fascismo


                  La palabra deriva del italiano fascino (que quiere decir “haz” o “unión”) y ésta del latín fasces, que fueron en los tiempos antiguos las insignias de autoridad de los magistrados romanos y consistían en un hacha dentro de un haz de varas. En la Edad Moderna las fasces se convirtieron en uno de los símbolos de la unidad y la libertad de los revolucionarios franceses. En Italia el movimiento de los jacobinos de fines del siglo XVIII las utilizó también como emblema en su lucha. En 1890 las agrupaciones revolucionarias de los campesinos sicilianos adoptaron el nombre de fasci rivoluzionari y de allí tomó el nombre Benito Mussolini para sus fasci di combattimento, que formaron el movimiento político nacionalista de extrema Derecha fundado por él en 1919.
                  Benito Mussolini nació en Dovia di Predappio, provincia de Forlì, el 29 de julio de 1883. Fue hijo de un herrero socialista, quien lo bautizó con el extravagante nombre de Benito Juárez Amilcare Andrea Mussolini (en honor al líder revolucionario mexicano Benito Juárez, al anarquista italiano Amílcar Cipriani y a Andrea Costa, uno de los fundadores del Partito Socialista Rivoluzionario Italiano). A pesar de su anticlericalismo violento, su padre lo internó a los nueve años de edad en la escuela salesiana de Faenza para tratar de dominar su rebelde temperamento.
                  Se graduó de maestro de escuela en 1901. En 1902 huyó a Suiza para evadir el servicio militar. De regreso en 1904 se dedicó a la enseñanza durante cinco años y después trabajó como periodista en Trento, donde terminó por dirigir el semanario "L'avvenire del Lavoratore". Su carrera magisterial fue corta porque sus desordemados amoríos, bulliciosas borracheras y sediciosos discursos políticos la cortaron prematuramente.
                  Mussolini fue un profesor primario de ideas poco claras. Fluctuaba entre una cierta inclinación hacia el marxismo y su admiración por Friedrich Nietzsche (1844-1900), Georges Sorel (1847-1922), Gabriele D’Annunzio (1863-1938), Charles Maurras (1868-1952) y Vilfredo Pareto (1848-1923).    
                  Probablemente por influencia de su padre, en su juventud militó en el Partido Socialista Italiano, en el que dirigió la federación socialista provincial de Forlì y el semanario partidista local "La Lotta di Classe". En 1911 sufrió cinco meses de cárcel bajo la acusación de haber encabezado en la región de Emilia-Romaña una violenta protesta contra la guerra Ítalo-turca por la posesión de Libia. Formó parte del ala revolucionaria socialista y en 1912 fue nombrado director de "Avanti", el diario oficial del PSI en Milán. 
                  Cuando estalló la Primera Guerra Mundial tuvo que hacer complicadas acrobacias mentales porque al principio denunció que se trataba de una confrontación “imperialista” y después dio su apoyo a los aliados. Fue expulsado del Partido Socialista por su defensa de la intervención de Italia en la guerra y fundó entonces su propio periódico en Milán: "Il Popolo d'Italia", desde el cual defendió su postura respecto al conflicto mundial. En mayo de 1915, cuando Italia entró a la contienda del lado de los aliados y contra las potencias centrales  —Austria-Hungría, Alemania y Bulgaria—,  Mussolini se alistó como voluntario en septiembre de ese año pero fue herido por la explosión accidental de un mortero.
                  Después se tornó un rabioso antisocialista y antidemócrata y abrazó las ideas más reaccionarias.
                  En 1919, en plena crisis de postguerra, Mussolini fundó su movimiento político  —de carácter populista, nacionalista, antiliberal y antisocialista—  y consiguió el apoyo de amplias capas empresariales de la ciudad y del campo, asustadas por la agitación laboral de las izquierdas, pero también obtuvo el respaldo de ciertos sectores obreros desorientados.
