fundamentalismo

           El origen de la palabra está en los diez volúmenes de "The Fundamentals" publicados entre 1910 y 1915 en Estados Unidos, que contenían los textos de los teólogos evangélicos conservadores de finales del siglo XIX. Desde esa época se empezó a hablar de fundamentalismo y se formaron diversas organizaciones cristianas integristas en ese país para defender sus creencias en la inspiración divina y la infalibilidad de la Biblia, el castigo supraterrenal por los pecados, la salvación personal por medio de Cristo y el regreso de éste a la Tierra antes de que termine el segundo milenio para redimir a los hombres.

          El fundamentalismo es la interpretación integrista de los textos de cualquier religión y su aplicación a una determinada realidad político-social. Su primera consecuencia, en el orden público,  es  que  la  sociedad  y  todas  sus  instituciones   —incluidos, por supuesto, el Estado, los partidos políticos, los movimientos insurgentes, las bandas terroristas, las universidades, los medios de comunicación—  deben organizarse bajo unos principios religiosos incontestados, que son enunciados e interpretados por una autoridad clerical que funge de intermediaria entre su dios y los hombres. Consecuentemente, mezquitas, sinagogas, iglesias, templos, monasterios y otras instalaciones eclesiásticas cumplen el triple papel de cátedra religiosa, tribuna política y barricada popular. En casi todas las religiones ha habido brotes de fundamentalismo: en la hindú, en la musulmana, en la judía, en la cristiana, en la budista y en muchas otras. Siempre hubo quienes, invocando la palabra de dios, pretendieron imponer por la fuerza sus creencias a los demás y modelar la sociedad de acuerdo con sus fanatismos religiosos. En nombre de la virtud reclamaron el derecho de controlar la vida de sus prójimos y de erigirse en jueces de su opiniones, de modo que aquellos que no seguían sus preceptos merecían ser castigados. 

          En su afán de imponer su intransigencia, el fundamentalismo incurre siempre en la violencia. Eso dice la historia. El integrismo católico produjo los horrores de la >Inquisición a partir del siglo XVI y cobró millones de víctimas inocentes. Centenares de miles de mujeres fueron quemadas por "brujas", entre ellas Juana de Arco. El filósofo y astrónomo italiano Giordano Bruno murió en la pira del Campo de Fiori en Roma en el año 1600 por propalar la “herejía” de que existían otros mundos. Galileo pudo salvarse gracias a que se retractó de su tesis heliocéntrica de la gravitación universal pero fue condenado a prisión domiciliaria por el resto de sus días. Hoy el integrismo islámico, en pleno siglo XXI, azota al mundo con sus crímenes de lesa humanidad en defensa de sus principios religiosos y su dios

          Con el paso de los años algunos de los grupos fundamentalistas llegaron a tener poder e influencia política en el seno de una sociedad tan religiosa como la norteamericana. Ese fundamentalismo representó y sigue representando el centro del pensamiento político conservador que ha puesto mucho énfasis en los actos de fe, en la práctica religiosa, en la integridad de la familia patriarcal, en la santidad del matrimonio, en la proscripción del divorcio, el adulterio y el aborto, en la persecución del <feminismo, en la completa autoridad de los hombres sobre las mujeres como manda la Biblia y en la educación de los hijos bajo el temor a dios y la obediencia a los padres. Se han multiplicado los predicadores y los telepredicadores melodramáticos y truculentos que manejan todas las artimañas de una oratoria que apunta más al corazón que a la cabeza.

          El integrismo católico produjo los horrores de la >Inquisición a partir del siglo XVI y cobró millones de víctimas inocentes. Centenares de miles de mujeres fueron quemadas por "brujas", entre ellas Juana de Arco. El filósofo y astrónomo italiano Giordano Bruno murió en la pira del Campo de Fiori en Roma en el año 1600 por propalar la “herejía” de que existían otros mundos. Galileo pudo salvarse gracias a que se retractó de su tesis heliocéntrica de la gravitación universal pero fue condenado a prisión domiciliaria por el resto de sus días.

          No obstante, en la actualidad el fundamentalismo se relaciona más cercanamente con el islamismo. Constituye una peligrosa mezcla de fanatismo religioso con exaltación política que pretende que la vida pública y privada del mundo se rija por los preceptos del Corán.

           El fundamentalismo, que tiene vigencia en la mayor parte de los países árabes, es una versión de la vieja >teocracia y origina regímenes políticos intransigentes y conductas cargadas de fanatismo por el sometimiento de la política al dogma religioso. Hace algunos años, fanáticos musulmanes se mataban entre sí por un “pelo de Mahoma” y recientemente Saddam Hussein  —dictador de Irak desde 1979 al 2003—  convocaba a una “guerra santa” para invadir Kuwait. El escritor inglés Salman Rushdie fue condenado a muerte en 1988 por sus versos satánicos que, en concepto de los fanáticos del Irán, eran atentatorios contra el Corán. Se autorizó a cualquier persona que profesara el islamismo para matar a Rushdie donde lo encontrara. De modo que el escritor es un fugitivo de por vida de la furia islámica por su derecho a pensar.

