globalismo

          La globalización es un proceso socioeconómico, el globalismo en cambio es una ideología  —en el sentido lato de la palabra—  porque va más allá de la descripción de un orden de cosas para convertirse en un conjunto de propuestas y juicios de valor sobre él.

          Por consiguiente, la globalización es una realidad tangible compuesta por una serie de sucesos objetivamente dados, en tanto que el globalismo  —cuya acuñación me pertenece—  es una teoría, un conjunto de ideas, una construcción ideológica, una elaboración conceptual que explica la globalización y trata de justificarla desde el punto de vista ético. Exalta sus excelencias, defiende sus logros, impulsa sus estrategias, difunde sus virtudes. E intenta convencer a la gente de sus bondades.

          Tiene un enfoque muy amplio que va desde la defensa y justificación de los intereses geoestratégicos de los países dominantes hasta la “mundialización de la cotidianidad” que se manifiesta en las agendas de trabajo de la gente, los tópicos de su conversación, las informaciones diarias, los usos, costumbres y hasta los giros idiomáticos que tienden a extenderse e imitarse.

          El globalismo se mueve en el orden teorético mientras que la globalización camina sobre la realidad tangible de lo económico y social. Como muchas de las ideologías, el globalismo obedece a intereses dominantes, en este caso de los países desarrollados. Y tiene también sus ideólogos, sus seguidores  —que son los globalistas—,  sus aparatos de resonancia y su estructura propagandística.

          El globalismo defiende la nueva estrategia de dominación de los países industriales que es la globalización, enaltece el fundamentalismo del mercado, exalta la libertad de comercio, brega por el abatimiento de las barreras arancelarias, impulsa el flujo libre de los factores de la producción  —excepción hecha de la mano de obra, a la que somete a muchas restricciones, incluso racistas—,  propugna el desmantelamiento del Estado, implanta la monarquía del capital, fomenta la internacionalización de la economía, promueve el uso de las nuevas tecnologías, defiende la <“desregulación” de las actividades económicas, favorece la homologación de las costumbres y la imitación de las pautas de consumo y fortalece la sociedad consumista. Pero otorga diferentes dosis de libertad y distintas velocidades de movimiento a los factores de la producción: da libertad absoluta a los capitales, libertad relativa a los bienes y servicios, reducida libertad a las tecnologías y exigua o ninguna libertad a los movimientos de las personas.

          Esta ideología empezó a forjarse a partir del colapso de la Unión Soviética y de la terminación de la guerra fría, cuando las potencias de Occidente quedaron sin contrapesos geopolíticos. Entonces uno de sus objetivos estratégicos fue la conquista de mercados dentro del mundo comercial redondo y no planisférico que surgió cuando, después de la terminación de la guerra fría, a la concepción meramente plana del intercambio internacional le sustituyó su visión rotunda. Surgió entonces el concepto de “lo global”. Los medios de comunicación saltaron fronteras, las comunicaciones alcanzaron escala planetaria, el capital y los demás factores de la producción se desplazaron por el mundo, se intensificaron los intercambios internacionales. El planeta se convirtió en un solo y gran mercado financiero, comercial, bursátil y crediticio abierto las veinticuatro horas del día. Fue un fenómeno impresionante. Y de su exaltación teórica se encargó el globalismo, que fue la ideología elaborada por los ganadores del sistema para defender sus intereses. Con las más sutiles argumentaciones ellos se afanaron en explicar y justificar la destrucción del Estado y el asalto a las soberanías nacionales y de cohonestar los excesos irracionales del sistema.

          La globalización conduce inevitablemente hacia la “occidentalización” del planeta o, más exactamente, hacia su “norteamericanización”, puesto que las tecnologías de última generación y sus productos, generados en su mayor parte en los Estados Unidos, son vectores de valores culturales, de formas de pensar, de estilos de vida y de maneras de hacer las cosas en el marco de la “aldea global” de la que hablaba Mac Lughan. Ellos son portadores de una ideología capitalista, de una concepción unidireccional y de un >pensamiento único.

