genocidio

          El término, con su actual significación de destrucción masiva de un grupo étnico, fue acuñado por Raphael Lamkin en 1944, en su ensayo “Genocide: a new international crime, punishment and prevention” (Genocidio: un nuevo crimen internacional, su castigo y prevención).

          La primera ocasión en que se utilizó este término en el plano internacional como imputación de un delito fue el 10 de octubre de 1945 cuando se presentaron las acusaciones contra los criminales de guerra nazis ante el Tribunal de Nuremberg. En ellas se les formuló el cargo de haber exterminado deliberada y sistemáticamente a grupos étnicos de la población civil y en las sentencias del Tribunal se hizo la espeluznante descripción de esos hechos aunque no se utilizó la palabra genocidio.

          El genocidio es la exterminación violenta de grupos humanos, generalmente bajo la inspiración de motivos políticos y prejuicios racistas. Puede haber también motivaciones de otro tipo  —como las religiosas o culturales, por ejemplo—  pero en el genocidio generalmente está presente la gravitación de ideas que sostienen que las razas superiores deben aniquilar a las inferiores. Por eso a veces, al margen del castellano, se utiliza también la palabra etnocidio para significar la aniquilación de comunidades étnicas.

          Uno de los más execrables genocidios que conoce la historia es el llamado holocausto, cometido por los nazis contra los judíos durante el régimen hitleriano en Alemania. Seis millones de judíos murieron en los campos de concentración, sometidos a lo que los nazis llamaban cínicamente “endlosung”  —la solución final—,  o sea la muerte.

          Uno de los ingredientes peculiares del régimen nazi fue el <antisemitismo, asociado al pelotón de fusilamiento, al tiro en la nuca, los hornos crematorios, los campos de concentración y la implacable GESTAPO  —Geheime Staatspolizei—  que vigilaba los más recónditos actos de la vida pública y privada de las personas.

          La III Asamblea General de las Naciones Unidas, impresionada por las matanzas nazis contra los judíos, aprobó el 9 de diciembre de 1948 una convención en que condenó el genocidio como un crimen contra la humanidad y lo definió como todo acto destinado a destruir total o parcialmente un grupo nacional, racial, étnico o religioso. En consecuencia, es genocidio según este documento: “a) el asesinato de miembros del grupo, b) el grave atentado contra la integridad física o mental de los miembros del grupo, c) el sometimiento intencional de un grupo a condiciones de existencia orientadas a provocar su destrucción física total o parcial, d) las medidas tendientes a impedir los nacimientos en el ámbito del grupo, e) la transferencia forzada de los niños de un grupo a otro grupo”.

          Vivamente impresionados por las atrocidades del nazismo, que vulneraron el derecho a la vida de grupos enteros y que con ello hirieron la conciencia moral de la humanidad, los delegados a la Asamblea General de las Naciones Unidas condenaron el genocidio como “un crimen de Derecho Internacional” mediante la Resolución 96 aprobada el 11 de diciembre de 1946 e invitaron a los Estados miembros a promulgar las leyes necesarias para la prevención y el castigo de ese crimen. El 9 de diciembre de 1948 la Asamblea General aprobó por unanimidad la mencionada “Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio” por el voto de 56 Estados, que entró en vigor el 12 de enero de 1951 al alcanzar el número mínimo de ratificaciones, con la intención de “liberar a la humanidad de un flagelo tan odioso” y dar a la condena del genocidio un carácter universal.

          La historia está saturada de episodios genocidas. En las postrimerías del siglo XX, cuando creíamos superados el racismo y la >xenofobia y a pesar de que el genocidio fue condenado como un crimen contra la humanidad por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, se han producido varias acciones de exterminio racial, como la cruenta persecución de Saddam Husssein contra la población kurda de Irak en 1991, la implacable agresión de los serbios contra los musulmanes bosnios, el sangriento combate tribal en Ruanda entre las tribus hutu y tutsi, y varios otros conflictos armados a causa de odios raciales, religiosos o políticos.

