enclave

          Es la incursión de un sistema político, militar o económico en otro distinto. Hay diversas especies de enclave, que pueden ir juntas o separadas. Hay un tipo de enclave socioeconómico que se da hacia al interior de los países subdesarrollados, caracterizados por una estructura dualista interna, en los cuales pequeños núcleos de actividades modernas e internacionalizadas se erigen como “islas” en medio de quehaceres productivos primarios y desintegrados de las actividades económicas centrales. Estos enclaves forman parte de la composición dual de esos países. En ellos convive un sector moderno de la producción, altamente dependiente del exterior, volcado enteramente hacia la exportación y dominado por inversiones e intereses foráneos, con los sectores mayoritarios y rezagados del mismo país. Esta es parte de la estructura del atraso y de la dinámica del <dualismo que se da en el mundo subdesarrollado.

          Los enclaves culturales, étnicos y religiosos se constituyen por la inserción de un grupo étnico cuyas características, lenguaje, cultos y costumbres son distintos a los de la comunidad en cuyo seno se desenvuelven. Los enclaves negros en ciertas sociedades blancas, los árabes en sociedades judías, los católicos en comunidades protestantes son algunos de los tipos de enclave que se han dado.

          El enclave económico extranjero consiste en la incursión de un sistema de producción y distribución de bienes y servicios extraño al que impera en el medio en que se establece. Se caracteriza por la explotación sistemática de los recursos locales sin beneficio para el conjunto de la sociedad. Produce la llamada economía de enclave, una de cuyas manifestaciones más típicas es la plantación, o sea la explotación agrícola de grandes dimensiones manejada por intereses extranjeros, dedicada por lo general a un solo cultivo destinado a la exportación. Originalmente la economía de plantación se fundó en la mano de obra esclava. Cuando la >esclavitud fue abolida, la plantación tuvo que modernizarse. Sustituyó trabajo por capital, incorporó moderna tecnología y alcanzó altos índices de productividad. La plantación moderna nada tiene que ver con la plantación tradicional. Pero ambas representan una forma de enclave económico.

          El enclave político-territorial consiste en la inserción de un régimen político dentro de otro diferente en el seno de un territorio extraño. Este enclave es portador de ideas y sistemas distintos a los del medio. Su característica es siempre el marcado contraste con el entorno.

          Hay varios casos históricos de enclaves político-territoriales: Gibraltar, el Canal de Panamá, Guantánamo, las Malvinas, Hong Kong, Macao, Ceuta y Melilla, la Guayana Francesa y otros.

 

 

                      1.  Enclave de Gibraltar.    El viejo enclave inglés de Gibraltar en el sur del territorio español data desde cuando el almirante Rook desembarcó a la cabeza de sus tropas en el año 1704, durante la guerra de sucesión de España, y tomó posesión de ese territorio en nombre de la corona inglesa.

          Desde entonces el peñón de Gibraltar se convirtió en una colonia británica de 5,8 kilómetros cuadrados enclavada en el sur de la península ibérica, gobernada por un ministro-jefe en representación del gobierno británico.

          Los antiguos llamaron las “columnas de Hércules” al peñón de Gibraltar y al peñón de Abyla en Marruecos que, separados entre sí por apenas 14 kilómetros de agua, forman un estrecho paso entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico, y constituían la puerta final del mundo según las supersticiones mediterráneas de ese tiempo.

          El nombre de Gibraltar proviene del árabe jabal al Tarik (la montaña de Tarik) en honor del general musulmán Tariq ibn Ziyad, quien encabezó el desembarco de los musulmanes en el año 711 para emprender la conquista de España. Siete siglos más tarde, al término de la larga guerra de reconquista contra los moros y de su expulsión del territorio de España, el peñón y la ciudad de Gibraltar volvieron al dominio español hasta el 3 de agosto de 1704 en que fueron invadidos por las tropas británicas del almirante Rook, quien tomó posesión de ellos en nombre de la monarquía inglesa.

