era

            Espacio de tiempo en que se divide la >historia. Época, edad, etapa larga de tiempo. La palabra ha sido tomada del latín tardío aera, que significaba la “fecha desde la cual se empiezan a contar los años”.

            No obstante que la historia es una sucesión de acontecimientos que no tiene solución de continuidad, se la suele dividir para facilitar su estudio. Cada civilización la dividió a su manera. Los pueblos musulmanes, tomando como referencia la hégira, o sea la huida de Mahoma de la ciudad de La Meca en el año 622 de la era cristiana, establecieron esa fecha como el año uno de su calendario. Los antiguos griegos tuvieron como referencia cronológica la era de las olimpíadas que comenzó en el año 776 antes de Cristo. Los romanos contaron el tiempo a partir de la fundación de Roma el año 753 antes de nuestra era. Los mayas, con su calendario oxlajuj, la iniciaron en el año 3113 antes de la era cristiana. Y los pueblos occidentales lo hicieron desde la fecha del nacimiento de Jesucristo.

            Sin embargo, resulta muy imprecisa la fecha del nacimiento de Cristo puesto que mientras el monje Dionisio el Breve, comisionado por el pontífice romano en el siglo VI para señalarla, concluyó que según sus cálculos el nacimiento se produjo el 25 de diciembre del año 753 ab urbe condita, es decir 753 años después de la fundación de Roma, otros estudios han sostenido que Herodes el Grande, rey de Judea, murió en el año 750 a.u.c., o sea cuatro años antes del nacimiento de Cristo, por lo que mal pudiera ser cierta la afirmación de Dionisio dado que Cristo nació bajo el reinado de ese monarca.

            En todo caso, convencionalmente se ha aceptado que el nacimiento de Cristo marcó el comienzo de la era llamada cristiana, que es la que rige en Occidente.

            Con el advenimiento del año 2000 se discutió si el tercer milenio había comenzado el 1º de enero de ese año o el 1º de enero del 2001. Los matemáticos sostuvieron la segunda posición e hicieron notar que nunca se contó el año “0” y que, por tanto, los primeros diez años de la era cristiana fueron del 1 al 10 incluido, los primeros cien años del 1 al 100 y los primeros mil años del 1 al 1000. Consecuentemente el segundo milenio comenzó en el año 1001 y se extendió hasta el 31 de diciembre del 2000. Porque, de otro modo, estaríamos ante el absurdo de que el segundo milenio sólo hubiese tenido 999 años. La lógica matemática, sin embargo, fue vencida por la presión convencional de considerar que el segundo milenio terminó el 31 de diciembre de 1999.

            Desde una perspectiva eurocéntrica, en el siglo XVIl el humanista alemán Christopher Keller, llamado también Cristophorus Cellarius en latín, dividió a la historia de Occidente en tres grandes períodos: la Antigüedad, que se extendió desde la invención de la escritura hasta la caída del Imperio Romano de Occidente; la Edad Media, hasta fines del siglo XV; y los Tiempos Modernos. Pensadores posteriores agregaron nuevas épocas.

            En la segunda mitad del siglo XVIII, el filósofo y jurista italiano Juan Bautista Vico dividió la historia de las naciones en tres etapas: la divina o teocrática, la heroica y la humana. En la primera fueron los dioses los protagonistas principales, en la segunda fueron los héroes y en la tercera los hombres. Dice Vico que la época divina fue oscura, llena de deidades y mitos, y que los hombres hablaban una lengua sagrada y jeroglífica. El lenguaje de la época heroica fue metafórico y poético. La humana o histórica fue la época de la civilización y tuvo a la igualdad civil como el principio organizador de la sociedad. Vico sostuvo que todos los pueblos pasan por estas tres etapas sucesivas. Lo cual se refleja en las ideas prevalecientes, en el lenguaje, en las instituciones políticas, en las leyes, en la moral y en las formas de organización social. A Vico se le considera como el precursor de la filosofía de la historia porque en su modo de pensar ella debía dejar de ser simplemente el arte de la narración para convertirse en la reunión e interpretación de los acontecimientos del pasado con miras a vislumbrar el futuro. Al sabio napolitano se debe la teoría del desarrollo cíclico de los pueblos a través de lo que denominó el corsi y recorsi, es decir, el avance y el retroceso y la repetición cíclica de la historia.

