guerra fría

          Según el profesor norteamericano Samuel P. Huntington (1927-2008), la expresión “guerra fría” fue inventada por los españoles en el siglo XIII para describir la disminución de la beligerancia en la tradicional rivalidad cristiano-musulmana que llevó a los fieles de ambas religiones a cruentos enfrentamientos. Esto dice el profesor de la Universidad de Harvard en su ensayo sobre los “Desafíos entre el Islam y la Cultura Occidental” publicado en la revista argentina “Archivos del Presente”, año 2, número 5, 1996.

          De allí probablemente la tomó el asesor presidencial norteamericano Bernard M. Baruch, quien en 1947 acuñó la expresión “cold war”  —popularizada luego por el periodista Walter Lippmann—  para señalar la persistente confrontación ideológica, política, económica y militar  —aunque sin llegar a la “guerra caliente”—  entre el bloque de países comunistas y el de los países capitalistas de Occidente, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.

          Sin embargo, en mayo de 1950 Baruch  —que había sido consejero de cuatro presidentes—  atribuyó la paternidad de la expresión al periodista Herbert Bayard Swope. “Él mencionó esta expresión en 1946  —explicó a la Associated Press—  y yo la retuve hasta el año 1947”, de modo que “reclamo el derecho de haberla puesto en circulación pero no la inventé”.

          En todo caso, el consejero del presidente Harry Truman (1884-1972), en un discurso en el Industrial College of the Armed Forces en Washington manifestó: “Russia is waging a cold war against us”. La expresión cold war no fue del agrado de los soviéticos, que la atribuyeron a la “política agresiva de los círculos reaccionarios de las potencias imperialistas”, y que en cambio propusieron la locución coexistencia pacífica para describir la tensa situación internacional de la posguerra.

          La confrontación Este-Oeste, que tanto agobió a la humanidad, se veía venir desde los años 30. El surgimiento del nazi-fascismo y la guerra mundial sólo postergaron el enfrentamiento entre los países capitalistas y los comunistas, que tenían profundas divergencias ideológicas, contrarias conveniencias políticas e intereses económicos contrapuestos.

          Ya en 1939, durante de XVIII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, Joseph Stalin lanzó duras amenazas contra las potencias occidentales. En diciembre de ese año la URSS fue expulsada de la Liga de las Naciones por su guerra contra Finlandia. A fines de 1940 el portavoz soviético ante el >Kominform, Andrei Zhadanov, describió la situación mundial como la división absoluta del mundo en dos campos hostiles e irreconciliables y denunció a los gobiernos independientes de Asia como “lacayos del imperialismo”. El 23 de agosto de 1939 se celebró el pacto Molotov-Ribbentrop que habilitó a Hitler para atacar Polonia y Europa occidental. Vinieron luego las alianzas militares. Los Estados Unidos de América concretaron entendimientos con 42 países de Europa occidental, Oceanía, Asia y América Latina. La Unión Soviética, por su lado, creó en 1955 el Pacto de Varsovia para erigir un mando unificado de las fuerzas armadas de Albania, Alemania oriental, Bulgaria, Checoeslovaquia, Hungría, Polonia y Rumania y vincular a todos estos países en un tratado llamado de amistad, cooperación y ayuda mutua, pero que en el fondo no era otra cosa que una estrecha alianza militar.

          Así tomó cuerpo y forma la guerra fría, que sometió a la humanidad al equlibrio del terror, mientras los corceles imperialistas y hegemonistas galopaban sobre el planeta.

          Tan pronto como concluyó la conflagración con la derrota militar del eje Berlín-Roma-Tokio, las potencias aliadas entraron en duras disputas por el control del nuevo orden internacional. En la conferencia de Yalta de 1945 pudieron adivinarse las intenciones de los aliados respecto del futuro. Sin embargo, la confrontación Este-Oeste no era cosa nueva: se la veía venir desde los años 30. El surgimiento del nazi-fascismo y la guerra sólo postergaron el enfrentamiento. Había divergencias ideológicas e intereses económicos demasiado profundos entre la Unión Soviética y las potencias de Occidente. Recordemos que en 1939, durante el XVIII Congreso del Partido Comunista soviético, Joseph Stalin profirió duras amenazas contra las potencias occidentales. En diciembre de ese año la URSS fue expulsada de la Sociedad de las Naciones por su guerra contra Finlandia. Luego vino el vergonzoso pacto Molotov-Ribbentrop, que permitió a Hitler atacar a Polonia y Europa occidental. A fines de los años 40 el portavoz soviético ante el Kominform, Andrei Zhadanov, describió la situación mundial como la división absoluta en dos campos hostiles e irreconciliables y denunció a los países independientes de Asia como “lacayos del imperialismo ”.

          Winston Churchill, en su célebre discurso de Fulton el 5 de marzo de 1946, dijo que una <cortina de hierro había caído en Europa. Las presiones norteamericanas en 1946 para que la Unión Soviética retirara sus tropas de Irán y renunciara a su propósito de lograr un acceso al océano Índico, fueron uno de los primeros episodios de la guerra fría. Esto malquistó aun más a las dos grandes potencias. Luego vino la <doctrina Truman, enunciada en 1947, que al conferir ayuda económica y militar a Grecia y Turquía, dos países tan apetecidos por la URSS, contribuyó a atizar el fuego. El >plan Marshall, que bajo la apariencia de la reconstrucción económica de Europa fue una amplia operación política para impedir que los soviéticos alinearan en su bloque a la derrotada Alemania, agravó las cosas. El Secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, condenó en 1950 la neutralidad de algunos países como “obsoleta“, “inmoral“ y “miope“. Más tarde, después de la intervención armada en Hungría y Checoeslovaquia, la <doctrina Brezhnev reivindicó el derecho de la URSS a impedir que los países de su área de influencia cambiaran de rumbo.

          Así fue tomando cuerpo la guerra fría, que tanto habría de atormentar a la humanidad desde entonces.

          Durante la Segunda Guerra Mundial, Churchill se negó a abrir un nuevo frente de lucha en el oeste para aliviar la terrible presión que soportaba la Unión Soviética por la invasión de las tropas alemanas en junio de 1941. Lejos de escuchar el clamor soviético, los aliados abrieron el segundo frente en el norte de África a fines de 1942 y sólo en 1944, cuando se acercaba el fin de la guerra, desembarcaron 1’750.000 soldados británicos, 1’500.000 norteamericanos y 250.000 canadienses, franceses, polacos y de otras nacionalidades en las playas de Normandía, bajo el mando del general Dwight Eisenhower, en la que fue la mayor operación marítima de la historia. Lo anterior llevó Stalin a sospechar que los aliados buscaban deliberadamente el desangre de la URSS y generó larvados rencores contra Occidente. En la primera reunión de los “tres grandes” celebrada en Potsdam en julio-agosto de 1945 las discrepancias se agudizaron a propósito de la “zona de seguridad” que Stalin exigía para su país en las fronteras occidentales. Era el momento en que los Estados Unidos planteaban el libre acceso de sus exportaciones al mundo entero mientras que la Unión Soviética, que no estaba en condiciones de competir y necesitaba mercados cautivos y protecciones arancelarias, optó por la autarquía, se opuso a la libertad de comercio y se negó a entrar a las >instituciones de Bretton Woods.

          Hubo allí una consideración de orden económico también. Los asesores más cercanos de Stalin  —especialmente el grupo Zhadanov-Voznessenskij—,  fundados en sus categorías dogmáticas para analizar la economía capitalista, sostenían que en la medida en que se impidiera a Estados Unidos exportar sus manufacturas hacia el resto del mundo le sobrevendría una profunda crisis de superproducción como consecuencia de la transición de una economía de guerra a una economía de paz. Sería la “crisis general del capitalismo” de la que hablaban los devocionarios marxistas. Por consiguiente, la consigna soviética era erigir toda clase de obstáculos a la apertura de mercados para acelerar y agudizar el colapso. Es más: los economistas soviéticos estaban convencidos de que Estados Unidos, por razones económicas, necesitaban urgentemente promover una nueva guerra contra la URSS y de que para ello impulsarían el rearme alemán. El único que no pensaba así  —y por eso fue marginado del gobierno de Moscú—  era el economista Jevgenij Samoylovich Varga, quien predecía diez años de “auge coyuntural” para las economías occidentales antes de que les llegara la crisis.

          En general, los diagnósticos políticos y económicos que cada superpotencia hacía respecto de la otra resultaban equivocados. Eran como las imágenes de espejo. Los norteamericanos suponían que los horrores de la guerra iban a inducir en el gobernante soviético una actitud más abierta y democrática  —lo cual implicaba un juicio de valor totalmente erróneo acerca de la personalidad de Stalin—  y que la nueva orientación de la producción soviética sería hacia los bienes de consumo. Cosa que, por supuesto, no ocurrió en un país en que la mayor parte de los recursos estuvo invariablemente dirigida hacia la industria pesada y los armamentos.

          En ese momento los norteamericanos conocían muy poco acerca de los soviéticos, a pesar de que habían sido sus aliados durante la guerra mundial. Bien lo dice el escritor y periodista estadounidense Tim Weiner en su libro “Legacy of Ashes” (2007): “unas pocas docenas de embajadores y attachés militares fueron sus únicas fuentes de información. En la primavera de 1945, los Estados Unidos sabían casi nada sobre la Unión Soviética”.

          El único que vio claro  —y que no fue tomado en cuenta a la hora de diseñar la estrategia política y económica frente a la Unión Soviética—  fue el historiador y diplomático estadounidense George F. Kennan (1904-2005), quien se cansó de repetir que las concepciones occidentales en torno a la futura seguridad colectiva eran extremadamente ingenuas e irreales. Todas las advertencias de Kennan, fundadas en su profundo conocimiento de la Unión Soviética, puesto que había trabajado en la embajada norteamericana en Moscú antes y al final de la guerra, fueron desoídas por el gobierno de Washington. Kennan afirmaba que, lejos de democratizarse, el régimen estalinista agudizaría su autocracia, que la economía soviética se centralizaría aun más, que Moscú poseería a corto plazo el ejército más poderoso del planeta, que en lo internacional la política hegemonista seguiría su curso, que los partidos comunistas en el mundo entero causarían grandes dificultades a los gobiernos occidentales y que en modo alguno el >Kremlin renunciaría a sus sueños de conquista universal.

          Profundo conocedor de la Unión Soviética, Kennan fue el autor de la teoría de la containment policy (política de contención), según la cual los Estados Unidos debían establecer en todas partes diques de contención del expansionismo soviético y de su política de subversión e infiltración, que se proponían alcanzar el dominio mundial. Mezcla de intransigencia ideológica y de tradición rusa de dominación, los dirigentes soviéticos no se detendrían  —sostenía Kennan—  más que donde encontraran una fuerte resistencia. Esta política llevó a los Estados Unidos a apoyar gobiernos no democráticos en Asia y en América Latina para impedir la infiltración comunista y la subversión interna. Kennan sostenía que la ayuda económica norteamericana a Europa y Japón debía ser el eje de la política de contención

          En respuesta a una consulta formulada por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sobre el rechazo de la URSS a cooperar con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, Kennan insistió en febrero de 1946, desde sus funciones en el recientemente fundado Nacional War College de Washington, en una política para frenar la agresiva y tenaz expansión soviética en el mundo y sus afanes de destrucción de las sociedades occidentales y del sistema capitalista.

          Pero cuando el gobierno norteamericano decidió establecer su containment policy fue ya muy tarde: Moscú había avanzado mucho, había accedido a los secretos atómicos, se había marginado su propia zona de influencia geopolítica y geoeconómica y había alentado y respaldado la acción de organizaciones subversivas en todo el mundo capitalista. No hay que olvidar que los soviéticos detonaron su primera bomba atómica en 1949 y que en 1951 fueron condenados a muerte en Estados Unidos los cónyuges Julius y Ethel Rosenberg por espionaje atómico.

          El año 1945 fue muy intenso porque, tras la derrota militar de las potencias centrales, los aliados tenían prisa en afrontar los principales y más urgentes problemas de la posguerra. Después de las conferencias de El Cairo y de Teherán, en noviembre de 1943, donde los líderes aliados discutieron las cuestiones políticas y militares de la guerra  —fue cuando se acordó suministrar armamento a la guerrilla Yugoeslavia de Josip Broz Tito y realizar el desembarco de las fuerzas aliadas en la costa francesa en 1944—,  los gobernantes de las potencias antifascistas se reunieron en el palacio de Livadiya, cerca de la ciudad de Yalta, en la costa meridional de la península de Crimea, del 4 hasta el 11 de febrero de 1945.

