indigenismo

            El escritor ecuatoriano Juan Montalvo expresó a mediados del siglo XIX: “si yo escribiera un libro sobre el indio haría llorar al mundo”. Ese puede considerarse, si no el origen del indigenismo ecuatoriano, por lo menos del discurso político indigenista, coetáneo del peruano formulado por Juan Bustamante en su opúsculo “Los Indios en el Perú” de 1867. Pero Montalvo era mestizo, no era indio.

            El indigenismo es, en efecto, un punto de vista sobre el indio desde el ángulo del mestizo o del blanco. Se inició como una visión que de los indios tenían los criollos dominantes. Fue el intento de captar el componente indio de la realidad social. El indigenismo es, en definitiva, una reflexión criolla sobre el indio, pues aunque se diga, como el historiador y antropólogo peruano Luis Eduardo Valcárcel (1891-1987)  —que tanto trabajó en la civilización inca y en la cultura andina—,  que “el problema indígena lo resolverá el indio”, no deja de ser una reflexión criolla sobre una realidad que está fuera y le es ajena.

            Por eso Miguel Rojas Mix lo llama “indigenismo de encomendero”. Esto, paradógicamente, es así. La literatura indigenista es mestiza. El arte indigenista mestizo es. La pintura indigenista también, como lo podemos ver en los murales y lienzos de la revolución mexicana  —pintados por Orozco, Rivera, Siquieros, Revueltas, Pacheco, Castellanos, O’Higgins y Zalce—  o en los cuadros de Paredes, Guayasamín, Kingman y los grandes pintores ecuatorianos de motivos indios. Todos ellos, no obstante su enorme fuerza telúrica, son pintores mestizos que han trabajado sobre la temática india. Ahí va la diferencia entre lo indigenista y lo indio, es decir, entre el punto de vista y la realidad. José Clemente Orozco (1883-1949) explicó que “ningún pintor mexicano, antiguo o moderno, ha representado en sus obras al indígena como lo he hecho yo. Muchas de mis pinturas murales y cuadros de caballete son una verdadera glorificación de la raza indígena”.

            El indigenismo empezó en América a principios del siglo XX con Justo Sierra, Guillermo Francovich, Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui, José María Arguedas, Luis Eduardo Valcárcel, Ricardo Rojas, Franz Tamayo, Luis Monsalve Pozo, Víctor Raúl Haya de la Torre, Luis Alberto Sánchez, Pío Jaramillo Alvarado, Fernando Chávez, Hildebrando Castro, Jorge Icaza, César Dávila, Gonzalo Aguirre Beltrán, Julio de la Fuente, Darcy Ribeiro, Roberto Cardoso de Oliveira, Antonio Sacoto y muchos otros, siempre como una valoración de lo indígena desde el punto de vista mestizo o blanco. Uno de los grandes indigenistas latinoamericanos fue el ecuatoriano Pío Jaramillo Alvarado, cuya obra “El Indio Ecuatoriano” publicada en 1922 afrontó exhaustivamente el tema.

            La cuestión indígena no se planteó durante la época colonial porque en ese tiempo los teólogos y los políticos recién discutían si el indio era ser humano o no y si, por tanto, tenía un alma que pudiera ser salvada, o bien afirmaban, de acuerdo con santo Tomás en la "Summa contra gentiles", que los indios podían ser reducidos a la esclavitud, o, en el mejor de los casos, encomendaban a los conquistadores la misión de evangelizar al indio y de darle la doble condición de cristiano y de súbdito. Fue muy avanzada la época republicana cuando empezó a plantearse el asunto indigenista.

            La Revolución Mexicana, con toda su carga de <agrarismo y reivindicación campesina, le dio un gran impulso. El rescate de los derechos del indio fue uno de los grandes componentes de la acción revolucionaria. El movimiento muralista mexicano  —David Alfaro Siquieros y Diego Rivera, especialmente—  unió el indigenismo a las ideas socialistas y formuló el planteamiento de que “nuestra meta estética es socializar la expresión artística que tiende a borrar totalmente el individualismo, que es burgués”, como lo dijo el manifiesto, redactado por Siquieros, que el Sindicato de Pintores, Escultores y Grabadores Revolucionarios de México publicó en 1923.