            En función de la habilidad de los grupos humanos para construir sus herramientas, el sociólogo norteamericano Lewis H. Morgan, en su libro “La sociedad primitiva” (1877), dividió la prehistoria de la humanidad en tres etapas: salvajismo, barbarie y civilización. Su punto de referencia fue, como él mismo lo explicó, la manera de producir los medios de subsistencia por cada grupo humano, puesto que “la habilidad en esa producción es lo más a propósito para establecer el grado de superioridad y de dominio de la naturaleza conseguido por la humanidad”.

            Los ideólogos marxistas, de acuerdo con la manera en que los hombres producen, se apropian e intercambian mercancías, señalaron diversas etapas en la historia humana: la sociedad primitiva, el feudalismo, el capitalismo y el socialismo. Etapas que reflejan la evolución y el avance de las fuerzas productivas y las diferentes relaciones de trabajo en cada tiempo.

            En nuestros días me ha parecido muy interesante la división que José B. Terceiro trae en las páginas de su libro “Sociedad Digital”, publicado en 1996. El pensador y economista español sostiene que la humanidad ha medido siempre el tiempo y el progreso en función de la tecnología. Así transcurrieron la edad de piedra, que duró millones de años; la edad del metal que se extendió por cinco mil años, la era industrial, doscientos años; la era eléctrica, cuarenta años; la era electrónica, veinticinco años y la era de la información, que ya tiene más de un cuarto de siglo. Esta última  —dice Terceiro—  ha evolucionado rápidamente desde lo que podríamos llamar el infolítico inferior al infolítico superior, cuya característica esencial es la “información hipermedia”.

            Los grandes sucesos humanos tuvieron siempre la virtud de servir de límites entre las eras históricas. La caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 marcó el fin de la Edad Antigua y el comienzo de la Edad Media. El descubrimiento de América en 1492 o la caída de Constantinopla bajo el poder de los turcos otomanos en 1453 abrió la Edad Moderna. Más tarde, la Revolución Francesa de 1789 señaló el comienzo de la Edad Contemporánea, que terminó dramáticamente el 6 de agosto de 1945, a las 8 horas y 15 minutos de la mañana, en que explosionó la primera bomba nuclear en Hiroshima, seguida tres días después por la de Nagasaki. Empezó entonces la Edad Atómica. La caída en 1989 de la Unión Soviética  —que fue uno de los grandes imperios de la historia—  marcó, sin duda, el nacimiento de una nueva era, a la que los filósofos de la historia aún no han puesto un nombre pero que bien podría llamarse la “edad electrónica” o la “era digital” en función de los portentosos avances de la <cibernética, la >informática y la robótica.

            También se ha dividido a la historia en función de los avances de la tecnología  —con sus descubrimientos, inventos y más conquistas—  y se han identificado cuatro grandes épocas: la recolectora y cazadora, la agrícola, la industrial y la informática. Sin embargo, el desarrollo de la humanidad ha sido tan disímil y los grupos humanos han marchado a velocidades tan diferentes, que esta división no abarca todo el planeta. Se refiere sólo a las comunidades humanas de vanguardia. Aún hoy existen zonas que no han salido de la era agrícola y no han entrado a la industrial y menos a la era digital.

            Las eras históricas son cada vez más cortas por el vértigo que el progreso científico y tecnológico imprime a los acontecimientos humanos. Hoy la humanidad cambia en una década más de lo que antes cambiaba en siglos. La duplicación del volumen de conocimientos tomó desde los tiempos de Cristo hasta mediados del siglo XVIII, después los conocimientos se duplicaron en los siguientes 150 años y hoy se duplican cada 4 o 5 años. La prehistoria duró millones de años. La Antigüedad  —que se extendió desde la invención de la escritura y hasta el comienzo de la Edad Media—  duró aproximadamente seis mil años, la Edad Media diez siglos, la Edad Moderna 297 años, la Edad Contemporánea 156 años, la Edad Atómica 44 años y no sabemos cuánto durará la era electrónica en que vivimos, pero no será larga.

