graffiti

          Palabra italiana que designó originalmente las inscripciones o dibujos mensajeros trazados en las murallas, paredes y monumentos de las antiguas ciudades romanas. Los grababan con grafito  —el mineral negro agrisado compuesto de carbono—  y eso explica su nombre.

          En castellano se llama grafitos a tales inscripciones.

          La palabra tiene actualmente un significado especial: es la corta e ingeniosa leyenda escrita en una pared por personas anónimas para manifestar un pensamiento político generalmente contestatario. Los graffiti son, en realidad, una manera informal de expresión política de los que no tienen voz en los medios de comunicación formales.

          Los más antiguos de ellos probablemente fueron los de Pompeya, la vieja ciudad romana destruida por un terremoto en el año 63 d. C. y sepultada 16 años más tarde bajo las piedras, lava y ceniza arrojadas por una erupción del Vesubio, en cuyas faldas estaba construida. Durante 17 siglos nada se supo de ella, hasta 1748 en que un grupo de arqueólogos la encontró bajo tierra. Hoy se han descubierto alrededor de 60 hectáreas de ruinas arqueológicas de lo que en su tiempo fue la esplendorosa ciudad de Pompeya, llena de vida, arte y cultura y de negocios prósperos. En sus muros y paredes semidestruidos los arqueólogos hallaron miles de graffiti de la más diversa naturaleza. Lo cual demuestra que fue una costumbre de sus habitantes expresarse de este modo.

          Punzantes graffiti aparecieron más tarde, a fines del siglo XIV, en la estatua de pasquino en Roma contra el papa Urbano VI. Uno de los epigramas decía: “lo que no hicieron los bárbaros, lo ha hecho Barberini”. Era una crítica contra el pontífice por haber mandado fundir los bronces antiguos para construir cañones.

          Durante el reinado de Alejandro VI se pintaron allí muchísimas inscripciones de crítica a la conducta dispendiosa y libertina del papa español, a quien llamaban el “toro rojo” en alusión al toro de gules que llevaba el escudo nobiliario de la familia Borja, originaria de Játiva y Gandía.

          Siglos después las calles de París tuvieron muchos graffiti en los días de la Revolución Francesa. Por entonces las paredes eran la única prensa libre. Más tarde, los movimientos estudiantiles de Francia en mayo de 1968 volvieron a utilizar esta forma de protesta. Los graffiti recogieron las ideas, sentimientos, sueños, frustraciones y esperanzas de la juventud insubordinada contra el orden de cosas existente. Allí se escribieron las ideas más sorprendentes: “seamos realistas: exijamos lo imposible”, “prohibido prohibir”, “el Estado es cada uno de nosotros”, “las armas de la crítica pasan por la crítica de las armas”, “sólo la verdad es revolucionaria”, “cuando el sabio señala la Luna, el imbécil mira el dedo”, “la voluntad general contra la voluntad del General”, en obvia referencia al presidente Charles De Gaulle.

          El “prohibido prohibir” fue, en realidad, una frase del argentino Teodoro Roca, redactor del célebre Manifiesto de la Reforma Universitaria de Córdoba en 1918, de quien la tomaron los jóvenes parisienses.

          En América Latina la tradición del grafito viene de muy atrás. En Ecuador, a principios del siglo XIX, al día siguiente de la declaración de independencia de España, se hizo célebre la leyenda: “Último día del despotismo y primero de lo mismo”, que amaneció pintada en las coloniales paredes de Quito, con la que el pueblo quiso dar a entender que las cosas no habían cambiado sustancialmente y que el poder colonial de los chapetones simplemente había pasado a los criollos españoles.

          Desde entonces las paredes han sido un medio de comunicación.