                  Formó grupos paramilitares  —los fascios di combattimento—  para aterrorizar a sus adversarios políticos. Con los fascios organizó las squadre d’azione (comandos de acción) que sembraron la violencia y el terror en las calles de Italia en los años 20.
                  El movimiento fascista tuvo su peculiar sintagma y rodeó de un prestigio subliminal a determinadas palabras. Copiando al caudillo Giuseppe Garibaldi del siglo XIX y al poeta, político y militar Gabriele D’Annunzio más tarde  —quienes en sus trajines políticos y militares usaban la palabra duce para autodesignarse—,  Mussolini adoptó a partir de noviembre de 1921 el título oficial de il Duce, con el que se hizo llamar a lo largo de su vida pública.
                  Este tratamiento formó parte de su escenografía política.
                  La palabra duce probablemente viene del latín clásico dux, que en el rango militar designaba al general o al jefe castrense que guiaba las operaciones desde adelante.
                  El término duce y las locuciones camisas negras y fasci di combattimento fueron sagradas para Mussolini y sus seguidores.
                  El formato de la Italia fascista fue copiado por otros regímenes autocráticos de Europa. En la Alemania nazi la palabra führer era la expresión suprema y apoteósica del liderazgo político de Hitler. Todo se rendía ante su sola enunciación. Y los falangistas españoles durante más de cuatro décadas hicieron de la palabra caudillo un elemento retórico cargado de tono emotivo. “Caudillo de España por la gracia de Dios” era una de sus fórmulas sacramentales para enaltecer al “Generalísimo Francisco Franco Bahamonde, Jefe de la Cruzada”.
                  Al comienzo el fascismo navegó sin rumbo y con reducido apoyo popular hasta que Mussolini hizo un viraje radical hacla la derecha —la extrema derecha—  y enfrentó con sus fasci di combattimento  los paros y las huelgas laborales promovidos por los partidos de izquierda bajo la influencia de la revolución rusa de 1917.        
                  En gran medida el fascismo fue una reacción a la revolución de octubre —saludada por los socialistas italianos como “el más fausto acontecimiento en la historia del proletariado”— y formó parte de la ola de susto que cubrió Europa a partir de 1917.
                  Fue en el proceso de la dura lucha antisocialista y anticomunista que empezó a rehabilitarse el movimiento fascista, con el gran respaldo económico y mediático de la burguesía y de los grandes agentes del sistema de producción capitalista en la Italia tan descompuesta, anárquica y empobrecida de aquellos años.
                  El retiro político de Gabriele D’Annunzio  —quien tanto había opacado a Mussolini—  favoreció también el despliegue del duce.
                  Bajo la conveniencia política, Mussolini dio también un viraje radical en su concepción religiosa: del recalcitrante ateísmo que profesaba cuando militaba en las filas socialistas dio un salto acrobático hacia la religiosidad cuando fundó el fascismo. Dijo al respecto: “El fascismo es una concepción religiosa en la que un hombre es visto bajo la perspectiva de su relación inmanente con una ley superior y con una Voluntad objetiva que trasciende al individuo particular y le eleva a la pertenencia consciente a una sociedad espiritual. Cualquiera que no haya visto en las políticas religiosas del régimen fascista nada más que mero oportunismo, no ha entendido que el fascismo, aparte de ser un sistema de gobierno, es también, y sobre todo, un sistema de pensamiento”.
                  Se entendió muy bien con la Iglesia Católica, hasta el punto de celebrar con el papa Pío XI el 11 de febrero de 1929 el Tratado de Letrán, en el que reconoció la calidad de Estado soberano a las instalaciones del Vaticano y sus 44 hectáreas de tierra enclavadas en plena área urbana de la ciudad de Roma.
                  Y, años más tarde, en 1932, visitó San Pedro y, humildemente arrodillado, recibió la comunión.
