eurocomunismo

          Esta palabra fue acuñada en 1975 por el periodista yugoeslavo Frane Barbieri, corresponsal de diarios italianos en Belgrado, para designar la nueva y modificada versión del marxismo en la Europa occidental, resultante del complejo proceso de diferenciación de posiciones teóricas y prácticas que se dio en los años 70 entre los partidos comunistas de Italia, Francia y España y el partido comunista de la Unión Soviética. En un primer momento el término fue rechazado por los partidos europeos, temerosos de un rompimiento con Moscú, pero después terminaron por aceptarlo y entró definitivamente al vocabulario político.

          El eurocomunismo fue el resultado de un largo proceso de elaboración teórica que tuvo varios antecedentes en la segunda postguerra e incluso antes. El primero de ellos fue el conjunto de ideas del pensador y líder político italiano Antonio Gramsci (1892-1937), considerado como uno de los grandes teóricos del marxismo, quien abogó por el debate y la flexibilización de la doctrina. Más tarde vino la ruptura con Moscú del Mariscal Tito, jefe de Estado de Yugoeslavia, en 1948. Enseguida los comunistas ingleses elaboraron un programa que preveía el tránsito pacífico y parlamentario hacia el socialismo. Luego vinieron las insurrecciones de Polonia y Hungría en 1956, que hicieron pensar mucho a los dirigentes comunistas europeos. Después se dio el rompimiento chino-soviético en 1961. Todos estos hechos e ideas tuvieron en común el repudio a la tutoría soviética sobre los destinos nacionales y la búsqueda de una opción estratégica autónoma para los partidos comunistas periféricos.

          Sin duda fue el político italiano Palmiro Togliatti (1893-1964) el precursor del movimiento eurocomunista. A comienzos de la segunda postguerra él empezó ya a hablar del tema de la autonomía de las organizaciones comunistas respecto del centro hegemónico en Moscú. Y más tarde, en su testamento político de 1964  —conocido como el memorándum de Yalta—,  el líder italiano planteó el principio de la unidad dentro de la diversidad de los partidos comunistas y el rechazo a un núcleo dominante que pretendiera regimentarlos. Fue muy elocuente para revelar lo que ocurría al interior de los partidos comunistas europeos la declaración final aprobada en la conferencia que ellos celebraron en Berlín oriental en junio de 1976  —que algunos partidos se negaron a firmar—  en la que se afianzó la independencia de las agrupaciones políticas, se recomendó el diálogo de los comunistas con otras fuerzas progresistas y se sustituyó el concepto del internacionalismo proletario por el de la “solidaridad internacional”.

          Bien se podría decir que el eurocomunismo fue un movimiento de rechazo al >leninismo y al <estalinismo impregnados profundamente en la teoría y práctica del partido comunista de la Unión Soviética y de varios de sus partidos satélites. El eurocomunismo rechazó la vía revolucionaria como el único método para la toma del poder, tal como lo había postulado Lenin, y manifestó su discrepancia con la dictadura del proletariado como forma de ejercicio del mando político.

          Según era de esperar, la capilla ideológica de Moscú denunció de inmediato el >revisionismo de los partidos comunistas francés e italiano y de sus líderes George Marchais y Enrico Berlinger.

          El eurocomunismo derivó entonces en un movimiento disidente del marxismo-leninismo ortodoxo. En la medida en que renunció al uso de la fuerza para la toma del poder y optó por la vía electoral, se convirtió en reformista. Fue el primero en plantear, en el seno del movimiento comunista internacional, la posibilidad de la participación electoral y parlamentaria de los partidos comunistas y no la revolución como método forzoso para la toma del poder. Propugnó para ello una política de alianzas con fuerzas progresistas, al amparo de la cual se hicieron, entre otras, la union de la gauche en Francia en 1972 bajo un programa común de gobierno, o el entendimiento del partido comunista italiano con grupos católicos y socialistas bajo el impacto del “síndrome chileno”  —la alianza de las fuerzas anticomunistas que tomó el poder en septiembre de 1973 y persiguió ferozmente a los comunistas—  o el llamado “pacto de la Moncloa” en España entre comunistas, socialistas y centrodemocráticos a la muerte de Franco.

          En esta línea de pensamiento y acción el eurocomunismo propugnó el multipartidismo en lugar de la ortopedia deformante del partido único, sindicatos libres, libertad de prensa, pluralismo político, autonomía internacional, en suma, la adecuación del marxismo a las reglas de las democracias europeas de Occidente.

          Los partidos alineados en la corriente eurocomunista tuvieron como denominador común el proyecto de ir hacia el socialismo por la vía democrática, esto es, con parlamento, pluripartidismo, sufragio libre, derechos humanos, libertad religiosa, prensa libre, libertad de creación cultural y científica, formas públicas y privadas de propiedad y autodeterminación de los pueblos.

          En la medida en que aceptaron que los cambios socioeconómicos pueden hacerse también por la via pacífica, los partidos eurocomunistas optaron por el >reformismo y abandonaron la acción armada revolucionaria. Esta fue una discrepancia de principio con la ortodoxia marxista-leninista. Y lo fue también el abandono de la tesis de la dictadura proletaria como gestión del poder. Ambos planteamientos fueron abiertamente revisionistas.