            Concurrieron a la cita el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, el primer ministro inglés Winston Churchill y el jefe de Estado de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) Joseph Stalin, quienes al final del encuentro emitieron la denominada Declaración de Yalta en la que expresaron su propósito de “destruir el militarismo alemán y el nacionalsocialismo, y asegurar que Alemania no pueda perturbar la paz del mundo jamás”, además de “someter a todos los criminales de guerra a la justicia para un rápido castigo y una exacta reparación de las destrucciones provocadas por los alemanes”. En esa reunión se tomó la decisión de dividir Alemania en zonas de ocupación que serían administradas por una comisión de control central, con sede en Berlín, y se acordó invitar a Francia a tomar a su cargo la gestión de una de las zonas de ocupación y a participar en la comisión de control. Se decidió también crear una comisión de reparaciones de guerra con sede en Moscú y se resolvió que en el mes de abril siguiente se efectuara en San Francisco de California la conferencia para la fundar la Organización de las Naciones Unidas. Cosa que en efecto aconteció el 26 de junio de 1945.

          Del 17 de julio al 2 de agosto del mismo año, a raíz de la rendición incondicional de Alemania  —ocurrida el 8 de mayo de 1945—  pero cuando todavía se combatía en Asia, se reunió la Conferencia de Potsdam a la que asistieron el nuevo presidente norteamericano Harry S. Truman  —quien asumió el poder el 12 de abril, a raíz de la muerte del presidente Roosevelt—,  el gobernante soviético Joseph Stalin y el primer ministro británico Clement R. Attlee  —quien sustituyó a Churchill el 28 de julio—  para acordar la ejecución de las medidas tomadas en la Conferencia de Yalta. Fue el cuarto encuentro de los “tres grandes”. La víspera de comenzar la reunión los norteamericanos habían probado la primera bomba atómica en el desierto de Nuevo México. Lo cual permitió a Truman comunicar a sus aliados que sería usada la nueva arma si el Japón no se rindiese. Las decisiones de la cumbre se recogieron en el Acuerdo de Potsdam al concluir la reunión. Alemania quedó dividida en cuatro zonas de ocupación militar administradas por los comandantes de Estados Unidos, la URSS, el Reino Unido y Francia, bajo la dirección de un Consejo de Control formado por representantes de los cuatro Estados.

          En Potsdam hubo un clima de tensión entre los aliados. Las conversaciones se desarrollaron en medio de la esperanza y la desconfianza. Stalin estaba disgustado porque las potencias occidentales habían denegado algunas de sus peticiones y ellas, por su lado, reprobaban la invasión del ejército rojo a Polonia. No obstante, se tomaron importantes resoluciones referentes a la formación de un Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores, al que fueron invitadas China y Francia; a las precauciones que debían tomarse para que Alemania no pudiese amenazar de nuevo la paz mundial; al pago de indemnizaciones de guerra, parte de las cuales se cobrarían las potencias aliadas en la administración de las zonas de ocupación y en los activos alemanes en el exterior; al procesamiento de los criminales de guerra por tribunales especiales internacionales.

          El 26 de julio, mientras estaba reunida la Conferencia de Potsdam, los gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido y China formularon un ultimátum al gobierno japonés para que se rindiese incondicionalmente o se atuviese a la aniquilación total. La URSS se adhirió al ultimátum aunque no estaba en guerra con el Japón. La negativa japonesa provocó el lanzamiento de las dos primeras bombas atómicas de la historia: el 6 de agosto de 1945, a las 8 horas y 15 minutos de la mañana, en Hiroshima, y tres días después en Nagasaki. Cargada de uranio, la bomba de Hiroshima  —de tres metros de largo por 0,70 centímetros de diámetro y cuatro toneladas de peso—,  lanzada desde el bombardero B-29 bautizado como “Enola Gay”  —cuyo piloto, el coronel Paul Tibbets, murió en Columbus a los 92 años de edad el 1 de noviembre del 2007—,  causó la muerte de 140 mil personas  —casi la mitad de la población—  en el momento de la explosión y en los meses venideros como efecto de la radiación. El Japón entonces capituló. Fue el naciente poder atómico de Estados Unidos el que determinó que la potencia asiática no fuera dividida en zonas de ocupación, como deseaba Stalin, sino que quedara bajo el dominio norteamericano.

          Como parte de la guerra fría surgió en Estados Unidos al comienzo de la década de los 50 una psicosis de temor y suspicacia anticomunista denominada >macartismo. En febrero de 1950 el senador republicano Joseph McCarthy denunció públicamente que en el Departamento de Estado  —que es el Ministerio de Relaciones Exteriores de su país—  había 57 funcionarios comunistas afiliados  —”card carrying communists”—  y 205 empleados filocomunistas.

          La afirmación, como es lógico, causó estupor. Pero las investigaciones que se hicieron demostraron que era absolutamente infundada. Sin embargo, McCarthy insistió en ella. En 1953, como presidente del subcomité de investigaciones del Senado, reiteró sus denuncias sobre la influencia comunista en el seno del gobierno norteamericano. En abril de 1954 acusó al Secretario de Defensa de encubrir actividades de espionaje extranjero. El Senado terminó por censurar los delirios persecutorios del legislador republicano.

         Y es que el senador McCarthy, a la cabeza del Comité de Actividades Antiamericanas, promovió histéricamente una serie de investigaciones a funcionarios públicos, miembros de las fuerzas armadas y ciudadanos bajo la sospecha de servir como espías o agentes infiltrados los intereses de la Unión Soviética.
               El histerismo anticomunista de aquellos años penetró en el Congreso Federal, que aprobó leyes de seguridad interna y de inmigración inspiradas en el temor al peligro comunista.
               Se persiguió entonces a personas e instituciones sospechosas. Y se vio con gran desconfianza la inmigración, que ponía en peligro la identidad nacional y sus valores forjados por los blancos, anglosajones y protestantes que fundaron los Estados Unidos de América. Lo cual generó en algunos sectores de la sociedad la paranoia anticomunista y rasgos de xenofobia.
               Fueron investigados e indagados algunos intelectuales, profesores y escritores extranjeros residentes en territorio estadounidense, entre ellos el poeta alemán Bertold Brecht.
               Lo mismo ocurrió con algunos célebres actores y actrices de Hollywood que cayeron bajo sospecha y fueron investigados. Estuvo entre ellos el cómico inglés Charles Chaplin, quien abandonó el país para evitar ser investigado y nunca más regresó.
               En Hollywood colaboraron con la agencia de investigación los actores Robert Taylor, Ronald Reagan, Gary Cooper y otros, mientras que se opusieron a esta indigna tarea Gregory Peck, Kirk Douglas, Burt Lancaster, Lauren Bacall, Gene Kelly, John Huston y muchos otros actores.
                El histerismo anticomunista empezó a amainar a partir de 1954 con la destitución de McCarthy como miembro del Comité de Investigación Permanente del Senado y con su muerte poco tiempo después.

          En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, tras un asedio de cincuenta días, las tropas soviéticas invadieron Hungría el 13 de febrero de 1945 e implantaron allí un régimen comunista encabezado por Matyas Rakosi, Secretario General del Partido de los Trabajadores, que era el nombre oficial del partido comunista húngaro.

          El “little Stalin”, como se lo llamaba por su obsecuencia con el tirano soviético, implantó un régimen de muerte, tortura y terror. Fundó la AYO, que fue la policía secreta, como una réplica de la KGB soviética. Persiguió implacablemente a quienes suponía sus opositores o a quienes de alguna manera se separaban de la ortodoxia marxista, interpretada bajo los cánones del <estalinismo.

          Al término de la guerra el ejército rojo ocupó también Polonia. No hubo manera de que los gobiernos occidentales convencieran a Stalin que cumpliese con las resoluciones de Yalta para establecer un sistema democrático en los Estados del este europeo. Fue muy dura la controversia que al respecto mantuvieron el presidente Truman y el ministro soviético de asuntos exteriores V. M. Molotov en abril de 1945. En esos momentos se discutía ardientemente en Moscú si era conveniente o no recibir la ayuda y los suministros que entregaba a la URSS el gobierno norteamericano. Algunos de los dirigentes soviéticos, mirando a través de su prisma ideológico, estaban convencidos de que tales abastecimientos obedecían primordialmente al interés de los Estados Unidos de evitar la crisis de sobreproducción que le venía y que sería peor que la de los años 30. Se inclinaban, por tanto, hacia la tesis de no recibir los suministros para acelerar el descalabro económico de la primera potencia de Occidente. Eso era lo que propugnaba especialmente el grupo Zhadanov-Voznessenskij. En su criterio, los Estados Unidos no superarían las consecuencias de la transición de una economía de guerra a una economía de paz. Y la crisis sería inevitable. Por supuesto que había también otras opiniones. El consejero de Stalin en asuntos económicos, Jevgenij Samoylovic Varga  —el único economista marxista que previó la crisis de 1929—  predecía un auge coyuntural de los países occidentales en la siguiente década y una nueva crisis del capitalismo después.

          El 12 de abril de 1945, tras la muerte de Roosevelt, asumió el poder Harry S. Truman, quien de inmediato tuvo acceso al secreto más rigurosamente guardado de los Estados Unidos: el desarrollo de la bomba atómica. El ministro de defensa Henry L. Stimson sostenía que ella cambiaría el curso de las relaciones internacionales. Pero el monopolio atómico de los Estados Unidos duró muy poco tiempo y pronto las dos superpotencias se vieron comprometidas en la más demencial carrera armamentista, que se extendió a lo largo de la guerra fría. Los arsenales de armas atómicas, de hidrógeno, de neutrones, isotópicas, químicas y biológicas acumularon una capacidad para matar varias veces a los habitantes de la Tierra. Pero este hecho, al mismo tiempo, quitó todo sentido a la guerra  —al menos, a la guerra total—  pues de ella no saldrían vencedores ni vencidos. La guerra se convirtió en un absurdo económico. Recuerdo que cuando era estudiante escuché en Quito una conferencia del profesor Arnold Toynbee, quien argumentaba que con la presencia de las armas de destrucción masiva la guerra había perdido todo sentido económico y, por tanto, todo sentido ontológico. Por primera vez en la historia del hombre había desaparecido la razón de ser de la guerra, que era el botín territorial, económico o tecnológico. Las armas nucleares, basadas en la fisión o fusión del átomo, devinieron en factor disuasivo de la guerra. Pero el gran peligro durante la confrontación Este-Oeste fue que ella se desencadenara por un error de cálculo o por una reacción de estrés o de psicopatología de algún gobernante.

          Al asumir el poder Truman encontró un panorama desolador en la política exterior: la Unión Soviética hambrienta de conquistas territoriales, Francia destrozada por la guerra, Inglaterra débil y Alemania ocupada y dividida en cuatro zonas de influencia. En ese marco se reunieron Truman, Churchill y Stalin en la Conferencia de Potsdam del 17 de julio al 2 de agosto de 1945, en medio de grandes dificultades. Cada uno de los puntos de la agenda tuvo tropiezos. Ella marcó el comienzo real de la guerra fría con Europa dividida y las dos esferas de poder y de influencia que se extendían sobre el planeta.

          La Unión Soviética, no sólo como potencia con pretensiones de dominación en el contexto euroasiático, sino como portadora de un paradigma socio-económico antagónico al de Estados Unidos, que ponía en peligro la seguridad y las certezas del ciudadano norteamericano, era tenida como una terrible amenaza para el mundo occidental.

          En el período de la guerra fría muchas de las posiciones de Estados Unidos y de la Unión Soviética fueron definidas por las “doctrinas” formuladas por sus gobernantes para diseñar la política internacional. En el proceso de toma de estas decisiones, los norteamericanos abarcaron una amplia gama que fue desde la posición dura de Harry Truman hasta el realismo político de Henry Kissinger.

          Para contrarrestar las presiones soviéticas contra Turquía y Grecia, la llamada <doctrina Truman formuló en 1947 un programa de ayuda a esos dos países claves en el esquema de la guerra fría, que soportaban una persistente infiltración marxista y estaban sometidos a fuertes presiones de la Unión Soviética para establecer un sistema de coparticipación en el control geopolítico de los estrechos marítimos del Bósforo y los Dardanelos que ellos dominaban.

          El Presidente de Estados Unidos Dwight D. Eisenhower planteó al Congreso de la Unión norteamericana en 1957 la ayuda económica y técnica y el uso de la fuerza militar en todos los casos en que los países del Oriente Medio vieran amenazada su independencia o su integridad territorial por fuerzas comunistas.

          Por su parte, el líder soviético Leonid Brezhnev, a raíz de la intervención de sus tropas en Checoeslovaquia en 1968, y para justificar esa acción militar, proclamó como principio de su política internacional que la URSS y los demás Estados comunistas estaban autorizados, en nombre de la fraternal solidaridad que les unía, para intervenir militarmente en los países de su bloque que se vieran amenazados por movimientos “contrarrevolucionarios”.