                  Por supuesto que, dado el altísimo número de católicos practicantes en Italia, el respaldo de la Iglesia constituyó un importante factor político para el fortalecimiento del fascismo.
                  Elocuente orador de masas  —chovinista, pomposo, demagógico, gesticulante, patéfico, contradictorio, sinuoso—,  recordando a su pueblo las viejas glorias de la Roma imperial, Mussolini le ofrecía toda clase de beneficios: eliminar la pobreza, crear puestos de trabajo, suprimir el desempleo, alzar los salarios, implantar la seguridad social, establecer la jornada de ocho horas de labor, fortalecer la organización sindical y muchas otras ofertas de todo orden.

          Pero nada de eso cumplió. Hizo todo lo contrario. Favoreció a los sectores empresariales  —especialmente a los industriales del norte, principales financiadores del Partido Fascista y ardientes luchadores por la perpetuación del régimen que tanto les favorecía—,  quienes alcanzaron muy altos índices de prosperidad económica mientras que los trabajadores sufrían la merma de sus salarios, la supresión de sus derechos laborales, la agudización de la pobreza y la entrega de los sindicatos obreros al control del Partido Fascista.
                  A fines de octubre de 1922 Mussolini promovió la llamada marcha sobre Roma, que fue un levantamiento armado de sus camisas negras  —que así se denominaron los militantes fascistas en función del uniforme que usaban—  contra el régimen monárquico del rey Víctor Manuel III. Alrededor de 20.000 militantes fascistas procedentes de las ciudades y campos italianos, armados con pistolas, mazas de hierro, cuchillos y armas caseras, emprendieron el viaje a la capital italiana para tomar el poder. Lo hicieron en ferrocarriles, buses, camiones, automóviles e incluso a pie.
                  Mussolini viajó desde Milán en tren para presidir la marcha, pero en el trayecto fue obligado a descender porque un grupo militar había levantado las rieles de un tramo de la línea férrea. Y el día 31 hicieron un triunfal desfile por las calles romanas. El Ejército Real Italiano, la policía y los carabinieri no ofrecieron resistencia. Las escuadras fascistas se apoderaron de algunos cuarteles e instalaciones militares, estaciones ferroviarias, emisoras de radio, oficinas de correos y telégrafos y otras instalaciones gubernativas. Los partidos de izquierda y los sindicatos se inmovilizaron en sus sedes.
                  El rey, como respuesta, llamó al líder fascista a formar un nuevo gobierno en los términos de la monarquía parlamentaria que regía Italia.
                  Mussolini, como primer ministro  —el más joven de la historia de Italia hasta ese momento, con 39 años de edad—,  constituyó un gobierno de coalición en el que participaron los fascistas, los miembros del Partido Nacional  —que representaba las más rancias tradiciones monárquicas—,  los liberales y los popolari.
                  En las siguientes elecciones de 1924 el Partito Nazionale Fascista obtuvo el 64% de los votos. Mussolini empezó entonces a desarrollar un proceso de concentración de todo el poder en sus manos, que culminó con su férrea y larga dictadura hasta 1945.
                  El fascismo no fue propiamente una ideología política, ni menos una concepción integral del mundo, sino simplemente un conjunto poco coherente de reglas pragmáticas para el ejercicio del poder. Fue elaborado originariamente con el fin de justificar el asalto de Mussolini al gobierno de Italia en 1922 y cohonestar después sus atropellos dictatoriales.
                  Para ello mezcló desordenadamente algunas ideas filosóficas de Friedrich Nietzsche (1844-1900), Arthur Schopenhauer (1788-1860), Georges Sorel (1847-1922) y otros apologistas de la violencia. Mussolini, por su parte, aportó sus propias experiencias culturales de maestro de escuela y las vivencias políticas de renegado socialista, director del periódico "Avvenire" de su partido e hijo de un herrero de militancia marxista.
