabelas significó, los españoles se encontraron con culturas extraordinarias, que tenían excepcionales muestras de ingeniería, arquitectura y arte. Vieron que en estas tierras se conocía la agricultura, la ingeniería de caminos, las técninas de riego, ciertos principios de medicina, algunas nociones de astronomía. Y los indios, por su parte, descubrieron una cultura y una gente para ellos desconocidas. Fue, por consiguiente, un descubrimiento mutuo: los europeos descubrieron, allende el océano, un nuevo mundo habitado, con culturas peculiares; y los nativos de estas tierras descubrieron la existencia de otra gente y de otra cultura, de las que no tenían noticia.

            Los grupos indígenas tuvieron muy diversos grados de desarrollo. En algunos lugares levantaron avanzadas civilizaciones. Las principales de ellas fueron, de norte a sur, la náhuatl o azteca, asentada en lo que hoy es México; la maya-quiché que se extendía desde el sur de México hasta Guatemala, Honduras y Belice; la chibcha en Colombia, la shyri en Ecuador y la incaica en Perú. No había un centro de poder dominante sino múltiples sociedades dispersas, generalmente sin contacto entre sí. Cada una de ellas seguía su propio camino y adoptaba sus peculiares sistemas de gobierno. Las suyas eran culturas “orales” porque no tenían escritura aunque, en los casos de las culturas más avanzadas, utilizaban pictogramas y signos de contabilidad. Había miles de lenguajes indígenas. La arquitectura iba desde las chozas elementales de los caribeños hasta las monumentales edificaciones de los Mayas, los Aztecas y los Incas. Tenían admirables expresiones escultóricas y pictóricas. Conocían la música, la orfebrería y los tejidos.

            Los antropólogos sostienen que los grupos indios más avanzados, que se habían situado en mesoamérica y en las regiones andinas, al momento de la llegada de los españoles estaban en un momento de transición entre el Neolítico y la Edad del Bronce  —o sea entre la segunda etapa de la Edad de Piedra y el segundo de los estadios de la Edad de los Metales—  puesto que conocían la fundición del cobre pero no del hierro e ignoraban la rueda, el arado, el molino y los vehículos de tracción animal. Tampoco conocían el arco ni la bóveda en arquitectura.

            Desde el punto de vista socioeconómico, indio es sinónimo de clase oprimida y explotada. Generalmente el blanco y aun el mestizo tienen actitudes racistas frente al indio. Le consideran miembro de una raza inferior. Una traba para el progreso. Hasta el extremo de que, en la sociedad exclusivista formada por los blancos de “pura sangre”, se ha convertido al indio en un extraño en su propia tierra. Esto empezó en los tempranos días de la conquista cuando los <encomenderos dieron al indio la doble calidad de feligrés y de súbdito, no de persona. Y siguió después en la lucha por la independencia de España y en la etapa republicana.

            El Libertador Simón Bolívar (1783-1830) no guardaba mucha estima para el indio ni para el mestizo andinos. En carta enviada a Francisco de Paula Santander, vicepresidente de Colombia, el 7 de enero de 1824 desde su cuartel general en Pativilca, Perú, decía de ellos que “son viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo. Los blancos tienen el carácter de los indios, y los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe”. Escribió además: “Los venezolanos son todos santos en comparación de esos malvados”. Tales textos constan en el tomo IV de la obra “Cartas del Libertador Simón Bolívar” del historiador venezolano Vicente Lecuna (1870-1954), publicada en diez volúmenes en Caracas, 1929.

            En plena revolución mexicana, Martín Luis Guzmán publicó su libro “La querella de México” (1915), en el que afirma que “la masa indígena es para México un lastre o un estorbo, pero sólo hipócritamente puede acusársela de ser elemento dinámico determinante. En la vida pacífica y normal, lo mismo que en la anormal y turbulenta, el indio no puede tener sino una función única, la de perro fiel que sigue ciegamente los designios de su amo”.

            Como respuesta a esto surgió el <indigenismo radical de los pensadores peruanos Luis Eduardo Valcárcel (1891-1987) y José Carlos Mariátegui (1894-1930), del escritor mexicano Gonzalo Aguirre Beltrán (1908-1996) y de varios otros pensadores y políticos latinoamericanos, no sólo para afirmar los derechos del indio sino también para entregarle un rol revolucionario en el cambio de la sociedad diseñada por los blancos en su beneficio. Esta noción tuvo proyecciones políticas que, entre otras manifestaciones, se plasmó en el panandinismo que pretendía organizar a la inmensa masa indígena del altiplano ecuatoriano, peruano, boliviano, chileno y argentino, tal como lo había soñado el peruano Valcárcel a fines de los años veinte del siglo anterior, como un proyecto de resucitar el imperio inca a partir de la vanguardia cultural de la escuela cuzqueña.

            Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), el ilustrado profesor argentino que llegó a la presidencia de su gran país, y varios otros pensadores del siglo XIX y buena parte del XX hablaron de la pesada carga que el indio significaba para el desarrollo de la civilización. Lo hicieron a partir del contraste que establecieron entre el ritmo del progreso político, económico, social, científico y tecnológico de la América sajona y el estancamiento y atraso de las excolonias españolas.

            Sarmiento sostenía, bien entrado el siglo XIX, que “los anglosajones no admitieron a las razas indígenas ni como socios ni como siervos en su constitución social” y que “esta fue la base de su éxito”. En tal línea de pensamiento el investigador y hacendado ecuatoriano Emilio Bonifaz escribió en 1976 que el “indígena de altura”  —se refirió al indio de los Andes—  tiene una escasa agresividad para la vida a causa de su hipotiroidismo y son débiles su secreción de adrenalina, la aceleración de su ritmo cardíaco, el aumento de la presión sanguínea, el incremento del azúcar en la sangre y los demás fenómenos fisiológicos ligados a la agresividad. Dice Bonifaz que el indio es hiposexuado, vive en un mundo de superstición y magia poblado de fantasmas  —el huacaisiqui, el cuichi, el cuco, el duende, en los Andes ecuatorianos—  e infestado de brujerías que las combina con los ritos de la Iglesia Católica. Su música es “extremadamente triste y tocada en escala menor, monótona y con muy pocos cambios de intensidad”. Agrega que también los bailes del altiplano y cordilleras andinas “son monótonos, de poco movimiento, sin la menor soltura corporal, de pocas y repetidas figuras realizadas con total falta de ímpetu”. Es dificultoso investigar su realidad, según Bonifaz, porque el indio “es extremadamente desconfiado y reservado. Difícilmente contesta preguntas y, si lo hace, no se puede conceder más que un pequeño crédito a lo que dice. De allí que resulten risibles la mayoría de las llamadas investigaciones de campo durante las cuales un funcionario, desconocido para ellos, que no habla quichua ni el español sui géneris que comprenden, les hace preguntas que muchas veces no entienden y cuya contestación interpreta el funcionario de acuerdo a sus propias ideas”.

            El antropólogo ecuatoriano Claudio Malo rompe lanzas contra esos pensadores y refuta sus tesis. Tales criterios  —dice el erudito cuencano—  hijos de obscuros prejuicios, sirvieron para cohonestar toda suerte de crímenes y atrocidades y para implantar en las sociedades indias y mestizas el poder blanco. Acusa a sus autores de etnocentrismo, o sea de “juzgar grupos humanos diferentes de acuerdo con nuestras pautas y valores y consecuentemente criticar y condenar aquello que no concuerda con esas pautas”. Sostiene que el desenfoque de los juicios de valor sobre el indio parte de la incomprensión de su cultura y de su cosmovisión. Afirma que “lo enigmático que muchos encuentran en el indio se debe a que se trata de interpretar su comportamiento y pensamiento conforme a nuestra cosmovisión, sin darse el trabajo de pensar que hay varias formas de entender lo real”.

            Malo acepta que el indio vive una permanente contradicción: acata “las condiciones injustas y humillantes que el blanco-mestizo le impone, aparentemente se resigna a su condición de ciudadano de segunda, pero en la parcela de vida que le deja el blanco se desenvuelve con absoluta independencia y es amo y señor de su vida”. Sostiene que “blancos y mestizos han desarrollado frente al indio actitudes de rechazo y desprecio” y que “el refranero americano abunda en sentencias denigratorias para el indio”.

            En la actualidad se ha despertado un gran interés, especialmente en Europa, no sólo por estudiar las raíces históricas y antropológicas del indio, que ha ido acompañada de una revalorización de sus expresiones culturales, sino también por defender sus reivindicaciones políticas, económicas y sociales. Hay una bien articulada organización “panindígena” a escala internacional, se han forjado liderazgos vernáculos sólidos, se ha desarrollado una creciente conciencia de su identidad y se han planteado renovadas conquistas de tierra y participación.

            Lo cual no significa que en los países latinoamericanos de alto componente indio  —México, Paraguay, Perú, Bolivia, Ecuador, Guatemala—  hayan cesado la discriminación y el racismo contra la población india. Es cierto que a fines del siglo XIX y a principios del siglo XX se abolieron algunas de las cargas feudales que pesaban sobre los indios, como el concertaje, la prisión por deudas, el obraje, el pago de diezmos y primicias. Pero al margen de esos avances y de las leyes y las proclamas igualitarias de los políticos, los indios sufren aún exclusiones muy severas. Habitan en las zonas más pobres de los campos, están sometidos a una economía de subsistencia, tienen bajísimos ingresos, soportan el mayor grado de analfabetismo, desempeñan las tareas más rústicas. En algunos lugares su condición se parece mucho a la de los siervos de la gleba de la época feudal. Aun cuando se han eliminado nominalmente las formas precarias de tenencia de la tierra  —el yaconaje en Perú, el huasipungo en Ecuador, el colonato en Bolivia, el terraje en Colombia—,  en las que el indio recibía una pequeña parcela de tierra para su cultivo a cambio de sus servicios personales al patrón, persisten las prácticas serviles. Cuando emigran a las ciudades los indios desempeñan las labores más rudimentarias y peor remuneradas. Se constituyen generalmente en trabajadores de la construcción o se incorporan al sector informal de la economía. Y en los campos viven en alejadas comunidades carentes de los más elementales servicios públicos y cultivan sus pequeñas parcelas, muy pobres y erosionadas, con las más atrasadas tecnologías, o bien entregan sus servicios a las haciendas y latifundios de los patrones blancos.