          La oscura e imprecisa <doctrina Nixon, formulada en 1971 para disipar la idea, muy generalizada a causa de los resultados de Vietnam, de que los Estados Unidos abandonarían sus responsabilidades en Asia, afirmó que, si bien los países asiáticos debían asumir la responsabilidad de su propia defensa, los Estados Unidos enviarán tropas de combate y material de guerra si fueran amagados por fuerzas superiores y aclaró que no abandonarán las obligaciones contraídas en el área de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y de otras regiones en que tienen intereses vitales de seguridad.

          En 1980 la <doctrina Carter sostuvo que “un intento por una fuerza externa para ganar el control de la región del Golfo Pérsico será considerado como una agresión contra los vitales intereses de los Estados Unidos de América, y tal agresión será repelida por los medios necesarios, incluida la fuerza militar”.

          En las postrimerías de la guerra fría los planteamientos soviéticos de la perestroika, hacia el interior, y del “nuevo pensamiento” en las relaciones internacionales, que perseguían crear un clima interno y externo propicio para la recuperación de la economía de la Unión Soviética y el aligeramiento de su enorme presupuesto militar, fueron percibidos por Estados Unidos como signos de la debilidad de ese país. En efecto, la carrera armamentista entre las dos superpotencias y los dramáticos ascensos en el gasto militar ocasionaron algunos problemas a la economía norteamericana pero resultaron demoledores para la economía soviética.

          El 23 de octubre de 1956 se produjo en Budapest un levantamiento estudiantil contra el estalinismo húngaro que fue reprimido a sangre y fuego por los tanques soviéticos. La multitud se congregó en la Plaza del Congreso. La bandera de la hoz y el martillo fue arriada del lugar. Hasta ese momento la movilización popular había sido pacífica; pero cuando en esa noche la multitud se dirigió hacia la radio nacional y trató de ocuparla, la policía de seguridad (AVO) abrió fuego contra la gente y dejó centenares de víctimas. Entonces los trabajadores, las capas medias y otros sectores populares acudieron en respaldo de los estudiantes. La multitud se reunió en la Plaza de los Héroes y furiosamente echó abajo la enorme estatua de Stalin, que fue arrastrada por las calles para ludibrio público.

          El intento revolucionario, espontáneo y desorganizado, había comenzado. El pueblo libró heroicas batallas contra sus opresores. Un tercio de los combatientes tenía menos de 18 años de edad. Hungría vivió diez días de libertad. Pero los tanques soviéticos invadieron Budapest en la mañana del 4 de noviembre, al amparo del Pacto de Varsovia, y masacraron al pueblo de la manera más despiadada. Los militares soviéticos impusieron a Janos Kadar, un viejo comunista, en el poder. Enseguida vinieron la cacería de brujas, las purgas políticas y el terror. 230 personas fueron ejecutadas, 25.000 recluidas y 200.000 fugaron del país.

          Una década más tarde se produjo la denominada “primavera de Praga” cuando el pueblo checoeslovaco intentó impulsar una serie de reformas para liberalizar el régimen comunista, gobernado desde 1957 por el Primer Secretario del partido Antonin Novotny. Pero en 1968 fue obligado por su ineficacia a dimitir y fue reemplazado por Alexander Dubcek, quien prometió un “socialismo con rostro humano”. Un destacado grupo de intelectuales, escritores y científicos, entre los que había comunistas y no comunistas, redactó el célebre Manifiesto de las 2.000 palabras en el que replantearon la organización estatal sobre bases de libertad y de respeto a los derechos humanos. Leonid Brezhnev, el gobernante soviético, vio una amenaza contra el sistema y ordenó la ocupación de Checoeslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia el 21 de agosto de 1968. Dubcek fue destituido. Las víctimas propiciatorias de la brutal represión fueron los intelectuales contestatarios. Así se marchitó la promisoria primavera libertaria del pueblo checoeslovaco y el país fue “normalizado” bajo la disciplina de Moscú.

          Los acontecimientos de Hungría y de Checoeslovaquia crearon una enorme tensión internacional porque algunos sectores de la opinión pública interna y externa clamaron por la intervención militar norteamericana para rescatar a esos países del hegemonismo soviético y agudizaron enormemente la confrontación Este-Oeste.

          En otra escalada de la guerra fría, el gobierno norteamericano de Lyndon Johnson dispuso el desembarco de 23.000 marines en la República Dominicana en abril de 1965 para detener al pueblo que se había alzado en armas con el propósito de restituir en el poder al presidente Juan Bosch, derrocado por los militares por haberse opuesto a la compra de una flotilla de aviones de combate, negocio en el que tenían sospechoso interés unos cuantos generales y coroneles de la vieja guardia trujillista, y fue reemplazado por un triunvirato presidido por Donald Reid.

          Ante el evidente triunfo de las fuerzas constitucionalistas llegó a la costa dominicana el 28 de abril de 1965 el portaaviones estadounidense “Boxer” y de su cubierta desembarcaron los marines para detener la insurgencia popular e imponer el “gobierno de reconstrucción nacional” del general Antonio Imbert. La razón exhibida por el gobierno norteamericano fue que la insurrección tenía carácter “comunista”, cuando era bien conocida la tendencia socialdemócrata de sus líderes.

          Uno de los elementos importantes de la guerra fría fue el triunfo de la revolución comunista encabezada por Mao Tse-tung en 1949, después de una larga lucha de tres décadas al frente de sus milicias campesinas.

          En su afán de asumir el liderazgo del movimiento comunista internacional, los dirigentes soviéticos y chinos durante mucho tiempo se acusaron recíprocamente de revisionistas y desviacionistas. El >maoísmo reclamaba para sí la pureza del pensamiento marxista-leninista y se refería a los dirigentes moscovitas como la “camarilla de los renegados revisionistas soviéticos”.

          A comienzos de los años 50 el conflicto de Corea fue otro de los hitos importantes en el proceso de la guerra fría. Después de haber sido invadida y conquistada por el Japón en 1910, Corea empezó a recuperar su libertad e independencia por decisión de los Estados Unidos, Gran Bretaña y China reunidos en la Conferencia de El Cairo del 22 al 26 de noviembre de 1943. En la Conferencia de Potsdam se ratificó esa voluntad. En tales circunstancias, a raíz de la primera oferta de rendición del Japón el 10 de agosto de 1945, el gobierno de Estados Unidos decidió por razones puramente militares que las tropas de ocupación japonesas situadas al norte del paralelo 38 quedaran bajo la autoridad militar soviética mientras que las del sur de esa línea se entregaran a las fuerzas militares norteamericanas. De este modo Corea quedó dividida de hecho en dos zonas de ocupación. Y muy pronto la Unión Soviética empezó a considerar que desde el paralelo 38 hacia el norte  —la parte industrializada de la península coreana—  era su >zona de influencia en el marco de la guerra fría. Fracasaron todos los intentos de unificar Corea, incluso el promovido por las Naciones Unidas para celebrar en ella elecciones libres. Éstas pudieron celebrarse en mayo de 1948 sólo en el sur  —donde vivían 2/3 de la población coreana—  puesto que Corea del Norte impidió el acceso de la comisión internacional. Fue elegido Presidente el veterano líder nacionalista Syngman Rhee, con cuya posesión quedó terminada la ocupación norteamericana.

          El 25 de junio de 1950 Corea del Norte invadió el territorio de Corea del Sur bajo el paralelo 38  —que marcada de facto la frontera entre ellas—  y desencadenó una guerra internacional limitada que involucró a los Estados Unidos y a otros 19 países. Kim Il Sung, gobernante de Corea del Norte, quiso convertirse en el “libertador” de Corea del Sur, cuyo Presidente tenía muchas resistencias internas, para luego reunificar bajo su mando a las dos Coreas. Así se inició el conflicto armado que duró hasta 1953 y fue uno de los eslabones de la guerra fría puesto que fue parte de la confrontación ideológica entre el marxismo y el capitalismo.

         El 27 de junio, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con la ausencia de la Unión Soviética, aprobó la resolución propuesta por Estados Unidos para imponer sanciones a Corea del Norte y constituir un “comando conjunto”, bajo la conducción militar norteamericana, para tomar acciones en defensa de Corea del Sur, en lo que fue la primera intervención militar dispuesta por la recientemente fundada Organización de las Naciones Unidas. El presidente Harry S. Truman ordenó que las divisiones estadounidenses acantonadas en el Japón se trasladaran a Corea, junto con tropas de Australia, Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Colombia, Etiopía, Francia, Gran Bretaña, Grecia, Países Bajos, Nueva Zelandia, Filipinas, Sudáfrica, Tailandia y Turquía, además de unidades médicas de Dinamarca, India y Suecia, al mando del general Douglas MacArthur, héroe norteamericano de la Segunda Guerra Mundial.

          Después de avances en profundidad de las tropas norcoreanas, que llegaron hasta Seúl, el general MacArthur lanzó el 15 de septiembre de 1950 la invasión anfibia de una división de infantería de marina sobre el cercano puerto de Hinchan, en la costa occidental de Corea del Sur, que obligó a los soldados norcoreanos a retirarse y traspasar el paralelo 38. Las fuerzas norcoreanas fueron casi aniquiladas. Cien mil soldados quedaron prisioneros. Seúl fue reconquistada el 27 de septiembre. Y la asamblea nacional otorgó plenos poderes al comando supremo de las fuerzas de las Naciones Unidas para ocupar Corea del Norte. Inmediatamente las tropas internacionales, cruzando territorio norcoreano, conquistaron el 7 de octubre Pyongyang, la capital de Corea del Norte, por encima de las repetidas advertencias chinas de que entrarían en la guerra si los estadounidenses llegaban cerca del río Yalu. 20 días después las unidades avanzadas llegaron al río Yalu y trabaron combate con las tropas chinas que habían acudido en ayuda de Corea del Norte.

          El 26 de noviembre la potente ofensiva china cerró la línea de retirada al noreste de Corea a las tropas de la ONU. Los comunistas reconquistaron Pyongyang el 5 de diciembre y avanzaron hacia el Sur para ocupar Seúl el 4 de enero de 1951. La ofensiva comunista se detuvo el 15 de enero a lo largo de un frente al sur de Seúl.

          El mando militar de la ONU y el VIII ejército estadounidense iniciaron la contraofensiva conocida como operación asesino el 25 de enero y lograron la retirada china. El 14 de marzo fue reconquistada Seúl. Hacia el 22 de abril las fuerzas norteamericanas ocuparon posiciones al norte del paralelo 38 y allí se mantuvieron hasta el final de la guerra.

          El temor a una guerra abierta contra China y la Unión Soviética hizo que el Presidente estadounidense abandonara su objetivo de reunificar por las armas Corea y retomara su objetivo original de detener la “agresión comunista” en Corea. Fue cuando se produjo la célebre discrepancia entre el general Douglas MacArthur, que defendía públicamente la conveniencia de enfrentar a China en una guerra global, y el presidente Harry S. Truman que decidió limitar las acciones al territorio coreano. MacArthur fue relevado del mando en abril de 1951 y su sucesor, el general Matthew Ridgway, mantuvo a las fuerzas de la ONU en acciones puramente defensivas durante los dos años siguientes. Las batallas más importantes se produjeron en las colinas de Old Baldy, Capital, Pork Chop, T-Bone y Heartbreak Ridge. En el curso de la guerra de Corea entraron por primera vez en combate los aviones supersónicos de fabricación soviética MiG-15, tripulados por pilotos chinos, y los F-86 Sabre norteamericanos.

          En julio de 1953 se acordó un alto al fuego. Cuatro meses antes había muerto Stalin. El resultado de la guerra fue totalmente insatisfactorio para los soviéticos y desilusionante para los chinos porque se volvió al statu quo ante bellum después de tres años de lucha y de un gigantesco abastecimiento logístico y militar por parte de Stalin. Moscú entonces llegó a la doble conclusión de que la credibilidad y solidez de los compromisos de la alianza occidental eran ciertas y de que el camino militar no era tan fácil. Y por eso optó por la coexistencia pacífica  —expresión eufemística para referirse a la guerra fría—  como medio de disputar, en una contienda ideológica, política y económica de largo plazo, su hegemonía al mundo capitalista. Lo cual agudizó las contradicciones chino-soviéticas, que se tornaron más duras e irrevocables porque los chinos consideraron que este tipo de lucha era una degradación revisionista. Occidente, en cambio, sacó otras conclusiones. La guerra de Corea le demostró que eran posibles acciones bélicas diferentes de una invasión soviética a Europa  —suposición estratégica central de los gobiernos occidentales en ese momento—  y que, por tanto, debía estar preparado no sólo para una estrategia de represalia masiva sino también para conflictos armados limitados, en el marco de la containment policy al avance comunista en cualquier parte del planeta. O, para decirlo en palabras de Robert MacNamara, preparado para una strategy of flexible response. Por lo demás, la estrategia de represalia masiva era terriblemente peligrosa en un momento en que los avances en la tecnología nuclear de la Unión Soviética habían roto el monopolio atómico de los Estados Unidos.