                   Terminada la Primera Guerra Mundial, Mussolini fundó el 23 de marzo de 1919 los fasci italiani di combattimento, que fueron brigadas de lucha callejera contra los comunistas y socialistas, que agruparon a miles de desilusionados soldados de la guerra. El nombre de fascismo derivó precisamente de fasci, que significa haces. Nótese que más tarde Franco copiaría este sistema de organización política con el nombre de falanges y que adoptaría en su emblema un haz de flechas.
                  El ideario fascista, elaborado en su mayor parte después del asalto de los camisas negras al poder en Italia, fue el producto circunstancial de una oportunidad histórica antes que una ideología concebida en abstracto. Tanto en Italia como en Alemania fue el subproducto de la >recesión económica de la postguerra y de la ola de descontento popular, desocupación, pobreza, inestabilidad política, desorden y frustración de los ideales nacionales que sacudió a algunos países europeos después de la conflagración de 1914-1918.
                   El fascismo fue el síntoma de una grave patología social. Italia, a pesar de haberse alineado en el bando ganador, sufrió las mismas consecuencias postbélicas que Alemania. Como respuesta a las duras condiciones de vida de la gente, los obreros marxistas desataron olas de agitación laboral que no dieron un día de paz al pueblo italiano. Huelgas y acciones de fuerza fueron los espectáculos diarios. La ocupación de las fábricas de Milán en septiembre de 1920 y la huelga general de 1921 levantaron contra los sindicatos obreros, manejados por los partidos comunista y socialista, una fuerte corriente de opinión adversa en las clases altas y medias, que ante el “peligro comunista” se pusieron a órdenes del movimiento fascista de Mussolini.
                   El gobierno trataba de capear el temporal trabajosamente.
                   Bajo esas condiciones de depresión moral y económica nació y creció el fascismo en Italia. Y de allí se contagió a los otros países europeos que vivían parecidas circunstancias.
                   El fascismo fue la <derecha reaccionaria que agrupó y movilizó a la burguesía y a todos los sectores asustados por el fortalecimiento del partido comunista y por la onda de agitación laboral que se extendió por las ciudades y los campos de Italia. La gran empresa capitalista no vio otra manera de detener el peligro comunista que por medio de la dictadura fascista. En este sentido, dentro de la dinámica de los acontecimientos históricos, el fascismo fue la reacción de ultraderecha producida por la amenaza <bolchevique. Es cosa averiguada que la historia presenta un constante juego de acciones y reacciones. En ella  —lo mismo que en el campo de la física—  no hay acción sin reacción. A toda acción corresponde una reacción de fuerza equivalente. La acometida marxista y la agudización de la lucha de clases recibieron como respuesta la dictadura fascista dispuesta a reprimir a sangre y fuego el comunismo y a ordenar las cosas por la fuerza, lo cual satisfizo plenamente los anhelos de los sectores capitalistas.

              Repito: el fascismo fue un movimiento reaccionario porque, como respuesta al estímulo bolchevique, volvió al pasado al imponer un orden absolutista en la sociedad, es decir, al restaurar los esquemas políticos, económicos y sociales que fueron abatidos por la Revolución Francesa.
                   Los fascistas se constituyeron como partido político en su congreso de Roma de 1921. En octubre del año siguiente, durante el congreso de Nápoles, aprobaron el programa propuesto por Mussolini. Todo estaba listo para el asalto al poder de la tambaleante democracia italiana. Fue entonces que los veinte mil camisas negras iniciaron la marcha sobre Roma. Y el rey Víctor Manuel III, en lugar de parar la conspiración, llamó a Mussolini a integrar el gobierno. Al día siguiente los camisas negras marcharon triunfalmente por las calles romanas. Se abrió así una tenebrosa etapa de >totalitarismo fascista que después de causar estragos indecibles en la vida de los pueblos europeos, habría de sucumbir, décadas más tarde, entre los escombros de la Segunda Guerra Mundial, de la que fueron sus principales responsables.