            El indigenismo es una tendencia que se marca en la política, en la sociología, en las letras y en las artes americanas  —singularmente en la literatura y en la pintura—  de privilegiar los temas indígenas sobre todos los demás.

            Es la exaltación del indio y de lo indio.

            Recupera los motivos antiguos  —dioses, símbolos, grecas y figuras precolombinos—  y los incorpora a la creación artística. Lleva envuelta una actitud de denuncia contra las injusticias, las discriminaciones y las postergaciones que han sufrido y sufren los indios tradicionalmente en los países donde ellos existen.

            En la política se han formado movimientos indios en defensa de sus derechos e igualdad de oportunidades frente a la vida social. El <agrarismo es una forma de indigenismo político. En las artes plásticas hay una corriente de denuncia que se expresa fuertemente en la pintura indigenista: el muralismo mexicano de principios de siglo, el realismo social, el expresionismo indígena de los pintores de los países andinos, entre otros.

            Pero es en la literatura donde el tema alcanza su mayor expresión.

            A partir de 1930 surgen numerosas novelas que denuncian las condiciones de vida de los indios americanos, la destrucción de sus comunidades, el despojo de sus tierras, la explotación, la superstición y el sincretismo. “El Tungsteno” (1931) de César Vallejo, “Huasipungo” (1934) y “Huairapamushcas” (1947) de Jorge Icaza; “La serpiente de Oro” (1935), “Los perros hambrientos” (1938) y “El Mundo es ancho y ajeno” (1941) de Ciro Alegría; “Yawar Fiesta” (1941), “Los ríos profundos” (1958) y “Todas las sangres” (1964) de José María Arguedas; “Utama” (1945) de Alfredo Guillén Pinto, “Altiplano” (1945) de Raúl Botelho Gosálvez, “Juan Pérez Jolote” (1948) de Ricardo Pozas, “El callado dolor de los tzotziles” (1949) de Ramón Rubín, “Hombres de Maíz” (1949) de Miguel Angel Asturias, ”Entre la piedra y la cruz” (1949) de Mario Monteforte Toledo, “El Diosero” (1952) de Francisco Rojas, “Balún-Canán” (1957) y “Oficio de tinieblas” (1962) de Rosario Castellanos.

            La novela indigenista fue el primer gran esfuerzo de apartarse de lo europeo y de afrontar, con estilo y lenguaje propios, los problemas vernáculos. Tuvo por eso un extraordinario éxito y por primera vez los escritores latinoamericanos alcanzaron reconocimiento universal.

            En Ecuador la novela indigenista tuvo en Fernando Chaves y su “Plata y Bronce” (1927) al gran iniciador, con su tremenda carga de denuncia del trato brutal que recibía el indio, y a Jorge Icaza, con “Huasipungo” (1934), que es la novela del indio y la serranía ecuatorianos, como su más alto y conocido exponente. En la poesía indigenista se destaca César Dávila Andrade (1918-1967) con su “Boletín y Elegía de las Mitas” (1967).

            Jorge Icaza fue un profundo innovador de la narrativa latinoamericana. En su “Huasipungo” terminó con el “irrealismo” de la literatura anterior, que en gran medida se había dirigido hacia la ingenua novela indianista o hacia el teatro imitador de la comedia española. Rompió con la estructura literaria tradicional, utilizó un lenguaje más libre y en algunos momentos incurrió en la “antiliteratura”, si hemos de juzgar su obra con los parámetros tradicionales de su tiempo.

            El ensayo indigenista bajo enfoques sociológicos y antropológicos ha sido también abundante en México, Perú y Ecuador, países de alto componente indiano en su población y en su cultura. Pío Jaramillo Alvarado (1899-1968) fue en Ecuador el primero en afrontar el tema en toda su profundidad con su libro “El Indio Ecuatoriano” publicado en 1922. Después vinieron Luis Monsalve Pozo, Víctor Gabriel Garcés, Gonzalo Rubio Orbe, Alfredo y Piedad Costales, Emilio Bonifaz, Claudio Malo y otros.