          El conflicto armado de Vietnam, otro de los hitos de la confrontación Este-Oeste, fue una consecuencia de la guerra de Indochina librada entre 1946 y 1954 por la potencia colonial francesa contra las guerrillas comunistas del vietminh. Lo que hoy es Vietnam  —y que antes fue parte de Indochina, junto con Camboya y Laos, bajo el dominio colonial de Francia—  se dividió oficialmente en dos Estados en 1954, a partir de la batalla de Dien Bien Phu en que las fuerzas comunistas del vietminh derrotaron a las tropas coloniales francesas después de 55 días de asedio y lucha en que éstas sólo pudieron ser abastecidas por aire. Inmediatamente los delegados de los Estados Unidos, la Unión Soviética, Francia, Gran Bretaña, China, Vietnam del Norte, Laos y Camboya, reunidos en Ginebra, acordaron que, con el paralelo 17 como línea de separación, Vietnam del Norte quedara bajo el control del gobierno comunista de Ho Chi-minh, con Hanoi como su capital; y Vietnam del Sur, con Saigón como sede gubernativa, continuara bajo el gobierno imperial de Bao-Dai. La división debía ser temporal, hasta que se realizaran elecciones libres en 1956 para la reunificación de Vietnam, pero eso nunca ocurrió. Estados Unidos y Vietnam del Sur no aceptaron el acuerdo. El 24 de octubre de 1954 el presidente norteamericano Dwight D. Eisenhower ofreció ayuda económica directa a Vietnam del Sur y en el año siguiente envió asesores militares para entrenar a las tropas sudvietnamitas. El apoyo estadounidense al gobierno de Saigón continuó incluso después de que Bao-Dai, el último emperador sudvietnamita, abandonó el trono tras perder el referéndum de 23 de octubre de 1955 y de la proclamación de la República de Vietnam con Ngô Din Diêm como Presidente.

          La guerra de Vietnam se inició cuando las guerrillas comunistas  —llamadas vietcong, abreviación de Vietnam Cong San, que significa “Vietnam rojo”—,  apoyadas por Ho Chi-minh, jefe del gobierno de Vietnam del Norte, decidieron derrocar al gobierno sudvietnamita en diciembre de 1960 para “liberar Vietnam del Sur del yugo opresor de los imperialistas estadounidenses y de sus secuaces”. Para eso organizaron el Frente de Liberación Nacional del Vietnam del Sur. La lucha se extendió hasta 1975. Ella tuvo resonancia en Laos, donde el dirigente comunista Pathet Lao se alzó en armas contra su gobierno en 1965 y lo derrocó en 1975; y en Camboya, cuyo gobierno cayó en 1975 en poder de los jémeres rojos  —guerrilleros comunistas de orientación maoísta—  bajo el mando de Pol Pot, que entraron a sangre y fuego a la capital Phnom Penh después de varios años de asedio y destruyeron todo lo que encontraron a su paso, cometieron los peores genocidios y asesinaron hasta a los enfermos de los hospitales.

          La guerra vietnamita derivó en un conflicto internacional cuando Estados Unidos y otros 40 países concurrieron en apoyo del Vietnam del Sur y de su gobierno, en tanto que la Unión Soviética y la República Popular de China se abanderaron con Vietnam del Norte y asistieron logística y militarmente a las guerrillas del Frente de Liberación Nacional.

          En abril de 1961 los Estados Unidos firmaron un tratado de amistad y de cooperación con Vietnam del Sur y el presidente John F. Kennedy se comprometió a respaldar su independencia. Lo cual determinó la llegada a Saigón de tropas estadounidenses, que un año más tarde sumaban 11.200 soldados. El 1 de noviembre de 1963 un golpe de Estado militar derrocó al presidente Diêm, que fue ejecutado. Su gobierno fue reemplazado por un Comité Provisional dirigido por el antiguo consejero militar presidencial Duong Van Minh. Se abrió una etapa de absoluta inestabilidad: en 18 meses hubo diez gobiernos diferentes, ninguno de los cuales fue capaz de hacer frente al desorden imperante. En 1967 Nguyen Van Thieu fue elegido Presidente de la República. Los suministros bélicos que la URSS y China enviaban a Hanoi eran conducidos clandestinamente hacia el sur para fortalecer la guerrilla comunista. En la primera semana de agosto de 1964 lanchas torpederas norvietnamitas atacaron a dos destructores estadounidenses en el golfo de Tonkín. El presidente norteamericano Lyndon B. Johnson envió reactores a Vietnam del Sur y ordenó bombardeos de represalia sobre objetivos militares en Vietnam del Norte. La presencia militar estadounidense fue creciendo progresivamente, hasta que en el momento culminante de la guerra hubo allí 541.000 soldados. En junio de 1966 los aviones estadounidenses comenzaron a bombardear las instalaciones militares cercanas a Hanoi. Un año más tarde el presidente Johnson se entrevistó con el dirigente soviético Alexéi Nikoláievich Kosiguin para iniciar negociaciones de paz, pero la guerra siguió. Las enormes pérdidas humanas y los costes económicos crearon un sentimiento contrario a la guerra en la opinión pública norteamericana, especialmente en la gente joven. Fue cuando surgieron los >hippies con su proclama: “make love not war” y su lema pacifista: “flower power”. E hicieron manifestaciones, a veces violentas, contra la guerra de Vietnam.

          La intervención militar estadounidense cesó en 1973, pero desde la primavera de 1968 el gobierno norteamericano llegó a la conclusión de que la guerra no se podía ganar. Era una guerra irregular en la que se combinaban acciones guerrilleras, terrorismo y operaciones bélicas convencionales. Los miembros del Vietcong eran guerrilleros civiles que no se distinguían fácilmente de la población no combatiente y que aprovechaban este mimetismo para ejecutar sus atentados terroristas. En esta guerra revolucionaria  —que era una lucha por el poder—,  junto al medio millón de efectivos militares del norte equipados con las más modernas armas del arsenal de los países comunistas, luchaban los miembros del FLN con técnicas de guerrilla que, como dijo el general No Nguyen Giap, ministro de defensa de la República Democrática del Vietnam, “paralizaban el sistema de comunicación del enemigo, interrumpían sus más importantes rutas estratégicas, destruían los puentes militarmente importantes y los medios de transporte de fuerzas”. Lo cual complicó las cosas a los norteamericanos. A mediados de 1969 el nuevo presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, agobiado por la oposición interna a la participación de su país en esa guerra lejana, anunció la retirada de 25.000 soldados norteamericanos de Vietnam y a finales de ese año ordenó la evacuación de otros 65.000.

          Sin embargo, ni la salida de las tropas norteamericanas ni la muerte de Ho Chi-minh pudieron superar el estancamiento de las negociaciones de París. Las fuerzas comunistas negociaban la paz pero continuaban con su ofensiva militar y los norteamericanos respondían con masivos bombardeos en toda el área.

          Luego de largas, accidentadas y entrecortadas conversaciones secretas celebradas en París por Henry Kissinger, asesor del presidente de Estados Unidos para asuntos de seguridad nacional, y el delegado norvietnamita Le Duc Tho, se logró el 23 de enero de 1973 un acuerdo de alto al fuego y cuatro días después se firmó el acuerdo del fin de la guerra y de la restauración de la paz, que disponía el cese completo de las hostilidades, la evacuación de las tropas estadounidenses y de otras potencias extranjeras de Vietnam del Sur, el intercambio de prisioneros, el reconocimiento de una zona desmilitarizada entre los dos países y la creación de la Comisión Internacional de Control compuesta por representantes de Canadá, Hungría, Indonesia y Polonia para supervisar el cumplimiento del tratado de paz.

          Sin embargo, en diciembre de 1974 el ejército norvietnamitas y el vietcong lanzaron una ofensiva en gran escala y ocuparon Saigón el 30 de abril de 1975. Vietnam del Sur se rindió incondicionalmente y el gobierno revolucionario provisional que los insurgentes habían establecido en territorio del sur proclamó la reunificación del país el 2 de julio de 1976 con el nombre de República Socialista de Vietnam.

          Éste fue, sin duda, un importante éxito militar y político del bloque marxista en el curso de la guerra fría.

          Se estima que en la sangrienta lucha murieron más de dos millones de vietnamitas y 57.685 soldados norteamericanos y que hubo 3 millones de heridos de un lado y 153.303 del otro, además de 587 prisioneros de guerra estadounidenses y 12 millones de refugiados.

          En septiembre de 1947, con sede en Belgrado hasta 1948 y en Bucarest después, se constituyó la oficina de información y propaganda de los partidos comunistas, denominada >Kominform, a la que pertenecieron los partidos de la Unión Soviética, Yugoeslavia, Hungría, Polonia, Checoeslovaquia, Bulgaria, Rumania, Italia y Francia.

          En la reunión fundacional, a la que asistieron representantes de los partidos comunistas del este de Europa y de Italia y Francia, el delegado soviético Andrea Zhadanov, al hacer el diagnóstico de la situación internacional, manifestó que el mundo estaba dividido en dos sectores: el “imperialista”, con Estados Unidos a la cabeza, y el de las “fuerzas pacifistas”, bajo el mando de la Unión Soviética. En esa confrontación, según Zhadanov, la política norteamericana estaba dirigida contra “los países de la nueva democracia, contra el movimiento proletario de todas las naciones y contra las fuerzas defensoras de la libertad antiimperialista de todos los países”. Concluyó, por tanto, que debían intensificarse los lazos de unión y de recíproca información entre los partidos miembros, para lo cual era indispensable crear la Oficina de Información que pudiera promover “el intercambio de experiencias y, en caso necesario, coordinar las actividades de los partidos comunistas sobre la base de una información mutua”.

          Esta entidad, que informaba sobre las actividades comunistas de todos los países, estuvo sometida a la censura de Moscú, de modo que nada podía aparecer que no respondiera a los objetivos soviéticos.

          El enconado conflicto entre China y la URSS fue otro de los elementos de la guerra fría. La pugna entre las dos potencias comunistas debilitó su frente de lucha contra Occidente. Ella obedeció a un conjunto de causas y tuvo orígenes remotos. Se combinaron y entretejieron diferencias ideológicas, diversas cosmovisiones, idiosincrasias distintas, incompatibilidades nacionales, rivalidades hegemonistas, intereses geopolíticos, incomprensiones surgidas del diferente ritmo de las dos revoluciones marxistas e incluso viejas fricciones territoriales que venían desde los tiempos de los zares. Una frontera común de más de 7.000 kilómetros de longitud fue también fuente de choques y litigios. La controversia llegó hasta extremos etnocentristas.

          El líder del partido comunista chino Mao Tse-tung, después de 25 años de organización de las fuerzas campesinas y de lucha armada, conquistó el poder en 1949 y proclamó la República Popular de China. Desde ese momento empezó a proyectarse un liderazgo bicéfalo en el movimiento internacional comunista. Los mandos soviéticos comenzaron a sentir celos por la consolidación de la revolución maoísta y sus efectos especialmente sobre el mundo subdesarrollado. Los chinos, por su parte, tenían muchos motivos de resentimiento contra los soviéticos por la falta de solidaridad durante su dilatada lucha revolucionaria. Se quejaban del trato despectivo que recibieron de Stalin y de la falta de apoyo a su combate contra las fuerzas nacionalistas en los años 30. No habían olvidado que cuando se produjo la invasión japonesa a China, la ayuda de Moscú no fue dirigida a Mao, que en ese momento combatía con sus guerrillas contra el invasor, sino a su enemigo ideológico Chiang Kai-shek y que, cuando cayó el régimen nacionalista por la ofensiva de las fuerzas maoístas, el embajador soviético fue el último en abandonar al gobierno depuesto.

          El pacto de amistad y ayuda chino-soviético celebrado el 14 de febrero de 1950, al poco tiempo del ascenso al poder de Mao, no arregló las cosas. Pesaron más los viejos rencores y las renovadas desconfianzas. Tampoco la muerte de Stalin contribuyó a mejorar las relaciones. Al contrario: las denuncias que hizo Nikita Kruschov contra Stalin en el XX Congreso del partido comunista soviético en 1956 levantaron una ola de protestas en la dirigencia china, que acusó al nuevo líder soviético de concepciones revisionistas sobre la revolución, la guerra y la paz y que exhortó a los camaradas del PCUS a “liquidar el >revisionismo de Kruschov y a arrojar a éste al 'estercolero de la historia”.

          Los chinos siempre consideraron que la ayuda soviética no era generosa ni desinteresada. El gobierno soviético se negó a proporcionar a China proyectiles teledirigidos que pudiesen competir con los instalados en Taiwán por los norteamericanos. Hay razones para suponer además que fue denunciado por los soviéticos un convenio secreto de octubre de 1957 en el que se acordaba proporcionar a China los equipos y la tecnología necesarios para la fabricación de armas nucleares. Sin embargo, en octubre de 1964 China hizo su primer ensayo atómico e instaló una serie de cohetes teledirigidos con cabezas nucleares de 1.600 kilómetros de alcance.