          Desde que los cartagineses lo bloquearon en el siglo IV antes de la era cristiana para controlar el comercio en el Mediterráneo, el estrecho de Gibraltar ha sido considerado tradicionalmente como un lugar estratégico tanto desde el punto de vista militar como económico, puesto que domina la entrada occidental del mar Mediterráneo. Las tropas españolas y las moras lucharon por su control en los siglos VIII al XV. En 1309 Gibraltar fue conquistado por los castellanos. En 1333 los nazaríes del Reino de Granada lo reconquistaron y mantuvieron en su poder hasta 1462, en que dejó de ser una posesión musulmana tras su conquista por el duque de Medinasidonia. En 1502 fue incorporado a la corona de Castilla por los Reyes Católicos. El pirata norteafricano Barbarroja II lo saqueó en 1540. El 24 de julio de 1704, durante la Guerra de Sucesión española, fue conquistado por una fuerza combinada de ingleses y holandeses e incorporado al imperio británico. Conquista que fue consagrada nueve años más tarde por el Tratado de Utrecht. Los británicos usaron la base de Gibraltar para fortalecer su posición naval en varias guerras desde principios del siglo XVIII. En el curso de la I Guerra Mundial las escuadras navales aliadas lo utilizaron como base estratégica. Cosa que volvió a ocurrir en el curso de la II Guerra Mundial. De ahí en adelante la posesión de Gibraltar hizo de Inglaterra una potencia mediterránea, en cuyas galerías subterráneas estableció la sede de su Royal Naval Comunications Centre y desde donde ejerce, mediante una red de sensores sumergidos, el control del tránsito de barcos y submarinos por las aguas del Mediterráneo.

          Los españoles hicieron repetidos intentos de recuperar Gibraltar por la vía diplomática y por las armas pero fracasaron. En el tratado de paz de Utrecht concluido el 13 de julio de 1713  —que marcó el comienzo del ocaso del Imperio Español y la expansión de la hegemonía británica—  se confirmó la posesión de Inglaterra sobre el peñón y en virtud del tratado de Sevilla de 1729 España renunció a sus reivindicaciones. El artículo X del tratado de Utrecht decía: “El Rey Católico por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortaleza que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”. No obstante, las cosas no quedaron arregladas del todo y hubo nuevos conatos de reconquista, que terminaron con el tratado de Versalles en 1783 que ratificó la posesión inglesa del enclave.

          Los españoles no han renunciado, sin embargo, a recuperar Gibraltar, que consideran parte de su territorio. Sus gobiernos han formulado repetidas reclamaciones diplomáticas sobre el asunto. En los alegatos presentados ante la ONU han sostenido que Gibraltar es una colonia que rompe la continuidad territorial de España y que debe someterse al proceso de descolonización previsto en la Carta de la Organización Mundial. Los ingleses argumentan que más del 90% de la población de Gibraltar ha expresado su voluntad de pertenecerr a Gran Bretaña. En el fondo de la discusión jurídica está el tema de la soberanía puesto que en el propio tratado de Utrecht se aclara que “la dicha propiedad se ceda a la Gran Bretaña sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con el país circunvecino por parte de tierra”. Lo cual significa que no hubo transferencia de soberanía sino sólo de la “plena y entera propiedad” sobre Gibraltar. Durante la dictadura de Franco se impuso un bloqueo del peñón que fue levantado en 1985 por las autoridades democráticas de España. El 10 de septiembre de 1967 los ingleses organizaron un plebiscito en el que el 99% de los gibraltareños votó por el mantenimiento de los lazos con Inglaterra y contra su incorporación a España. A mediados de 1999 había alrededor de 30.000 gibralteños, la mayoría de los cuales es de origen portugués, italiano, maltés, británico y español. La lengua oficial es el inglés, aunque el uso del español está muy extendido. Cerca del 75% de la población profesa la religión católica, el 9% la islámica y el 8% la anglicana. El gobierno inglés ha dicho reiteradamente que no está dispuesto a aceptar arreglo a espaldas de la voluntad de los habitantes de Gibraltar.

          El tema del enclave volvió a actualizarse a comienzos de 1999 a raíz de una disputa por los derechos de pesca en aguas de Gibraltar entre Inglaterra y España  —puesto que ésta no reconoce a Gibraltar el derecho de reivindicar aguas territoriales—, que dio lugar a ciertas represalias españolas contra los habitantes de la ciudad de Gibraltar, ante las cuales el primer ministro inglés Tony Blair i nstó al régimen de José María Aznar a levantar las “trabas” impuestas a los vuelos comerciales hacia Gibraltar y las limitaciones a los permisos de conducción de vehículos. Con esa oportunidad la prensa británica recordó el fantasma del bloqueo franquista de 30 años atrás y el ministro de relaciones exteriores de España afirmó que será “inflexible” en sus objetivos de reintegrar Gibraltar a la soberanía española. Pero el incidente se disipó en el marco de la unidad económica y monetaria de Europa que empezó a funcionar el 1 de enero de 1999. Con ocasión de la presencia en Gilbratar de un submarino atómico inglés averiado en enero del 2001 y de los temores de una contaminación radiactiva, se volvieron a escuchar en España voces reivindicatorias de la soberanía sobre el enclave territorial inglés.

