evolución

          Esta palabra  —originada en la biología para designar el crecimiento del embrión y que más tarde llegó en la política con Charles Darwin (1809-1882) a un punto culminante—  fue utilizada en el siglo XVIII por el filósofo napolitano Giambattista Vico (1668-1744) y por el teólogo alemán Johann Gottfried von Herder (1744-1803) para designar el progresivo desarrollo cultural de las sociedades, que pasan de sus estados primitivos a formas de civilización cada vez más avanzadas. Vico distinguió tres períodos históricos: la edad de los dioses, en la que aparecieron la religión, los dogmas y la metafísica; la edad de los héroes, en que unos cuantos condotieros conquistaron y dominaron por la fuerza las sociedades; y la edad de los hombres, caracterizada por la reivindicación de la razón y por el cuestionamiento a verdades supuestamente reveladas y eternas. Más tarde utilizó la palabra también el etnólogo norteamericano Lewis H. Morgan en su libro "Ancient Society" (1877), en el que dividió la prehistoria en tres etapas: salvajismo, barbarie y civilización.

          El filósofo inglés Herbert Spencer (1820-1903), quien estudió a fondo el tema, concibió a la evolución como la “integración de materia acompañada de una dispersión de movimiento, durante la cual la materia pasa de una homogeneidad indefinida e incoherente a una heterogeneidad definida y coherente, y durante la cual también el movimiento que se conserva sufre una transformación paralela”.

          Las leyes de la evolución rigen también para los fenómenos sociales y explican el ascenso de la historia. Todas las situaciones de la vida social y todos los productos del pensamiento humano  —el lenguaje, la escritura, las artes, las ciencias, el Derecho, el poder, las religiones—  están sometidos a este movimiento.

          La evolución, en el sentido político moderno de la expresión, es el desarrollo y la transformación graduales, pacíficos y programados de una sociedad, en contraste con el cambio revolucionario que es siempre brusco.

          A través de la evolución las sociedades pasan gradualmente de lo homogéneo a lo heterogéneo, de lo difuso a lo concreto, de lo simple a lo complejo, de lo indiferenciado a lo diferenciado, de lo indefinido a lo definido, de lo incoherente a lo coherente, siguiendo el ritmo y la dirección del movimiento universal y bajo los principios de la indestructibilidad de la materia, continuidad del movimiento y persistencia de la fuerza. Principios a los que están sometidos todos los fenómenos: los naturales, los humanos, los sociales y los culturales.

          Lo normal es que las sociedades avancen mediante un proceso progresivo de perfeccionamiento de sus instituciones políticas, económicas y sociales, como parte de un movimiento evolutivo que no tiene interrupciones ni sobresaltos. La evolución es una forma sana de desarrollo, propia de los pueblos maduros, que les ahorra los desgarramientos inherentes a los procesos revolucionarios. Pero cuando el proceso evolutivo es detenido por fuerzas contrarias al progreso social se produce la revolución, que el cambio axial, violento, profundo e irreversible de la estructura social.

          Evolución y >revolución son, pues, dos formas distintas de avance de los pueblos: la una es regular, reposada y gradual  —se hace principalmente por medio de los instrumentos legislativos—,  en tanto que la otra es brusca y se impulsa mediante la violencia, cuando las fuerzas conservadoras detienen la marcha evolutiva de la sociedad.

 
Correo
Nombre
Comentario