            El problema indiano está íntimamente ligado a la cuestión agraria y a la implantación de la hacienda señorial con sus relaciones de trabajo semifeudales que prevalecieron por largo tiempo en la serranía ecuatoriana al amparo de la alianza incestuosa entre el patrón, el cura y el jefe político, quienes medraron de la explotación de la fuerza de trabajo india.

            El indigenismo, en su dirección política, ha señalado ciertas pautas fundamentales: alejamiento y a veces hostilidad contra Occidente en lo político y en lo cultural; reticencia a obrar por medio de los partidos políticos aunque estos fueran de izquierda y acogieran la causa del indio: los líderes indígenas no escuchan los <cantos de sirena de los políticos interesados en incorporar a sus filas a las masas aborígenes irredentas. Autogobierno de sus territorios y autogestión de sus intereses, esto es, marginación de los blancos y mestizos en ellos. Recuerdo que en el alzamiento indio de Ecuador en 1992, con ocasión de los quinientos años de la conquista de América, sus líderes reclamaron un territorio propio, con suelo y espacio aéreo soberanos para sus comunidades. E hicieron una afirmación de la unidad cultural y étnica de sus comunidades en defensa de sus lenguas, sus tradiciones y sus culturas. Y aspiración hacia un etnodesarrollo, esto es, hacia el desenvolvimiento separado y autónomo de su raza.

            En esto se diferencia el indigenismo del indianismo (término éste que no ha sido aún incorporado al diccionario castellano). El primero lleva implícita una vocación reivindicativa de los derechos civiles, políticos y sociales del indio. Incluso hay indigenismos radicales y marxistas que asignan al indio el papel que Marx atribuía al proletario en el proceso de la revolución. El indianismo, en cambio, es el cultivo idealizado y romántico de los temas indígenas: de la lengua, la cultura, el arte, la religión, las costumbres, el folclor y el paisaje indígenas. Todo ello dentro del interés que las culturas precolombinas despertaron. Esos temas se traducen principalmente en la novela y la poesía, en las que hay una descripción hasta cierto punto ingenua del indio y de su entorno. Y aun en el caso de que en ellas se perciba un cierto rencor contra lo hispánico no llegan a constituir un planteamiento reivindicativo ni menos una convocación revolucionaria.

            Según estadísticas de diversos años, la población india en América Latina es la siguiente: México 6’101.630 (año 2000), Guatemala 4’610.440 (2002), El Salvador 400.000 (1990), Nicaragua 443.847 (2005), Costa Rica 63.876 (2000), Panamá 285.231 (2000), Colombia 892.631 (2005), Venezuela 506.341 (2001), Ecuador 830.410 (2001), Perú 8’500.000, Bolivia 5’008.997 (2001), Chile 692.192 (2002), Brasil 734.127 (2000), Paraguay 88.529 (2002), Argentina 402.921 (2001), Uruguay 4.000 (1990).

            Lo cual significa que algunos de los países latinoamericanos  —Bolivia con el 62,2% de población india, Guatemala con el 41%, Perú con el 32%, Ecuador con el 6,8% y México con el 6,4%—  son multiétnicos y pluriculturales. En todos ellos la gravitación de la población india está principalmente en el sector rural. Y, a pesar de que las normas constitucionales y legales y los convenios internacionales proclaman la igualdad, los indios constituyen aún los grupos más discriminados, pobres y excluidos de esas sociedades. Sus condiciones de vida son muy pobres y la mortalidad de los niños indios es un 60% superior a la del resto de infantes.

            La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el Primer Decenio Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo el 21 de diciembre de 1993 para vigorizar la cooperación internacional en la solución de los problemas que afectan a los pueblos indios en materia de derechos humanos, medio ambiente, desarrollo, educación y salud. El Segundo Decenio Internacional fue proclamado por la Asamblea General el 20 de diciembre del 2004 con la meta de fortalecer la cooperación internacional en estos campos, incluido el desarrollo económico y social. Pidió al Secretario General el nombramiento de un Coordinador del Segundo Decenio e instó a los gobiernos a que velaran por el cumplimiento de estos objetivos y ejecutaran sus acciones en plena consulta y colaboración con los pueblos indios.

 
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