          El caso de Ruanda fue dramático. Ruanda es uno de los más pobres y superpoblados países de África, cuyo ingreso per cápita para sus siete millones de habitantes es de apenas 210 dólares anuales. El analfabetismo afecta al 56% de su población. Fue hasta 1960 administrado por Bélgica por mandato de la comunidad internacional. Desde de que obtuvo su independencia vivió en medio del caos y la violencia.

          El asesinato del presidente Juvenal Habyarimana, el 5 de abril de 1994, con un cohete tierra-aire que echó abajo su avión al aterrizar en el aeropuerto de Kigali, capital del Estado, reactivó con terrible ferocidad la lucha tribal entre hutus y tutsis y el pillaje en las ciudades de Kigali, Byumba, Mutara y Ruhengeri.

          La disputa del poder y odios ancestrales de carácter étnico entre las dos tribus, en confusa mezcla con discrepancias religiosas y con intereses por las escasas tierras cultivables, fueron la motivación última del conflicto. La fricción entre las dos etnias se remonta al siglo XVI cuando los tutsis conquistaron el territorio que ocupaban los hutus en lo que actualmente son los Estados de Ruanda y Burundi. Los tutsis, que representan el 12% de la población, provienen del Nilo y se consideran de origen aristocrático. Miran despectivamente a los hutus, de piel más oscura, que constituyen el 88% de la población. La minoría tutsi, que años atrás fue desalojada del poder por la mayoría hutus, pretendió recuperarlo por la fuerza de las armas.

          En esta lucha, durante cien días que culminaron a mediados de julio de 1994, murieron descuartizadas a golpe de machete 800.000 personas, entre ellas 300.000 niños. La matanza se hizo a un ritmo de 333 seres humanos por hora. Sin embargo, el periodista John Carlin de "El País" de España, que a comienzos del 2001 hizo una investigación en el terreno sobre este genocidio, escribió que “Félicien Kabuga, el 'Goebbels' de Ruanda, sigue en libertad sin recuerdos dolorosos que amarguen el disfrute de su extensa fortuna. Igual que Tharcisse Renzaho, cuyo equivalente nazi sería el kommandant del campo de Auschwitz. Y el general Agustin Bizimungu, jefe del estado mayor del ejército exterminador de Ruanda, una versión menos compasiva de otro general mucho más famoso: el serbio Ratko Mladic”.

          El de Ruanda fue uno de los mayores exterminios de seres humanos desde la época nazi, sin embargo sus autores intelectuales gozan de absoluta impunidad.

          Poco tiempo después de que Yugoeslavia se partiera en cinco Estados distintos  —Croacia, Eslovenia, Macedonia, Bosnia-Herzegovina y la República Federal de Yugoeslavia (compuesta de Serbia y Montenegro)—  los serbios iniciaron en el territorio de Bosnia-Herzegovina una de las más sangrientas acciones de genocidio de que se tenga noticia, encendidas por los viejos odios étnicos y religiosos entre los eslavos de Serbia y los musulmanes de Bosnia. En la crudelísima contienda que duró desde 1991 hasta 1995 se esgrimió como argumento por los eslavos de Belgrado la necesidad de hacer una “limpieza étnica” en Bosnia. Así lo proclamaron tanto Slobodan Milosevic, jefe de Estado de Serbia, como el Presidente de los serbios de Bosnia, Radovan Karadzic. Y en nombre de esta proclama racista dieron muerte a decenas de miles de musulmanes bosnios y de católicos croatas.