          La publicación de unos dibujos del rostro de Mahoma el 30 de septiembre del 2005 en el periódico danés "Jyllands-Posten", reproducidos después en la revista noruega "Magazinet", fue suficiente para provocar la indignación de los países árabes y promover violentas manifestaciones populares de protesta  —desde el norte de África hasta el golfo Pérsico, incluidos Siria, Jordania, Líbano, Irán, Afganistán, Irak, Pakistán, Indonesia, Mauritania y Malí—  contra Dinamarca y Noruega. A causa de esos dibujos “blasfemos” la ira de los pueblos árabes se disparó contra Europa. Libia rompió relaciones diplomáticas con Copenhague y los gobiernos árabes implantaron un boicot comercial contra los productos de los países nórdicos. Las sedes diplomáticas de Dinamarca y Noruega fueron incendiadas en Damasco. En Beirut turbas enloquecidas, al grito de “¡no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta!”, prendieron fuego al consulado danés y destrozaron iglesias y locales comerciales en el barrio cristiano de Achrafiyé. Se quemaron banderas europeas y norteamericana en las calles. Resonaron iracundas amenazas islámicas de represalias terroristas contra objetivos occidentales. Un coche-bomba estalló frente a la embajada danesa en Islamabad y mató a ocho personas e hirió a veintisiete. El ultraconservador y fundamentalista Mahmud Ahmadinejad, Presidente de Irán desde el 2005 hasta el 2013, decretó la insubsistencia de todos los tratados y contratos celebrados con Dinamarca, Noruega y Francia. Mientras tanto, la prensa europea reivindicaba la libertad de expresión y decía que ningún dogma religioso puede estar sobre ese derecho y sobre los destinos de una sociedad democrática y laica.

          Como demostración de la defensa de la libertad de prensa, esos dibujos fueron reproducidos por los diarios "France Soir" y "Le Monde" de París, el periódico polaco "Rzeczpospolita" y otros órganos de prensa europeos. "France Soir" publicó adicionalmente una caricatura que mostraba a los dioses de las cuatro principales religiones, montados en una nube, que decían al profeta del islam: “No te quejes, Mahoma, todos hemos sido caricaturizados aquí”. El editor político del periódico "Jyllands-Posten" manifestó: “Esta polémica ya no tiene nada que ver con las caricaturas: se ha transformado en un conflicto de civilizaciones”.

          Con frecuencia esos regímenes alientan propósitos expansionistas para “mahometizar” a otros pueblos y, con ese fin, invocan ideas tan irracionales como “guerra santa”, “guerra entre la fe y el paganismo”, “guerra entre fieles e infieles”, “guerra en defensa de los lugares santos”. Y como en el Corán está escrito que quienes mueran en la defensa de su fe tendrán bienaventuranza eterna, los ciudadanos se ven inducidos a los mayores sacrificios para alcanzar las ambiciones terrenales de sus líderes, hábilmente parapetadas detrás de los textos del Corán y de los ideales religiosos.

          La meta más importante de un fundamentalista musulmán, en su tránsito por la Tierra, es convertir al islamismo a toda la humanidad y su primera lealtad no es con el Estado al que pertenece sino con la comunidad religiosa que cruza las fronteras estatales. En otras palabras, su fidelidad primaria no es a la tierra natal  —la watan—  sino a la comunidad de creyentes islámicos  —la umma—  que trasciende los linderos nacionales. Esto quiere decir que el mandato divino de luchar contra el desacato o la ignorancia de las leyes de dios  —el yahilíia—  debe cumplirse en toda la comunidad islámica, por encima de las fronteras patrias, tenidas con frecuencia por los ulemas como factores de división e incomprensión entre los creyentes. La comunidad islámica  —al dawla islamiyya—,  de casi mil millones de personas que viven en un deplorable atraso cultural, está por encima de los Estados, y la ley de dios  —la sharia—,  contenida en el Corán y los hadices, condiciona la validez y vigencia de las leyes estatales. Para alcanzar sus propósitos los musulmanes acuden con frecuencia a la guerra santa contra los impíos  —la yihad—,  en el curso de la cual el martirio es considerado  —de acuerdo con la tradición chiita que arranca del sacrificio del imán Alí, sucesor de Mahoma, en el año 681—  el “nucleo duro” de su fe, de modo que la muerte por la gloria de Alá es la mayor ambición de un fundamentalista islámico.

          Lo cual explica a cabalidad la conducta política de los fundamentalistas. En sus afanes de extender la fe y “purificar” la sociedad, la compasión con los ateos es un acto impío que debe ser reprimido con la misma fuerza que el adulterio, la homosexualidad, el juego y otros actos tenidos como contrarios al Corán.

          Esto conduce al terrorismo auto-inmolatorio de los fundamentalistas. Cuando un joven islámico se amarra un cinturón de dinamita y se lanza contra un objetivo israelí, como han hecho tantos militantes de la yihad islámica, tiene la convicción de que esa es la “voluntad de dios” y que después de su muerte irá directamente al paraíso para estar junto a Alá.