          La globalización adolece de un gran déficit democrático. Favorece a las empresas transnacionales  —cada vez más poderosas en lo económico, financiero y político—,  que controlan alrededor de la tercera parte de la producción industrial del mundo. Genera nuevas desigualdades y profundiza las existentes dentro de los países y entre los países.

          Las gestoras de la globalización, que son principalmente las grandes empresas transnacionales, transgreden todas las normas económicas, laborales, sociales, tributarias y medioambientales de los diversos países. Y el capitalismo global  —el cibercapitalismo—,  con su "sacralización" del libre mercado, escapa de los controles estatales.

          La globalización es, en realidad, un capitalismo global cada vez más fuerte y desprendido de las vigilancias nacionales. Entraña un proceso de integración económica y tecnológica entre las grandes corporaciones supranacionales  —lo supranacional, multinacional o transnacional no se refiere a la propiedad de las empresas sino a su ámbito de acción—,  que expanden sus tentáculos financieros alrededor del planeta.

          Hay una presencia planetaria de las burocracias privadas que rebasan los controles nacionales, los derechos sociales de los pueblos, la justicia económica, la equitativa distribución del ingreso y las normas de protección del medio ambiente. El empresariado transnacional  —con elitismos y privilegios multiplicados—  forma poderosas oligarquías lo mismo en los países del norte que en los del sur: oligarquías nacionales y transnacionales, con sofisticados y poderosos sistemas de generación de ideas y de comunicación virtual de ellas en dimensiones planetarias. Y ha convertido en universales sus valores, sus propuestas, su concepción económica del mundo y su cosmovisión.

          La globalización no es ideológicamente neutral, como suelen sostener sus promotores: escondido tras la trama económica, su contenido ideológico tiene orientación neoliberal. Son los principios neoliberales los que la informan y conducen. Por eso ella genera tantas y tan profundas asimetrías económicas y polarización social. 

          Pero el globalismo ha sido tan eficiente como portador de ideas e inoculador de intereses, que ha logrado convencer de las bondades de la >globalización incluso a quienes son sus víctimas. Ha manejado con suma habilidad la impostura de confundir las nuevas y prodigiosas tecnologías que se han extendido por el mundo con el régimen político que las utiliza. Y con gran astucia ha difundido la idea de que lo que conviene a los países industriales conviene a todos. Así ha formado opinión en el mundo y ha logrado que el sistema reciba respaldo en el interior de los países cuyos mercados son invadidos y desmantelados sus aparatos productivos. Y a todos quienes han desenmascarado sus falacias y se han negado a dejarse engañar o no han prestado complicidad a sus proyectos de concentración del ingreso les ha endilgado el calificativo de “dinosaurios”, que ha recorrido el mundo con la misma velocidad que los demás elementos de la globalización.

          La homologación de las estrategias, las tácticas, los métodos y hasta la retórica en todos los lugares es parte de globalismo y de la globalización. Una de esas estrategias es convertir las prioridades de la economía privada en políticas del Estado y una de esas tácticas es vincular las tecnologías de última generación con el ultraliberalismo  —fenómenos que en realidad son independientes—,  de modo de sugerir subliminalmente que entre ellos hay una relación de efecto a causa.

          Las actividades económicas, financieras y comerciales globalizadas requieren una base física donde desarrollarse, pero esa base física ya no es el territorio de un Estado sino una zona mucho más amplia, comprensiva de varios Estados. Este es el nuevo espacio global. O sea el espacio que necesitan la producción y la tecnología de los países grandes para expandirse más. El espacio planetario de hoy es el equivalente de lo que fue el espacio estatal en los siglos XVIII, XIX y parte del XX, esto es, el escenario de la economía.