          La situación se agravó en 1967 hasta el punto de que fueron expulsados de China los corresponsales de prensa soviéticos y el >kremlin cerró su representación diplomática en China. Entre marzo y agosto de 1969 se produjeron enfrentamientos armados entre los dos países en la frontera de Asia central.

          El conflicto chino-soviético duró prácticamente todo el período de la confrontación Este-Oeste.

          La guerra fría fue una guerra ideológica y, por tanto, una guerra de propaganda y una guerra psicológica. Muchas de sus batallas se libraron en los medios de comunicación. Desde los países marxistas se expandieron en frecuencia internacional y en varios idiomas las ondas de Radio Moscú, Radio Pekín, Radio Praga, Radio La Habana, que portaban el mensaje propagandístico de sus ideas y que combatían las de sus adversarios. Occidente hizo lo propio. En Munich operaron las emisoras Europa Libre y Radio Libertad  —que transmitían programas especialmente dirigidos hacia la URSS—  y en Norteamérica se originaba la señal de la Voz de los Estados Unidos de América. Se planteó una implacable competencia informativa a escala mundial, para la cual cada bloque tenía sus propias agencias de noticias.

          Las tareas de <espionaje, contraespionaje, >guerra psicológica y desinformación fueron muy activas en el curso de la guerra fría. Célebres fueron las acciones encubiertas de la Central Intelligence Agency (CIA) de Estados Unidos y del Komitet Gosudarstvennoj Bezopasnosti (KGB) soviético. Los espías de ambos lados solían filtrarse por medio de las misiones diplomáticas y de las representaciones oficiales en el exterior. Buena parte del personal “diplomático” de los países comunistas acreditado en el exterior pertenecía a sus servicios de inteligencia, que usaban su status diplomático para cumplir funciones de espionaje. Ellos no dependían del embajador o del jefe de misión sino de la KGB. Fueron incontables los casos de expulsión de tales agentes y las tensiones políticas y diplomáticas que generaron.

          El mundo se partió en dos. Bien dijo Churchill, con tanta elocuencia gráfica, que “desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, ha caído sobre el continente europeo una cortina de hierro”.

          Vinieron las alianzas militares. Los Estados Unidos de América concretaron entendimientos con 42 países: en Río de Janeiro, 1947, con América Latina; en 1949 con Europa Occidental; en 1951 con las Filipinas, Nueva Zelandia y Australia; con Corea en 1953; y, a partir de 1960, con el Japón y otros países.

          Como afirma Tim Wiener en su mencionada obra, “en la II Guerra Mundial, los Estados Unidos hicieron causa común con los comunistas para combatir a los fascistas”, mientras que, “en la guerra fría, la CIA usó a los fascistas para combatir contra los comunistas”.

          La Unión Soviética, por su lado, creó en 1955 el Pacto de Varsovia para erigir un mando unificado de las fuerzas armadas de Albania, Alemania oriental, Bulgaria, Checoeslovaquia, Hungría, Polonia y Rumania y vincular a todos estos países en un tratado llamado de amistad, cooperación y ayuda mutua pero que, en el fondo, no era otra cosa que una alianza militar.

          Quedó así establecida la distribución bipolar del poder mundial, el planeta se dividió en dos grandes zonas de influencia y desde ese momento el mundo vivió bajo el equilibrio del terror. Los corceles imperialistas y hegemonistas galoparon sobre la Tierra, los países pequeños fueron avasallados y convertidos en peones del ajedrez geopolítico de las grandes potencias, la teoría de las >soberanías limitadas asfixió en el bloque oriental el derecho a la libre determinación de los pueblos, los SS-20 y los pershing-2, con sus cabezas nucleares múltiples, amenazaron los logros de siglos de civilización.

          Esta fue la guerra fría que atormentó a la humanidad a partir del fin de la segunda conflagración mundial. Fueron cuarenta y cuatro años de angustia permanente. Todos sabíamos consciente o inconscientemente que, en cualquier momento, el furor, el complejo de inferioridad, la imprudencia, el descontrol nervioso o el simple error de cálculo de alguien significaba la catástrofe nuclear. Los países periféricos, especialmente aquellos que tenían una posición estratégica desde el punto de vista geopolítico, se convirtieron en campos de batalla de la confrontación Este-Oeste. Todo el proceso político de ellos estuvo condicionado por las motivaciones de la guerra fría. Esta confrontación le costó a la América Latina alrededor de 140.000 muertos a causa de las dictaduras militares, las >guerras sucias, la represión, los enfrentamientos políticos, las >guerrillas, los atentados terroristas y otros episodios que fueron parte de la guerra fría.

          Hubo momentos verdaderamente críticos en que el mundo estuvo al borde mismo de la conflagración nuclear. Uno de ellos fue el bloqueo de Berlín por las fuerzas militares soviéticas que cortaron el paso ferroviario y por carretera a los convoyes de las potencias occidentales en 1948. Este fue el primero de los grandes conflictos de la guerra fría. Todo se originó cuando las autoridades norteamericanas, inglesas y francesas que ocupaban el territorio occidental de Alemania resolvieron, en el marco de una reforma monetaria, revaluar la deprimida moneda alemana. Esto produjo una fuerte reacción de los soviéticos que ocupaban la zona oriental, cuya economía se vio amenazada por la política monetaria de Occidente. Entonces impusieron el bloqueo militar de Berlín. Cortaron toda comunicación de la ciudad con los territorios ocupados por las potencias occidentales. Impidieron la provisión de combustibles. El mundo vivió momentos angustiosos. La guerra era inminente. Los aliados occidentales optaron por instrumentar un “puente aéreo” para abastecer a Berlín de alimentos, medicamentos, combustibles y materias primas. El bloqueo duró trece largos meses. La firmeza de los gobernantes norteamericano, inglés y francés fue para Kruschov una señal de su hondo compromiso con el destino de Alemania. El bloqueo fue levantado en 1949. Pero los conflictos en torno a Berlín fueron recurrentes.

          La propia Berlín fue una muestra emblemática de la guerra fría con la tajante división de la ciudad entre un sector “norteamericanizado” y otro “sovietizado”. En el primero se impuso la economía de mercado  —con su libertad de precios y de salarios, liberación del intercambio, libertad de competencia, privatización de la economía—  mientras que en el segundo se calcó el modelo económico soviético y el régimen monocrático de organización política levantado sobre su politburó, el comité central, el sistema de partido único, los comisarios políticos, las torres de observación, los gigantescos desfiles de la frei deutsche jugend y los ubicuos retratos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Walter Ulbricht.

          En 1956 se produjo una gravísima confrontación internacional —la denominada crisis de Suez—   que puso en peligro la paz del mundo. Se originó en el discurso pronunciado el 26 de julio de ese año por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser para anunciar la nacionalización del canal de Suez como respuesta a la decisión del presidente Dwight Eisenhower de Estados Unidos, apoyada por el gobierno británico del primer ministro Anthony Eden, de dejar sin efecto la ofrecida asistencia financiera para la construcción de la presa de Aswán, a causa de los devaneos del gobierno egipcio con la URSS a propósito de contratos de compra de armas. Nasser decidió tomar el canal de manos de la empresa anglofrancesa La Compagnie Universelle du Canal Maritime de Suez y expulsar a las tropas británicas de su territorio. Esto desencadenó la invasión militar anglo-francesa a la zona del canal en coordinación con las fuerzas armadas de Israel, que ocuparon la península del Sinaí el 29 de octubre de 1956. Los Estados europeos consideraron que la libre navegación por el canal era vital para sus intereses y se aliaron secretamente en Sèvres el 22 y 23 de octubre. Los egipcios no pudieron resistir militarmente. Puerto Said fue bombardeado y ocupado. Las tropas israelíes avanzaron triunfalmente por la península del Sinaí. Como represalia, Egipto hundió en el canal cuarenta barcos de diversas banderas y bloqueó completamente la vía. En un hecho inusitado, los Estados Unidos votaron contra sus aliados, junto con la URSS, para aprobar una resolución de las Naciones Unidas que mandaba el cese de fuego, la retirada de las tropas anglo-francesas e israelíes y la sustitución por una fuerza internacional de paz.

          El peligro quedó conjurado.

          La construcción de la presa de Aswán  —la nueva presa—,  emplazada al sur de Egipto para embalsar las aguas del Nilo con fines de riego y de generación hidroeléctrica, comenzó en 1960 y terminó en 1968, aunque las últimas turbinas se instalaron en 1970. Tiene 480 kilómetros de largo por 16 kilómetros de ancho y 111 metros de profundidad. La obra se hizo con tecnología y financiación soviéticas, ya que los países occidentales se negaron a colaborar. Su coste superó los mil millones de dólares, de los cuales la tercera parte fue financiada por la Unión Soviética. Cuatrocientos técnicos de esta nacionalidad trabajaron en su construcción. El gigantesco embalse lleva el nombre de Lago Nasser, en honor del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, a cuyos sueños, iniciativa y esfuerzos obedece la obra.

          Otro caso dramático fue el de la instalación de las rampas de lanzamiento de misiles nucleares en Cuba durante el otoño de 1962. Volvió el mundo a estremecerse ante la amenaza de la guerra total. Un avión de espionaje U-2 de Estados Unidos fotografió desde el espacio la construcción de alrededor de setenta plataformas de misiles nucleares SS-4 de gran tamaño, que tenían un alcance de 3.500 kilómetros y que podían llegar con sus cabezas nucleares de un megatón de potencia a todas las ciudades importantes de Estados Unidos salvo Seattle. El presidente Kennedy consideró amenazada la seguridad de su país. Los emplazamientos estaban a noventa millas de sus costas y los misiles podían tocar cualquier punto de Estados Unidos. Puso un ultimátum a Kruschov para que los retirase en 48 horas. Rodeó de barcos artillados la isla a fin de impedir el paso de los artefactos nucleares enviados desde la URSS y las naves soviéticas viraron en redondo para evitar el choque. Conminó al gobernante soviético el inmediato desmantelamiento de las instalaciones. Puso en estado de máxima alerta a todas sus fuerzas militares en el mundo. Desplegó en Berlín y en otros puntos claves de la guerra fría la operación llamada “en guardia”. Todo lo cual produjo una peligrosísima confrontación personal y directa entre Nikita Kruschov y John F. Kennedy. Kruschov quiso medir hasta dónde estaba dispuesto a llegar el joven Presidente norteamericano. Finalmente, la determinación de Kennedy le convenció de que estaba ejerciendo presión en un lugar equivocado y ordenó desmontar el emplazamiento de los misiles. Pocos días más tarde se publicó la fotografía, tomada desde el aire, que mostraba la cubierta del buque mercante Fizik Kurchavov con seis misiles teledirigidos de alcance intermedio. La retirada soviética se había cumplido. Pero también Kennedy hizo público su compromiso de no invadir Cuba.

          Para Estados Unidos la situación era intolerable. John McCone, jefe de la CIA, informó al presidente Kennedy que los misiles pudieran dispararse desde suelo cubano dentro de las siguientes seis horas. En la cúpula política y militar de Washington se plantearon, entonces, tres posibles cursos de acción inmediata, según revela Tim Weiner en su bien documentado libro “Legado de cenizas. La historia de la CIA” (2008): “uno, destruir los silos de misiles nucleares con la fuerza aérea o los jets de la marina; dos, organizar un ataque aéreo de mucha mayor envergadura; tres, invadir y conquistar Cuba”. En la medianoche del día 21 de octubre Robert Keneddy abogó por la invasión a gran escala, pero su hermano John se inclinó por la primera opción. Y la anunció al mundo al día siguiente por radio, televisión y medios de prensa en forma de un ultimátum al gobierno soviético para que desmantelase las plataformas y retirase los misiles.

          En aquella dramática oportunidad, la desinformación de la Central Intelligence Agency (CIA) respecto de Cuba fue escandalosa. Escribe Weiner que la agencia de inteligencia norteamericana “estimaba que en Cuba había unos 10.000 soldados soviéticos; en realidad había 43.000. Asimismo, la agencia afirmaba que los efectivos cubanos sumaban un total de 100.000 hombres, cuando el verdadero número era 275.000. Por lo demás, la CIA rechazaba de plano la posibilidad de que los soviéticos estuvieran construyendo silos nucleares en Cuba”.