                  El fascismo no fue, según he dicho, el fruto de la investigación social de un grupo de pensadores, como en el caso del >liberalismo, el >marxismo o el >socialismo democrático, sino un conjunto de ideas elaboradas a posteriori de la toma del poder por Mussolini. Quiero decir con esto que al fascismo le faltó el equivalente de los enciclopedistas franceses en el pensamiento liberal, o de Marx, Engel y Lenin, dentro del marxismo, o de Eduard Bernstein y la pléyade de pensadores que elaboraron y refinaron las ideas socialistas democráticas y las adaptaron a las diversas circunstancias espacio-temporales.
                   Tan desorientado fue el fascismo en el campo ideológico, que Mussolini expresó, en un artículo publicado en 1924, que “los fascistas tenemos el valor de descartar todas las teorías políticas tradicionales, y somos aristócratas y demócratas, revolucionarios y reaccionarios, proletarios y anti-proletarios, pacifistas y anti-pacifistas. Basta con tener un solo punto fijo: la nación. El resto es obvio”.
                   A diferencia de las doctrinas humanistas, que consideran que el Estado es simplemente un medio al servicio de los objetivos humanos, el fascismo lo exalta como el fin supremo de la vida de los hombres. Estos no tienen significación alguna sino en la medida en que son instrumentos del engrandecimiento y gloria del Estado, que tiene fines propios y distintos de los de las personas. Para la realización de ellos el Estado debe utilizar como medios a los individuos, que sólo son elementos transitorios e infinitamente pequeños. La teoría fascista del Estado se expresa mediante la fórmula mussoliniana de: todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado. Fórmula que define con exactitud la organización totalitaria y jerarquizada que el fascismo dio al Estado, destinada a controlar todas las situaciones de la vida individual y social.
                   El fascismo estableció el sistema de >partido único. Todos los escalones de la organización piramidal del Estado coincidieron con los del partido. Los órganos estatales y los órganos partidistas fueron los mismos. Así pudo el partido controlar absolutamente la vida del Estado. Y el Estado, a su vez, controló a los trabajadores por medio del sistema de sindicatos verticales manejados por el gobierno, que vigilaron cada movimiento de la sociedad. La Carta del Lavoro expedida en Italia en 1927 cumplió ese propósito.        
                  El control de la juventud se realizó a través de su educación, adoctrinamiento y organización en todas sus edades. Así se aseguraban los mil años de fascismo con que había soñado el delirio de grandeza del duce, el führer y el caudillo.
                  La consecuencia de la omnipotencia y omnipresencia del Estado es que los derechos de la persona humana pierden toda su fuerza. El Estado fascista es la antítesis del <Estado de Derecho: representa la desconstitucionalización del Estado, o sea la exención de toda restricción jurídica a sus actos. En lugar de la igualdad de las personas ante la ley el fascismo proclama la “inmutable, benéfica y provechosas desigualdad de clases”, la “predestinación” de las <elites a ocupar los lugares de mando en la sociedad y el derecho “inmanente” de los “mejores” a gobernar.
                  El derecho de las “minorías selectas” a ejercer el poder nace de la propia naturaleza de las cosas, según el fascismo. Es la superioridad de ellas la que les asegura ese derecho. En función de la ley natural, los mejores no son los más sino los menos. Por tanto, a los fascistas no les parece sensato preconizar el gobierno de las mayorías, como ocurre en los sistemas democráticos, sino de las minorías calificadas. Piensan que no es razonable que se sobreponga la voluntad de los “inferiores” sobre la de los “mejores”. Eso es contrario a los designios inmutables de la naturaleza. Decía Mussolini que “el número es opuesto a la razón, y la historia demuestra que pequeñas minorías han producido en la sociedad humana transformaciones profundas”. Hitler, discípulo del duce italiano, repetía que “hay una cosa que no podemos ni debemos olvidar: una mayoría no puede nunca sustituir al Hombre. La mayoría ha sido siempre, no sólo abogado de la estupidez, sino también de las conductas más cobardes; y así como cien mentecatos no suman un hombre listo, tampoco es probable que una resolución heroica provenga de cien cobardes”. Por eso, concluía, “el Estado Nacional debe trabajar sin reposo para librar a la administración, especialmente a la más alta o, en otras palabras, a la dirección política, del principio del gobierno de las mayorías, asegurando así en su lugar la indiscutible autoridad del individuo”.
