etnocentrismo

          Esta fue una palabra acuñada en 1907 por el académico estadounidense William G. Summer (1840-1910), resultante de la unión del griego éthnos, que significa “pueblo” o “linaje”, y del latín centrum, “centro”. El etnocentrismo es la concepción del mundo a partir del punto de vista y la circunstancia de una etnia. O sea la toma de la propia civilización como centro de referencia para juzgar a los demás pueblos y sociedades. En cierto modo resulta de la traslación a la raza del viejo concepto de Protágoras (580-500) de que el hombre es la medida de todas las cosas. En el etnocentrismo es la raza la medida de todas las cosas. Es el elemento clave para entender la historia. Eso ocurrió durante mucho tiempo en Europa. Todo se vio a través de los valores, categorías y experiencias de la cultura europea. Durante muchos siglos los europeos vivieron en función de sus propios valores e ideas. El resto del mundo no les importaba o les parecía “extraño” o “bárbaro”. Conocían por supuesto la existencia de África, con la que habían mantenido intensas relaciones de comercio y de guerra, y Asia, de la que traían sedas, piedras preciosas, porcelanas, joyas y especierías. Más tarde supusieron que las tierras descubiertas por Colón eran la parte occidental de la India y luego, cuando ya conocieron que se trataba de un nuevo mundo, intentaron por todos los medios de arrasar las expresiones culturales vernáculas e imponer su cultura. Porque todos ellos eran pueblos “bárbaros” a los que se debía civilizar y cristianizar. Su etnocentrismo era germinal.

          El etnocentrismo y el eurocentrismo europeos condujeron hacia el racismo y la xenofobia. El hacer de la raza la medida de todas las cosas tiene ese destino. El racismo parte de una concepción etnocentrista impuesta por la raza hegemónica. El etnocentrismo explica todo en función de los valores del grupo étnico dominante. Tiene una interpretación “racial” de la historia. Durante mucho tiempo prevaleció la idea de que sólo las personas que tenían la misma sangre podían compartir la misma herencia intelectual y cultural. El conde Arthur de Gobineau, que fue el gran compilador del pensamiento racista a mediados del siglo XIX, afirmó la desigualdad natural de las razas humanas y la superioridad de la raza blanca y en especial de la aria. Pensamiento que fue compartido por otros racistas, como Robert Knox, James Hunt y Houston Stewart Chamberlain. Y que tuvo ecos en la propia América India.

          Desde su punto de vista etnocéntrico, Gobineau señaló que había tres razas principales: la amarilla, la negra y la blanca. Aseguró que la amarilla era materialista, carente de imaginación y que su lengua  —reflejo de su inferioridad—  era incapaz de expresar las ideas metafísicas. Dijo que la raza negra carecía de inteligencia. Y que la raza blanca  —con los arios como su elite—  poseía la virtud de la nobleza: el amor a la libertad y al honor y el culto a la espiritualidad. Fundados en las medidas de los cráneos y en otros criterios antropológicos, el investigador francés Georges Vacher de Lapouge (1854-1936) y el antropólogo alemán Otto Ammon (1842-1916) sostuvieron la superioridad física, intelectual y moral de la raza aria, a la que le atribuyeron la creación de las artes y de las ciencias. El etnocentrismo llevó a Hitler a los peores excesos. Recordemos sus palabras: “en un porvenir no lejano, la humanidad deberá afrontar problemas cuya solución exigirá que una raza excelsa en grado superlativo, apoyada por las fuerzas de todo el planeta, asuma la dirección del mundo”.

          Estos pensamientos tuvieron resonancia en América Latina, entre otros, con el sociólogo argentino Carlos Octavio Bunge (1875-1918), quien definió al indio como un ser invadido por la “pasividad” y el “fatalismo”, incapaz de creación intelectual o artística. Y con el historiador boliviano Alcides Arguedas (1879-1946), que consideraba que el >indio tenía una genética falta de previsión (es decir, una disminuida inteligencia para ver el futuro) y además sufría de atrofia en su sentido ético. El mestizo le parecía aun peor. Y concluía en su libro “La danza de las sombras” que “la mezcla de las razas es la explicación del atraso en Bolivia”. Por el mismo o parecido camino fueron varios otros pensadores de ese tiempo. El brasileño Euclides da Cunha (1866-1909) habló de la “pereza invencible”, la “palabra demorada”, la “atonía muscular perenne”, el “andar desplomado” y la “cadencia lánguida” del mestizo, aunque después agregó que “toda esta apariencia de cansancio engaña” y que “nada sorprende más que verla desaparecer de pronto” para dar lugar inesperadamente al “aspecto dominador de un titán cobrizo y pujante”.

          Todos los racismos de la historia tuvieron raíces etnocéntricas. El paneslavismo ruso de los tiempos de los zares, que más tarde inspiró la política internacional de los líderes soviéticos y que en la postguerra fría ha vuelto a ser invocado por el neofascista ruso Vladimir Zhirinosvky, y el pangermanismo de los prusianos y de los nazis en Alemania que provocó la segunda conflagración mundial fueron los intentos de imponer la cosmovisión de una etnia y su cultura sobre el mundo. El etnocentrismo lleva inevitablemente a la megalomanía colectiva. La actual forma de etnocentrismo es la islámica. Los sectores musulmanes más atrasados y fanáticos  —los fundamentalistas—  todo lo ven a través del prisma de su cultura y de sus costumbres. Juzgan al mundo en función de ellos. Quieren imponerle los valores de Alá y los mandatos de su profeta Mahoma, contenidos en el Corán. La “guerra santa” para combatir a los “infieles”, fuente de la bienaventuranza eterna para los que en ella mueran según el libro sagrado, golpea en todos los frentes: lo mismo en Argelia que en Francia, en Egipto que en Irán, en Pakistán que en Nueva York. Los líderes islámicos se niegan a aceptar principios culturales que les son extraños. Y responden con violencia a la penetración cultural de Occidente. Esto ha dado pie a la tesis de que en el nuevo orden mundial la lucha no será entre Estados, como lo fue en el pasado, sino entre civilizaciones y, concretamente, entre la civilización occidental y el islamismo.

 
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