          Años después se supo, por el diario "Le Monde" de París, que el conflicto fue extremadamente grave. La correspondencia cruzada en el momento crucial de la crisis entre el primer ministro soviético Nikita Kruschov y Fidel Castro, que publicó con exclusividad el periódico parisiense, puso en evidencia el dramatismo de la situación. Fueron cinco cartas que Fidel Castro confió al periodista francés Jean-Edern Hallier. En la carta del 26 octubre 1962 un Castro colérico muestra su temor de que Kruschov pudiera ceder a las exigencias de Kennedy de retirar los misiles, lo cual, según el gobernante cubano, significaría la invasión norteamericana contra Cuba en los siguientes tres días. Y, ante esta eventualidad, sugirió a Kruschov dar un primer golpe nuclear contra Estados Unidos tan pronto como comenzara la invasión sobre la isla.

          El diálogo epistolar demuestra que Fidel no supo que Kruschov estaba negociando el retiro de los misiles a cambio de la promesa norteamericana de no invadir Cuba. Kruschov, sin duda, obedecía a una lógica diferente: a la lógica del equilibrio del terror, según la cual las armas nucleares son eficaces a condición de que no se usen, puesto que una guerra nuclear, sin la más remota posibilidad de sobrevivencia de vencedores y vencidos, sólo dejaría un planeta vitrificado. La eficacia de las armas nucleares está en la disuasión y no en su uso.

          Obnubilado por su odio hacia el gobierno norteamericano, Fidel Castro  —que poco tiempo antes había sufrido la invasión de Bahía de Cochinos auspiciada por la Central Intelligence Agency  (CIA) de Estados Unidos—  prefería en ese momento la apocalipsis de su pueblo y del planeta antes que una invasión norteamericana a su territorio.

          Estaba, además, enojado porque Kruschov había negociado con Kennedy sin su conocimiento y se sentía traicionado por su aliado soviético. Y, en efecto, las cosas fueron así. Sin el conocimiento y menos la consulta a Fidel, el gobernante soviético acordó con el Presidente norteamericano retirar inmediatamente los misiles del territorio cubano a cambio de la promesa de Kennedy de no invadir la isla y de desmontar sus obsoletos 15 misiles Júpiter de alcance medio emplazados en Turquía.

          A Fidel Castro también le molestó mucho que el gobernante soviético no hubiese aprovechado la coyuntura para negociar la recuperación para Cuba del <enclave de Guantánamo, en el sureste de la isla, ocupado por los norteamericanos desde 1903.

          A los 43 años del incidente de los misiles, el jefe del gobierno cubano, en una larga serie de entrevistas que concedió al periodista y escritor español Ignacio Ramonet entre principios del 2003 y mediados del 2005  —que dieron a éste material para su libro “Cien horas con Fidel” (2006)—,  reconoció que la instalación de los misiles fue acordada a petición del gobernante soviético Nikita Kruschov en una reunión celebrada en Cuba entre Fidel y Raúl Castro y los representantes del gobierno soviético Sharaf Rashidov, Secretario del Partido Comunista en Uzbekistán, y el mariscal Serguei Biryuzov, jefe de las fuerzas estratégicas de la URSS. “Confieso que no me agradaba mucho la presencia de aquellas armas en Cuba  —dijo Fidel—,  dado nuestro interés de evitar para nuestro país la imagen de ser una base soviética”; pero posteriormente, luego de analizar el plan propuesto y de incorporar sus sugerencias, envió a su hermano Raúl a Moscú para cerrar el acuerdo con el ministro de defensa soviético Malinovski y con Kruschov. Refirió Fidel que de inmediato los soviéticos trabajaron febrilmente en la instalación de las rampas de lanzamiento y que el 21 de octubre quedaron listas veinte de ellas.

          El líder cubano confesó a Ramonet que accedió al acuerdo porque “los soviéticos deseaban mejorar la correlación de fuerzas estratégicas, dado lo que significaba la presencia de sus proyectiles en Cuba, equivalente a la ventaja obtenida por los Estados Unidos con la presencia de proyectiles similares en países vecinos de la Unión Soviética: Turquía e Italia”; pero que el plan abortó porque Kennedy “mostró que tenía capacidad para instrumentar una respuesta efectiva”.

          El desenlace de la crisis llevó a Fidel, según lo declaró más tarde en sus conversaciones con el periodista español, a “la convicción de que, si éramos atacados directamente por Estados Unidos, jamás los soviéticos lucharían por nosotros. Ni podíamos pedírselo. Con el desarrollo de las tecnologías modernas, era ingenuo pensar, o pedir, o esperar que aquella potencia luchara contra Estados Unidos, si éstos intervenían en la islita que estaba aquí a noventa millas del territorio norteamericano”.

          Fueron muy elocuentes las cartas que en esos días se cruzaron el líder de la revolución cubana y el jefe del gobierno soviético, Nikita Kruschov. Dos de ellas pudieron conocerse el 26 de junio del 2007 cuando la CIA desclasificó algunos de sus archivos secretos y los colocó en su sitio web de internet. Esos archivos contienen lo que ella denominó su “ropa sucia”  —dirty laundry—,  o sea los crímenes y fechorías que había cometido alrededor del mundo.

          El 26 de octubre Fidel escribió angustiado a su dear Comrade Khrushchev: "De un análisis de la situación y de los reportes que poseemos, considero que la agresión es inminente dentro de las próximas 24 a 72 horas. Hay dos posibles variantes: la primera y más probable es un ataque aéreo contra ciertos blancos con el limitado objetivo de destruirlos; la segunda, menos probable aunque posible, es la invasión. Yo comprendo que esta variante requeriría un gran número de fuerzas y que sería, además, la forma más repulsiva de agresión, que por eso podría inhibirlos. Puede usted tener la seguridad de que nosotros resistiremos firme y resueltamente el ataque, cualquiera que éste sea. La moral del pueblo cubano es extremadamente alta y el agresor será confrontado heroicamente”.

          Y agregó: “Si se implementa la segunda variante y los imperialistas invaden Cuba para ocuparla, el peligro que tal política agresiva entrañaría para la humanidad sería tan grande que la Unión Soviética jamás debería admitir las circunstancias en las cuales los imperialistas pudieran lanzar el primer golpe nuclear contra ella. Le digo esto porque creo que la agresividad imperialista es extremadamente peligrosa y si ellos en efecto llevan a cabo el brutal acto de invadir Cuba, en violacion de la ley internacional y de la moralidad, ese sería el momento de eliminar tal peligro para siempre mediante un acto de clara legítima defensa, por dura y terrible que sea la solución, pero no hay otra”.

          En la parte final de su misiva Fidel Castro le dijo: “Usted ha sido y continúa siendo un incansable defensor de la paz y pienso en cuán amargas le deben ser estas horas cuando el resultado de sus esfuerzos sobrehumanos está tan seriamente amenazado. De todas maneras, hasta el último momento nosotros mantendremos el anhelo de que la paz sea salvaguardada y estamos listos a contribuir para ello tanto como podamos. Pero, al mismo tiempo, estamos listos a confrontar con serenidad una situación que la vemos muy real y muy cercana. Una vez más le hago llegar la infinita gratitud y reconocimiento de nuestro pueblo al pueblo soviético, que ha sido tan generoso y fraternal con nosotros, así como nuestra profunda gratitud y admiración hacia usted, y el deseo de que usted tenga éxito en esta enorme tarea y en las serias responsabilidades que pesan sobre su cabeza”.

          Dos días después, el 28 de ese mes, Kruschov respondió a Castro mediante una carta en la que, entre otras cosas, le decía:

          “Nuestro mensaje de octubre 27 al presidente Kennedy permite que la cuestión se arregle a favor de usted al defender a Cuba de una invasión y prevenir que se declare una guerra. La respuesta de Kennedy, que aparentemente usted también conoce, ofrece las seguridades de que los Estados Unidos no invadirán Cuba con sus propias fuerzas ni permitirán que sus aliados lleven a cabo una invasión. De este modo, el presidente de los Estados Unidos ha contestado positivamente a mis mensajes de octubre 26 y 27, 1962”.

          Y añadió: “Con este motivo, desearía recomendar a usted ahora, en este momento de cambio en la crisis, que no se deje llevar por sentimientos y que muestre firmeza. Yo debo decir que comprendo sus sentimientos de indignacion frente a las acciones agresivas y violaciones de elementales normas de la ley internacional por los Estados Unidos. Pero hoy, más que la ley, lo que prevalece es la falta de sentido de los militaristas del Pentágono. Ahora que se vislumbra un acuerdo, el Pentágono está buscando un pretexto para frustrar ese acuerdo. Por lo tanto, yo deseo aconsejarle de una manera amistosa que muestre paciencia, firmeza y más firmeza. Naturalmente, si hay allí una invasión, será necesario rechazarla por cualquier medio. Pero no debemos dejarnos llevar por las provocaciones, porque los desenfrenados militaristas del Pentágono, ahora que la solución al conflicto está a la vista y aparentemente en su favor, están tratando de frustrar el acuerdo y provocar a usted hacia acciones que pueden ser usadas contra usted. Yo le pido que no les dé el pretexto para hacerlo”.

          Paradójicamente el terrible incidente de los misiles produjo un ligero mejoramiento de las relaciones entre las superpotencias, cuyos gobernantes firmaron poco tiempo después una serie de tratados destinados a limitar la carrera armamentista y acordaron a través del hot-line agreement establecer la “línea roja” de contacto telefónico para que en casos de emergencia se pudieran comunicar directamente con el fin de alejar el peligro de una guerra por error. En esos días, funcionarios cercanos al presidente Kennedy comentaron que éste se mostraba predispuesto a una reconciliación con Cuba para bajar las tensiones de la guerra fría. Pero su asesinato en noviembre de 1963 y la sustitución de Kruschov por Leonid Brezhnev en 1964 interrumpieron este proceso.

          Echó mucha luz sobre el tema de los misiles la entrevista concedida en el 2001 a la cadena de televisión CBS por Robert S. McNamara, quien vivió de cerca los acontecimientos del año 62 puesto que era el Secretario de Defensa del gobierno de John F. Kennedy. La entrevista estuvo acompañada de un documental televisivo que reseñaba las principales acciones por él cumplidas en el ejercicio de su cargo.

          En los años 60 McNamara era un político tan influyente como controvertido. El célebre periodista Walter Lippman lo calificó como “el mejor secretario de defensa que ha habido” y “el primero en imponer control civil a los militares”; pero sus adversarios decían que era “un dictador arrogante” y, en alusión a su frialdad para tomar decisiones, que parecía “una computadora con patas”.

          En tal entrevista explicó McNamara que los misiles nucleares apuntaban a noventa millones de norteamericanos y que su gobierno no podía permanecer cruzado de brazos. En consecuencia, lo primero que hizo fue bloquear a Cuba con cuarenta barcos de guerra, cuyas tripulaciones portaban la consigna de hundir cualquier nave que no obedeciera sus órdenes. Se movilizaron 180.000 soldados de tierra, mar y aire. Se previó que el primer ataque contra Cuba se realizara mediante 1.080 misiones aéreas en un solo día. Es decir un ataque gigantesco. Según dijo McNamara, el general Curtis LeMay  —uno de los halcones militares norteamericanos de ese momento—  proponía “ir y destruir Cuba totalmente”, ya que en su concepto la guerra nuclear contra la Unión Soviética resultaba inevitable y era más conveniente hacerla en ese momento, cuando los Estados Unidos tenían una ventaja estratégica de 17 a 1 sobre aquélla.

          Refirió McNamara que el día 27 Kennedy recibió dos desconcertantes mensajes de Kruschov: uno suave y uno duro. El primero decía, en síntesis: “Si nos garantizan no invadir Cuba sacaremos los misiles”. Pero poco después llegó el segundo: “Si atacan estamos dispuestos a hacerles frente con poder militar masivo”.

          El primer mensaje, según reveló McNamara, agregaba. “Ustedes y nosotros no debemos halar una soga que tiene los nudos de guerra, porque entre más halemos, más duro se va a hacer el nudo. Y luego será necesario cortar ese nudo. Y no necesito explicarle lo que eso va a significar. Yo he participado en dos guerras y sé que la guerra acaba cuando ha pasado por ciudades y pueblos sembrando muerte y destrucción, pues esa es la lógica de la guerra. Si la gente no muestra sabiduría chocará como topos ciegos y comenzará la aniquilación mutua”.

          Por consejo de Tommy Thompson, exembajador estadounidense en Moscú  —quien conocía muy bien a Kruschov—,  Kennedy contestó el primer mensaje  —el mensaje blando—  con el propósito de colocar al gobernante soviético en trance de decir: “Salvé a Cuba de una invasión”, y justificar así ante el mundo y sus aliados cubanos el retiro de los misiles.

          McNamara reveló que en ese momento desconocía que la Unión Soviética había enviado a Cuba 162 bombas atómicas. De esto recién se enteró treinta años después  —en enero de 1992—  en una reunión presidida por Fidel Castro en La Habana, en que éste le informó que 162 bombas nucleares, incluidas 90 bombas tácticas, estuvieron ya en la isla durante la crisis de los misiles. En ese encuentro Castro le dijo que aconsejó a Kruschov que las usara. “¿Y qué hubiera pasado a Cuba?”, le preguntó McNamara. “La destrucción total”, contestó Fidel.