                   El fascismo, según hemos echado de ver, fue profundamente antidemocrático. Como fue un movimiento de masas, pretendió reemplazar las decisiones democráticas, el parlamentarismo y las elecciones por las exaltadas aclamaciones de las multitudes reunidas en las plazas, a las que dio valor plebiscitario.
                   El fascismo se contagió en el resto de Europa rápidamente. En Portugal se formó la Unión Nacional, en Austria el Heimwehr, en Hungría el Nemzeti Akarat Partja (Partido de la Voluntad Nacional), en Yugoeslavia el Ustascha, en España la Falange Española, en Rumania la Garda de Fier (la Guardia de Hierro); en Francia la Croix-de-Feu, el Francisme y la Cagoule; en Inglaterra la British Unión of Fascists y en otros países se formaron movimientos similares que integraron una suerte de “internacional fascista”. Pero sólo alcanzaron el poder en Italia, Portugal, Alemania y España. Ecos fascistas poco importantes se dieron en Estados Unidos y en varios países de América Latina.
                   Bajo iniciativa y petición de Franco  —quien días antes del alzamiento nacional envió clandestinamente sus delegados a Mussolini para pedir apoyo logístico y militar—  la Italia fascista intervino en la guerra civil de España. Envió miles de soldados para apoyar el levantamiento franquista contra la república española y las fuerzas armadas italianas establecieron en Palma de Mallorca una base militar con decenas de hidroaviones tipo Macchi y Piagio a partir del 15 de febrero de 1937.
                   Todas las versiones fascistas fueron iguales: la italiana, la portuguesa, la alemana, la española y las muchas que, en menor escala y sin opción de poder, se formaron en varios lugares del mundo inspiradas en la marcha sobre Roma. Todas ellas se caracterizaron por el sistema de partido único, la disolución de todos los demás partidos, antiparlamentarismo, eliminación de los sistemas electorales democráticos, regimentación vertical de la sociedad a través de la agremiación dirigida y controlada por el gobierno, idolatría del Estado, nacionalismo enfermizo, control absoluto de los medios de comunicación, desconocimiento de los derechos humanos, supresión de las libertades, desconstitucionalización del Estado, violencia como método de lucha política, expansionismo territorial e ideológico, erección del Estado totalitario y concentración de todo el poder en unas solas manos: las del duce, del führer o del caudillo.
                   Los fascismos alemán  —nazismo—,  portugués  —corporativismo—  y español  —falangismo—  agregaron algunos ingredientes peculiares, propios de las circunstancias históricas y políticas de sus países, pero mantuvieron sus características fundamentales y comunes.
                   Las tesis fascistas condujeron, en lo internacional, al >imperialismo, o sea a la acción estatal expansiva, a la conquista territorial e ideológica, a la imposición de una cultura y a la absorción de mercados. Las tendencias imperialistas van ligadas siempre a los regímenes totalitarios y son el resultado lógico de la megalomanía estatal. Lo cual no quiere decir, por cierto, que el imperialismo no se dé también en las democracias industriales de Occidente, aunque por razones diferentes. Mussolini proclamaba que “el imperialismo es el fondo mismo de la vida de un pueblo que aspira a extenderse económica y espiritualmente” y Hitler explicaba sus razones de dominio universal con la tesis de que, “en un porvenir no lejano, la humanidad deberá afrontar problemas cuya solución requerirá que una raza excelsa en grado superlativo, apoyada por las fuerzas de todo el planeta, asuma la dirección del mundo”.