          Tres años más tarde el autócrata racista de Belgrado emprendió una nueva y brutal acción de genocidio contra la población albano-kosovar en la provincia de Kosovo, situada al sur de Yugoeslavia, lindante con Albania y Macedonia. Los albano-kosovares han pugnado por su independencia de Yugoeslavia desde la muerte del mariscal Tito en 1981. Desde aquel tiempo Kosovo gozaba de una cierta autonomía pero en 1989 Milosevic la revocó y disolvió la asamblea y el gobierno provinciales. En 1998 se iniciaron los choques entre los rebeldes separatistas de Kosovo y las fuerzas policiales y militares de Belgrado, que han producido más de 2.000 muertos y más de un millón de refugiados. Las aldeas de Kosovo fueron atacadas por el ejército serbio con armas de artillería y quemadas las casas de sus habitantes para obligarlos a abandonar la provincia. Los soldados serbios cometieron las más repugnantes violaciones de los derechos humanos. Grupos enteros fueron ejecutados y sus cuerpos se enterrados en fosas comunes. Centenares de miles de kosovares dejaron sus hogares y huyeron hacia territorio albanés en lo que fue “el mayor éxodo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

          En lo que fue una iniciativa sin precedentes, la Organización del Atlántico Norte (OTAN) decidió ejercer el derecho de injerencia humanitaria en Kosovo  —a espaldas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas—  para defender la integridad de su población y el 23 de marzo de 1999 las fuerzas aliadas de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania y otros países, comandadas por el general norteamericano Wesley Clark, iniciaron los bombardeos aéreos contra Yugoeslavia con el propósito de detener la “catástrofe humana”. En total hubo 78 días de bombardeos  —a cargo de aviones B-2, B-52, F-117, F-15, F-16, Mirage, Jaguar y Tornado, con apoyo de portaviones, buques y submarinos armados con misiles de crucero tomahawk—  hasta que finalmente el gobierno de Milosevic cedió ante presión de la alianza atlántica, aceptó las condiciones de ella, retiró sus fuerzas militares y paramilitares de Kosovo y permitió el retorno a sus hogares de los refugiados albano-kosovares.

          Para garantizar el respeto a todas las etnias y la convivencia pacífica en Kosovo el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó el 10 de junio de 1999, con la sola abstención de China, la resolución por la cual se creó una fuerza de paz (KFOR) compuesta por 48.000 efectivos militares de los países de la alianza atlántica encargada de poner fin “a un capítulo oscuro y desolador de la historia de los Balcanes”, como dijo el entonces Secretario General de la Naciones Unidas Kofi Annan. La misión de esa fuerza de paz se complicó en la práctica porque, con el retorno de los centenares de miles de refugiados albanokosovares cargados de rencor, la persecución cambió de dirección: los perseguidos se convirtieron en persecutores y esta vez fueron los serbios de la región los acosados, sus casas incendiadas, destruidas sus propiedades y obligados a emigrar de Kosovo.

          Casi una década más tarde, la provincia de Kosovo  —con sus dos millones de habitantes: 90% albaneses y 10% serbios—  se separó de Serbia y formó un Estado aparte, por decisión de su parlamento que proclamó unilateralmente la independencia nacional el 15 de febrero del 2008.

          Después del fracasado intento de Slodovan Milosevic y Radovan Karadzic de levantar la “gran Serbia” sobre las ruinas de Yugoeslavia y de la crudelísima “limpieza étnica” en Bosnia, los dos genocidas balcánicos terminaron en la cárcel. Milosevic, el “carnicero de los Balcanes”, responsable del genocidio de Srebrenica en el que murieron 8.000 musulmanes, fue detenido en su búnker la madrugada del domingo 1 de abril del 2001 y enviado tres meses después a la cárcel de La Haya, bajo la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional, en donde falleció cinco años después por un infarto cardíaco, sin haber recibido sentencia. Karadzic, el otro protagonista principal de las masacres de Bosnia, después de haber vivido disfrazado y con una falsa identidad por doce años, fue apresado el 21 de julio del 2008 por los servicios de inteligencia serbios y extraditado también a una celda a órdenes del tribunal de La Haya, que el 23 de marzo del 2016 lo condenó a cuarenta años de reclusión por sus crímenes contra la humanidad, genocidio y otros delitos.

 
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