golpe de Estado

          Esta expresión es la traducción castellana del coup d’État tan en boga en la literatura política francesa a partir del libro de Gabriel Naudé “Considérations politiques sur le Coup d’État”, publicado en 1639, en el que el escritor francés dio a esta expresión la amplia significación de un acto realizado por el gobernante para reforzar su propio poder. Por eso, dentro de tan lato sentido, Naudé incluyó como golpes de Estado actos como el de Catalina de Medici de exterminar a los hugonotes la noche de San Bartolomé (24 de agosto de 1572) lo mismo que la prohibición impartida por el emperardor Tiberio a su cuñada de volverse a casar para evitar que los nuevos hijos de ésta pudieran disputar a los suyos los derechos a la sucesión imperial.

          La expresión ha modificado su sentido con el tiempo. Se ha restringido su comprensión. Hoy significa un cambio violento de gobierno operado con violación de las normas constitucionales, cuyos actores son los propios gobernantes o sectores ligados a ellos. En la literatura política se ha considerado como caso típico de golpe de Estado el que consumó desde el poder Luis Bonaparte en Francia el 2 de diciembre de 1851 para restablecer el Imperio y asumir la autoridad imperial. Napoleón le petit, como le llamó despectivamente Víctor Hugo, disolvió la Asamblea Nacional, detuvo a los jefes de los partidos de oposición, luego convocó un plebiscito para “legitimar” su coup d’Etat, dio a Francia una nueva Constitución, restableció el Imperio hereditario y se proclamó emperador de los franceses con el nombre de Napoleón III. Este es el arquetipo de golpe de Estado.

          Ocurre con frecuencia que, ante la amenaza de una acción revolucionaria o rebelde que les mueve el piso, los gobernantes deciden anticiparse e imponen desde arriba y por la fuerza un nuevo orden político en el Estado. Este orden político es una dictadura. Rompen la Constitución, se salen de la ley y, a través de medidas militares y policiales, asumen el control total de la organización estatal. Se apoderan rápidamente de los organismos claves  —telecomunicaciones, medios de prensa y de transporte, centrales eléctricas, puertos y aeropuertos, carreteras, plantas de energía, oleoductos, centros productivos—  y toman el control global de la situación. Esta es generalmente la técnica del golpe de Estado, para usar las palabras del escritor italiano Curzio Malaparte (1898-1957).

         Sea que el jefe del Estado asuma poderes dictatoriales, sea que alguno de sus ministros o la alta jerarquía militar lo hagan para sustituirlo en el poder, la característica esencial del golpe de Estado es que se origina en las altas esferas gubernativas, se produce sin participación popular y persigue imponer por la fuerza un gobierno de hecho sobre la sociedad.

          Como dije antes, el golpe de Estado suele producirse, bajo determinadas condiciones objetivas y subjetivas, cuando un gobierno de poca vocación democrática siente que pierde piso. Se adelanta entonces a la insurgencia y asume poderes dictatoriales.

          Los protagonistas de un golpe de Estado casi siempre llaman “revolución” a su aventura cuartelera. No se paran a pensar en las profundas diferencias que separan a la revolución del mero golpe de Estado. La >revolución entraña un cambio axial, profundo, violento e irreversible de la estructura estatal mientras que el golpe de Estado busca cimentar el orden de cosas prevaleciente en una sociedad.

          Curzio Malaparte considera que la ejecución de un golpe de Estado es “un problema de orden técnico puesto que la insurrección es una máquina y se necesitan técnicos para ponerla en movimiento”. Narra en su libro “Técnica del Golpe de Estado” la situación de Italia en 1920 y concluye que la toma revolucionaria del poder por los comunistas era inminente. Que estaban dadas todas la condiciones para ella: “la fiebre sediciosa de las masas proletarias, la epidemia de las huelgas generales, la parálisis de la vida económica y política, la ocupación de las fábricas por los obreros y de las tierras por los campesinos, la desorganización del ejército, de la policía y de la burocracia, la falta de energía de la magistratura, la resignación de la burguesía, la impotencia del gobierno”. Todo estaba listo. Mussolini, entonces, decidió adelantarse con su golpe de Estado. Primero ingresó al gobierno a compartir el juego parlamentario y después, con los dispositivos del mando, asaltó el poder total por la fuerza e impuso la larga dictadura del <fascismo en Italia.