          El globalismo ha “desterritorializado” la política y la economía. Las ha liberado de las fronteras nacionales. El territorio estatal para los efectos de la producción y el intercambio ha pasado a ser menos importante que el tiempo como dimensión de la economía. Cosa que antes no ocurría. La dimensión temporal se ha superpuesto a la espacial, en el sentido de que lo que tradicionalmente se ha considerado como “nacional” ha sido desbordado por “lo global” y de que las fronteras estatales ya no cuentan o cuentan cada vez menos como factores condicionantes de la actividad política y económica. Las “plazas financieras” no coinciden, como antes, con la diagramación territorial de los Estados. La “alianza” entre las telecomunicaciones, la informática y los transportes ha empequeñecido el planeta. Ha aproximado sus puntos más distantes. Ha vencido las dificultades que antes le imponía la geografía. Esto lo saben bien los actores políticos y económicos. A las <corporaciones transnacionales no les interesa la territorialidad, en el sentido estatal de la palabra. De ahí que en la “aldea global” la dimensión espacial haya cedido su importancia a la temporal y el aprovechamiento del tiempo se haya vuelto el factor clave de la competencia y emulación económicas.

          Por eso hoy se ha reactualizado la expresión “tiempo mundial”, creada por el profesor emérito de la University of California Wolfram Eberhard en los años 70 del siglo anterior para referirse a las condiciones internacionales en que es posible hacer algo dentro del contexto nacional, repetida después por varios pensadores franceses y empleada más tarde por el profesor marroquí Zaki Laïdi para designar los signos, señales y valores venidos del resto del mundo que favorecen una acción o serie de acciones dentro de un país o que las hacen necesarias. Bajo estas premisas, Laïdi sostiene la forzosidad de la globalización, estimulada por aquellos mensajes. La globalización, según él, cuenta con el auspicio del tiempo mundial  —world time—  lo mismo que la perniciosa inversión especulativa de corto plazo en escala planetaria.

          Para fines de análisis de las asimetrías de la globalización económica pudieran desagregarse sus principales componentes, como lo hace el profesor Vicenc Navarro de la Universidad Pompeu Fabra, y podría hablarse de la globalización del comercio, la globalización del capital productivo y la globalización del capital financiero.

          Al hacerse esta desagregación, lo primero que puede observarse es que la globalización comercial es un fenómeno totalmente dispar. Aproximadamente el 94% del comercio internacional se realiza entre los países desarrollados  —es un intercambio intra-OCDE—,  de modo que las compras a los países subdesarrollados alcanzan porcentajes muy pequeños, que en su mayor parte corresponden al sudeste asiático y cuyos principales rubros son bienes primarios y manufacturas fabricadas en ellos por sucursales de las propias casas matrices del primer mundo. Eso significa que el flujo de bienes de los países pobres hacia los ricos es relativamente pequeño y en general contiene poco >valor agregado. El profesor norteamericano Paul Krugman señalaba en 1997 que los productos manufacturados procedentes de los países subdesarrollados apenas representaban el 1,2% del producto nacional de los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En cambio, las exportaciones con que éstos invaden los mercados de los subdesarrollados, destruyen sus puestos de trabajo y comprimen los salarios están compuestas por bienes de un gran valor agregado. Por lo que las balanzas de comercio difícilmente pueden ser positivas para los países del mundo subdesarrollado.

          En cuanto al segundo componente de la globalización, las inversiones productivas de los países desarrollados en el mundo subdesarrollado han sido muy reducidas y no han mostrado tendencias a incrementarse a pesar de los esfuerzos realizados por los países pobres para atraerlas por medio de la disminución de las cargas fiscales y de la estrangulación de los salarios. Y la mayor parte de esas inversiones se ha dirigido hacia los dragones asiáticos. Esta es también otra asimetría. Bajo la enseña de la globalización, el abrumador porcentaje del capital productivo ha ido a parar a los propios países desarrollados. El líder socialdemócrata alemán Oskar Lafontaine, en un libro publicado en 1998 que lleva el paradójico título de “No hay que tener miedo a la globalización” pero que contiene agudas críticas al sistema, señala que “el 70% del conjunto mundial de las inversiones directas se concentra en Europa occidental, los Estados Unidos y Japón. Estos son también los países de los que procede el capital: los cinco más importantes son los Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Alemania y Francia. En lo esencial, pues, existe una interpenetración de las economías de los Estados Unidos, Japón y Europa occidental”. Y en cuanto a su país agrega que “la economía alemana no constituye una excepción a este monopolio. Una pequeña cantidad, el 4% de la inversión bruta, se dirige hacia los países en vías de desarrollo, concentrándose en Hong Kong, la India, Turquía, Singapur y Malasia”.