          El Secretario de Relaciones Exteriores británico, Jack Straw, dio a conocer en noviembre del 2002 que Londres y Madrid estaban de acuerdo en la idea de que Gran Bretaña y España debían compartir la soberanía sobre Gibraltar, pero que la decisión final acerca de la “soberanía compartida” correspondía tomar a los 35.000 habitantes del peñón. No obstante, fue novedoso y de dudosa legitimidad el concepto de “soberanía compartida” puesto que la >soberanía, por su propia naturaleza, es una potestad excluyente, inalienable e indivisible. De todas maneras el 98,97% de los 21.000 electores de Gibraltar rechazaron la pretendida “soberanía compartida” anglo-hispánica en el plebiscito no vinculante celebrado el 7 de noviembre del 2002. Apenas 187 ciudadanos  —o sea el 1,03 por ciento—  votaron por el “sí”. El resultado de la consulta popular dio al traste con el acuerdo preliminar al que habían llegado los gobiernos de Londres y de Madrid para resolver la disputa de más de tres siglos sobre el enclave británico en el extremo austral de España.

 

 

                      2.  El Canal de Panamá.    La llamada “zona del canal” en Panamá fue uno de los casos más dramáticos de enclave político y territorial. Todo se originó con el proyecto de construir un canal de agua por la zona angosta de Centroamérica que uniera los dos océanos. Cuando el ingeniero francés Fernando de Lesseps obtuvo en 1878 la concesión del gobierno colombiano para construir el canal en el istmo de Panamá, los Estados Unidos calificaron al proyecto como “una intromisión no provocada en un campo en que los intereses generales de Estados Unidos deben ser considerados antes que los de ninguna potencia”. E iniciaron entonces los trabajos en Nicaragua para construir un canal propio. Pero entretanto la compañía francesa de Lesseps se declaró en bancarrota. Fue vencida por el paludismo y los problemas financieros. Esto ocurrió en 1889. Y entonces los norteamericanos adquirieron los derechos y bienes de la empresa canalera y firmaron con Colombia el 22 de enero de 1903 el tratado Hay-Herrán para concluir la gran obra. Colombia, sin embargo, puso dificultades para ratificar el tratado. Entonces el gobierno estadounidense impulsó las pretensiones separatistas que desde 1830 alentaban las provincias de Panamá y Veragua. Nació un nuevo Estado. Y catorce días después de la fundación de la República de Panamá, en el mismo año de 1903, suscribieron el tratado Hay-Buneau Varilla en virtud del cual los Estados Unidos obtuvieron la concesión para la construcción de la obra, el uso de ella a perpetuidad cuando esté terminada, el control jurisdiccional de la zona del canal y la autorización para instalar en ella bases militares para su defensa. Todo esto a cambio de la garantía de la independencia panameña, una suma de dinero y el pago de una anualidad a Panamá.

          La concesión comprendía una faja de tierra de diez millas de ancho (cinco a cada lado del canal) por todo el largo del istmo, más la prolongación de tres millas náuticas en el mar y las islas situadas en la bahía de Panamá. Las ciudades de Panamá y Colón no estaban comprendidas en la zona pero los Estados Unidos se debían encargar de su sanidad y orden público en caso necesario.

          La colosal obra de ingeniería se inauguró el 15 de agosto de 1914 e hizo realidad el viejo sueño de unir los dos grandes océanos. Se convirtió en uno de los pasos marítimos más importantes del planeta desde el punto de vista estratégico. A partir de ese momento el comercio entre la costa Este de Estados Unidos y el lejano Oriente logró un ahorro de 3.000 millas náuticas de navegación, la conexión marítima entre Nueva York y San Francisco de California disminuyó en 7.873 millas, los barcos de los países sudamericanos del Pacífico con destino a Europa acortaron su ruta en más de 5.000 millas.

          Fue una obra prodigiosa.

