grupo de presión

          Fue en los Estados Unidos de América donde surgieron, a principios del siglo XX, las primeras preocupaciones sobre los llamados grupos de interés. El politólogo norteamericano Arthur Bentley, en su obra “The process of government” (1908), afrontó el tema de las distintas agrupaciones que se forman, en torno de intereses particulares, en una sociedad. Durante los años 20 la expresión grupos de presión fue utilizada por primera vez en Estados Unidos en unas campañas de prensa en que se condenó la oculta influencia de los agentes de poderosos grupos económicos privados sobre los mandos del Estado para alcanzar decisiones legislativas o gubernativas favorables a sus intereses. Los pressure groups  —que así fueron llamados—  se consideraron como fuerzas invisibles peligrosas para el sistema democrático norteamericano.

          Sus orígenes estuvieron ligados al escándalo político y a la corrupción. Mucho se discutió lo que debía hacerse con ellos. Las opciones alternativas fueron colocarlos fuera de la ley o legalizarlos. Se optó por la segunda posibilidad porque no fue factible desconocer la existencia real de estos grupos de interés que no obstante pertenecer al ámbito privado habían penetrado en las áreas de competencia estatal y afectaban directamente el orden público. En 1946 se expidió la Regulation of Lobbying Act, en la que se definió lo que eran los lobbyists  —o sea los agentes de los grupos de presión—,  se sacó a la luz pública sus actividades y se les obligó a inscribirse en un registro especial y a señalar los nombres de las empresas para las que trabajaban. De este modo se introdujo cierto grado de transparencia sobre sus actividades.

          Durante largo tiempo la intervención de los grupos de presión, denominados también lobbies, fue una característica de los regímenes políticos occidentales en los que la propiedad de los instrumentos de producción está en manos privadas, y fue un fenómeno estrechamente vinculado al sistema capitalista. Sin embargo, por sus especiales características de eficacia y operatividad, los tratadistas llaman la atención acerca del desenvolvimiento de ellos en los Estados Unidos de América, donde han acumulado tanto poder e influencia que a su acción sobre los órganos estatales se ha designado con la denominación de “gobierno invisible”.

          Nacieron allí con el nombre de >lobby, que significa en inglés galería, corredor, vestíbulo o sala de espera de un edificio, en razón de que sus agentes solían realizar los cabildeos en los vestíbulos o pasillos de los edificios públicos para conquistar el voto de los legisladores o inclinar la voluntad de los funcionarios del Estado en favor de sus intereses.

          Los grupos de presión, sin ser de naturaleza política, suelen intervenir en la vida pública del Estado para defender sus intereses económicos. Operan a través de sus agentes  —llamados lobbyists—,  quienes se encargan de gestionar ante los legisladores o los funcionarios públicos la toma de decisiones favorables a los asuntos de su interés. Los métodos que utilizan son diversos. Acuden a arbitrios que van desde el contacto personal con legisladores, ministros y funcionarios del Estado hasta la ayuda electoral en favor de los candidatos comprometidos. En Estados Unidos la intromisión de los lobbies ha llegado a extremos increíbles, con frecuencia reñidos con principios legales y morales. Intervienen en la designación primaria de candidatos, en la elección definitiva de ellos, en la redacción de sus programas electorales; vigilan el proceso legislativo  —a fin de que no se aprueben leyes contrarias a sus conveniencias—,  interfieren en la gestión ejecutiva y, eventualmente, presionan ante el Tribunal Supremo de Justicia para lograr la declaración de inconstitucionalidad de ciertas leyes.

          Los que utilizan son métodos de presión. De ahí su nombre. Usualmente aplican tres clases de procedimientos para alcanzar sus objetivos: la persuasión, la corrupción o la intimidación. Los métodos de persuasión son la información, las campañas publicitarias, la propaganda en favor de las causas que defienden o en contra de las que impugnan. Usan para eso los medios masivos de comunicación. Si estos métodos no surten efectos acuden a los de corrupción, como la financiación de campañas electorales, el cohecho y la utilización de las debilidades o flaquezas de los funcionarios (viajes, fiestas, weekends, obsequios, drogas, sexo) a fin de someterlos a la voluntad de los grupos de presión. Y si todo esto les resulta infructuoso, les quedan finalmente los métodos de intimidación: la amenaza, el chantaje, la coacción psicológica, las campañas públicas de desprestigio. Así logran sus objetivos.

          A diferencia de los >partidos políticos, los grupos de presión no buscan el ejercicio directo del poder ni pretenden para sus miembros las posiciones gubernativas. Permanecen en la penumbra y actúan siempre con mano ajena. Los partidos quieren ejercer el poder mientras que los grupos de presión actúan sobre el poder pero desde el exterior y sin asumir responsabilidad política alguna.

          De otro lado, los grupos de presión carecen de una concepción política global y no se sienten responsables de la conducción de un país, sino que defienden intereses económicos de un grupo dentro de la sociedad e incluso contra la sociedad. Son fuerzas desintegradoras. Defienden las conveniencias concretas de un sector concreto de la población y no pueden evitar su enfrentamiento con los demás sectores. Los partidos, en cambio, tratan de integrar en sus planteamientos las diversas aspiraciones sociales. Son, por eso, portadores de una síntesis.

          Los defensores de estos grupos sostienen que ellos complementan la tarea de los partidos políticos al presentar a la consideración de los gobernantes una franja de intereses sectoriales que la visión generalizante de los partidos no los mira. Según ellos, los grupos de presión “matizan” las ideologías partidistas y toman en cuenta una banda de problemas que, por pertenecer a sectores socio-económicos específicos y no a la comunidad en su conjunto, quedan al margen de la consideración de las ideologías.

          En todo caso, los grupos de presión son elementos de los que no se puede prescindir en los regímenes democráticos de Occidente. Sea que actúen dentro de la ley, sea que operen en forma clandestina, ellos forman parte del sistema capitalista y están presentes en la vida pública de los Estados.

          Hay también grupos de presión “globales”, es decir, de escala internacional, que se han constituido en centros de poder mundial. Puedo mencionar al <Club Bilderberg, a la Comisión Trilateral y al Council of Foreign Relations (CFR), que ejercen una clandestina pero enorme influencia en la toma de decisiones de la política mundial. Todos ellos se presentan como centros de reflexión y análisis de los temas globales  —think tanks—  pero en la práctica ejercen poderes fácticos muy grandes, especialmente en el diseño y ejecución de las políticas económicas de alcance planetario, dada la influencia que mantienen sobre los gobiernos de los países industriales y sobre los organismos económicos multilaterales.

 
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