independencia

           Tiene dos acepciones principales en política. La primera se refiere a los Estados y designa su condición de no sometimiento a poderes y autoridades ajenos a los suyos, y la segunda a la calidad de los ciudadanos que, por no estar afiliados a partido político alguno ni, por tanto, subordinados a disciplina partidista, tienen una amplia libertad de movimiento y acción políticas.

            Con relación a la primera acepción, hay que decir que la soberanía estatal tiene dos elementos: la supremacía, que se expresa como el poder de mando superior que tiene el Estado en el interior de sus fronteras; y la independencia, que es el elemento de la soberanía que se manifiesta hacia el exterior, en la vida de interrelación de los entes políticos y de éstos con la <comunidad internacional, y en virtud del cual puede el Estado actuar y conducirse en pie de igualdad con los otros Estados no obstantes las diferencias de orden territorial, demográfico, económico y militar que les separen.

            Desde la perspectiva internacional, el término soberanía es sinónimo de independencia. Afirmar que los Estados son soberanos en sus relaciones recíprocas equivale a decir que son iguales los unos con los otros, sin que pueda ninguno reclamar superioridad ni autoridad sobre los demás.

            Una de las manifestaciones de la independencia, quizás la más importante, es el derecho de cada Estado a escoger su forma de gobierno, establecer su ordenamiento jurídico y elegir sus autoridades sin sufrir presiones ni interferencias exteriores que coarten la <libre determinación de su pueblo.

            Claro está que el elemento exterior de la soberanía, que llamamos independencia, debe ser considerado en términos muy relativos, no solamente porque la creciente interdependencia de los Estados en el mundo contemporáneo así lo determina sino también porque aquel es un valor teórico en la mayoría de los casos, ya que en la práctica la imposición imperialista y hegemonista de los Estados económica y militarmente fuertes somete a los demás a diversas formas de obediencia política. La <dependencia económica disminuye realmente la facultad soberana de los Estados y coarta su libre determinación en cuanto forzosamente implica sometimiento político. De modo que no puede haber ejercicio pleno de soberanía  —más allá de lo que digan las apariencias—  mientras las economías estatales sean dependientes, ya que la libertad de los Estados, como la >libertad de los hombres, sólo puede construirse sobre una sólida y segura base económica.

            En su segunda acepción, la independencia tiene que ver con la vida de los >partidos políticos. Más exactamente: con las relaciones de los partidos con los ciudadanos.

            Los integrantes de un partido pueden clasificarse, en función del grado e intensidad de su participación en las actividades partidistas, en militantes, miembros y simpatizantes. Estas categorías implican diverso grado de vinculación entre los individuos y el partido.

            Son simpatizantes quienes, no siendo afiliados, manifiestan permanentemente su acuerdo con el partido y con su línea política, votan por sus candidatos, leen su prensa y asisten a sus manifestaciones públicas. Ser simpatizante es algo más que ser elector: es reconocer una inclinación política hacia el partido, defenderlo de sus detractores y, en ocasiones, contribuir económicamente a su caja.

            Es miembro del partido quien se ha adherido formalmente a él y consta en sus registros, es decir, quien está vinculado por afiliación. Mantiene un formal compromiso de fidelidad con él y, por tanto, está sometido por lazos disciplinarios.

            El activista  —llamado también militante—  es el que trabaja intensa y permanentemente en favor del partido y sobre quien recae el peso de la actividad partidista. Asiste regularmente a sus reuniones, ejecuta las <consignas impartidas por los dirigentes, difunde su propaganda, busca adeptos, trabaja en las campañas electorales.

            Pero los ciudadanos no afiliados a los partidos políticos, aunque puedan ser simpatizantes de alguno, reciben el nombre de “independientes” porque no están ligados por lazos disciplinarios ni de otra clase a los partidos y disfrutan de una amplia autonomía de movimiento. No están obligados a observar disciplina de grupo. Ellos pueden optar libremente en los procesos electorales. Unas veces apoyan a los candidatos de un partido, otras a los de otro o a un candidato igualmente independiente, y no quebrantan con ello la disciplina partidista. Son los “francotiradores” de la política, que no asumen responsabilidad alguna ni tienen que dar cuenta de sus determinaciones políticas.

            En los últimos tiempos, frente a la declinación del prestigio de los partidos, han florecido los “independientes” y los grupos políticos paradógicamente llamados “de independientes”. Los partidos son pilares del sistema democrático. No hay democracia sin partidos políticos y sólo en los regímenes democráticos tienen éstos la posibilidad de existir. Intermediarios entre el gobierno y la sociedad, ellos están llamados a recoger, enriquecer y procesar las aspiraciones de la comunidad a fin de que ellas cobren un peso específico en las decisiones gubernativas. Sin embargo, a escala mundial ellos soportan una aguda crisis de incredulidad y desprestigio a causa de varios factores, entre ellos la <corrupción de los mandos políticos principalmente. En los últimos tiempos son muy pocos los países donde no han surgido escándalos en torno a los partidos. Y esta crisis de credibilidad es uno de los tantos factores que conspiran contra la <gobernabilidad de los regímenes democráticos contemporáneos.

 
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