          Por eso en los países islámicos son frecuentes los actos de fanatismo religioso contra quienes no comparten el credo oficial, actos que surgen de la cerril interpretación del Corán. Recordemos la ejecución en 1995 por la justicia pakistaní en Islamabad de dos cristianos, de los cuales uno era analfabeto, acusados de haber grabado en una pared una frase “blasfema” contra Mahoma; o la condena a muerte de unas mujeres en Jordania bajo la acusación de adulterio, aunque después se comprobó que eran vírgenes; o la condena a muerte del escritor inglés Salman Rushdie en 1988 por haber escrito sus “Versos Satánicos”, que según los fanáticos de la ortodoxia islámica iraní “atentan” contra el Corán, y la consigna dada por el gobierno de los ayatolás iraníes de matar al poeta donde se lo encontrara con la oferta de una recompensa celestial y monetaria a quien lograra hacerlo; o la prohibición de que las mujeres trabajaran o estudiaran y de que los hombres se cortaran la barba o usaran ropa occidental, impartida en 1998 por el Ministerio de la Promoción de la Virtud y de la lucha contra el Vicio en Afganistán; o la orden oficial de que los soldados talibanes afganos, con su AK-47 en el hombro, irrumpieran en los almacenes de Kabul y destruyeran todos los televisores y magnetófonos que encontraran porque “las películas y la música llevan a la corrupción moral”; o la prohibición del gobierno afgano a sus ciudadanos de que utilizaran internet, so pena de que la policía religiosa castigara a los infractores “de acuerdo con la ley islámica”; o la destrucción con cohetes y tanques de guerra en Afganistán de las gigantescas estatuas budistas de piedra de más de 1.500 años de antigüedad  —entre ellas una maravillosa estatua del Buda de 53 metros de altura—  situadas en la provincia de Bamiyán, en acatamiento de un decreto expedido el 26 de febrero del 2001 por el líder supremo Mohommed Omar, quien consideró que aquellos invalorables testimonios arqueológicos eran “falsos ídolos antiislamistas”; o la orden impartida el 6 de julio del 2002 en un remoto poblado pakistaní denominado Muzaffargarh, de la provincia de Punjab, por un tribunal tribal compuesto por ancianos del lugar, para que cuatro hombres violaran a la joven Mukhtaran Mai, como castigo porque su hermano de 11 años había sido visto con una adolescente de una casta superior, falta moral castigada con la muerte en algunas zonas muy conservadoras de Pakistán; o la condena a la horca en julio del 2002 del cristiano pakistaní Anwar Keneth por haber incurrido en la “blasfemia” de afirmar la falsedad de la religión islámica; o la sangrienta violencia promovida por fanáticos musulmanes en Nigeria los días 20, 21 y 22 de noviembre del 2002 contra la minoría cristiana, que dejó más de doscientos muertos y dos mil heridos, como protesta por el proyecto de realizar en la capital nigeriana el concurso de belleza miss mundo y contra un artículo aparecido en un periódico de Kaduna en el que se decía que Mahoma estaría encantado de casarse con una de las bellas participantes en el concurso; o la indignación de las multitudes musulmanas de los países árabes  —desde el norte de África hasta el golfo Pérsico, incluidos Siria, Jordania, Líbano, Irán, Afganistán, Irak, Pakistán, Indonesia, Mauritania y Malí—,  que en grandes e iracundas movilizaciones callejeras dispararon su odio contra Dinamarca, Noruega y Francia por la publicación de unos dibujos del rostro de Mahoma el 30 de septiembre del 2005 en el periódico danés "Jyllands-Posten", que después fueron reproducidos en la revista noruega "Magazinet", en el diario "France Soir" de París y en otros periódicos europeos; o la brutal lucha religiosa entre sunitas y chiitas en las calles de Bagdad, Samara, Sadr, Ghazaliya, Mansur y otras ciudades iraquíes, con incendio y destrucción de mezquitas, y la demolición del mausoleo chiita de Samara de mil años de antigüedad, que causó más de trescientos muertos en tres días a finales de febrero del 2005.

          El talibán es el movimiento integrista islámico afgano fundado en agosto de 1994 por el mulá Mahommed Omar Akhund en la ciudad Kandahâr, situada en el sur de Afganistán, que asumió el control del país desde 1996 e impuso la más ignara y rudimentaria tiranía teocrática de corte musulmán, en la que el gobernante reunía todos los poderes, como en las sociedades primitivas de la prehistoria: era el líder político, el legislador, el juez, el temido jefe militar y el mago o sacerdote. La palabra talibán significa “estudiante de religión” o “buscador de la verdad”. De rudimentaria formación religiosa, los combatientes talibanes han formado una milicia agresiva y brutal que pretende imponer a sangre y fuego un régimen islamista puro en Afganistán.