          Estas condiciones no cambiaron sustancialmente cinco años después, según el análisis de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en su libro "Globalización y Desarrollo" publicado en el 2002. Si bien los países subdesarrollados aumentaron su cuota de inversión extranjera directa, ésta seguía favoreciendo desproporcionadamente a los países industriales y a sus 60.000 empresas transnacionales. De acuerdo con cifras de la CEPAL, en el año 2000 las economías desarrolladas concentraron el 82% de la inversión extranjera directa. En el seno de la II Cumbre de expresidentes latinoamericanos, reunida en Santiago de Chile del 22 al 25 de abril del 2002, escuchamos a Enrique García, presidente ejecutivo de la Corporación Andina de Fomento (CAF), sostener que en el bienio 2001-2002 la tasa promedio de flujo de capitales internacionales hacia las economías latinoamericanas alcanzó apenas US$ 20.500 millones.

          El enorme poder del capital financiero en el mundo globalizado no tiene precedentes. Ha encontrado en los avances de la informática y las telecomunicaciones sus principales aliados. Puede cambiar su denominación, levantar vuelo e ir de un lugar a otro en pocos segundos, sin que los Estados estén en capacidad de impedirlo. Las facultades que el neoliberalismo ha cercenado al Estado han sido transferidas al capital financiero que en plenitud de poder busca alcanzar los mayores rendimientos posibles en el menor plazo.

          Para ilustrar el punto el profesor y político español Vicenc Navarro, tomándola del "Washington Post", refiere una anécdota muy elocuente en su libro “Neoliberalismo y Estado del Bienestar” (1998). Dice que el presidente Bill Clinton, ante las insinuaciones del Secretario de Finanzas para que redujera el déficit público porque de lo contrario los capitales financieros forzarían al Tesoro a abaratar los bonos y encarecer el precio del dinero, le respondió: “¿Quieres decirme que aquellos hijos de perra me dictan lo que debo hacer o no?”. A lo que uno de los asesores del Presidente comentó con ironía que si volviera a nacer preferiría ser un magnate del capital financiero antes que Presidente de Estados Unidos.

          Así son las cosas en el mundo de la globalización. Hay una movilidad extraordinaria de capitales especulativos por el planeta, que son los responsables de las recurrentes <crisis financieras y de la inestabilidad general en los mercados monetarios, bursátiles, cambiarios y crediticios, como las que estallaron en México en 1982 a causa de su desproporcionado endeudamiento externo y a finales de 1994 por la gran acumulación de inversiones de cartera sumamente volátiles, que abandonaron el país a los primeros síntomas de inestabilidad y que repercutieron en otros lugares del mundo a través del llamado “efecto tequila”; o la última gran crisis del siglo XX que afectó gravemente a las nueve principales economías capitalistas de Asia: Japón, Taiwán, Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas, que se desplomaron una tras otra en un lapso extremadamente corto, en medio de devaluaciones monetarias, dificultades financieras, caídas bursátiles, corridas de dinero, quiebra de empresas y despidos masivos.

          Para revertir la crisis y como respuesta a la excesiva libertad de movimiento de los capitales especulativos, los dragones asiáticos implantaron a fin de siglo medidas restrictivas y duros controles sobre sus monedas y sus sistemas cambiarios con el propósito de evitar la salida de capitales. El entonces primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, afirmó rotundamente en 1999 que “el libre mercado ha fracasado estrepitosamente”, suspendió todas las negociaciones en la moneda local  —el ringgit—  y prohibió a los inversores extranjeros tenedores de acciones malayas vender sus títulos por un año. Incluso Hong Kong, centro financiero tradicionalmente abierto, buscó mecanismos para restringir la libertad y la influencia de los capitales sin fronteras. Esta política económica implicó una revisión profunda de uno de los principios angulares de la globalización, que es el derecho del dinero para viajar por el planeta sin cortapisas y para buscar sus más rentables posibilidades. Después de sufrir los estragos de la crisis, los países asiáticos dieron un viraje hacia los anteriores principios tutelares de sus economías y restringieron la “soberanía” del capital.