                   Estas ideas de los dictadores fascistas, como es lógico, condujeron a la humanidad hacia los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
                   Como dije antes, réplicas de los planteamientos fascistas se dieron en Portugal, bajo el gobierno de Antonio de Oliveira Salazar (1889-1970), con su llamado <corporativismo estatal; en la Alemania de Hitler con el >nazismo; y en España con el <falangismo, pero ninguna de ellas alcanzó la categoría de >ideología política. El nazismo utilizó la cuestión étnica como factor de motivación popular mientras que el falangismo hizo lo propio con la religión. Ecos del fascismo se dieron en muchos lugares del mundo  —incluida América Latina, donde se formaron pequeños partidos de corte fascista—  aunque no llegaron a tener la fuerza necesaria para tomar el poder.
                  El partido fascista italiano y también sus réplicas alemana y española fueron organizaciones de masas que rompieron los esquemas tradicionales de los viejos partidos de cuadros. Como signo de la ruptura definitiva con la acción electoral y parlamentaria, ellos se organizaron sobre las >milicias como unidades de base. La organización miliciana de Mussolini, copiada por Hitler y por Franco, descansaba sobre las squadri di combatimento, que se agrupaban piramidalmente en secciones, centurias, cohortes y legiones, de acuerdo con la nomenclatura extraída de la organización militar del Imperio Romano.
                  Las milicias fueron los grupos de elite del partido fascista. Preparadas militarmente y listas para entrar en acción, ellas usaban uniformes e insignias de tipo militar. Con frecuencia hacían espectaculares presentaciones marciales con despliegue de música, banderas y estandartes. Los fascistas fueron maestros en el arte de la coreografía política, es decir, en hacer de los actos políticos grandes  espectáculos para las masas.
                  Pero los designios de la Segunda Guerra Mundial determinaron que Hitler, de admirador y seguidor de Mussolini, se convirtiera en el amo y tutor del líder fascista. Postrado ante Hitler, en 1939 inició también sus acciones de persecución contra los judíos y decretó la confiscación de sus bienes, a pesar de que en 1937 había criticado públicamente la campaña antisemita del gobierno nazi. Más de ocho mil judíos italianos fueron a parar a los campos de concentración alemanes.
                  La posición de la Italia fascista no fue muy clara al comienzo de la guerra mundial. Por orden de Mussolini, su yerno Galeazzo Ciano  —Conde de Cortelazzo—,  ministro de asuntos internacionales, visitó a Hitler en Berlín en octubre de 1936 para estrechar la amistad entre los dos Estados totalitarios. El 22 de mayo de 1939 Italia se unió a Alemania para formar el eje Berlín-Roma. Sin embargo, durante la primera fase de la guerra Italia tuvo una equívoca posición de no beligerancia.
                  Fue recién el 10 de junio de 1940  —cuando las fuerzas alemanas sojuzgaron a las francesas—  que Mussolini declaró la guerra a Francia y se incorporó a la lucha para participar de los despojos del vencido. Hitler, en el armisticio de Compiègne, se cuidó de satisfacer dos de las apetencias del duce: reivindicar Niza y Córcega para Italia.
                  Bien es cierto que Italia no contaba mucho militarmente y que la guerra no era una de las fortalezas de los militantes fascistas. Los soldados italianos no podían compararse con los estadounidenses, alemanes, británicos ni soviéticos. En el invierno de 1940 las tropas italianas fueron vencidas en África del norte por los soldados ingleses, conducidos por el general Archibald Wavell, que les tomaron 133 mil prisioneros. Ante el clamor de Mussolini, Hitler tuvo que acudir nuevamente en su ayuda. Y le envió su Afrika Korps, que era un cuerpo especialmente preparado para la lucha en los arenales, bajo el mando del joven general Erwin Rommel (1891-1944)  —el zorro del desierto—,  quien logró rechazar a los ingleses hasta Egipto pero se vio obligado a retirarse cuando las tropas británicas contraatacaron. La flota italiana fue puesta fuera de combate por los ingleses en la batalla de Tarento la noche del 11 de noviembre de 1940. La ofensiva italiana contra Grecia terminó en un desastre para las fuerzas fascistas en octubre de ese año. Y poco tiempo después ellas volvieron a ser derrotadas catastróficamente en Sidi el Barrani, cerca de la frontera egipcia con Libia, y en Tobruk, frente al Mediterráneo. Lo cual obligó a Alemania a reforzar con sus tropas el frente del Mediterráneo y, a los aliados, a enviar fuerzas a la frontera italiana.
