exilio

          Del latín exilium, significa expatriación forzada de una persona por motivos políticos o religiosos. Es también el lugar donde vive el exiliado. Exiliado es quien sufre el extrañamiento.

          Es curioso anotar que en el célebre "Diccionario de Autoridades", publicado en 1732, se dice de la voz exilio que es “de raro uso”. Sin embargo, hoy su utilización es frecuente en la vida política, probablemente por la influencia del inglés que tiene el sustantivo exile y el verbo to exile.

          El destierro político fue una vieja costumbre punitiva. Los atenienses la adoptaron con el nombre de ostracismo. Los regímenes autoritarios de todas las épocas y las dictaduras contemporáneas utilizaron este método de castigo contra los opositores políticos.

          Se diferencia del confinamiento (la palabra confinio, que a veces se usa, no existe en la lengua castellana) en que éste es el extrañamiento dentro de los confines nacionales, de donde el confinado no puede salir.

          El concepto expatriación es más amplio que el de exilio, pues comprende el extrañamiento del territorio de un Estado no solamente por motivos políticos sino también por delitos comunes, como antiguamente se estilaba en España. El rey solía imponer a los españoles, como pena aflictiva, el abandono del territorio del Reino por un tiempo determinado. Con frecuencia esta pena se imponía a los eclesiásticos desobedientes o perturbadores del sosiego público. Pero la Constitución de 1837 abolió esta prerrogativa monárquica en España y mandó que ningún español podía ser separado de su domicilio ni castigado de otro modo sino en virtud de sentencia dada por tribunal competente, después de haber sido oído y juzgado con arreglo a Derecho.

          Se habla también, por extensión o analogía, de “gobierno en el exilio” para referirse al que, en razón de un conflicto armado interno o una invasión exterior que ha producido su derrocamiento, se ve forzado a abandonar el territorio nacional y a establecerse en otro. El gobierno en el exilio requiere necesariamente la anuencia del Estado en cuyo territorio se instala. El reconocimiento de éste es una condición ineludible para su existencia y para su reconocimiento por otros Estados. Sin embargo, el gobierno en el exilio es únicamente una ficción jurídica y política porque sin dominio real sobre su territorio, sin los mecanismos efectivos del poder, carece de toda posibilidad de gobernar. Es apenas el símbolo de una autoridad legítima depuesta por un alzamiento armado o por una invasión extranjera, que se levanta ante la mirada internacional como un emblema de la justicia de una causa. Y así lo entienden los demás gobiernos. El hecho de que lo reconozcan significa automáticamente que repudian las acciones de fuerza que llevaron a su derrocamiento y que desconocen la validez del nuevo orden de cosas en ese Estado. Fue muy ilustrativo el caso de los países latinoamericanos que, en la reunión de consulta de sus cancilleres celebrada en Río de Janeiro en 1942, resolvieron como una demostración de repudio a las potencias del eje continuar sus relaciones diplomáticas con los gobiernos constituidos en el exilio de los Estados ocupados militarmente por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.

          Casos emblemáticos de gobiernos en el exilio fueron el republicano español que se instaló en México a raíz de la toma del poder por las fuerzas franquistas en España y el de la Francia libre que se formó en Londres, bajo la presidencia del general Charles De Gaulle, durante la invasión de los nazis en la segunda conflagración mundial.

          La historia europea del siglo XX está plagada de gobiernos en el exilio a causa de las violentas modificaciones en su mapa político. Los conflictos armados internacionales, las anexiones de territorios, las ocupaciones militares, las guerras civiles y las rebeliones produjeron numerosos gobiernos en el exilio durante la primera y la segunda guerras mundiales y en los períodos intermedios. El gobierno de Bélgica se refugió en Francia entre 1914 y 1918, el de Serbia se instaló en la isla de Corfú en Grecia en 1916, el de Montenegro se estableció en Francia en el mismo año, el gobierno republicano de España se radicó en la capital mexicana de 1939 a 1942, el de Polonia se refugió en Francia en 1939. Durante la Segunda Guerra Mundial los gobiernos de Holanda, Bélgica, Noruega, Yugoeslavia y Checoeslovaquia se trasladaron a Inglaterra, el gobierno de Grecia se estableció en Egipto, el de Luxemburgo en Canadá, el de Filipinas en Estados Unidos y los de Rumania y Bulgaria en Alemania.

 
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