          Hay que recordar que la crisis advino precisamente cuando los gurús neoliberales de Occidente convencieron a los grupos dirigentes del sudeste asiático de que abandonaran su proteccionismo comercial, redujeran las tarifas arancelarias, liberalizaran los mercados financieros, disminuyeran el gasto público y desmontaran el control estatal sobre la economía. Es decir, cuando los dragones asiáticos abandonaron su modelo económico basado en un cierto dirigismo estatal que había dado un crecimiento tan notable a sus economías.

          Sin embargo, el globalismo pretende convencernos de las bondades universales de la globalización y para ello cuenta con poderosos aliados en el interior de los países del mundo subdesarrollado. Habla del “comercio libre”, que en realidad es un comercio internacional programado y dirigido hasta en los más pequeños detalles por las grandes compañías transnacionales; o forja la ilusión de que lo que conviene a los países desarrollados es conveniente para todos como si la globalización no tuviera sus ganadores y sus perdedores; o postula las ventajas del “trickle-down”, como si los empresarios pudieran darse el lujo, en medio de la más descarnada competencia en la que sólo subsisten los más aptos y en la que se trata de expulsar del mercado no sólo a las empresas contrincantes sino a países enteros, de permitir que sus utilidades “goteen” más de la cuenta.

          El globalismo desatiende el hecho de que los factores de la globalización son la ciencia y la tecnología y de que la instrumentación de ellos la hacen las <corporaciones transnacionales. Entonces, vale preguntarse: ¿dónde están los laboratorios científicos y tecnológicos del tercer mundo que con sus inventos y descubrimientos puedan abrirse paso en la economía globalizada? ¿Dónde están las corporaciones transnacionales del tercer mundo que puedan ser vectores de sus intereses? ¿Dónde están los instrumentos que permitan a los países pobres dar un hálito de equidad y de simetría a la globalización? La verdad es que el 95% de la investigación científica y tecnológica se realiza en los Estados desarrollados, según afirma el Club de Roma, y que las únicas señales de la globalización provienen del norte, con la Exxon Mobil, la Wal-Mart, la General Motors, la Ford Motor, la Chevron, la ConocoPhillips, la Daimler-Chrysler, la CNN, la Microsoft, la AT&T, la SBC Communications Inc., la WorldCom, la Turner Broadcasting System Inc., la Coca-Cola y la Mcdonald’s a la cabeza.

          El globalismo pretende que la globalización es un hecho ineludible, contra el que no se puede luchar. Lo trata como si fuera un fenómeno natural y no una ordenación que los hombres dan al proceso de la economía de acuerdo con sus conveniencias. De donde concluye que ella tiene la fatalidad y la fuerza ineluctable de los fenómenos de la naturaleza. No se plantea siquiera la posibilidad de que pudiera ser reencausada, remodelada, racionalizada, humanizada o resistida.

          En un debate de mesa redonda que mantuve en Guatemala el 18 de julio del 2001 con el profesor inglés Anthony Giddens sobre el tema de la >tercera vía en el mundo globalizado, éste ratificó sus conocidos puntos de vista, entre ellos la afirmación de que la >globalización está  impuesta  por  los  prodigios  de  la  revolución  digital  —el solftware, los ordenadores, internet, la industria de las comunicaciones—,  de modo que es muy poco lo que se puede hacer frente a ella.  El  profesor  Giddens  sin  duda  confundía  —y eso fue lo que repliqué en la discusión—  los instrumentos tecnológicos de la globalización con el régimen político que los utiliza.