          Contó el ex Secretario de Defensa en la entrevista de la CBS que el presidente Kennedy le regaló un calendario de plata del mes de octubre de 1962, en el que estaban señalados con rojo los días del 16 al 28, que fueron días en los que se consideró la posibilidad real de desencadenar una guerra nuclear contra Cuba y, eventualmente, contra la Unión Soviética a raíz de la crisis de los misiles.

          McNamara dijo en esa entrevista: “Estuvimos a un pelo de la guerra nuclear”. Y agregó: “La lección más importante de la crisis cubana de los misiles fue que la combinación indefinida de la falibilidad humana y armas nucleares destruirá naciones. ¿Es correcto y debido  —se preguntó—  que el día de hoy tengamos 7.500 ojivas nucleares estratégicas, de las cuales 2.500 están en alerta para que en quince minutos puedan ser lanzadas por la decisión de un ser humano?”

          Sin embargo, las cosas cambiaron pronto. En varios de los documentos secretos desclasificados por la CIA el 26 de junio del 2007 se demuestra que en los años 60 del siglo anterior hubo tratos y gestiones oficiales para producir una reunión secreta en La Habana entre un representante del presidente John F. Kennedy y Fidel Castro. Uno de esos documentos se refiere a una grabación magnetofónica de la conversación entre el Presidente estadounidense y su asesor en seguridad nacional, McGeorge Bundy, sobre la posibilidad de que el funcionario norteamericano en las Naciones Unidas William Attwood aceptara la invitación que le había formulado Fidel Castro para concurrir a una reunión clandestina en La Habana con el fin de mejorar las relaciones con Washington. La cinta magnetofónica muestra la predisposición de Kennedy a aceptar la invitación a condición de que las cosas se manejaran de tal manera que, si la reunión trascendiera a conocimiento público, tuviera el gobierno norteamericano la posibilidad de negarla en forma convincente. Esto ocurrió el 5 de noviembre de 1963, diecisiete días antes del asesinato de Kennedy.

          El documento desclasificado, escrito en inglés, dice lo siguiente:

          “En el 40º aniversario del asesinato de John F. Kennedy y en la víspera de la difusión de una nueva película documental sobre Kennedy y Castro, el Archivo de la Seguridad Nacional publicó una cinta de audio que registra la discusión sobre la posibilidad de una reunión secreta en La Habana con Castro. La cinta, grabada 17 días antes de que Kennedy fuera asesinado en Dallas, recoge un informe de Bundy sobre la invitación extendida por Castro al funcionario norteamericano en las Naciones Unidas, William Attwood, para viajar a La Habana y mantener negociaciones secretas con el fin de mejorar las relaciones con Washington. La cinta registra la aprobación de Kennedy a condición de que, si la reunión en La Habana trascendiera al público, el gobierno norteamericano pudiera negarla verosímilmente”.

          “La posibilidad del mitin en La Habana  —prosigue el documento—  nació de un cambio de opinión del Presidente respecto a la posibilidad de lo que, en los papeles desclasificados, se denomina una concertación con Castro  —an accommodation with Castro—  inmediatamente después de la crisis de los misiles en Cuba. Las notas supersecretas de la oficina de Bundy en la primavera de 1963 llaman a un “acercamiento dulce, que tentaba seducir a Castro”, como una política potencialmente más exitosa que los esfuerzos encubiertos de la CIA por derrocar su régimen. Los documentos supersecretos de la Casa Blanca registran la opinión de Kennedy, de que “debemos empezar a pensar en líneas más flexibles” con Cuba, y su actitud “muy interesada en la perspectiva de las negociaciones”. Castro también aparecía interesado. En mayo de 1963, en el noticiario especial ABC News sobre Cuba, Castro manifestó a la corresponsal Lisa Howard que él consideraba posible un acercamiento con Washington “si el gobierno de los Estados Unidos así lo deseaba”. En este caso, dijo, “nosotros estaremos de acuerdo en buscar y encontrar una base para el mejoramiento de las relaciones”.

          Continúa el documento:

          “La historia no contada de los empeños Kennedy-Castro es el tema de un nuevo documental cinematográfico: “Kennedy and Castro: The Secret History”, difundido en el canal de cable Discovery/Times el 25 de noviembre a las 8 p.m. El documental, que enfoca el papel de la señorita Howard como intermediaria secreta en el esfuerzo hacia el diálogo, estaba basado en un artículo  —“JFK and Castro: The Secret Quest for Accommodation”—  escrito por el analista jefe Peter Kornbluh en la revista “Cigar Aficionado”. Kornbluh actuó como productor consultivo y suministró documentos desclasificados claves que se destacaron en la película. “Los documentos mostraban que JFK claramente deseaba cambiar el marco de las relaciones hostiles con Cuba”, según Kornbluh. “Su asesinato, en el momento mismo en que esta iniciativa llevaba a buen término, dejó un gran interrogante en la historia del conflicto de los Estados Unidos con Cuba”.

          Es probable que la historia de la guerra fría hubiera cambiado de rumbo de no mediar el asesinato del joven presidente norteamericano. Es ésta, por supuesto, una ucronía: lo que pudo haber sido y no fue.

          En los mencionados documentos desclasificados por la CIA, que contienen lo que ella denominó sus misdeeds  —según dice la página de presentación—,  consta la prolija y detallada información de los actos ejecutados por ella alrededor del mundo desde 1953 hasta 1973. Es un extenso conjunto de documentos que alcanza 702 páginas (24 MB), colocados en internet para la mirada pública del mundo. Esa “ropa sucia” —dirty laundry— contiene planes de asesinato, espionaje, contraespionaje, grabaciones clandestinas, interferencias telefónicas, desinformación, guerra psicológica, intrigas y mil y una maquinaciones desestabilizadoras contra los adversarios.

          Allí hay documentos que describen los intentos fallidos de asesinar por envenenamiento a Fidel Castro en 1960, las referidas cartas cruzadas entre el primer ministro soviético Nikita Kruschov y el líder de la revolución cubana en los momentos cruciales de la crisis de los misiles en la isla el otoño de 1962; el memorándum secreto de la Casa Blanca de marzo 4 de 1963 que evidencia el interés del presidente estadounidense John F. Kennedy para que se empiece a pensar en negociaciones con Castro dentro de líneas más flexibles  —“start thinking along more flexible lines”—;  el memorándum reservado titulado “Cuba Policy” enviado en abril 11 de 1963 por Gordon Chase, especialista en asuntos latinoamericanos del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, al asesor presidencial de seguridad nacional McGeorge Bundy, en el que le recomienda “mirar seriamente la otra cara de la moneda y tentar discretamente a Castro para un acercamiento hacia nosotros”; la grabación magnetofónica de una conversación entre el presidente Kennedy y McGeorge Bundy el 5 de noviembre de 1963  —diecisiete días antes del asesinato del líder norteamericano—  en torno a la invitación de Castro a una reunión secreta en La Habana en 1963 para bajar las tensiones cubano-norteamericanas; el memorándum reservado de la Misión norteamericana ante las Naciones Unidas, escrito por William Attwood, que contiene la cronología y la evolución de la iniciativa del gobernante cubano para las pláticas secretas en La Habana y en el cual se describe la fiesta celebrada en el departamento de la funcionaria norteamericana Lisa Howard en Manhattan el 23 de septiembre de 1963, donde Attwood se encontró con el embajador cubano ante las Naciones Unidas, Carlos Lechuga, y hablaron sobre la referida reunión en la isla; el memorándum reservado de noviembre 12 en el que Bundy reporta a Attwood acerca de la opinión favorable de Kennedy para el encuentro secreto pero sugiere que éste se realice en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York y no en La Habana para que sea menos probable la filtración de la información a la prensa; el mensaje secreto de Fidel Castro al presidente Lyndon Johnson el 12 de febrero de 1964, después del asesinato de Kennedy, en el que le expresa que las conversaciones iniciadas con el gobierno anterior deben continuar. “Yo seriamente anhelo  —dice Fidel—  que Cuba y los Estados Unidos eventualmente se sienten a conversar en una atmósfera de buena voluntad y mutuo respeto para negociar nuestras diferencias”; el “mensaje verbal” secreto cursado el 16 de junio de 1964 por Adlai Stevenson, embajador estadounidense ante las Naciones Unidas, al presidente Johnson, en el que le sugiere reanudar las conversaciones iniciadas con Kennedy “en un bajo pero suficiente nivel para evitar cualquier posible dificultad”. Y muchos otros “top secrets” de la guerra fría, cuya voluntaria revelación no dejó de sorprender a la opinión pública mundial.

          El asesinato de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 fue, sin duda, un episodio de trascendencia en el curso de la guerra fría. Y fue un episodio que nunca terminó de aclararse plenamente. El asesino, Lee Harvey Oswald, fue un oscuro y equívoco personaje. La Dirección de Estudiantes Cubanos  —grupo anticastrista juvenil financiado por la CIA—  había denunciado en agosto de 1963 su sospecha de que Oswald trató de infiltrarse en sus filas. El FBI lo consideraba un marxista desquiciado que apoyaba la Revolución Cubana. En ese año había hecho contactos con agentes de la inteligencia soviética para gestionar su regreso a Moscú, donde había vivido desde 1959 hasta 1962. A la fecha del asesinato trabajaba en un almacén de libros escolares en Dallas. Tim Weiner, en su libro histórico sobre la CIA  —cuya primera edición salió en el 2007—,  escribe que el FBI conocía una serie de antecedentes de Oswald que no había compartido con la Agencia Central de Inteligencia, y da a entender, aunque no lo afirma tajantemente, que él pudo ser un agente comunista. Charlotte Bustos, operadora de la CIA encargada de los archivos mexicanos, informó que pocos días después del asesinato un hombre que se identificó como Lee Oswald llamó por teléfono a la embajada soviética en Ciudad de México para averiguar por la visa que había solicitado para viajar a Moscú. Y el crimen se oscureció todavía más con el asesinato de Oswald en el cuartel de la policía de Dallas, dos días después de su arresto, mientras era trasladado a la cárcel de County  —ante las cámaras de televisión y los fotógrafos de la prensa—,  por un hombre vinculado a la mafia, Jack Ruby, que murió de cáncer poco tiempo después, durante el juicio penal que se le seguía por el homicidio.

          La construcción del >muro de Berlín en agosto de 1961, que fue otro de los siniestros símbolos de la guerra fría, mantuvo al mundo en vilo por casi tres décadas. Generó numerosas crisis, algunas de ellas de suma gravedad. Si bien las potencias occidentales, y el propio canciller de la República Federal de Alemania Konrad Adenauer, reaccionaron con suma prudencia ante la construcción de la muralla que dividía en dos la ciudad de Berlín y que incomunicaba a familias y amistades de ambos lados, los frecuentes y desesperados intentos de fuga de los ciudadanos del este, muchos de los cuales terminaron acribillados por las balas de los soldados comunistas, suscitaron frecuentes y peligrosas crisis políticas y militares. Hubo intercambios de disparos y bombas lacrimógenas entre los efectivos militares y policiales de ambos lados. En múltiples veces los soldados occidentales vieron impotentes cómo al otro lado del muro se masacraba a quienes intentaban huir. Un caso especialmente dramático, que conmovió a la opinión pública mundial, fue el del joven Peter Fetcher a quien los soldados de Berlín oriental hirieron y dejaron morir desangrado ante la indignación y las protestas de la multitud que miraba la escena desde el lado occidental del muro. Fue el 17 de agosto de 1962. Pero a pesar de todo siempre hubo gente decidida a jugarse la vida en el intento de escapar. Profesores, estudiantes, trabajadores e incluso miembros de la fuerza pública lograron hacerlo. Durante 1962 fugaron hacia Occidente 332 soldados y policías. En alguna oportunidad hubo un enfrentamiento entre tanques soviéticos y norteamericanos situados a los dos lados de la pared, que afortunadamente no se agravó. La población de Berlín oeste nunca dejó de protestar por el muro, que separaba familias y amistades. Finalmente, veintiocho años más tarde, grupos de jóvenes berlineses de Occidente, con picos y palas, derrocaron la muralla en medio de un entusiasmo cívico indescriptible. Pocos días después pedazos de la pared se vendían en las calles como souvenirs.

          La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el Pacto de Varsovia fueron los brazos armados de los dos bloques ideológicos y políticos en que se dividió el mundo durante el período de la confrontación. La OTAN fue constituida el 4 de abril de 1949 por las potencias de Occidente, en su afán de defenderse de un eventual ataque soviético a cualquiera de ellas. El eje de esta alianza militar fueron los Estados Unidos de América. Por su lado, el Pacto de Varsovia se formó en mayo de 1955 por los países marxistas de Europa oriental con propósitos de defensa común y de unificación de sus mandos militares. El eje de esta alianza fue la Unión Soviética.