          El movimiento talibán surgió en medio del caos y la inestabilidad generados por la invasión de las tropas soviéticas a Afganistán en 1979, para apuntalar al gobierno filocomunista de Muhammad Najibullah. Esa invasión dio inicio a la guerra civil afgano-soviética que se desarrolló hasta 1988 en el territorio de Afganistán, durante la cual las facciones de la guerrilla muyahidin, con la ayuda militar de Estados Unidos, fueron las que opusieron la más tenaz resistencia a las tropas de ocupación soviéticas. En este largo, sangriento y destructivo conflicto participó un extraño personaje llamado Ossama Bin Laden, preparado y apoyado a la sazón por la CIA norteamericana, en uno de los postreros episodios de la >guerra fría. Al lado de la CIA estuvieron Pakistán y Arabia Saudita, que proporcionaron refugio, formación militar y ayuda logística a los combatientes talibanes contrarios al gobierno comunista. Pero tras la retirada de las tropas soviéticas en 1989 estalló una nueva y feroz >guerra civil entre las facciones muyaidin y el nuevo gobierno de coalición de los pashtos, tayikos, uzbekos, hazaras y otros grupos minoritarios. Los guerreros talibanes, que surgieron como una facción muyahidin, estaban compuestos principalmente por miembros de la etnia pashto que intentaron una vez más asumir el control del gobierno central.

          A finales de 1994 y comienzos de 1995 los guerrilleros talibanes avanzaron por el sur y el oeste de Afganistán y tomaron el control de Kandahâr y muchas otras ciudades. En febrero de 1995 llegaron a los alrededores de Kabul pero fueron repelidos por las fuerzas del gobierno. Impusieron entonces un cerco alrededor de la capital, con intensos e indiscriminados bombardeos sobre ella, hasta que cayó vencida en septiembre de 1996; el presidente Burhanuddin Rabbani, el primer ministro Gulbuddin Hekmatyar y sus colaboradores fugaron hacia el norte y los efectivos talibanes asumieron el control del gobierno. Fueron capturados el expresidente títere Muhammad Najibullah y su hermano Sopar Ahmadzai, quien desempeñaba la función de jefe de seguridad, y ahorcados en un lugar público de la ciudad por los soldados talibanes.

          Lo primero que hizo el nuevo gobierno fue crear el Ministerio de la Promoción de la Virtud y de la lucha contra el Vicio a fin de imponer el integrismo en la sociedad afgana, de acuerdo con la interpretación talibán del Corán articulada con viejas y primitivas creencias tribales.

          El fundamentalismo islámico en el mundo es un proyecto religioso y político de largo alcance, que no sólo compromete la vida de los casi mil millones de musulmanes sino que pretende someter a la humanidad entera a los designios de Alá. Su propósito es organizar la sociedad y todas sus instituciones bajo sus principios religiosos plasmados en la sharia, o sea en las normas del Corán y los hadices.

          Pero el fundamentalismo islámico no tiene una interpretación unívoca sino varias interpretaciones. Existen muchas tradiciones interpretativas de su texto. Gravita sobre él la vieja discrepancia entre los sunitas y los chiitas. Los primeros, que son cerca del 85% de los musulmanes, reconocen únicamente la autoridad religiosa y política de los imanes-califas descendientes de la tribu de los qurayshíes, a la que perteneció Mahoma, mientras que los segundos sólo obedecen la línea de mando de Alí, primo de Mahoma, a quien atribuyen la condición de descendiente del profeta. Se pueden distinguir fundamentalismos violentos, inspirados en los textos de Al Mawdudi y Sayyid Qtub de las décadas de los años 50 y 60 del siglo anterior, plasmados en movimientos revolucionarios, como el Frente Islámico de Salvación (FIS) de Argelia, el Tahfir wal-Hijrah egipcio o el Hamás palestino, y fundamentalismos menos violentos, representados por la Casa de Saúd. Todos, sin embargo, profundamente tradicionalistas, tienen en común su fanática convicción de que el Estado debe estar absolutamente sometido a la religión y de que la sumisión fundamental del ciudadano no es a su territorio, a su patria o a su tierra natal (la watan) sino a la umma, o sea a la comunidad de creyentes en Allah establecida por encima de las fronteras estatales. Su cometido primordial es “regenerar” a la humanidad por medio de la lucha militante contra el yahilíia, o sea contra la falta de observancia de las enseñanzas divinas. Trabajo que, según los fundamentalistas, debe comenzar con las propias sociedades musulmanas, que se han secularizado y se han apartado de la religiosidad, para luego seguir con el resto de la humanidad a la que hay que indicarle el camino recto para la salvación eterna: el al sirat al mustaqin.

          Para lograr este fin los fundamentalistas se proponen doblegar a los impíos a través de la guerra santa (la yihad), en la seguridad de que “la muerte por la gloria de Alá es nuestra mayor ambición”, según repitió Hassan al Bana, el fundador de la Hermandad Musulmana.

          Una de las más fanáticas expresiones del fundamentalismo fue el régimen del ayatolá Ruhollah Jomeini en Irán, a partir de la toma del poder en 1979 tras destronar al autócrata súa Pahlevi, que impuso las más fanáticas y primitivas normas y jueces religiosos especiales para aplicarlas y castigar con penas muy severas  —cárcel, flagelación o muerte—  los actos impíos, tales como la extravagancia, el derroche, la hipocresía, el juego, el adulterio, la occidentalización de las costumbres, la compasión por los ateos y la traición a sus añejos principios.

