fordismo

            Es el conjunto de las ideas y teorías innovadoras que Henry Ford (1863-1947) puso en práctica en el campo industrial. El ingeniero y empresario norteamericano fundó en Detroit en 1903 la “Ford Motor Company”, que llegó a ser la mayor planta de fabricación de automóviles del mundo.

            Antes, en 1886, las empresas alemanas Daimler-Motoren y Benz habían fabricado los primeros automóviles con motor a gasolina. La segunda de ellas vendió 67 vehículos en 1894. Poco tiempo después el ingeniero Ferdinand Porsche produjo su lohner. En Francia Armand Peugeot y Luis Renault empezaron a fabricar automóviles en 1898. Y en 1904 aparecieron varias marcas, entre ellas la Rolls Royce.

            Henry Ford creó el famoso modelo Ford “T”, del cual vendió 10 millones de unidades desde 1908 hasta 1924. Implantó la cadena industrial en la que cada obrero ejecutaba un movimiento simple y repetitivo en la fabricación de una pieza  —ajustar unas tuercas, asegurar un remache, realizar un punto de soldadura—  que fue una innovación importantísima en la industria de su tiempo llamada a acelerar la producción y a conferir mayor eficiencia al trabajo de los obreros.

            Con la cadena de ensamblaje ideada por Ford la producción industrial experimentó un auge sin precedentes. Su innovación tecnológica permitió reducir las jornadas de labor en su empresa fabricante de automóviles y aumentar los salarios. La fabricación en serie, característica del fordismo, llevó a la producción y al consumo masivos que después se extendieron a las demás ramas de la industria.

            La optimación de la producción y productividad industriales fue enorme con la implantación de la cadena de ensamblaje. Las fábricas pudieron producir un número de unidades muchas veces mayor que en el sistema anterior. En la Shanghai General Motors de China, que visité en septiembre del 2000, pude ver cómo el método de ensamblaje de cada vehículo consistía en 199 pasos o posiciones de trabajo hasta quedar totalmente terminado y listo para el almacén, en el curso de un proceso sorprendentemente rápido.

            Bajo el lema: “pequeñas ganancias y grandes ventas”, Ford fue el precursor del denominado “capitalismo popular” que considera que el trabajador es al mismo tiempo consumidor y que, por tanto, es de interés de la propia empresa remunerarlo bien para que pueda tener capacidad de compra de los productos que ella fabrica. Surgió entonces el concepto de trabajador-consumidor en torno al cual se unificó el interés de la empresa  —de vender más—  con el de los trabajadores, de ganar mejor salario y ampliar su volumen de consumo.

            Henry Ford escribió los libros “Mi vida y mi obra” (1922) y “Mi filosofía industrial” (1929) en los que enunció sus teorías. Su nieto Henry Ford II, al frente de la empresa de su familia desde 1945, creó la Fundación Ford con fines de fomento de la paz, la educación, la ciencia y las instituciones democráticas.

           A partir del fordismo se empezó a esbozar una nueva modalidad capitalista que no estaba encaminada, como antes, hacia la satisfacción de un mercado de consumidores selectos sino al consumo masivo.

           Henry Ford afirmaba que el capitalista no debe explotar al trabajador puesto que éste es también un consumidor potencial. Pero su “filosofía industrial” le generó entre los empresarios de su tiempo una gran antipatía por el “mal ejemplo” que proyectaba en las esferas industriales e incluso le valió en 1916 la acusación de “anarquista” por parte del “Chicago Tribune”. La era fordista creó una clase trabajadora homogénea y masiva, no obstante lo cual sus métodos de producción contribuyeron a formar una teoría  —e, incluso, un modo de vida—  caracterizada por la transformación en “mercancía” de todos los elementos y valores de la vida social.

          Poco tiempo antes de que surgiera el fordismo el ingeniero norteamericano Frederick Winslow Taylor (1856-1915) realizó investigaciones muy detenidas en torno a la organización del trabajo industrial y a la ergonomía  —o sea al estudio de datos biológicos y tecnológicos aplicados a la mutua adaptación entre el hombre y la máquina—  y descubrió en 1881, mientras trabajaba como capataz en una fábrica de acero en Estados Unidos, el concepto de productividad, o sea el rendimiento de la producción en función de la unidad de factores empleados en ella.

          Al conjunto de las ideas del ingeniero estadounidense se denominó taylorismo.

          Él fue el primero en aplicar el conocimiento de la ingeniería al trabajo industrial para crear más ganancias para los dueños de las fábricas e, indirectamente, mejores salarios para los obreros.

          El taylorismo fue una estrategia patronal de organización del proceso de producción manufacturera con apoyo en la utilización intensiva de la máquina, la racionalización productiva mediante la secuencia de las tareas y los ritmos de trabajo, la cuidadosa selección del grupo de trabajadores, el estricto control disciplinario de la fábrica, la eliminación del tiempo ocioso de los obreros y la concesión de estímulos económicos  —en forma de salarios y premios—  para el buen desempeño individual. Su lema fue the right men in the right place. Y, en su concepto, los trabajadores manuales no debían tener injerencia alguna en las oficinas y centros de administración empresarial, ya que, según solía decir, “no se les paga para pensar sino para ejecutar”.

          Los principios tayloristas y fordistas fueron desafiados seis décadas después por el denominado volvoísmo o “modelo sueco” de organización del trabajo fabril. El volvoísmo se originó en las plantas productoras de vehículos motorizados de las marcas Volvo y Saab/Scania en Kalmar, Torslanda y Uddevalla en Suecia, en los años 70 del siglo XX. Envuelve una serie de innovaciones en la organización del trabajo de los obreros, que empieza por una nueva concepción arquitectónica de los edificios para propiciar el trabajo en equipo y termina por la sustitución de la tradicional línea de montaje fordista y la implantación de equipos de trabajo que realizan un ciclo completo en la construcción de cada vehículo  —la instalación del sistema eléctrico, por ejemplo—,  de modo que se liberó al obrero del pesado isocronismo de sus movimientos.

          El volvoísmo implica una nueva solución ergométrica del trabajo industrial que tiende a democratizar las relaciones laborales y a redimir al trabajador de su rutina embrutecedora. Las jerarquías de autoridad en las fábricas comprendían solamente tres niveles: gerentes de planta, gerentes de oficina y trabajadores; y se instituyó un defensor de los derechos de los obreros  —una especie de >ombudsman—  que se denominó lagombud, cuyas funciones eran rotativas.

 
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