          En el cementerio de Bogotá se podía leer la leyenda: “levantarse vagos, que la tierra es del que la trabaja”. En alguna ciudad de nuestra América recuerdo haber visto: “proletarios de todos los países, uníos. Ultima llamada”. Y otro que firmaba Tupac Amaru: ”No estoy con los partidos del centro”. En las paredes de Quito: “Los derechos humanos son tres: ver, oir y callar” y otro incisivo como un estoque: “las putas al poder porque sus hijos han fracasado”. En la pared de un prostíbulo: “La única puta es la injusticia”. Durante uno de los últimos regímenes conservadores se escribió en una pared quiteña: “Se vende un país con vista al mar. Informes: palacio de gobierno”, como sarcástica crítica a la política de privatización indiscriminada de los bienes públicos que impulsaba aquel gobierno; y, en irónica alusión a la infructuosa búsqueda de Bin Laden, el jefe de la banda terrorista islámica al Qaeda, autora de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington: “Ossama no asoma”. Y hubo uno que decía, con irónica referencia a la inscripción que lleva la moneda norteamericana: In God we trust. All others pay cash !!! Y otro referente a la emigración latinoamericana: Yanquis, go home...y llévenme con ustedes!

          Recuerdo que cuando se acercaba el fin de mi mandato presidencial en Ecuador, en agosto de 1992, aparecieron las paredes de Quito pintadas con la siguiente leyenda: “Por cambio de oficio vendo uniformes de aviador, submarinista, tanquista, tractorista y tenista. Informes: Palacio de Gobierno”. Era evidentemente una irónica alusión a las actividades militares que, como Presidente de la República, realicé con frecuencia a bordo de naves supersónicas, submarinos o tanques, para conocer por dentro la vida militar y sus riesgos.

          Durante la crisis financiera, política y social argentina del año 2002 se escribieron en las paredes de Buenos Aires numerosos graffiti: “El país estaba al borde del abismo y con Duhalde hemos dado un paso adelante”, “Este gobierno es como un bikini: nadie sabe cómo se sostiene pero todos quieren que se caiga”, “Basta ya de realidades, queremos promesas”.

          En los trenes subterráneos de Nueva York  —los subways—  se desarrolló una suerte muy especial de graffiti. La historia de ellos comenzó en los años 60. Como una forma de salir del anonimato del >gueto, los adolescentes pintaban las paredes del metro neoyorquino e incluso los propios vagones del tren con sus nombres o dibujos. Era una manera de obtener identidad y, aunque fuera fugazmente, dejar de ser un simple “número” en la inmensidad de la >sociedad de masas. Nació así lo que después se llamó el subway art.

          En el curso de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, celebrada en Copenhague del 7 al 19 de diciembre del 2009, los grupos contestatarios que impugnaban la falta de compromisos concretos y cuantificables de los países industriales para frenar la contaminación del planeta, pintaron las paredes de la ciudad con varios graffiti alusivos al fracaso de la reunión, entre los cuales podía leerse: “no cambien el clima, cambien el sistema” o “si el clima fuera un banco, ya lo habrían salvado”.

          Los graffiti son un fenómeno cultural. Para el pueblo las paredes constituyen la única prensa libre y a través de ellas manifiesta su modo de pensar sobre los problemas de un país, sus críticas al sistema, su sentido del humor, su irreverencia e, incluso, su filosofía de la vida o su poesía. Y con frecuencia lo hace con corrosiva ironía contra los detentadores del poder político o económico.

          A fines del siglo anterior y comienzos del presente aparecieron embadurnadas las paredes y muros de todas o casi todas las ciudades del mundo con unos extraños garabatos que no tenían sentido sino para quienes los habían pintarrajeado y que representaban la reivindicación de las pandillas juveniles sobre su “territorio”. Ellos no eran grafitos, en realidad. Generalmente carecían de texto o tenían texto ilegible o ininteligible. Eran garabatos o simples signos esquizoides e incomprensibles para la gente, pero que, en el marco de la disputa “territorial” entre las pandillas, significaban un acto de presencia, si no de dominación, de los pandilleros en el lugar.

 
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