          La historia, durante este lapso, fue la crónica del enfrentamiento de los dos bloques militares y sus movimientos tácticos y estratégicos para ampliar sus respectivas zonas de influencia o para afirmar las áreas que ya estaban bajo su control.

          Pero la guerra fría fue una operación multidimensional en ambos bandos contendientes, con desplazamientos militares, alianzas tácticas, armamentismo, intimidaciones, propaganda, >guerra psicológica, <espionaje, contraespionaje, amenazas, chantajes nucleares y guerras localizadas. Pero además tuvo un componente muy importante: la guerra fría cultural.

          Ésta acompañó, como parte de la estrategia global, a los despliegues militares, políticos y económicos. En los dos lados de la <cortina de hierro se invirtieron cuantiosas sumas de dinero en operaciones encubiertas para “ganar las mentes y las voluntades de los hombres”, según las palabras atribuidas al presidente Dwigth Eisenhower en esos años. El propósito era penetrar en el mundo intelectual y artístico para controlar sus manifestaciones. Con este fin se formularon programas secretos de orden cultural y se reclutaron exponentes importantes de las letras, las ciencias, las artes, el cine, el deporte, es decir, la cultura en su más amplia acepción, para inducirlos a servir, consciente o inconscientemente, los intereses políticos, geopolíticos y geoestratégicos de las partes.

          La Agencia Central de Inteligencia norteamericana, a través de una operación encubierta, creó en 1950 el Congreso por la Libertad Cultural, que en su momento culminante tuvo oficinas en treinta y cinco Estados, y que se dedicó a organizar conferencias, encuentros, congresos, exposiciones de arte, conciertos musicales y publicación de libros y revistas. Los aparatos de inteligencia soviéticos, por su lado, lavaron el cerebro a los escritores, intelectuales y artistas de su zona de influencia y más allá, a quienes obligaron a servir los intereses del marxismo so pena de ir a parar a los campos de concentración de Siberia, administrados por la GULAG (Glavnoye Uptavlenie Lagetov), junto a los prisioneros políticos, los granjeros opuestos al programa de colectivización de la tierra y las víctimas vivas de las purgas estalinistas.

          En el bando occidental tuvo mucha importancia la manipulación religiosa para demostrar que “tras el comunismo está Satanás”, como solía afirmar el predicador norteamericano Billy Graham en los tiempos del presidente Harry Truman. Especialmente en Estados Unidos, como parte de la guerra fría cultural, la invocación de dios fue un instrumento muy eficaz para mantener su cohesión interna durante las dramáticas vicisitudes de la guerra fría.

          Era usual escuchar a los presidentes, los líderes políticos, los ministros y los directores de la Agencia Central de Inteligencia invocar a dios y utilizar frases de la Biblia. El jefe de la CIA, Allen Dulles, formado en las tradiciones presbiterianas, solía citar pasajes bíblicos y, cuando la Agencia se mudó en 1961 a su enorme edificio en los bosques de Virginia, dispuso que fuese grabada en una de las paredes del salón Langley la cita de san Juan en el Nuevo Testamento (VIII,32): “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

          Por esos años el cine de Hollywood estaba muy sutil y hábilmente vigilado para que emitiera mensajes subliminales en defensa de las formas de vida del mundo libre frente a los peligros de los regímenes autoritarios. Las agencias de información del gobierno sugerían temas para las películas de Hollywood. En los años 50 apareció una serie de cintas anticomunistas, como The Red Nightmare, Invasion USA, The Red Menace, I was a Communist for the FBI, Red Planet Mars, My son John y Cita a la once. Directores, productores y actores  —como John Ford, Ward Bond, John Wayne, Merian Cooper y otros—  jugaron un papel muy importante en las producciones cinematográficas estadounidenses de aquellos tiempos para la defensa de los patrones culturales de Occidente.

          Sostiene la novelista y cineasta británico Frances Stonor Saunders, en su libro “La CIA y la guerra fría cultural” (2001), que la distribución mundial de la película Animal Farm (1945), basada en la obra del novelista inglés George Orwell, fue financiada por la Agencia Central de Inteligencia. En ella se narra alegóricamente que los animales de una granja promovieron una revolución contra los humanos que los tiranizaban; pero la república del “socialismo real” de los animales cayó rápidamente bajo el dominio de los cerdos y de sus implacables perros guardianes, que obligaron a los demás animales a realizar las tareas más abyectas en beneficio de los intereses de la clase dominante de los cerdos. Éstos, sin embargo, habían convencido a los animales de que trabajaban en beneficio de ellos y no de los dominadores. La fábula de Orwell, escrita bajo las impresiones que recibió durante su lucha en las filas republicanas de la guerra civil española, entraña una sarcástica condena contra la sociedad totalitaria y contra la traición de Joseph Stalin a la Revolución de Octubre.

          La cineasta inglesa escribió que la CIA se valió también de la obra póstuma de Orwell, titulada “1984”, en la que el novelista inglés describía la pesadilla de los gobiernos tiránicos y de los Estados totalitarios, para convertirla en una película de intención política. La corporación Rathvon, Financiada por CIA, rodó la cinta y la estrenó en 1956, con su potente mensaje anticomunista.

          En el otro lado de la <cortina de hierro ocurrió lo mismo, aunque con mucho menor sutileza. El director Vsevolod Pudovkin se destacó en el <cartelismo cinematográfico soviético. Antes de la guerra fría, con el triunfo de la Revolución de Octubre en 1917, el gobierno soviético convirtió al cine en instrumento de adoctrinamiento y propaganda. En el VIII Congreso del PCUS, reunido en 1919, se afirmó que el cine era el medio adecuado para la “autoformación” y el “autodesarrollo” de los trabajadores. La aplicación de la política cinematográfica estuvo a cargo del Comisario del Pueblo para la Educación Popular, quien controlaba y dirigía la producción de películas. En 1922 Lenin declaró que “el cine es para nosotros el arte más importante” y en 1924 afirmó Stalin ante el XIII Congreso del Partido Comunista que “el cine es un medio sumamente importante de agitación de masas” por lo que “es nuestro deber controlarlo”.

          Dentro de estos parámetros políticos la producción cinematográfica de la Unión Soviética, sometida a lo que entonces se llamaba el “expresionismo vanguardista”, adoptó una serie de temas recurrentes ligados a los acontecimientos revolucionarios, cuyos resplandecientes protagonistas eran el pueblo en armas, los héroes insurgentes, los constructores de la sociedad socialista y los hacedores del cambio revolucionario. Todo lo cual se reflejó en las películas: Huelga (1924), El Acorazado Potemkim (1925), Octubre (1927), Madre (1926), El fin de San Petersburgo (1927), Tormenta sobre Asia (1928), Máquina Diabólica (1926), Lo antiguo y lo nuevo (1928), Las montañas de oro (1931), Deserteu (1933), Maksim (1934), Los campesinos (1934), Lenin en Octubre (1937), Komsomolsk (1938), Alejandro Nevski (1938), El General Suvorov (1940), Iván el Terrible (1944-1948).

          El <estalinismo impuso una rígida férula a la actividad cinematográfica y aherrojó a los cineastas soviéticos. Las películas de ese tiempo versaban sobre sesgados temas históricos y pesadas biografías, todas de exaltación ideológica. Con Nikita Kruschov se abrió una relativa libertad intelectual, aunque siempre enmarcada en los parámetros de la ideología marxista, que produjo una nueva generación de autores  —Vasili Shukshin, Andréi Tarkovski, Andréi Konchalovski, Elem Klimov, Larisa Shepitko y otros—  que rodaron varias películas interesantes. En 1964 Grigori Kozintsev dirigió Hamlet con mucho éxito. Terminado el período de Kruschov, regresó la censura y volvió a aparecer el index de las películas prohibidas. Y el cine soviético retornó a sus relieves chatos.

          Pero este orden de cosas se desplomó de pronto, sin que nadie lo previera, ante el asombro del mundo. Todo ocurrió vertiginosamente: en cinco meses que cambiaron el destino de la humanidad. El 24 de agosto de 1989 un hombre del Sindicato Solidaridad, Tadeusz Mazowiecki, se convirtió en jefe del gobierno de Polonia en elecciones parlamentarias libres y formó el primer gabinete no comunista de Europa Oriental. En agosto decenas de miles de alemanes orientales que habían ido a Hungría de vacaciones destruyeron las alambradas de púas que la separaban de Austria y por allí pasaron a Alemania Occidental. En noviembre sumaban doscientos mil. Inmensas manifestaciones en Leipzig y Berlín forzaron la renuncia de Erich Honecker, el gobernante de Alemania comunista. El 9 de noviembre cayó el muro de Berlín. Grupos de jóvenes lo derribaron con picos y palas en una emotiva jornada libertaria. En Checoeslovaquia el pueblo salió a las calles a protestar contra el gobierno y los comunistas se vieron forzados a abandonar el poder. Un golpe palaciego derrocó en Bulgaria a Todor Jivkov, jefe del Estado y del partido. Después de sangrientos enfrentamientos en Timisoara y Bucarest el dictador rumano Nicolae Ceaucescu y su mujer Helena, al intentar huir, fueron detenidos, juzgados sumariamente y ejecutados.

          La guerra fría había terminado.

          Mucho tuvo que ver en esto la actitud del gobernante soviético Mijail Gorbachov, quien en enero de 1987 expresó al comité central del partido comunista: ”Queremos un mundo libre de guerras, sin carreras armamentistas, armas nucleares y violencia” porque es absurdo que, mientras la humanidad tiene problemas sociales no resueltos y sufre situaciones apremiantes, los países malgasten sus recursos en <armamentismo. Lo cual, en su criterio, es no solamente absurdo sino además insensato pues “hace que el estallido de una guerra mundial, no declarada o accidental, sea cada vez más probable, debido simplemente a una falla técnica o a la falibilidad humana”.

          Los planteamientos de Gorbachov condujeron a negociaciones sobre la disminución de las armas nucleares y convencionales entre las superpotencias y al abandono de la <doctrina Brezhnev, esto es, a la eliminación del control soviético sobre los países del este europeo. Como demostración de su buena fe, Gorbachov ordenó el retiro de sus tropas de Afganistán. Lo cual produjo un cambio de actitud de Washington hacia Moscú, que quedó muy claramente reflejado en el respaldo que el gobierno norteamericano dio al líder soviético cuando un grupo de políticos y militares de la “vieja guardia” comunista intentó derrocarlo en agosto de 1991.

          Con la caída del muro de Berlín  —que no fue solamente una enorme pared de concreto que partió en dos a una ciudad y que encarceló a 17 millones de alemanes sino el emblema de la intransigente hostilidad entre dos sistemas filosófico-políticos—  y con el desplome de la Unión Soviética en 1991 y la desintegración del bloque marxista, nació un nuevo orden internacional. La bipolaridad dio paso a la unipolaridad. Se produjeron importantes logros en el campo del desarme nuclear de alcance medio y corto. De las dos alianzas militares, la una fue desmantelada y la otra hizo una conversión fundamental. Disuelto el Pacto de Varsovia, sus miembros recobraron su plena independencia. La OTAN, en cambio, hizo un gran viraje. Terminó la confrontación militar. Y ocurrió lo impensable: la alianza atlántica abrió sus puertas para el ingreso de los países que poco tiempo antes habían formado parte de la alianza enemiga.

          En la conclusión de la guerra fría fue determinante el pensamiento y la conducta de Mijail Gorbachov, a la sazón Presidente del gobierno soviético, quien dio un vuelco a la organización política de su país con la >“perestroika”, es decir, con el programa de reforma política y apertura económica anunciado en enero de 1987, durante una reunión del comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética.

          Gorbachov justificó su viraje ideológico y político con la invocación del fracaso de la conducción política de su país en el pasado. La perestroika implicó un reordenamiento de la política interna y externa de la Unión Soviética, aunque según Gorbachov ella no significaba el abandono de las tesis marxistas sino su rectificación porque “el potencial del socialismo había sido poco utilizado”.

          La perestroika produjo cambios espectaculares no sólo en la Unión Soviética sino también en el bloque de sus países satélites.

          Formó también parte de la perestroika el denominado >“nuevo pensamiento” de Gorbachov en materia de política internacional y, particularmente, de las relaciones de su país con los Estados Unidos de América. Él entrañó un programa de negociaciones con las potencias de Occidente sobre la reducción de las armas nucleares y convencionales y el abandono de la <doctrina Brezhnev sobre el control de los países de Europa oriental. Para poner en evidencia su buena fe, Gorbachov ordenó el retiro de sus tropas de Afganistán. Lo cual posibilitó la concreción de varios acuerdos de desarme entre las superpotencias.

 
Correo
Nombre
Comentario