          La “zona del canal” fue sometida a un régimen especial bajo el control norteamericano. Pero las protestas panameñas condujeron a la firma del tratado de amistad y cooperación de 1936, en el que se acordó un aumento de la participación panameña en los beneficios del canal y su defensa común. En 1955 se concluyó un nuevo tratado, que aumentó la anualidad debida a Panamá y la reducción de ciertos privilegios de los ciudadanos norteamericanos residentes en la zona del canal. Finalmente, después de muchas fricciones entre las autoridades norteamericanas del canal y el pueblo panameño, que fueron especialmente graves en 1964, el 7 de septiembre de 1977 se suscribieron los dos tratados denominados Torrijos-Carter que, después de haber sido aprobados plebiscitariamente en Panamá el 23 de octubre del mismo año y de haber sido ratificados por el Senado de Estados Unidos en marzo y abril de 1978, entraron en vigor el primero de octubre de 1979. En ellos se reconoce la soberanía de Panamá sobre la zona, se establece el derecho de Estados Unidos a regular el tránsito de los buques por el canal, se confía su manejo a la entidad federal norteamericana denominada Comisión del Canal de Panamá en cuya junta directiva hay cuatro panameños entre sus nueve miembros, se estipula el nuevo pago anual a favor del Estado istmeño por la explotación del canal y se determina que el 31 de diciembre de 1999 concluye la concesión, como en efecto concluyó y, en consecuencia, Panamá asumió la plena y total administración del canal, con la obligación garantizar su neutralidad y de mantenerlo abierto al tránsito pacífico de los buques de todos los países, en igualdad de condiciones, lo mismo en tiempo de paz que de guerra.

          El gobierno de Estados Unidos, en cumplimiento de las estipulaciones de los tratados Torrijos-Carter que le obligaron a un retiro progresivo de sus fuerzas armadas de territorio panameño, entregó a las autoridades de Panamá el primero de octubre de 1996 el antiguo centro de artillería ubicado frente al océano Pacífico y las 84 hectáreas del Fuerte Amador construido durante la Segunda Guerra Mundial para proteger la entrada del canal. Este fue el primer paso del proceso de restitución de la zona del canal a Panamá que culminó el 31 de diciembre de 1999. A partir de esa fecha  —que sin duda fue para los panameños el día más importante del siglo XX—  la Autoridad del Canal de Panamá, cuyo Administrador es miembro del gabinete con rango de ministro, asumió el manejo total de las instalaciones, los puertos terminales, el ferrocarril interno, las áreas industriales y de vivienda, las tierras, los bosques y los espacios de recreación que formaban parte de la anterior zona del canal.

 

 

                      3.  Guantánamo.   La llamada Base de Guantánamo, situada en el suroriente de Cuba, es un enclave norteamericano en la isla antillana. Allí funciona una base militar de Estados Unidos que ocupa una superficie de 117,6 kilómetros cuadrados sobre ambas riberas de la bahía de Guantánamo, de los cuales una tercera parte corresponde a aguas y las restantes dos terceras partes a tierra firme.

          Tuvo su origen en la enmienda presentada por el congresista norteamericano Orville Platt  —conocida como la enmienda Platt—  a la Constitución cubana de 1901, en virtud de la cual se destinaban territorios cubanos a bases navales y de aprovisionamiento de la armada estadounidense. Entre ellos estaba la estratégica bahía de Guantánamo. Según tal enmienda, que bajo presión norteamericana fue incorporada a la primera Constitución cubana de la era republicana, el presidente de Estados Unidos se arrogaba el derecho de intervenir, sin consulta previa a las autoridades de Cuba, en caso de que considerara amenazados los intereses políticos, militares o económicos de su país en la isla.

          Bajo estas condiciones fue declarada la independencia y proclamada la república el 20 de mayo de 1902. El enclave de Guantánamo se formalizó en el contrato de arrendamiento celebrado en 1903 entre el primer presidente cubano Tomás Estrada Palma, elegido bajo la vigilancia de Estados Unidos, y el presidente norteamericano Theodore Roosevelt, en virtud del cual Cuba entregó al país del norte “las tierras que fuesen necesarias” y por el tiempo que éste las necesitare para instalar estaciones navales y de abastecimiento que sirvieran para defender la recientemente conquistada independencia de Cuba y proteger a su pueblo. El 10 de diciembre de 1903 los Estados Unidos tomaron posesión de las áreas arrendadas. El enclave quedó establecido. La enmienda Platt fue derogada el 29 de mayo de 1934, después de la caída de la dictadura del general Gerardo Machado y en el marco de la nueva política instrumentada por el presidente Franklin D. Roosevelt, pero el enclave de Guantánamo se mantuvo bajo la jurisdicción de Estados Unidos (aunque con reconocimiento de la soberanía cubana) en virtud del nuevo tratado suscrito entre los dos países en 1934  —el llamado Tratado de Reciprocidad—  en el que se renovó el convenio de arrendamiento por plazo indefinido.

