esclavitud

          Esta palabra se deriva de esclavo, que proviene del griego bizantino eslavo, tomado a su vez de la palabra sloveninu con que se denominaban a sí mismos los pueblos eslavos víctimas del esclavismo en el Oriente medieval.

          Esclavitud es la calidad de esclavo, esclavo es la persona que carece de libertad por su sometimiento al dominio de otra, esclavizar es someter a alguien a esta situación y tráfico de esclavos es el comercio de seres humanos para someterlos al trabajo y a la producción forzados en beneficio de sus amos.

          El tráfico de esclavos se practicó durante mucho tiempo en la historia. Es casi tan antiguo como el hombre. Los guerreros vencedores esclavizaron a los vencidos. Los grupos dominantes de la sociedad hicieron lo mismo. El dominio del hombre por el hombre acompañó a las sociedades desde muy tempranas horas históricas. Durante mucho tiempo la esclavitud fue el principal factor de la producción y la base económica del <esclavismo. Pensadores como Aristóteles y santo Tomás justificaron esta institución. Creyeron que la esclavitud obedecía “a la naturaleza de las cosas” y admitieron que hay hombres que por su condición no merecen ser libres sino esclavos. Aristóteles afirmó que las personas que carecen de capacidad deliberativa están destinadas a ser esclavos “naturales”. Y consideraba justo que así fuera, porque está dispuesto en el orden natural de las cosas. La sociedad política de su época estaba formada por ciudadanos, esclavos y extranjeros. Sólo los ciudadanos tenían derechos, entre ellos el de disponer de la vida y la fuerza de trabajo de los esclavos.

          Esto ocurrió en todas las sociedades de la Antigüedad. Las viejas China e India fueron esclavistas, lo mismo que Babilonia, Asiria, Egipto, Persia y los demás imperios antiguos. También Grecia y Roma implantaron este sistema. La palabra despotismo, tan usada en la Antigüedad, se deriva precisamente de despotés, que significa “amo o dueño de esclavos”. En la Edad Media la >servidumbre sustituyó a la esclavitud, pero el cambio no fue mayor. El régimen de sojuzgamiento y enajenación del hombre siguió igual y llegó hasta mediados del siglo XIX, en que comenzó el movimiento de abolición de la esclavitud en buena parte del mundo.

          Casi todas las religiones justificaron la esclavitud. Y, cuando tuvieron palabras de piedad o de benevolencia para con los esclavos, partieron del reconocimiento de la esclavitud como un hecho natural y necesario. El brahmanismo recomendó al hindú que se purificara si había tocado a un paria  —persona de la casta ínfima en la ordenación social de la India—  y autorizó al brahmán, o sea al miembro de la primera de las castas tradicionales, para matarlo si lo encontraba en su casa (Éugene Dubois, t. I, págs. 53-55). Entre los egipcios, la religión imponía a los esclavos no salir de su condición. La ley mosaica mandaba al esclavo la obediencia, el desinterés y la práctica de la virtud. En el ámbito del catolicismo, la Biblia recoge las enseñanzas esclavistas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, principalmente. El primero de ellos, en su Epístola Primera, mandaba: ”Vosotros, los siervos, estad sumisos con todo temor y respeto a los amos, no tan sólo a los buenos y apacibles, sino también a los de recia condición; pues el mérito está en sufrir uno por respeto a Dios que le ve, penas padecidas injustamente” (II, 18 y 19). Y san Pablo, en la Epístola dirigida a los efesios, advertía: “Siervos, obedeced a vuestros señores temporales con temor y respeto, con sencillo corazón, como al mismo Cristo”, puesto que “es la voluntad de Dios que los ha puesto en tal estado”. Agregaba: “servidlos con amor, haciendoos cargo que servís al Señor y no a hombres”, y les exhortaba a que estuviesen “ciertos de que cada uno, de todo el bien que hiciere, recibirá del Señor la paga, ya sea esclavo, ya sea libre” (VI, 5, 6, 7 y 8). Conceptos que repitió en su Epístola a los Colosenses: “Siervos, obedeced en todo a vuestros amos temporales, no sirviéndoles sólo mientras tienen la vista sobre vosotros o solamente cuando os miran, como si no deseáseis más que complacer a los hombres, sino con sencillez de corazón y temor a Dios. Todo lo que hagáis, hacedlo de buena gana, como quien sirve a Dios y no a hombres. Sabiendo que recibiréis del Señor la herencia del cielo por galardón o salario: pues a Cristo nuestro Señor es a quien servís en la persona de vuestros amos” (V, 22, 23, 24). Y el mismo san Pablo en su Epístola Segunda a los Corintios exhortaba a los esclavos a no pretender cambiar “la condición que el Señor les ha asignado” porque “ante el Mesías todo esclavo es un hombre libre y todo hombre libre un esclavo de Jesucristo” (VII, 20-22). En el islamismo, el Corán manda: “Oh vosotros que creéis, obedeced a los que tienen dominio sobre vosotros” (Cap. de las mujeres).