            Lo cual se explica porque, como lo ha hecho notar David F. Linowes, citado por el profesor Carl Dahlman en el documento “La Tercera Revolución Industrial: rumbos e implicaciones para los países en desarrollo”, presentado en el foro sobre el nuevo orden internacional celebrado en Río de Janeiro en abril de 1994, la duplicación del conocimiento tomó a la humanidad desde los tiempos de Cristo hasta mediados del siglo XVIII, después éste se duplicó nuevamente en apenas 150 años y actualmente se duplica cada 4 o 5 años. De donde Linowes desprende que en los últimos treinta años se ha producido más información nueva que en los cinco mil años anteriores.

            Todo lo cual tiene un efecto acelerador sobre las eras históricas.

            La prehistoria, es decir, la dilatada etapa de la vida humana anterior a la historia, se la suele dividir en dos grandes eras: la edad de piedra y la edad de los metales. La primera, a su vez, se divide en paleolítica y neolítica, de acuerdo con la habilidad del hombre para labrar la piedra. La edad paleolítica se divide en inferior, media y superior. La edad de los metales, por su parte, tiene tres períodos: el del cobre, el del bronce y el del hierro.

            Esta división toma como referencia  —como una de las tantas referencias que se han adoptado para identificar y distinguir las eras de la prehistoria—  la habilidad del hombre, en la sociedad primitiva, para moldear la piedra y los metales.

            Hace más de un millón de años en África  —que muchos consideran la cuna de la humanidad, puesto que entre otros indicios un grupo de científicos halló en Chad en el año 2001 un cráneo fosilizado de hace 6 o 7 millones de años, distinto del chimpancé—  los prehomínidos se habían diferenciado de sus parientes los simios  —del tronco común de los primates—  en virtud de la adopción de la postura erguida, que les permitió tener libres las manos para asir cosas. Con ellas modificaron la forma de algunas piedras, golpeándolas unas con otras, de modo de desprender esquirlas o lascas con filo cortante, que utilizaron como cuchillos. Se había iniciado la edad de piedra. Fue un sistema de talla por percusión, que se perfeccionó poco a poco con la selección de rocas duras y de grano fino, como la cuarcita que abundaba en las barras de los ríos, de la cual lograron desprender fragmentos con una cara abombada que dejaban en la pieza matriz la correspondiente huella cóncava. Así empezaron a fabricar los primeros utensilios y las primeras armas para satisfacer sus primitivas necesidades de recolección y depredación. Cuando el tallado comprendía ambas caras de la piedra obtenían un bifaz, que era un útil que podía usarse también como arma y que se convirtió en la piedra emblemática del Paleolítico inferior. De los diversos útiles que elaboraron a partir de lascas, podemos inferir algunas de las actividades cotidianas practicadas por esos hombres: para cortar usaban cuchillos de dorso trabajado con retoques opuestos al filo cortante, las raederas les servían para cortar o raer, los denticulados tenían un perfil dentado y eran usados para cortar tallos en las faenas de recolección o para raer huesos, maderas u objetos de marfil; los raspadores eran utilizados tanto para alisar pieles como para pulir otros materiales más resistentes y los hendedores, con un gran filo transversal, les servían para hender o cortar.

            Durante este período de la prehistoria se colocaron las bases técnicas y morfológicas del desarrollo posterior del utillaje lítico hace unos 300 o 400 mil años.

