“hot money”

          Reciben el nombre de “hot money” (dinero caliente) los capitales errantes de carácter especulativo que ingresan o fugan de los países de acuerdo con el grado de estabilidad de la moneda local y sus perspectivas de futuro, así como de las condiciones de seguridad política y de tratamiento tributario que se les ofrecen. Si las expectativas son que un país no está en capacidad de mantener el valor de su signo monetario o que otro tiene un proceso de revalorización u ofrece condiciones impositivas más interesantes, esos capitales inmediatamente se convierten a la moneda más fuerte y se afincan en el país más atractivo.

          Cualquier mutación en la paridad de la moneda nacional o en el régimen de cambios, o cualquier elemento que pueda afectar a la convertibilidad de la moneda, o la aparición de un déficit en la <balanza de pagos, o la disminución de las reservas monetarias internacionales, o el advenimiento de síntomas de inestabilidad política, o las modificaciones en la legislación tributaria, son suficientes para producir un éxodo de los capitales flotantes.

          Estos capitales, que se transforman de una divisa a otra y se desplazan de un país a otro con fines especulativos, operan siempre a través de movimientos de corto pazo. Sus propietarios buscan seguridad y rendimientos mayores. La elección del centro financiero en que se depositen depende de la rentabilidad que se les reconozca. Los llamados >paraísos fiscales suelen atraer preferentemente a estos capitales errantes.

          Cuando sus desplazamientos son masivos y rápidos pueden perturbar grandemente las balanzas de pagos y los mercados de cambios. Pueden incluso causar serias crisis en los sistemas monetarios, como ocurrió en varias ocasiones en el siglo XIX y en el actual en la época comprendida entre ambas guerras mundiales. Para el país en el que estos capitales se refugian, su ingreso tiene un efecto expansivo de la masa monetaria, con incidencia sobre la >inflación, aunque el incremento de las reservas de cambio es precario por la inestabilidad del hot money, que puede salir con la misma facilidad con la que entró.

          Desde los años 70 del siglo pasado han sido denunciados estos episodios de especulación internacional como causa de la inestabilidad monetaria, de los desequilibrios en la balanza de pagos y de las tensiones inflacionarias en varios países, especialmente europeos, que han recibido el flujo de fondos líquidos procedentes especialmente de Estados Unidos.

          La crisis económica y financiera que sacudió a México desde diciembre de 1994  —y que le condujo a una virtual situación de insolvencia, con resonancia en varios otros países de la región latinoamericana—  se debió principalmente a la fuga de estos capitales. La economía mexicana llegó a ser excesivamente dependiente del dinero especulativo que ingresó a su territorio atraído por la imagen publicitaria de un país estable y en expansión y que fugó de pronto y causó gravísimos desequilibrios financieros, monetarios y cambiarios. Durante largo tiempo se mantuvo en México un tipo de cambio sobrevaluado que generó un enorme déficit en la balanza de pagos, financiado con el ingreso de capitales especulativos. De pronto, por diversas circunstancias se produjo un estado de alarma y huyeron los capitales calientes en búsqueda de un refugio más seguro. El déficit de cuenta corriente quedó sin financiamiento. En esas circunstancias se tuvo que comprimir el crecimiento y devaluar la moneda. Y vino el descalabro de las finanzas públicas mexicanas, que requirió una masiva asistencia norteamericana.

          Hay una creciente preocupación en el mundo político y financiero por el comportamiento del hot money. Hay plena conciencia de que el fenómeno va en aumento, paralelamente a la apertura de las economías y a la eliminación de controles. Se saben las presiones que los especuladores financieras ejercen sobre el poder político para obtener la paridad que les conviene en el mercado de intervención o las manipulaciones que realizan en el mercado libre. Se conocen la dificultades que causan con sus manejos especulativos. Pero no se han encontrado todavía los medios para controlar o impedir sus maniobras y sus desplazamientos. Al contrario, con el establecimiento del llamado “tipo de cambio flotante” se incrementa la incertidumbre nacional e internacional, pues nada hay que garantice que las paridades resultantes del mercado sean las más adecuadas a la situación, y se otorga mayor espacio a las maniobras especulativas de los operadores de los mercados de cambios. Este es uno de los síntomas más graves de la crisis que afecta al sistema monetario internacional.

 
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