          Todas o la mayor parte de las religiones justificaron la esclavitud y la exaltaron como un hecho que dimanaba de la naturaleza de las cosas y de la voluntad de dios.

          La esclavitud fue un fenómeno muy antiguo. Se había dado en África desde hace siglos. Pero su etapa más dramática y cruel fue entre los siglos XV y XIX, especialmente con la trata de negros en las tierras de América. Esta fue una de las etapas más ominosas de la historia. El tráfico de esclavos es más repugnante que la propia esclavitud. Se los vendía como animales. Los compradores solían marcarlos con fuego para que no se confundiesen con los esclavos ajenos. El historiador norteamericano Seymour Drescher, citado por su colega inglés Peter Watson en su libro “Ideas. Historia intelectual de la humanidad” (2009), afirma que esta horrenda y degradante actividad “empezó la mañana del 8 de agosto de 1444 cuando un primer cargamento de 235 africanos, capturados en lo que en la actualidad es Senegal, desembarcó en el puerto portugués de Lagos. Un rudimentario mercado de esclavos se improvisó en el muelle y los africanos, que confundidos e intimidados caminaban tambaleándose después de haber pasado semanas encerrados en las insalubres bodegas de las pequeñas embarcaciones en las que habían sido transportados, fueron arreados en grupos de acuerdo a su edad, sexo y estado de salud”. Y Watson agrega: “No se permitió la realización de ninguna transacción hasta que, tras haber sido notificado, el príncipe Enrique el Navegante llegó al muelle. En tanto patrocinador del viaje, tenía derecho a una quinta parte del botín, en este caso cuarenta y seis humanos. Fue así como empezó lo que luego se conocería como el tráfico de oro negro”.

          Las potencias coloniales de ese tiempo, a partir del descubrimiento de América, se dedicaron al comercio masivo de los esclavos negros para venderlos en las tierras descubiertas. Los reclutaban en África. Allá llegaban los negreros con sus barcos y en contubernio con los jefes tribales reclutaban a los esclavos. Mataban a los niños, abandonaban a los ancianos y enfermos y se llevaban en las calas de sus naves a los jóvenes. Los primeros eclavos negros llegaron a América en 1511. Fueron a parar principalmente a las Antillas, Brasil y después a las trece colonias inglesas de Norteamérica. En pocos años, millones de ellos eran utilizados como bestias de carga y de trabajo en las plantaciones de café, azúcar, cacao, algodón, tabaco y otros productos tropicales que se enviaban a Europa. La trata fue brutal. Desarraigados de sus hogares y comunidades, zarpaban para siempre. Los negros simplemente no eran considerados seres humanos. No tenían “alma”. Por eso fray Bartolomé de las Casas defendió a los indios pero no a los negros.

          En las potencias coloniales de aquel tiempo prosperaron las empresas dedicadas a la trata de negros. Sólo en Liverpool había alrededor de cincuenta casas comprometidas con el negocio y la mitad de los embarques que salían del puerto tenían ese destino. Fueron célebres la “Company of Royal Adventures Trade of África”, fundada en 1662, y la “Royal África Company” establecida en 1672, que llevaban esclavos negros en sus barcos a América para regresar a Inglaterra cargados de productos coloniales. A fin de evitar la competencia los negreros europeos se dividieron por zonas el territorio de África. Francia se reservó Mauritania y Sierra Leona, los holandeses la Costa de Marfil, Ghana, Togo y Dahomey, los ingleses disputaban su dominio en Nigeria. Portugueses y españoles participaron también en el negocio. En aquellas regiones reclutaban sus esclavos. Llegaban los negreros con mantos, espejos, tricornios emplumados, perlas brillantes y otras baratijas y las intercambiaban por seres humanos. El cargamento sudoroso y hediondo iba a parar a las tierras recién descubiertas. Y sus lágrimas y sudores regresaban a Europa en forma de café, cacao, algodón, azúcar y tabaco.

          Sin duda, fue esta la más cruel de las esclavitudes. Miles de negros, en largas filas, amarrados por el cuello, iban al barracón para ser examinados. Se les miraba sus dientes, sus brazos, sus ojos. Se les sometía a pruebas físicas para garantizar su calidad, como se hace con los animales. Y después eran echados a la cala de los barcos para no volver.

          Por supuesto que se levantaron voces por la abolición de la esclavitud. Voces aisladas que clamaron en el desierto. El cristianismo de sus primeros días la planteó. Pensadores antiguos y contemporáneos la impulsaron. Benjamín Franklin (1706-1790) fundó una organización para luchar por la supresión de la esclavitud de los negros en los Estados Unidos de América. La Convención francesa de 1794 decretó la supresión de la esclavitud. El 1º de enero de 1804, bajo el liderato de Jean Jacques Dessalines  —emperador de Haití y, antes, esclavo en la colonia francesa de Santo Domingo—,  se proclamó la libertad de los esclavos y la independencia de Haití, que se convirtió en la primera república negra de América. El primero de enero de 1863 el presidente Abraham Lincoln expidió la ley de emancipación de los esclavos. En Latinoamérica la abolición se produjo antes. En Ecuador en 1852, bajo el gobierno del general José María Urvina. El primer decreto de abolición apareció en España en 1868. El <abolicionismo se extendió por el mundo y se concretó en las declaraciones de los derechos del hombre.