            El Museo de Historia Natural de Nueva York presenta un “árbol genealógico” de los homínidos  —descendientes de una rama de primates bípedos y antecesores comunes de chimpancés y de hombres—,  fundado en el estudio de fósiles y de ADN, que se remonta a millones de años  —de cinco a siete millones de años—,  cuando del australopithecus descendieron sucesivamente a lo largo de las eras el homo habilis, el homo erectus y el homo sapiens en las sabanas de África oriental, desde donde el homo sapiens pasó al centro de Asia hace 45 mil a 50 mil años, a Europa hace 30 mil a 40 mil años y a Norteamérica hace 15 mil a 20 mil años, para desplazarse después hacia el sur del continente.

            El homo habilis fue el primer homínido con cerebro más grande que el de un chimpancé y el primer fabricante de herramientas: las afiladas piezas escamadas de piedra. Su directo descendiente, el homo erectus, tuvo un cerebro asimétrico  —parecido al de los humanos modernos—,  fue completa y definidamente bípedo, con piernas más largas y brazos cortos, descubrió el fuego y fue el primero en aventurarse a salir de los confines africanos, como lo demuestra el encuentro de fósiles en varios lugares de Euroasia. Y el homo sapiens que, con el gran tamaño de su cerebro —una media de 1.400 c.c., o sea el doble que el de sus antepasados—, tuvo una capacidad cognoscitiva más desarrollada, y adaptó su cuerpo a las demandas de la bipedación.

            Los antropólogos consideran que el descubrimiento que el homo erectus de África hizo de la técnica denominada levallois para obtener un determinado tipo de lasca o el logro de la simetría o la belleza en ciertas herramientas u objetos fue una de las primeras expresiones del pensamiento abstracto del ser humano.

            En el curso de cientos de miles de años se perfeccionaron las técnicas de trabajo en la piedra. Apareció el hombre de neanderthal, protagonista del Paleolítico medio, entre el año 90.000 y el 32.000 antes de Cristo, que desarrolló las primeras manifestaciones rituales conocidas en el culto a los muertos, los primeros atisbos de arte e incipientes expresiones de orden cultural. Vivía en cuevas donde se protegía del frío al calor del fuego. Explotaba su medio natural en torno a un campamento base.

            Advino entonces el Paleolítico superior, comprendido entre los 32.000 y los 10.000 años antes de Cristo  —del que es el principal actor el homo sapiens—  que representó un gran paso adelante en el conjunto de conocimientos y técnicas acumulados por el hombre hasta ese momento a lo largo del pleistoceno  —período del que se han encontrado restos fósiles humanos y vestigios de culturas prehistóticas—  en sus actividades de cazador-recolector, en sus sistemas de asentamiento, en sus repertorios líticos, en sus manifestaciones artísticas, en sus prácticas religiosas y especialmente en su organización social.

            Fue en este momento  —diez mil años antes de Cristo—  que se produjo la revolución en los sistemas económicos de los grupos primitivos al transitar de la economía depredadora a la de producción de alimentos. Nacieron las primeras actividades agrícolas y, junto con ellas, la domesticación de los animales.

            El utillaje que de esos tiempos se ha encontrado corresponde claramente a tales avances: de un kilo de piedra preparada se podían obtener seis u ocho metros de láminas. Los objetos, si bien tenían las mismas funciones que los anteriores, eran más pequeños y más precisos. Consistían en hojas retocadas para cortar, raederas pequeñas y buriles con una extracción laminar en uno de sus extremos, que se destinaban al gravado en madera o hueso. Las armas para la caza que se producían en ese período, como las azagayas o las puntas de flecha que se enmangaban en un astil, permitían la cacería de animales a mayor distancia.