          El fundamentalismo islámico se ha exacerbado en los últimos años tanto porque sus líderes han sabido aprovechar para su causa la insatisfacción popular ante la creciente pobreza de las masas, regidas por sistemas políticos y económicos reñidos con la modernidad, como por la reacción violenta que en los pueblos musulmanes han producido los nacionalismos que tienden a dar mayor importancia a la watan que a la umma y la globalización con sus efectos occidentalizadores que amenazan la identidad, la concepción del mundo, la religión y las costumbres islámicas.

          Este fundamentalismo profesa un odio feroz contra Occidente y contra todo lo que significa cultura occidental. Cree que las costumbres occidentales han conspirado contra los principios del Corán y por eso trata de impedir la penetración de ellas en sus dominios. Para romper el turismo, que dio a Egipto ingresos de casi 3.000 millones de dólares en 1993, ha desatado una loca escalada de violencia contra los visitantes extranjeros, a los que considera como instrumentos de la penetración occidental. Y en su momento perpetró varios atentados contra la vida del presidente Hosni Mubarak, todos afortunadamente fallidos. El último, realizado por la principal organización islámica armada, la Jamaa Islamiya, el 26 de junio de 1995 en Addis Abeba, la capital de Etiopía, se debió a la necesidad de “ejecutar el castigo de Dios contra ese criminal” ya que “si Dios quiere nuestra yihad (guerra santa) sólo se detendrá cuando la ley divina sea aplicada en Egipto”, según explicó a los medios de comunicación al reivindicar el atentado.

          Lo cierto es que hoy existe un resurgimiento del fanatismo religioso musulmán que no solamente pretende imponer regímenes islámicos en el norte de África sino también exportar su "revolución" a Europa. Se da una suerte de “imperialismo” integrista, que trata de extender su influencia fuera de sus fronteras nacionales. Y en Europa existe honda preocupación por su seguridad. Muchos piensan que, al terminar la guerra fría, esta es la nueva amenaza contra su institucionalidad.

          El fundamentalismo islámico condujo a la fundación en el 2002 de la milicia terrorista nigeriana denominada Boko Haram, que ha cometido toda clase de sangrientos atentados.

          Fue establecida en Nigeria el año 2002 por el predicador musulmán Mohammed Yusuf con el objetivo de convertirla, por la fuerza de las armas, en un Estado islámico. Pero Yusuf fue capturado y ejecutado en la ciudad de Maiduguri en julio del 2009 después de un choque armado con las fuerzas de seguridad de Nigeria. Entonces asumió el liderazgo de la milicia el joven fundamentalista Abubakar Shekau.

          El cruel y despiadado nuevo líder de Boko Haram, nacido en un poblado de agricultores y ganaderos en el noreste del país, estudió teología islámica en Maiduguri. Utilizando la religión como instrumento, sedujo y reclutó a numerosos jóvenes en su ejército de fanáticos islamistas. Y solía proclamar: "me gusta matar a quien sea que Dios me pida matar".

          El propio nombre de la banda terrorista  —Boko Haram—  significa en su idioma original: "la educación occidental es un pecado".

          La banda fundamentalista lanzó en el 2012 una campaña de terror contra las instituciones educativas nigerianas y contra el "saber occidental". En abril de ese año, bajo el postulado de que "la educación occidental es un pecado", asaltó la universidad pública de Bayero en la ciudad de Kano y causó 16 muertos. En septiembre del mismo año expidió una declaración en la que amenazaba a 19 centros de educación superior con una oleada de atentados si no dejaban de impartir "educación occidental". Y, en cumplimiento de su amenaza, a comienzos de octubre atacó una residencia universitaria en el noreste de Nigeria y mató a 26 estudiantes. Todo por combatir la enseñanza de la "ciencia occidental" en los planteles de educación universitaria.

          El 14 de abril del 2014, en un colegio del pequeño poblado de Chibok situado en el noreste de Nigeria, el grupo Boko Haram secuestró 223 muchachas de entre 13 y 18 años de edad que estudiaban allí para venderlas como objetos sexuales. Todas ellas fueron sometidas a un cautiverio sexual. Y el líder de la banda, Abubakar Shekau, declaró en la televisión que las había secuestrado "por orden de Alá" para sentar el precedente de que "la educación occidental debe cesar". Y proclamó: "Hermanos: deben cortar la cabeza de los infieles".

          Pocos días después  —el 5 de mayo—  miembros del mismo grupo terrorista, vestidos con uniformes militares y movilizados en vehículos blindados de transporte, irrumpieron en la pequeña ciudad de Gamboru, al norte de Nigeria  —que había sido usada como base de las tropas que buscaban a las niñas secuestradas—,  y, al grito de "¡Dios es Grande!", dispararon indiscriminadamente granadas y bombas contra un mercado lleno de gente y luego prendieron fuego a los edificios para quemar vivos a quienes en ellos se habían refugiado. La sangrienta operación arrojó 310 personas muertas y centenares de heridas. El ataque pareció ser una respuesta de la banda terrorista a la aceptación que el gobierno nigeriano diera a las propuestas de ayuda de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y China para localizar a las niñas secuestradas veintiún días antes.