          Los Estados Unidos se obligaron a pagar a Cuba en ese tiempo, como pensión de arrendamiento, 2.000 dólares anuales, que a comienzos del 2002 se convirtieron en 4.085 dólares, o sea 34 centavos por cada una de las 11.760 hectáreas del enclave, pensión que el gobierno cubano por elemental dignidad ha rehusado cobrar.

          El enclave subsiste hasta nuestros días y el gobierno norteamericano se niega a devolver a Cuba esas tierras a pesar de los insistentes requerimientos formulados por Fidel Castro desde enero de 1959, bajo el argumento de que el tratado de arrendamiento es nulo de origen puesto que adolece de vicio del consentimiento por haber sido impuesto por la fuerza.

          Al respecto, la Constitución cubana aprobada por referéndum el 24 de febrero de 1976, en su artículo 10, decía que “la República de Cuba repudia y considera ilegales y nulos los tratados, pactos o concesiones concertados en condiciones de desigualdad o que desconocen o disminuyen su soberanía sobre cualquier porción del territorio nacional”.

          Según opinión de Fidel Castro, en la denominada “crisis de los misiles” que surgió en plena >guerra fría en octubre de 1962, cuando un avión espía U-2 norteamericano fotografió la construcción de rampas de lanzamiento de misiles nucleares soviéticos de alcance medio en suelo cubano, se presentó la gran oportunidad de negociar el retiro de la base militar norteamericana de Guantánamo si el gobernante soviético Nikita Kruschov hubiera tenido “un poquito de ecuanimidad y sangre fría”, en palabras del líder cubano, es decir, si no se hubiera asustado tanto con la respuesta  militar del presidente John F. Kennedy. Recordemos que aquella crisis  —una de las más graves de la confrontación Este-Oeste—  colocó a las dos superpotencias al borde de la guerra termonuclear y que Kennedy dio un ultimátum a Kruschov para que retirara los misiles o se atuviera a las consecuencias. Bloqueó la isla por aire y por agua. El gobernante soviético inmediatamente dispuso, sin el conocimiento y menos la consulta al líder cubano, el desmontaje de los misiles y su reembarque hacia la URSS, a cambio de la promesa de Estados Unidos de no invadir Cuba y de desmantelar sus viejos misiles emplazados en Turquía.

          Un hecho poco conocido es que el 21 de agosto de 1962  —53 días antes de que el U-2 fotografiara las plataformas de los misiles soviéticos en Cuba—  Robert Kennedy, hermano del presidente norteamericano John F. Kennedy, preguntó a John McCone, jefe de la CIA en ese momento, si ella pudiera orquestar un falso ataque a la base norteamericana de Guantánamo que sirviera de pretexto para que Estados Unidos invadiera Cuba. Tim Weiner, periodista del "The New York Times", especialista en temas de seguridad, comenta este episodio en su libro “Legado de cenizas. La historia de la CIA” (2008) y afirma que “McCone puso reparos a la idea. Al día siguiente le dijo en privado a John Kennedy que una invasión sería un error fatal. Advirtió al presidente por primera vez que creía que los soviéticos podrían estar instalando misiles balísticos de medio alcance en la isla. De ser así, un ataque sorpresa por parte de Estados Unidos podría desencadenar una guerra atómica”.

          El presidente Kennedy rechazó la idea inmediatamente.

          El enclave de Guantánamo, sin embargo, persiste. Ha sido utilizado por Estados Unidos en 1999, durante la guerra de Kosovo, para albergar a un contingente de refugiados kosovares y protegerlos de la sangrienta persecución del régimen racista serbio de Slobodan Milosevic; y a comienzos del 2002  —durante la guerra de Afganistán, causada por el atentado terrorista consumado por fundamentalistas islámicos ligados a la organización al Qaeda, liderada por Ossama Bin Laden, contra las torres gemelas de Nueva York y contra el Pentágono de Washington el 11 de septiembre del 2001—  para encarcelar a los prisioneros talibanes. En ambos casos el gobierno norteamericano informó previamente a las autoridades cubanas y éstas no sólo que no ofrecieron resistencia a la decisión norteamericana sino que ofrecieron toda la cooperación necesaria y, en el caso de los soldados talibanes, expresaron su voluntad de combatir a los responsables de los actos del 11 de septiembre que “golpearon de forma repugnante y brutal al pueblo de los Estados Unidos”.