          No puede admitirse una globalización sin reglas. Debe gobernarse de alguna manera la globalización. Conviene recordar las palabras del primer ministro socialista francés Lionel Jospin, publicadas en "El País Digital" de España, edición del 22 de noviembre de 1999, en pleno auge de la mundialización: “Reconocemos plenamente la globalización. Pero no consideramos su manifestación inevitable. De aquí que tratemos de crear un sistema de regulación de la economía capitalista mundial. Opinamos que a través de la acción conjunta europea  —en una Europa animada por los ideales democráticos sociales—  se pueden reglamentar algunas áreas claves, como las finanzas, el comercio o la informática”. Y concluyó que no debemos resignarnos ante un modelo capitalista “inevitable” y tenido como natural. “No debemos rendirnos al concepto fatalista de que el modelo capitalista neoliberal sea el único disponible”  —escribió—  sino que debemos moldear el mundo con nuestros valores.

          Al menos este es el deber de un socialista: vertebrar una sociedad justa y no fomentar las desigualdades sociales derivadas del nacimiento o de la posición económica de las personas.

          El economista norteamericano Joseph E. Stiglitz, en un artículo escrito para “El Universal” de México a comienzos de este siglo, comentó que los países de Asia del este tuvieron el acierto de aceptar la globalización en términos propios: “ellos gobernaron la globalización en formas que la hicieron funcionar para ellos y para sus pobres. Rechazaron el capital rápido, el comercio y la liberalización financiera y otros elementos de las políticas del consenso de Washington impulsadas por las instituciones internacionales en todas partes”.

          La única forma de corregir los abusos e inequidades de la globalización es mediante la formación de un amplio frente de los países perjudicados por ella. Esto aconseja el más elemental instinto de conservación. Pero los gobernantes latinoamericanos han sido incapaces de aprender la lección de la deuda en la década de los 80 y veinte años después volvieron a incurrir en el error suicida de rehuir la responsabilidad de formar un frente unido de países pobres para enderezar el proceso de globalización. Dejaron pasar la oportunidad que se presentó en abril del 2000, cuando se juntaron en La Habana por primera vez los jefes de Estado y de gobierno del Grupo de los 77. Acudió a la cita medio centenar de gobernantes del tercer mundo pero solamente dos de América Latina: el anfitrión Fidel Castro y el presidente de Venezuela Hugo Chávez. La agenda de la Cumbre del Sur contempló cuatro temas de vital importancia para los países subdesarrollados: las relaciones con el norte, la cooperación sur-sur, la globalización de la economía y la sociedad del conocimiento. Pero en el curso de los debates se habló, además, de la deuda externa, de la dependencia tecnológica, de la penuria de recursos financieros y de la reforma de los organismos de Bretton Woods. Esa fue una oportunidad propicia, pero desperdiciada, para formar el frente de los países perjudicados por la globalización.

          Ésta no es una propuesta negativa ni mucho menos. Las propuestas negativas a la postre fracasan. Es una agenda que procura superar, con el poder multiplicado de la unión, las deficiencias de la globalización con respecto a los países pobres para “conseguir que la mundialización se convierta en una fuerza positiva para todos los habitantes del mundo”, según dice la Declaración del Milenio formulada por las Naciones Unidas en el año 2000. Recuerdo que en un debate que sobre el tema sostuve en mayo de 1999 con Felipe González en la Universidad de Georgetown, en Washington, el líder español encontró que mis planteamientos eran excesivamente negativos. Pero no lo eran realmente. Los países pobres, con industrias incipientes de exportación, adolecen de una preocupante incapacidad para producir una oferta adecuada de bienes y servicios “globales” con valor agregado, que puedan colocarse exitosamente en los mercados exteriores. Y si la globalización no considera esto, no se hace cargo de las diferencias de tamaño de las economías ni rectifica sus errores no podrá ofrecer beneficios generales y simétricos.

          Tal como está diseñada, muy a pesar de su nombre y de la retórica de los globalistas, la globalización determina penosas exclusiones de países, regiones, actividades económicas y sectores sociales, de modo que no resulta realmente “global” en sus beneficios ni significa progreso de todos.

 
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