          La banda fue responsable el domingo 1 de junio del 2014 de otra acción terrorista: la explosión de una bomba contra quienes veían por televisión un partido de fútbol en un concurrido bar de la ciudad nigeriana de Mubi  —al noreste del país—,  con el resultado de varias decenas de personas muertas. Cuatro días después al menos doscientas personas fallecieron en un nuevo ataque perpetrado por los terroristas. Vestidos con uniforme militar asaltaron las localidades de Attagara, Agapalawa y Aganjara en el Estado norteño de Borno, feudo político y operativo de la banda. Pidieron a la gente que se reuniera en la plaza central de esas localidades y luego abrieron fuego contra ella al grito de “¡Alá es Grande!”, según era su costumbre.

          El domingo 10 de agosto del 2014 un comando armado de Boko Haram asaltó la comunidad de Doron Baga, al norte de Nigeria, y secuestró cien varones adolescentes. En la operación murieron al menos diez personas y muchos pobladores huyeron hacia las regiones cercanas.

          Este grupo fundamentalista  —en ataques contra escuelas, iglesias, mezquitas, mercados, entidades policiales y otros lugares públicos—  ha dado muerte a miles de personas desde el día de su insurrección contra Occidente.

          A mediados del año 2014 el mundo árabe se conmovió profundamente por la insurgencia de la sanguinaria milicia Estado Islámico (EI), de tendencia sunita  —una de las radicales versiones del terrorismo en nombre de dios—,  que sembró el pánico en el norte de Irak. 

          Estaba conducida por Abu Bakr al-Baghdadi, quien pretendía establecer un califato regido por el Corán que abarcara Irak, Siria, Líbano y Jordania, en una primera fase, por encima de las fronteras estatales, y reclamaba la obediencia absoluta del mundo musulmán. Sus yihadistas, bajo la acusación de "adoradores del demonio", masacraron a los pobladores de toda la región y suscitaron una terrible crisis humanitaria. Decenas de miles de cristianos y yazidíes kurdos tuvieron que huir tras las matanzas y crueldades de los yihadistas, que torturaban, decapitaban y enterraban vivos a quienes no se convertían al islam.

          Alrededor de 200.000 yazidíes y cristianos se vieron forzados a refugiarse en las montañas de Sinyar, donde morían de hambre, de sed y de calor, bajo temperaturas superiores a los 40 grados centígrados.

          El gobierno iraquí pidió entonces ayuda internacional ya que sus tropas no tenían la capacidad para detener a los insurgentes islámicos.

          El 7 de agosto del 2014 el presidente Barack Obama decidió responder positivamente a los clamores del gobierno iraquí y ordenó a las fuerzas aéreas norteamericanas bombardear los cuarteles y posiciones de avanzada de los yihadistas, que habían tomado las ciudades de Mosul, Tikrit, Sinjar, Qaragosh, Sharqat, Kirkuk, Khanaquin, Bukamal, Al Qaim, Rutba, Jalawla y que se acercaban a Bagdad para someterla por la fuerza y asumir el poder total.

          La decisión fue no enviar tropas terrestres sino bombardear las posiciones insurgentes mediante la aviación regular y los drones, en un movimiento militar que, según afirmó el Presidente, era una operación "limitada en su alcance y duración".

          A partir de ese momento, aviones estadounidenses e iraquíes asumieron también la misión de lanzar desde el aire alimentos, bebidas y elementos de ayuda humanitaria hacia las montañas de Sinyar para tratar de salvar la vida de los refugiados.

          En marzo del 2015, a causa del bombardeo de las fuerzas aliadas occidentales sobre la ciudad de Al Baaj, al noroeste de Irak, quedó gravemente herido Al Baghdadi, líder del grupo terrorista Estado Islámico (EI), quien falleció pocos días después. Inmediatamente fue sustituído por Abu Alaa al Afri  —también conocido como Abu Hasan, cuyo verdadero nombre es Abdelrahman Moustafa  al Qurdashi—,  que asumió la jefatura suprema del grupo. 

          Durante las acciones de violencia promovidas por Estado Islámico (EI) en el norte de Irak se produjo una sucesión de degollamientos  —que empezó con el periodista norteamericano James Foley y siguió con una serie de víctimas principalmente británicas y francesas—  que fue vista alrededor del mundo en sucesivos vídeos grabados por los terroristas y proyectados en internet por medio de Youtube y otras redes, en los que se mostró con diáfana claridad cómo un encapuchado vestido de negro cortaba el cuello de sus víctimas con un cuchillo.

          Esos espeluznantes degollamientos pretendían ser mensajes de protesta dirigidos a los pueblos y gobiernos de Occidente para que levantasen su "arrogante política exterior hacia el Estado Islámico" y se abstuviesen de bombardear a sus fuerzas insurgentes.