          A raíz de la invasión y ocupación militar norteamericana de Irak, que empezó en marzo del 2003 como respuesta al atentado del 11 de septiembre, el gobierno de George W. Bush implantó en Guantánamo algo muy parecido a un campo de concentración para recluir e investigar a los prisioneros iraquíes vinculados con la red terrorista al Qaeda.

 

 

                      4.  Islas Malvinas.   Llamadas Falkland Islands por los europeos, las Islas Malvinas son un enclave inglés en América del Sur. Están situadas a 480 kilómetros de distancia de la costa argentina, en la zona meridional del océano Atlántico, al este del estrecho de Magallanes.

          El archipiélago de las Malvinas, integrado por dos islas mayores: la isla Soledad (East Falkland) y a isla Gran Malvina (West Falkland), más un centenar de islotes, con una superficie total de 11.410 kilómetros cuadrados y una población de 3.400 habitantes a comienzos del siglo XXI  —que se consideran británicos y apoyan el actual estatus de las islas—,  es sin duda uno de los rezagos del colonialismo europeo en América. Su administración está a cargo de un gobernador británico nombrado por la metrópoli y de un consejo de diez miembros, de los que ocho son elegidos localmente. La cría de ovejas y la fabricación de lana son sus principales actividades económicas.

          Ha habido una larga controversia histórica acerca de su descubrimiento. Los historiadores británicos sostienen que el navegante inglés John Davis fue el primero en avistarlas en el año 1592 y que en 1690 el capitán británico John Strong navegó por el estrecho que separa las dos islas principales, al que bautizó como Estrecho de Falkland en homenaje al segundo vizconde de Falkland, de donde provino el nombre inglés de las islas. En cambio, los historiadores españoles y argentinos afirman que quien las descubrió fue el marino español Esteban Gómez en el año 1520, después de haber desertado con su tripulación de la expedición de Fernando de Magallanes. Más tarde, en el año 1600, el marino holandés Sebald Van Weert arribó a las islas y les puso el nombre de Islas Sebald, según puede verse todavía en algunos mapas holandeses.

          En 1764 colonos franceses que provenían de Saint-Malo se establecieron en la isla Soledad del archipiélago y al año siguiente colonos británicos se afincaron en la otra isla mayor. En 1770 España compró la parte francesa y expulsó a los británicos cuatro años después invocando el Tratado de Tordesillas de 1494 por el cual los reyes de Castilla y Portugal se repartieron el océano Atlántico y delimitaron sus respectivos dominios en la parte oriental de la América del Sur. Este tratado tuvo como antecedente las bulas alejandrinas  —especialmente la segunda de ellas denominada inter caetera—  expedidas por el papa español Alejandro VI para trazar la línea divisoria entre los domininios de España y Portugal sobre los territorios del Nuevo Mundo.

          Cuando Argentina conquistó su independencia de España en 1816 reclamó sin éxito a Inglaterra la soberanía sobre las islas. En términos geológicos, ellas forman parte de la Patagonia argentina, puesto que están unidas al continente por una meseta submarina. Por eso los argentinos no han cesado de reclamar su dominio y soberanía sobre el archipiélago.

          La centenaria disputa llegó a las Naciones Unidas a mediados de los años 60 del siglo XX, bajo cuyo patrocinio se iniciaron las negociaciones formales entre Inglaterra y Argentina en torno a la soberanía de las islas. En 1965 Argentina consiguió la Resolución 2065 de la Asamblea General de Organización Mundial que se calificó de colonial el problema. Pero el 2 de abril de 1982, bajo la dictadura militar presidida por el general Leopoldo Fortunato Galtieri y mientras se efectuaban las conversaciones, el ejército argentino invadió y ocupó las islas durante diez semanas. Fue la “operación rosario”, ideada por los almirantes argentinos, consistente en una serie de acciones de intensidad creciente para la recuperación de las islas, con la cual se pretendía, sin duda, desviar la atención pública interna de la crisis económica, política, social y moral que carcomía a la dictadura. En respuesta, la primera ministra británica Margaret Thatcher, venciendo muy serios problemas logísticos creados por la lejanía del teatro de operaciones  —ocho mil millas de distancia—,  envió dos portaaviones y 28.000 hombres para “liberar” las islas.