                  Inmediatamente después de la liberación de África, el general Dwight D. Eisenhower, jefe de las fuerzas expedicionarias aliadas, emprendió la conquista de Italia. El 9 de julio de 1943 sus paracaidistas empezaron a descender sobre Sicilia  —que estaba defendida por una guarnición de 350.000 soldados italianos y alemanes—  y simultáneamente ingresaron por el mar a las costas sicilianas 160.000 efectivos ingleses y norteamericanos. Las tropas italianas no opusieron mayor resistencia pero las alemanas lucharon tenazmente para defender el norte de la isla. Al final las fuerzas del eje se rindieron o escaparon hacia el norte de la península italiana, aunque la operación significó para los aliados 40 mil bajas.
                  El desembarco de las fuerzas norteamericanas e inglesas en Sicilia produjo una terrible crisis en el gobierno italiano. El duce fue destituido por el Gran Consejo Fascista y el rey Vittorio Emmanuel III ordenó el 25 de julio su arresto en la isla La Maddalena, frente a la costa toscana. Después se lo cambió de lugar. Su prisión fue el hotel Campo Imperatore en los Apeninos del Gran Sasso, a 2.900 metros de altitud sobre el nivel del mar.
                  Pero pocas semanas después  — el 12 de septiembre de 1943—  lo rescató de allí un comando alemán de paracaidistas y se lo llevó a Alemania para reunirlo con Hitler, quien lo convenció de formar en el territorio italiano controlado por los alemanes una nueva república fascista con el apoyo militar de la Wehrmacht: la denominada República Social Italiana y, dentro de ella, como principal actor, el Partido Fascista Republicano.
                  Obviamente fue ese un pequeño y débil gobierno títere con el patrocinio y ayuda de Hitler, que logró mantenerse menos de dos años, durante los cuales abrió combate  —en una suerte de guerra civil—  contra grupos civiles y militares que enfrentaban a los seguidores de Mussolini. Este gobierno títere fue “el esqueleto del régimen fascista”, según dijo Winston Churchill con su conocida agudeza.
                  Y cuando todo estaba perdido, Mussolini intentó escapar hacia Suiza  —disfrazado de soldado alemán—  en compañía de su amante Clara Petacci, pero fue reconocido en Dorgo por un grupo de partisanos del Po, y luego capturado y fusilado junto a ella. Esto ocurrió el 28 de abril de 1945. Y sus cadáveres, enviados a Milán, fueron colgados cabeza abajo desde una estación de servicio en la Plaza Loreto para el ludibrio público.
                  Así terminó el fascismo.
                  Y es cosa del pasado. Digo mejor: confío en que lo sea. Creo que el desarrollo político de los pueblos no admitirá retrocesos. Sin embargo, los cuadros de patología social  —caracterizados por indisciplina ciudadana, desempleo, agudización de la pobreza, corrupción de los mandos políticos y empresariales, sentimientos de humillación nacional, nostalgia por el poder omnímodo, frustración de los ideales nacionales, descrédito de las instituciones políticas—  pueden ser muy propicios para la formación de los mitos totalitarios y el desarrollo de los grupos nacionalistas y reaccionarios.

 

 
Correo
Nombre
Comentario