          La respuesta a esos actos brutales fue una amplia alianza antiterrorista impulsada por Estados Unidos y formada por cincuenta Estados de Europa, América, Asia y Oceanía  —incluidos varios Estados árabes: Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Líbano, Irak, Catar, Omán, Bahréin, Kuwait—  que emprendió una operación militar de bombardeos en el norte de Irak para destruir el Estado Islámico (EI), que entrañaba una amenaza global.

          El mundo árabe se dividió profundamente  —en función de hondas discrepancias religiosas y políticas—  como consecuencia de las acciones cumplidas por el Estado Islámico (EI), en nombre de Alá, contra sus propios coterráneos y contra los occidentales que trataron de protegerlos.

          Pero las decapitaciones continuaron. El británico Alan Henning (47 años), quien fue secuestrado por los terroristas en diciembre del 2013 cuando laboraba como taxista voluntario de la organización no gubernamental Aid 4 Syria al servicio de los niños sirios, fue la quinta víctima occidental. Su degollamiento se difundió también en YouTube a través de un vídeo el 3 de octubre, en el que se escucharon sus últimas palabras. Y allí se advirtió que el norteamericano Peter Kassig será la siguiente víctima occidental, que se sumará a las decenas de kurdos y sirios decapitados en esos días.

          A mediados de diciembre de ese año el Estado Islámico (EI) ofreció en venta los restos de James Foley y pidió un millón de dólares por ellos.

          La milicia terrorista, que tenía en su poder dos rehenes japoneses, formuló un ultimátum al gobierno de Tokio: si no pagaba 200 millones de dólares de rescate en el término de 72 horas, ellos serían degollados. El gobierno japonés se negó a pagar para no contribuir a crear una nueva forma de extorsión. Y el domingo 25 de enero del 2015, en un programa transmitido por Internet, un portavoz de la milicia informó que habían decapitado a Haruna Yukawa, uno de los dos rehenes, "tras expirar el plazo establecido a Japón". El otro rehén  —Kenji Goto, periodista japonés—  fue ejecutado seis días después.

          El Estado Islámico (EI) difundió por internet el 3 de febrero del 2015 un vídeo de 22 minutos de duración que mostraba a un hombre que era quemado vivo dentro de una jaula de hierro. Se trataba del piloto jordano Muaz Kasasbeh, capturado tras el estrellamiento de su avión F-16 en Siria el 24 de diciembre anterior durante un ataque contra las posiciones del grupo yihadista. Su espeluznante incineración se produjo el 3 de enero.

          Cuatro días después, cerca de las 11:30 horas de la mañana, se consumó otro dramático y cruento episodio de violencia. Los hermanos Said y Cherif Kouachi  —de 34 y 32 años de edad, respectivamente, nacidos en París e hijos de inmigrantes musulmanes argelinos—  asaltaron las oficinas del semanario satírico Charlie Hebdo, situadas en la 10 Rue Nicolas—Appert de París, y, al grito de "¡Alá es grande!", mataron con un rifle AK-47 a Stéphane Charbonnier  —editor de la revista—,  a cuatro caricaturistas y tres empleados que estaban sentados en la sala de redacción, a dos oficiales de policía, un visitante y un peatón. Y once personas fueron heridas. Lo hicieron para castigar las "blasfemas" caricaturas de Mahoma publicadas por la revista. Inmediatamente de consumado el crimen, sus dos autores gritaron en la calle: "¡Hemos vengado al Profeta!", "¡Hemos vengado al Profeta!" y fugaron del lugar.

          Los hermanos Kouachi, miembros del islamismo radical y militantes de una yihad islámica, fueron abatidos por la policía dos días después en un edificio al norte de París, donde se habían atrincherado con un rehén, que fue liberado.

          Ellos eran musulmanes fanáticos, simpatizantes de las milicias terroristas Estado Islámico (EI) y al Qaeda  —que desde hace varios años habían emitido a sus miembros las consignas de "pasar a la acción" y "atacar a los impíos"—,  y, como todos los yihadistas, estaban convencidos de que si morían como mártires ganarían el cielo de Alá irreversiblemente.

          Días después, un miembro de al Qaeda en Yemen reivindicó para su organización terrorista el ataque.

          A los siete días del atentado la revista Charlie Hebdo volvió a salir. En su primera página tenía una nueva caricatura del Mahoma junto a la leyenda: "Todos están perdonados". Sus primeros tres millones de ejemplares se agotaron y se imprimieron cerca de dos millones más.