          Hay, sin embargo, un tipo de golpe de Estado de inspiración diferente. Es el propugnado por el revolucionario comunista francés Louis Auguste Blanqui (1805-1881). Se trata de un coup d’état que, si bien es instrumentado por una <elite de conspiradores armados y ejecutado al margen de toda participación popular, persigue como propósito imponer desde el poder un programa de transformación social y barrer hasta los vestigios del capitalismo. La teoría de este tipo de golpe de Estado se llama <blanquismo.

          El siglo XX fue el siglo de los golpes de Estado en América Latina y el Caribe. Se produjeron más de trescientos pronunciamientos militares y cuartelazos. Muchos de ellos, especialmente en la segunda mitad del siglo, fueron inspirados, financiados y organizados por los Estados Unidos, como parte de la >guerra fría y de la lucha anticomunista. Fueron derrocados gobernantes de izquierda o de derecha incómodos para sus intereses, entre ellos, Jacobo Arbenz de Guatemala en 1954; el dictador Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana en 1961; el presidente Ydígoras Fuentes el 31 de marzo de 1963 en que una columna de tanques Sherman rompió las puertas de la casa presidencial en ciudad de Guatemala bajo la acusación al presidente de complicidad con los comunistas; en el mismo año y con las mismas razones Juan Bosch fue sacado del poder en la República Dominicana por las fuerzas combinadas de la aviación, el ejército y la marina; en ese año también el presidente de Honduras Ramón Villeda Morales fue conminado a renunciar por dos escuadrones de aviones caza que sobrevolaron el palacio presidencial de Tegucigalpa; el 31 de marzo de 1964 se inició el golpe de Estado contra el presidente Joao Goulart de Brasil para “liberar a la Nación del yugo comunista”; el 11 de septiembre de 1973 se produjo el dramático y gallardo suicidio de Salvador Allende en Chile bajo el bombardeo militar al palacio de gobierno; el presidente de Panamá y exagente de la CIA, general Antonio Noriega, acusado de tráfico de drogas, fue apresado y condenado a cárcel por los tribunales de justicia estadounidenses en 1989. En fin, es larga y de triste recordación la lista de los golpes de Estado consumados en América Latina y el Caribe durante el siglo XX. Ellos fueron parte del realismo mágico de la política latinoamericana de aquellos años. Los países políticamente más inestables de la región, donde se dio el mayor número de golpes de Estado en el siglo XX, fueron Bolivia con 56 alzamientos al margen de la Constitución, Guatemala con 36 y Perú con 31. Y los más estables fueron México, Chile, Uruguay, Colombia, Venezuela y Costa Rica.

          Al otro lado del océano, en cambio, las agencias de inteligencia Geheime Staatspolizei (GESTAPO) de los nazis y Komitet Gosudarstvennoj Bezopasnosti (KGB) de los soviéticos no tuvieron la prolijidad ni la paciencia de tejer maquinaciones más o menos secretas para consumar golpes de Estado y cambiar gobiernos que no les eran gratos, sino que fueron directa y abiertamente a la invasión armada y a la anexión de los Estados hostiles, como hizo Hitler con Austria durante la primavera de 1938  —tres años después de que Mussolini invadiera Etiopía—,  con la región checoeslovaca de los sudetes en 1939 y con Polonia el 1 de septiembre de 1939  —que desencadenó la >segunda guerra mundial—  y como hizo Stalin con la anexión por la fuerza de Estonia, Letonia y Lituania, en el más puro estilo hitleriano, y después con la exigencia a Rumania de la cesión de Besarabia y Bukovina en junio de 1940 y la invasión armada a Finlandia.

 
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