            Después de la era paleolítica, cuya mayor expresión fue la talla de la piedra, advino la neolítica que se caracterizó por la pulimentación de ella. Las hachas de piedra pulimentada, que sirvieron para que el hombre pudiera transformar su entorno geográfico, son casi el símbolo de esta era. Se elaboraron con rocas no quebradizas, como la diorita, en un proceso que comenzaba por la percusión del bloque en bruto, después por un piqueteado para darle forma y finalmente por el pulido hecho con una roca de grano duro. Estos instrumentos servían, por su variada morfología y tamaño, como hachas, hazuelas o cinceles. Algunas debieron tener la consideración de símbolos puesto que se las encontró, sin uso, entre las ofrendas funerarias. El hacha pulida significó un gran avance tecnológico. Con ella el hombre tardó en dar forma a un trozo de madera un tiempo casi cuatro veces menor del que antes empleaba con el hacha tallada. El Neolítico representó, por tanto, un gran avance en los sistemas de producción y, por ende, nuevas formas de organización social, basadas en unidades cada vez más amplias, suprafamiliares, de tipo <clan, que quedaron simbolizadas en los nuevos rituales funerarios de carácter colectivo acompañados generalmente de colosales monumentos de piedra, que fueron las primeras grandes obras arquitectónicas de la historia. Se registraron avances en el proceso de “sedentarización”. Se emplazaron poblados en lugares propicios para la defensa. El cultivo de cereales, el pastoreo de cabras y ovejas y la crianza de animales de mayor peso, como los vacunos y los equinos, se impusieron como las principales actividades económicas del grupo.

            Coincidiendo con el final del momento megalítico surgieron los primeros intentos en la metalurgia del cobre, según lo demuestran los crisoles de barro con escorias de fundición de ese tiempo que se han encontrado. Esto permitió incorporar las primeras herramientas y armas metálicas al abundante arsenal surgido de las técnicas del pulimento y laminación de la piedra. Nació entonces la edad de los metales y, con ella, surgieron actividades económicas no circunscritas a las meras necesidades de subsistencia del grupo sino destinadas a producir objetos para la comercialización por la vía del trueque con otros grupos. Aparecieron los primeros excedentes agrícolas y ganaderos junto a objetos que alcanzaron valor gracias al trueque, como los metalúrgicos, y entonces comenzó el proceso de acumulación de riqueza y poder en pocas manos, que fue el germen de las aristocracias llamadas a dominar la vida social por los próximos milenios. Esto puso fin al “colectivismo primitivo” y a las sociedades “igualitarias” anteriores. Las tumbas de ese tiempo evidencian la existencia de sociedades jerarquizadas, dominadas por elites políticas y económicas, en las que bullía el deseo de diferenciación de los individuos dentro del grupo. Esto lo demuestran las sepulturas individuales de la gente rica, que encerraban opulentos ajuares cerámicos y metálicos.

            El descubrimiento de la metalurgia se produjo en el Oriente Medio y en los Balcanes en el octavo milenio antes de Cristo, en el curso de la fase final del Neolítico. Ese descubrimiento probablemente se debió a la fusión accidental del cobre. La nueva actividad económica consistió al comienzo simplemente en el martilleado del metal. Después vino la fundición, que fue la esencia de la actividad metalúrgica. Cobre, oro y plata fueron los metales más usados en la primera etapa. La aleación del cobre y el estaño dio origen a un nuevo metal: el bronce, que fue descubierto en Asia occidental entre los años 4.000 y 3.000 antes de la era cristiana. El nuevo metal tuvo mucho más dureza que el cobre.

            La modelación de la piedra y después la de los metales han sido consideradas como una referencia fundamental para la división de las eras históricas, si bien está claro que la historia no hace rupturas ni da saltos sino que es un proceso continuado. Por eso las edades de la prehistoria y de la historia no deben entenderse en sentido rígido. Se alejan unas y advienen otras en una continuidad constante. Los grupos humanos, que son sus protagonistas, suelen conservar parte de los modos de vida y técnicas de un período, a los que incorporan mejoras y elementos nuevos en un nivel superior de evolución. Así se mueve el progreso humano. Pero esos procesos no son ni tienen por qué ser sincrónicos en todos los lugares. Los grupos humanos tienen ritmos diferentes de desarrollo. Unos empezaron antes, otros después. Unos lo hicieron a mayor velocidad y eficiencia que otros, dependiendo de varios factores entre los que está el telúrico.

