geopolítica

          Es, por decirlo de alguna manera, una ciencia  —o una seudociencia, para algunos—  intermedia entre la política y la geografía, que estudia la influencia que la ubicación geográfica y el entorno físico ejercen sobre la organización y comportamiento de los Estados y sobre las relaciones de poder entre ellos.

          Se ocupa de describir y explicar la organización política, económica y militar que adoptan las sociedades asentadas en las diferentes zonas del planeta, dado que el espacio físico no es respecto de ellas un elemento neutro.

          Al estudiar las relaciones entre la geografía y la vida política de los pueblos, ella establece el influjo que el entorno medioambiental tiene sobre el desarrollo de la sociedad. Esa influencia es doble: de un lado, los factores del escenario geográfico condicionan de muchas maneras la convivencia social y, de otro, la lucha política por el espacio físico ha movilizado históricamente a los entes políticos y ha marcado rumbos a la historia.

          Edmundo Walsh dice que la geopolítica es “una ciencia que pone los datos de la geografía al servicio del arte de gobernar”.

          La palabra geopolítica está asociada al nombre del geógrafo Karl Haushofer, quien sostuvo que, dado que los entes políticos están en permanente lucha por su espacio físico, la localización geográfica de un Estado determina su comportamiento político y su relación internacional. Las guerras no tienen otra explicación, de acuerdo con esta tesis. Fue precisamente Haushofer quien acuñó el término alemán lebensraum, que significa espacio vital, y que fue la invocación de Hitler para justificar su expansionismo territorial.

          A pesar de que la palabra geopolítica envuelve los conceptos “tierra” y “política”, poco tiene que ver con la geografía política.

          El emplazamiento de los entes políticos en el planeta  —estratégico en algunos casos, mediatizado en otros—  no solamente contribuye a formar sus aptitudes internas de desarrollo sino a definir sus potencialidades internacionales, su influencia política externa, su inserción en los bloques regionales, sus posibilidades de comercio exterior, la amplitud de sus comunicaciones con el mundo y sus alianzas militares y compromisos bélicos. Algunos analistas de la geopolítica piensan, por ejemplo, con relación a la realidad europea de la primera mitad del siglo XX, que los Estados continentales, en razón de sus fronteras terrestres y, por tanto, de su mayor exposición al peligro de invasiones externas, crearon enormes ejércitos permanentes y establecieron en algunos casos regímenes centralizados y autoritarios que facilitaran su rápida movilización. El Estado insular, en cambio, pudo asegurar su defensa con menores dificultades y abrió con mayor facilidad su régimen político hacia la libertad y las autonomías locales.

          La geopolítica, a la que muchos niegan su calidad de ciencia, se desarrolló bajo los efectos desprestigiantes del pensamiento de los teóricos y políticos del nazismo  —el general y geógrafo Haushofer, entre otros—  que se valieron de ella para justificar su acción expansionista. Por eso Isaac Stone llegó a afirmar que la geopolítica “es una contribución de los nazis a la terminología política y militar”.

          La concepción geopolítica del >nazismo fue una mezcla seudocientífica de antropología, política y racismo destinada a cohonestar la conquista del espacio vital  —el lebensraum, que decía Hitler—  para el Tercer Reich, bajo la hegemonía de una raza excelsa llamada a gobernar el planeta.

          Lo importante, al margen de las aberraciones hitlerianas, es descubrir los efectos condicionantes que los factores geográficos tienen sobre la política de los Estados. Hay, sin duda, un influjo telúrico que facilita, dificulta o impide, según los casos, el desarrollo de los pueblos y que moldea su carácter. Muchos pensadores de la Antigüedad, de la Edad Media, de la Era Moderna y de los tiempos actuales se han preocupado de desentrañar las relaciones de los seres humanos  —y, por ende, de las sociedades—  con el medio telúrico en que desenvuelven su vida. Hipócrates, Platón, Aristóteles,Tucídides, Herodoto, Polibio, Eratóstenes, Varrón, Vitruvio, Cicerón, Séneca atisbaron la cuestión. Más tarde Maquiavelo, Bodín, Vico, Du Fresnay, Turgot, Cuvier, Herder y Montesquieu, aunque desde diferentes ángulos ideológicos, hicieron importantes aproximaciones al tema. Posteriormente geógrafos, etnógrafos, antropólogos, sociólogos y otros científicos se ocuparon de las relaciones entre el medio geográfico y la sociedad que en él se sustenta. Fueron Lamarck, Ritter, Humboldt, Burkle, Le Play, Mackinder, Kirchoff, Ratzel, Kjellén y muchos otros quienes pusieron en evidencia la influencia del telurismo.

          El sociólogo Friedrich Ratzel (1844-1904) fue el autor de la conocida fórmula de que el hombre es un pedazo de la tierra, que ratificó el biólogo francés Alexis Carrel (1873-1944) con su afirmación de que somos un producto exacto del limo terrestre.