          Uno de los ideólogos del eurocomunismo, el español Santiago Carrillo (1915-1982), sostuvo que muchas de las tesis de Lenin de 1917 y 1918, aplicables a la realidad rusa de aquella época y de otros lugares del mundo de entonces, resultaban inadecuadas en los países capitalistas desarrollados de Europa occidental. Su inaplicabilidad tuvo que ver fundamentalmente con las estructuras económicas y la conducta objetiva de los grupos sociales progresistas, con el desarrollo de las nuevas fuerza productivas  —entre ellas la energía nuclear—  y con muchas otras circunstancias que, como era lógico, escaparon a la consideración de los ideólogos marxistas del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX. Carrillo no vaciló en calificar de “superadas” a algunas de las tesis de Lenin.

          El eurocomunismo fue el resultado de un dilatado proceso de discrepancia de los partidos comunistas del Occidente europeo con las tesis y las prácticas leninistas y estalinistas del partido comunista de la Unión Soviética especialmente en cuatro puntos: el método para la toma del poder, la forma de su ejercicio, los caracteres y la estructura del partido comunista y sus relaciones internacionales. Esa discrepancia, que se había mantenido larvada por algún tiempo, hizo crisis en la década de los 70.

          Los partidos eurocomunistas abandonaron la >revolución como vía forzosa de acceso al poder  —la vía leninista—  y en su lugar adoptaron la metodología electoral y parlamentaria, a la más pura usanza de las democracias occidentales de Europa. Palmiro Togliatti, en Italia, habló de la “vía parlamentaria al socialismo”, los comunistas franceses postularon la “vía pacífica al socialismo” y el partido comunista español propugnó la formación de “una amplia alianza de fuerzas populares” para la conquista electoral del poder. El abandono de la vía revolucionaria se debió seguramente a la consideración de que el triunfo de las revoluciones comunistas en la Unión Soviética y en Europa del este no fue un hecho autónomo o aislado, ni sólo el producto de las condiciones objetivas y subjetivas internas, sino que estuvo íntimamente ligado a los avatares de la primera y segunda guerras mundiales y a la retirada del fascismo, o sea “a las condiciones de una derrota militar terrible, cuando todo el aparato del Estado se hallaba en tierra, desfondado, y una gran parte del ejército, ansioso de paz, pan y tierra, humillado por la catástrofe, pasó del lado de las fuerzas revolucionarias”, como escribó el político español Santiago Carrillo en su libro. Lo propio ocurrió en China. Las armas de Mao Tse-tung triunfaron en el contexto de la invasión japonesa a ese país. Esta es la tesis del líder eurocomunista español, quien hace la única salvedad de Cuba, “una verdadera sorpresa de la historia, que hasta ahora no ha podido repetirse en ningún país del Continente americano, y es probablemente la excepción que confirma la regla”.

          La sociedad europea occidental, con sus instituciones democráticas bien arraigadas, fue capaz de presionar sobre los partidos comunistas y obligarlos a aceptar las reglas del juego de la democracia política. Esta presión se vio fortalecida por el repudio a la sangrienta intervención militar que, en nombre del >internacionalismo proletario, hizo la Unión Soviética en Checoeslovaquia en 1968, durante la llamada “primavera de Praga”.

          Los partidos comunistas de Italia y de Francia, a la sazón los más fuertes de Occidente, en su “Manifiesto Eurocomunista” proclamado el 15 de noviembre de 1975, reconocieron el pluralismo partidista, abandonaron el fatalismo de la <dictadura del proletariado, admitieron las <elecciones universales, el debate parlamentario, la garantía de las libertades políticas y civiles, el derecho de >oposición y el pluralismo político. Santiago Carrillo publicó en 1977 su libro “Eurocomunismo y Estado” que puede considerarse como el “credo” eurocomunista dentro de los países capitalistas desarrollados. En él planteó “la coexistencia de formas públicas y privadas de propiedad” y se alejó del modelo marxista clásico. En la reunión celebrada en Madrid durante los días 2 y 3 de marzo de 1977, los líderes de los partidos comunistas de Francia, Italia y España   —George Marchais, Enrico Berlinger y Santiago Carrillo—   firmaron una declaración, que fue la más avanzada de todas las declaraciones eurocomunistas, en la que reafirmaron su adhesión al pluralismo político y añadieron muchas otras consideraciones sobre la garantía y desarrollo de las libertades individuales, la libertad de pensamiento y expresión, la libre reunión y asociación, el derecho de las personas a circular dentro y fuera del país, la libertad sindical, el respeto al sufragio universal y la alternancia democrática de las mayorías. Todo esto para “construir el socialismo en la democracia y en la libertad”.

          Sin embargo, los partidos eurocomunistas nunca pudieron resolver la cuestión de su democracia interna. Siempre fueron partidos de estructura autoritaria a pesar de que impugnaron el autoritarismo de Moscú. Nunca pudieron romper su llamado “centralismo democrático”, como principio de organización y funcionamiento. Fue de la Internacional Comunista (Komintern) o Tercera Internacional, fundada en Moscú en 1919 bajo la batuta de Stalin, de donde surgió la instrucción a todos los partidos miembros de que debían adoptar el centralismo democrático y de que su estructuración interna debía ser tan centralizada como fuera posible y el partido debía estar provisto de los más amplios poderes.

          La consulta a la sociedad ni era usual ni era posible. La propia estructura del partido lo impedía. Esta era simplemente incompatible con cualquier forma democrática de consulta de opinión. Las autoridades partidistas lo mismo que las estatales no eran elegidas libremente, a pesar de los simulacros electorales que solían hacerse, sino designadas por voluntades superiores. Los partidos comunistas centralizaban todos los poderes de control y decisión sobre la sociedad, desde la escuela a la fábrica, desde la vida familiar a la policía, desde la administración de justicia hasta las fuerzas armadas. Pero llamaban “democrático” a este centralismo porque se suponía que estaba implantado en beneficio de todos.

 
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