“huasipungo”

          Es una voz de la lengua quichua que designa a la institución socioeconómica de trabajo precario impuesta por los colonizadores españoles en las tareas agrícolas del altiplano andino y mantenida durante toda la época colonial y buena parte del período republicano por los señores de la tierra, hasta que vinieron los procesos de reforma agraria, a partir de los años 50 del siglo pasado, que eliminaron las formas precarias de tenencia del suelo.

          Esta palabra proviene de las voces quichuas “huasi”, que significa casa, y “pungu”, que es puerta o entrada. Ella señala la modalidad feudal y explotadora de trabajo precario de la tierra que hacía del indio un verdadero siervo. El expresidente ecuatoriano Luis Cordero, en su “Diccionario Quichua” publicado en 1892, definió al huasipungo como “la porcioncilla de tierra que cultiva el indio en derredor de su choza”. Y el escritor ecuatoriano Carlos Joaquín Córdova (1914-2011), en su “Diccionario de ecuatorianismos”, dice que es “la pequeña superficie de terreno que el dueño de hacienda da al peón trabajador de la misma” o la “pequeña parcela de tierra donde planta la choza el indio en terreno de propiedad del patrón”. El sistema del huasipungo consistía en la cesión de una pequeña parcela de tierra que hacía el patrono al trabajador agrícola para que éste levantara en ella su vivienda —generalmente una choza—, la cultivara con su familia y se pagara con sus frutos las horas de labor que entregaba al dueño de la hacienda.

          El huasipungo fue una institución propia del feudalismo tardío que trajeron a la América india los conquistadores europeos, juntamente con la gran propiedad señorial y del clero, los tributos en beneficio de los señores de la tierra y la servidumbre del indio.

          Por lo general el huasipungo se afincaba en suelos poco fértiles situados en las alturas de los páramos. A cambio de su permiso para cultivarlos y de un mísero salario adicional, el indio y su familia entregaban mano de obra casi gratuita al dueño de la heredad. El >indio se obligaba a trabajar varios días a la semana en las tierras de su amo en pago por el uso de su parcela, que generalmente iba acompañado de la permisión para recolectar leña y para pastar sus pocas cabezas de ganado en los páramos.

          Los huasipungueros  —que así se llamaban los trabajadores sometidos a esta relación laboral—  constituían la fuente principal de mano de obra en las haciendas señoriales de los Andes. Trabajaban para el patrono 4, 5 y hasta 7 días a la semana. Estaban permanentemente a su disposición y, además de su trabajo regular, debían prestar servicios especiales, como las >mingas y los turnos de huasicamía o sea el cuidado de la casa de la hacienda, animales domésticos y utensilios del patrono.

          El huasipungo fue durante mucho tiempo un elemento fundamental del modo de producción rural en la serranía andina. Su origen histórico se encuentra en los inicios de la conquista española, a partir del siglo XVI, en que los colonizadores blancos se apropiaron de las mejores tierras de cultivo y establecieron en ellas sus haciendas servidas por la mano de obra barata de los indios. La nueva aristocracia de los criollos ricos consolidó el sistema y sus descendientes lo mantuvieron por cerca de quinientos años, aun después de conquistada la independencia de España.

          La vida de los indios de la serranía andina, convertidos desde la conquista española en siervos de la tierra que se enajenaban juntamente con ésta como si fueran semovientes, inspiró buena parte de la novela indigenista latinoamericana. Probablemente la obra más representativa de este género es la del escritor ecuatoriano Jorge Icaza que se titula precisamente “Huasipungo”, aparecida en 1934 y traducida a varios idiomas. Esta es la gran novela del indio de la altiplanicie andina ecuatoriana. En ella el autor narra sin concesiones ni eufemismos, con el recio lenguaje de los propios indios, su desgraciada situación. Esa que hizo exclamar al célebre escritor ecuatoriano del siglo XIX Juan Montalvo: ”Si mi pluma tuviese don de lágrimas, yo escribiría un libro titulado 'el indio' y haría llorar al mundo”. Icaza describe la hacienda, el huasipungo, la aldea cercana, la autoridad política de la parroquia a órdenes del propietario, la complicidad del cura con el terrateniente y la explotación cruel de los peones. Cuenta que cuando el amo vendió su hacienda a una empresa extranjera, con indios y todo, éstos se rebelaron ante la orden de ser desalojados de la tierra en que nacieron y vivieron. Y al grito de “¡ñucanchic huasipungo!”, que quiere decir “el huasipungo es nuestro”, se levantaron tumultuariamente contra el patrón y el gringo que la compró para terminar por ser reprimidos a sangre y fuego por la fuerza pública al servicio del terrateniente.

 
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