          Algunos pensadores  —que pertenecen a la escuela geográfica dentro de la sociología—  creen que se da incluso una suerte de determinismo entre el espacio físico y la sociedad. Las condiciones del entorno, en opinión de ellos, determinan la manera de ser de los entes políticos y su organización. El carácter de las sociedades políticas, el progreso o decadencia de los países, las ideas y creencias religiosas de los pueblos, las formas de la familia, la fertilidad de la población, el grado de inteligencia de sus habitantes y todos los demás fenómenos sociales son atribuidos a influencias geográficas y telúricas.

          Más razonable, sin embargo, parece el criterio de que hay posibilitación y no determinismo en las relaciones entre la geografía y la sociedad. El territorio y los demás elementos del entorno físico —el tamaño y fecundidad del suelo, el clima, la altitud, los cambios estacionales, la presión atmosférica, la temperatura— ofrecen al grupo social un cúmulo dado de posibilidades para el desarrollo. Las extensas áreas costaneras, por ejemplo, hacen posible la actividad marítima de sus habitantes y abre las comunicaciones hacia el exterior, mientras que las zonas mediterráneas aíslan a los pueblos y fomentan su nacionalismo huraño.

          En todo caso, el espacio físico no es un elemento inerte ni neutro sino que condiciona activamente la vida de los pueblos, así en lo interior como en lo exterior. Es factor del desarrollo. Posibilita o dificulta, en diversos grados, el progreso de los países. Explica las fuerzas centrífugas de los Estados, su influencia exterior, la formación de áreas centrales de poder y de expansión política y económica, las relaciones de dominación y dependencia y la consolidación de núcleos de decisión regional o mundial.

          Todo esto es materia de estudio de la geopolítica.

          En el campo de la geopolítica y de la geoestrategia globales, es decir, del manejo estratégico de los intereses geopolíticos de los Estados en escala mundial, el profesor norteamericano de origen polaco Zbigniew Brzezinski, junto con los profesores Samuel P. Huntington, Jan Tinbergen, C. A. Zebot, E. Goodman, Pitirim Sorokin, Raymond Aron y otros, formuló a fines de los años 50 y durante la década de los 60 la >teoría de la convergencia, que sostenía que no obstante las grandes diferencias políticas y económicas y la animosidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la segunda postguerra, su desarrollo científico, tecnológico e industrial les conduciría hacia una creciente aproximación en sus sistemas de gobierno y de organización social, en el marco de una “desideologización” y despolitización  —entendidas no en el sentido de la muerte de las ideologías sino de la superación de los dogmatismos—  que privilegiarían las cuestiones económicas y productivas sobre las ideológico-políticas.

          El vaticinio de Brzezinski se cumplió a cabalidad. La comunidad de intereses científicos, tecnológicos e industriales de las dos superpotencias impidió el choque nuclear, no obstante todos los amagos y amenazas que se dieron durante los 44 años de la confrontación. Y a finales de la década de los 90 se produjo lo impensable: colapsó la Unión Soviética, se disolvió su bloque geopolítico, cayó el >muro de Berlín y concluyó la >guerra fría. El viejo orden político y económico internacional de carácter bipolar fue sustituido por uno nuevo, de naturaleza unipolar, dominado por la potencia triunfadora de la guerra fría, y empezó un proceso de aproximación ideológica y política entre los países situados antes en los bandos beligerantes.

          Zbigniew Brzezinski  —inspirador de la creación de la <Comisión Trilateral y asesor del presidente Jimmy Carter—  sostiene en su libro “El Gran Tablero Mundial” (1998) que el futuro geopolítico del planeta depende fundamentalmente del control que Estados Unidos  —al que Brzezinski califica de “la primera potencia realmente global” de la historia—  puedan ejercer sobre Eurasia, que es el continente que, en su opinión, “ha sido centro del poder mundial desde hace quinientos años”.

          Afirma que en la >postguerra fría el “tablero” donde se juegan los destinos del planeta ha vuelto a ser Eurasia, en cuya periferia occidental  —Europa—  está localizada gran parte del poder político y económico mundial y cuya región oriental  —Asia—  se ha convertido en un centro de crecimiento económico vital, acompañado de una creciente influencia política.

          En los términos planteados por Brzezinski, Eurasia es el continente territorialmente más extenso  —que va desde Lisboa, al oeste, hasta Vladivostok, al este—,  en el que están situados los Estados más activos y dinámicos del mundo, las seis economías más importantes —excepto la norteamericana, obviamente—, los seis países que gastan más en armamentos después de Estados Unidos, todas las potencias nucleares excepto una y los dos países más poblados del planeta. Por eso, el gran objetivo geoestratégico de la Unión Soviética en el curso de la guerra fría fue expulsar a Estados Unidos de su influencia en Eurasia. Dice Brzezinski que la suma del poder económico euroasiático supera al estadounidense, pero “afortunadamente para los Estados Unidos, Eurasia es demasiado grande como para ser una unidad política”.

          Afirma Brzezinski en su libro que “por primera vez en la historia una potencia no euroasiática ha surgido no sólo como el árbitro clave de las relaciones de poder euroasiáticas sino también como la suprema potencia mundial”.