          Por el carácter dramático que tuvo y por los rezagos de discriminación racial que quedaron después, el proceso esclavista norteamericano reviste características especiales. La esclavitud de los negros produjo una larga y sangrienta guerra civil que enfrentó a los estados del norte contra los del sur. La mano de obra esclavizada fue para éstos el principal factor de la producción en las plantaciones algodoneras. Suprimirla, como pretendía el presidente Lincoln, era un atentado contra la economía sureña.

            La controversia fue larga y encendida.

            En 1688 los cuáqueros declararon que la trata de esclavos era contraria al espíritu del cristianismo. A principios del siglo XVIII se estableció la organización secreta underground railway, que propiciaba la fuga hacia el norte y hacia el Canadá de los esclavos afincados en los estados del sur. La escritora Harriet Beecher Stowe escribió su célebre novela “La Cabaña del Tío Tom” en 1851, que cuenta la vida del negro bueno, sumiso y contento en contraste con las brutalidades de su amo. Marcus Garvey fue el gran líder negro de comienzos de siglo. Fundó el movimiento denominado “Universal negro improvement association”, bajo el sueño de unir a todos los pueblos negros del mundo para reintegrarlos en una África libre. Condenaba el integracionismo y se oponía a los matrimonios mixtos. La vuelta a la madre África era su consigna. En cambio, el escritor William Du Bois era integracionista. Fundó en 1905 la Asociación Nacional para la promoción de la gente de color y la revista "Crisis", en la que colaboraron los más importantes escritores negros de principios de siglo.

            Había empezado ya por esos tiempos la bifurcación de la estrategia de lucha de los negros en Estados Unidos, entre quienes postulaban la integración y quienes propugnaban la ruptura. Esta dualidad se proyecta hasta nuestros días. Los integracionistas, a través de presiones políticas y morales  —como la marcha sobre Washington en 1941, que conquistó la supresión de la discriminación racial en la industria bélica, o las movilizaciones de masas convocadas por Martin Luther King—  buscan la eliminación de la segregación racial y la unificación social del país. En cambio, los “rupturistas”, mucho más radicales, sostienen que no hay manera de alcanzar la integración entre las razas y, en una postura racista de signo contrario, afirman que los blancos son malos per natura. De allí surge la negativa rotunda de la minoría negra a colaborar con la mayoría blanca. Esta es la ideología de los black muslims, que predican el separatismo político de los negros y la vuelta al islam puesto que ellos están destinados a ser salvados por Allah. Postulando la consigna de que black is beautiful trataron de devolver al hombre negro su autoestima y de crear un “poder negro”.

            En los años 60 la lucha de los negros por su integración, esto es, por lograr un trato igual al de los blancos, estuvo encabezada por Martin Luther King, hasta su muerte, y después por Jesse Jackson. Ellos han postulado la no violencia como uno de los principios fundamentales de la lucha reivindicatoria. Fue célebre la marcha sobre Washington convocada en 1963 por M. L. King y su inolvidable discurso ante la multitud. El “I had a dream” tuvo un impacto electrizante sobre la gente. Como consecuencia de esa movilización multitudinaria el Congreso de Estados Unidos expidió la ley de derechos civiles en 1964. Martin Luther King obtuvo el premio Nobel de la Paz pero fue asesinado en 1968.

          En 1995 se volvió a convocar una movilización similar. Después de un período de cierto inmovilismo, aunque no precisamente de inacción, un clérigo musulmán con tendencias demagógicas llamado Louis Farrakhan, líder de una organización racista negra denominada la Nación del Islam, convocó en Washington una gigantesca manifestación de hombres de color, el 16 de octubre de 1995, para protestar contra el racismo, la injusticia, la marginación económica y la estructura de poder blanco. Centenares de miles de manifestantes coparon la enorme explanada que se extiende desde el Capitolio al obelisco de George Washington, en lo que se considera la mayor manifestación negra de la historia de Estados Unidos. Estuvieron presentes todos los líderes negros, entre ellos Jesse Jackson, Rosa Parks, Kirby Duvillier y muchos otros, junto a figuras del deporte, de la música y de la cultura. Ella causó gran preocupación en Estados Unidos. La opinión pública temió que ese acto marcase la reiniciación de las actividades de protesta negra. El propio presidente Bill Clinton pidió a los norteamericanos que “limpien la casa de racismo” y señaló que “ni el divorcio ni la separación entre razas son opciones posibles”. “Aquí, en 1995, al borde del siglo XXI  —dijo—  no podemos atrevernos a tolerar la existencia de dos Américas”.

 
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