            Esta estructura de tenencia de la tierra responde a la tradición que se estableció desde el siglo XVI con la colonización española, en que los colonos blancos se adueñaron de las mejores tierras de cultivo y establecieron en ellas sus fincas y haciendas servidas por la mano de obra barata de los indios. Esta realidad no sólo que no cambió con la independencia sino que se acentuó aun más durante la primera época del período republicano. Los indios ni siquiera se enteraron del proceso independentista. Estuvieron remontados en sus lejanos parajes. Y los que sufrieron encuartelamientos forzosos y fueron enrolados para las batallas de la independencia vieron el cambio de régimen como algo totalmente extraño a sus intereses. De la independencia surgió una nueva aristocracia de criollos ricos que levantaron su poder sobre los mismos cimientos coloniales, que fueron la explotación de la fuerza de trabajo de los indios y el sistema de la hacienda. Para las masas aborígenes nada cambió. Se mantuvieron las anteriores servidumbres. “Para crueles, esclavizadores y oscurantistas, los regímenes republicanos independientes”, afirmó el profesor y literato ecuatoriano Pío Jaramillo Alvarado (1884-1968) al referirse a la prolongación de las prácticas de trabajos forzados impuestos a los indios: la encomienda, la mita y el obraje después de conquistada la independencia.

            En las últimas décadas los países multinacionales de alto contenido indio en América  —México, Guatemala, los países andinos, Paraguay— han experimentado procesos de rebeldía de las poblaciones indias   —con sus diferentes tradiciones, costumbres, cosmovisiones, religiones, idiomas—  para reivindicar su visibilidad política y sus derechos de participación pública largamente preteridos por los grupos dominantes. Esto ha ocurrido a pesar de la globalización y su tendencia a uniformar las sociedades en sus dimensiones culturales, políticas y económicas. Se ha dado una afirmación del multiculturalismo de esos pueblos, que estuvieron allí antes del advenimiento del Estado como forma de organización social, sometidos a ritmos históricos diferentes.

            En la primera década de este siglo los líderes de los pueblos aborígenes de América Latina comenzaron a denominar Abya Yala a este continente, tomando la expresión del nombre dado a estas tierras por el pueblo indígena de Kuna, asentado antes de la llegada de Cristóbal Colón en el noreste de lo que hoy es Panamá y oeste de la actual Colombia. Lo hicieron con un sentimiento de afirmación etnocéntrica continental, anticolonialismo, resistencia a la influencia extranjera  —especialmente norteamericana y europea—,  reconocimiento de los Estados plurinacionales y multiculturales y sentimiento de unidad y pertenencia de los pueblos originarios de Latinoamérica.

            En la lengua del pueblo de Kuna, Abya Yala significaba "tierra viva" o "tierra floreciente"

            La expresión, en cierta manera, se parece a la del Tahuantinsuyo de los incas, es decir, al grande imperio incaico que al momento de la llegada de los españoles se extendía desde la parte montañosa de Argentina hasta el sur de Colombia.

            En las cumbres continentales de los movimientos aborígenes se usa con regularidad la expresión Abya Yala en lugar de América Latina.

            En la primera Cumbre Continental de Mujeres Indígenas reunida en la ciudad de Puno, Perú, en mayo del 2009, con la asistencia de centenares de delegadas de veintidós países latinoamericanos con el propósito de "generar un espacio de encuentro de las mujeres indígenas" y de fortalecer "la lucha de los pueblos y la construcción del poder para el buen vivir", se reemplazó también el nombre de América Latina por el de Abya Yala. Lo mismo se hizo en la II Cumbre Continental de Mujeres Indígenas del Abya que tuvo lugar en el poblado de Piendamó, Colombia, durante el 11 y 12 de noviembre del 2013, a la que concurrieron mil mujeres indias provenientes de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Panamá, Perú y Venezuela con el propósito de "analizar y evaluar los modelos de desarrollo que se están implementando en el Abya Yala" y hacer frente a "la expansión del extractivismo y saqueo de nuestros territorios" ya que "la invasión que empezó hace más de quinientos años en Abya Yala aún no ha terminado".

 
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