          Si bien el fundamentalismo es en nuestros días principalmente un fenómeno islámico, hay actitudes fundamentalistas también en otras religiones. Existe un fundamentalismo hinduista, budista, judaico, cristiano. Y no estoy hablando de los tiempos oscuros de la historia sino de fanatismos actuales. Hace no mucho tiempo los fundamentalistas hindúes derribaron mezquitas musulmanas de hace cuatrocientos años y saquearon barrios islámicos en Bombay. Un fundamentalista judío abrió fuego contra una mezquita en Hebrón y mató a 45 musulmanes que oraban. En el Japón los fundamentalistas del budismo echaron gas neurotóxico en el metro de Tokio y dieron muerte a doce pasajeros y lesionaron a centenares. Un ministro presbiteriano mató a un médico abortista en Estados Unidos y proclamó que "había hecho lo correcto" y que era un mártir. Fundamentalistas cristianos norteamericanos, que pertenecían al "ejército de Dios", demolieron un edificio en Oklahoma y causaron la muerte de 169 personas para castigar al "gran satán", que era el gobierno de su país.

          El fundamentalismo cristiano  —como el que postulaba el teólogo evangelista Francis Schaeffer (1912-1984) en Estados Unidos en su "Christian Manifesto" de 1981—  es también profundamente contrario a la secularización y a la modernidad de las sociedades.

          Sustentado por los sectores más atrasados e intolerantes de la iglesia de Roma, el fundamentalismo católico se ha manifestado a lo largo de la historia en actos de intransigencia e involución. Recientemente volvió a expresarse durante la III Conferencia Mundial sobre Población reunida en El Cairo en septiembre de 1994 para definir una política de control de la explosión demográfica en el planeta y en el curso de la IV Conferencia Mundial de la Mujer celebrada en Pekín, bajo el patrocinio de las Naciones Unidas, en septiembre de 1995.

          En ambos casos el fundamentalismo católico, inspirado principalmente por el >Opus Dei y manifestado por la voz de los representantes de  algunos de los gobiernos latinoamericanos  —especialmente Argentina, Ecuador, Guatemala, Honduras y Paraguay—,  estuvo presente para defender posiciones que, en ciertos temas, fueron incluso más conservadoras que las del propio Vaticano. En El Cairo, después de encendidas discusiones atizadas por los dogmas religiosos y prejuicios políticos, especialmente en torno a la legalización del aborto, se arribó trabajosamente, venciendo la resistencia de los fundamentalismos islámico y católico que coincidieron en las mismas tesis, a un relativo consenso en torno a un programa de alcance mundial destinado a limitar el crecimiento de la población a la cifra de 7.270 millones de personas, durante los próximos veinte años, y a 7.800 millones para el año 2050. En Pekín los dos fundamentalismos opusieron tenaz resistencia a las políticas sobre planificación familiar, control de la fecundidad, salud sexual y reproductiva, educación y otros elementos de la vida de la mujer y de la familia.

          En general, todos los fundamentalismos  —el islámico, el católico, el protestante, el judío, el budista, el hindú—  tienen como rasgos comunes el rechazo a la separación entre la iglesia y el Estado, la lucha por la sacralización de la política, la defensa de la unidad de la autoridad política y la religiosa en manos del clero, su oposición a la secularización del Estado, el imperio de la ley religiosa sobre todos los actos de la sociedad, la eliminación de la tolerancia religiosa y de la libertad de cultos, la persecución a los seguidores de otras religiones, el combate contra las “fuerzas del demonio”, la defensa de la intangibilidad de las tradiciones, el rechazo a la modernidad, la hostilidad contra la modernización de las sociedades, la condena de ciertos avances de la ciencia, la proclama de la superioridad del hombre sobre la mujer, la impugnación de la >liberación femenina, la defensa del rol tradicional de la familia bajo la autoridad patriarcal y la adhesión a las teorías políticas más retrógradas y autoritarias.

          El fundamentalismo está muy lejos de ser ser una doctrina política, como pretende el islamismo, aunque siempre ha tenido enorme influencia sobre las ideas políticas de la comunidad. Es simplemente una aberración fanática que busca aplicar como un todo y sin modificaciones los principios religiosos a la vida pública. Referido al <catolicismo, las actitudes fundamentalistas se manifiestan a través de sus invocaciones y proclamas políticas de corte medieval, muy parecidas a las que inspiraron las cruzadas y otras acciones de fanatismo político-religioso en la alta y baja Edad Media.

          Aunque el fundamentalismo es un fenómeno eminentemente religioso, por extensión y analogía se llama fundamentalistas o integristas, en sentido amplio, a los fanáticos de cualquier ideología política o teoría económica. Por ejemplo, un destacado grupo de economistas, entre quienes estaban cuatro premios Nobel de economía  —Franco Modigliani, Paul Samuelson, Herbert Simon y Jan Tinbergen—,  en un manifiesto lanzado en 1992 cuestionaron duramente al neoliberalismo y afirmaron que los economistas de esta tendencia “abogan por la libre competencia pero no la practican en el campo de las ideas”, en una clara alusión al fundamentalismo de los neoliberales y de los conversos.

          Durante la >guerra fría las dos superpotencias manipularon en su beneficio el fundamentalismo islámico para mantener su influencia regional: el hegemonismo soviético exacerbó los sentimientos religiosos musulmanes contra Israel y el imperialismo norteamericano, con la ayuda de Pakistán y de Arabia Saudita, hizo lo mismo en los años 80 al impulsar el movimiento guerrillero afgano contra las fuerzas de ocupación soviéticas.

 
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