            La metalurgia fue la manifestación prehistórica sin duda más importante del conocimiento del hombre sobre los recursos naturales. Implicó una transformación física y química de los minerales para fabricar objetos de mayor dureza y resistencia. Junto con la cerámica, ella fue un sistema de producción artificial que sustituyó o complementó a las actividades recolectoras y de caza. Representó un gran triunfo intelectual. Y produjo, desde luego, un cambio de mentalidad y de organización social. El pleno desarrollo de la metalurgia del cobre  —primera fase de la edad de los metales—  dio lugar al nacimiento de nuevos tipos de armas  —puñales, puntas, alabardas—  y más tarde a las primeras aleaciones con otros minerales, como el arsénico y el estaño, para producir objetos cuya posesión dio prestigio social, en el marco del fenómeno que en la comunidad europea primitiva se denominó “cultura del vaso campaniforme”, cuyo símbolo fue un vaso acampanado y con abundante decoración incisa, que se encontró siempre dentro de los monumentos funerarios de la gente rica.

            El descubrimiento de la aleación del cobre y el estaño originó la edad del bronce, que apareció en las comunidades primitivas de Europa entre el año 1500 y el 1200 antes de Cristo, caracterizada por las aleaciones broncíneas y la aparición de nuevos tipos metálicos. A la primera fase de esta edad, marcada por los primeros y tímidos pasos en esas aleaciones, se le denominó bronce antiguo. Aproximadamente en el año 1200 antes de nuestra era vino la etapa del bronce medio. Y entre el año 1200 y el 800, la denominada del bronce final, última fase de esta era que tuvo gran originalidad y dinamismo.

            El proceso metalúrgico comprendía cinco etapas: la extracción del mineral, su reducción para la producción de lingotes de metal, la fundición de éstos en crisoles de piedra o arcilla refractaria, el moldeado mediante moldes abiertos (o monovalvos) y cerrados (o bivalvos) para dar forma a los objetos metálicos y el acabado que consistía en el retocado exterior para eliminar las rebabas, afinar los bordes y pulir la superficie.

            Los crisoles, en un momento superior de desarrollo, dieron origen a la edad del hierro, que fue el último período de la prehistoria y el primero de la historia. Se caracterizó por el uso del nuevo metal, que por cierto generó un desarrollo extraordinario en la cultura de los pueblos antiguos por las múltiples utilizaciones que le dieron. Sustituyó al bronce en muchos de sus usos. Los objetos de adorno, el utillaje, las armas se fabricaron con el nuevo metal.

            Esta fue una época en que se impulsaron los intercambios comerciales y la navegación, se usaron nuevos tipos de armas y herramientas, como la espada de “lengua de carpa”, hachas de talón de una y dos asas, hachas de apéndices laterales, los calderos de chapas claveteadas, brazaletes macizos con decoración incisa y otros muchos objetos que representaron un gran desarrollo metalúrgico. Los arqueólogos, al hallar muchas más hachas que espadas, han llegado a la conclusión de que pertenecían a sociedades fuertemente jerarquizadas en las que las espadas, como símbolo de rango social, estuvieron reservadas a una minoría de jefes guerreros. Las bases económicas de esas sociedades fueron la agricultura, la ganadería y la minería. De su desarrollo cultural han quedado testimonios en cavernas decoradas con esquemáticos dibujos rupestres.

            El conocimiento del hierro se originó en el Oriente Medio, aunque resulta muy difícil establecer cuál fue el pueblo que primero lo usó. El conocimiento del hierro, como el de muchas otras cosas, fue simultáneo o sucesivo en varios lugares. Quiero decir que pudo llegarse a él en sitios distintos dentro de la misma época o en épocas diferentes, gracias a la común racionalidad del ser humano. Los más antiguos testimonios de la edad del hierro se han encontrado en Egipto y en Asia Menor. De allí probablemente cruzó el conocimiento por el Mediterráneo a Europa, como ha podido verificarse por los hallazgos hechos en Grecia.

 
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