          Sin embargo, reconoce que la dominación norteamericana, limitada por factores internos externos, es extensa pero poco profunda, lo cual le lleva a tener “influencia” pero no “control directo” sobre otros Estados. Lo cual hace que el alcance de la hegemonía norteamericana sobre Eurasia sea limitado. Esta es, en criterio de Brzezinski, una diferencia sustancial con la dominación de otros imperios en la historia, entre ellas, la “dominación política exclusiva que la Unión Soviética ejercía en Europa Oriental”. Eurasia es un continente demasiado grande y poblado, demasiado diverso en lo cultural, en cuyo seno operan Estados históricamente ambiciosos, como para comportarse sumisamente incluso frente a la potencia global más fuerte y próspera de nuestros días. Brzezinski piensa, además, que “los Estados Unidos son demasiado democráticos a nivel interno como para ser autocráticos en el exterior”. Lo cual limita, en su opinión, el uso de su poder en el mundo.

          Por eso mismo  —infiere el estratego norteamericano—  no es deseable un rápido fin de la supremacía de Estados Unidos  —ya porque decida aislarse del mundo, ya porque surja un rival triunfante—  puesto que “produciría una situación de inestabilidad internacional generalizada y llevaría a la anarquía global”, en medio de la explosión demográfica, las migraciones masivas causadas por la pobreza, el crecimiento aluvional de los centros urbanos, la proliferación de las armas de destrucción masiva, las hostilidades étnicas y religiosas, el terrorismo global con acceso a armas nucleares y otros turbulentos factores de desorden internacional que quedarían fuera de todo control.

          No ve a China como potencia global que amenace en el futuro la hegemonía de Estados Unidos. Afirma que, “incluso para el 2020, es bastante improbable, ni en las circunstancias más favorables, que China pueda llegar a ser verdaderamente competitiva en las dimensiones clave del poder global”, debido a su fragmentación interna y a la pobreza de amplias zonas de su población. “Incluso con un PNB triplicado  —dice el profesor norteamericano—  la población china seguirá ocupando los puestos más bajos en la clasificación de los ingresos per cápita de los países del mundo”. Crecerán las disparidades regionales y el sistema productivo y laboral profundizará las desigualdades sociales, con el riesgo de una explosión de descontento popular por la injusta distribución del ingreso. Lo que China podrá ser es una potencia regional en Asia oriental “porque su poder militar y económico supera en mucho al de sus vecinos más cercanos, con excepción de la India”.

          El sinólogo español Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, en un artículo publicado el 1 de mayo del 2009 en Dossier sobre la Crisis Global Nº 13 del Instituto Prisma, escribió que las “sombras” del proceso chino de transición de una economía centralmente planificada a otra de mercado  —de economía mixta, en realidad—  se manifiestan en los desequilibrios territoriales y en las desigualdades sociales. Sostuvo que “en 2007, de un total de 177 países, China se encontraba en la posición 81 en el Índice de Desarrollo Humano del PNUD. Las desigualdades, por otra parte, constituyen una auténtica bomba de relojería. En 2007, el PIB per cápita de Shanghai era 13 veces mayor que el de la provincia de Guizhou, por ejemplo, que ya era diez veces mayor en 2005. El coeficiente Gini de China se sitúa en el 0,48, un límite de riesgo que advierte de las profundas tensiones que habitan en su interior, ocultas en ese magma de prosperidad que nos ciega en el exterior. Por otra parte, entre el campo y la ciudad, las cifras oficiales constatan una diferencia de renta en 2007 de 4.140 yuanes frente a 13.786, datos que explican y justifican el malestar por el desigual reparto de la prosperidad generada en las tres últimas décadas y que ha disuelto de un plumazo el igualitarismo reinante en el periodo inmediatamente anterior”.

          A fines del 2012 se publicaron las cifras del estudio realizado por el Instituto de Investigación Financiera del Banco Popular de China  —el banco central de ese país—,  conjuntamente con la Universidad de Economía y Finanzas del Suroeste, que demostraban que la brecha entre ricos y pobres había crecido de manera alarmante en todas las regiones y provincias de China.

          La escala de Gini  —que mide la desigualdad de ingresos entre los miembros de una sociedad—  marcaba el coeficiente de 0,61, que era de los más negativos del planeta.

          La situación distributiva del ingreso se deterioró dramáticamente en los últimos años. En el 2005 China tenía el índice Gini 0,447, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUDD), pero en el 2012 el índice se descompuso aún más y subió a 0,61. Lo dramático fue que esos bajísimos índices de equidad económicosocial en China se combinaron con altas tasas de crecimiento del PIB, lo cual significaba que los beneficios del desarrollo fueron a parar a las arcas de los sectores más opulentos de la población. “La brecha es amplia en todas las regiones, tanto en las zonas rurales como en las urbanas”, comentó al respecto el profesor Gan Li, investigador jefe de la universidad coautora del estudio, en el periódico oficial “Shanghai Daily”.

 
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