          Entretanto, el gobierno argentino rechazó las gestiones diplomáticas del Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar, conducentes al retiro de sus tropas.

          Se trabó entonces la llamada guerra de las Malvinas. Las fuerzas británicas reconquistaron las islas Georgias del Sur el 25 de abril y a comienzos de mayo los aviones de la Real Fuerza Aérea británica atacaron las posiciones argentinas en Puerto Stanley. Los ingleses realizaron un desembarco anfibio en la Gran Malvina el 21 de mayo. El principal combate en tierra, después del desembarco, se produjo el 28 de mayo: un contingente británico de 600 hombres derrotó a la guarnición argentina en Goose Green  —Malvina del Sur—  y avanzó hacia la principal guarnición que estaba situada en Puerto Stanley. El submarino nuclear Conqueror hundió el crucero argentino General Belgrano con 360 hombres a bordo. Un misil exocet de la aviación argentina llevó a pique al destructor británico HMS Sheffield. El 8 de junio se produjo el mayor desastre inglés: el buque de transporte Sir Galahad fue hundido por aviones argentinos en Port Fitzroy. Antes habían sido hundidos por la aviación argentina tres buques de guerra y un barco mercante: el Atlantic Conveyor. Pero mediante operaciones ofensivas combinadas de artillería e infantería los británicos acabaron con la resistencia en Puerto Stanley y el 14 de junio las tropas sudamericanas se rindieron penosamente. El general Mario Benjamín Menéndez puso a disposición del general británico Jeremy Moore todas sus tropas, con sus armas y equipos. 15.000 soldados argentinos fueron hechos prisioneros. La conflagración produjo 635 bajas en las fuerzas armadas argentinas, 255 en las británicas y tres civiles isleños.

          La aplastante derrota militar produjo la catástrofe de la dictadura de Galtieri, que se desplomó. Y las Malvinas continuaron como colonia británica.

          En el curso del fugaz conflicto armado, después de fracasar en sus gestiones diplomáticas, el gobierno norteamericano de Ronald Reagan anunció el 30 de abril su apoyo a Gran Bretaña, mientras los gobiernos y pueblos latinoamericanos  —con la sola y deshonrosa excepción del dictador chileno Augusto Pinochet—,  se alinearon al lado de Argentina.

          Años después, como reacción al Tratado de Lisboa suscrito por los veintisiete gobernantes de la Unión Europa el 13 de diciembre de 2007, que incluyó a las Islas Malvinas y a los espacios marítimos que las rodean dentro de los territorios de ultramar de la Unión Europea, el gobierno argentino presidido por Cristina Fernández de Kirchner rechazó esa inclusión y reiteró su “irrenunciable e indeclinable” soberanía sobre ellos, “ilegalmente ocupados por el Reino Unido”.

          Junto con el de las Malvinas existen otros dos enclaves ingleses de ultramar en el Atlántico meridional: las islas Georgias del Sur y las islas Sandwich del Sur.

          Las primeras, situadas a 1.300 kilómetros al sudeste de las Malvinas y con una extensión de 3.850 kilómetros cuadrados  —incluyendo los islotes Willis, Byrd, Annekov, Pickersgill, Green, Cooper y otros—  carecen de población, salvo el personal de la estación de investigación del British Antarctic Survey y de un pequeño destacamento de infantería de marina. Ellas fueron descubiertas por el marino inglés Antony de la Roché en abril de 1675 y avistadas en 1756 por el navegante español Gregorio Jerez, quien las bautizó con el nombre de Islas San Pedro. El 17 de enero de 1775 el capitán James Cook realizó el primer desembarco en ellas y las reclamó para los reyes de Inglaterra. Entre los años 1904 y 1966 las islas fueron el centro de la pesca de ballenas en el Atlántico sur.

          Las Sandwich del Sur son un conjunto de once pequeñas islas e islotes volcánicos que tienen en total 310 kilómetros cuadrados de superficie, de los que la mayor es la isla Jorge con 110 km2, en cuya capital Grytviken, situada en la costa norte de la isla, se ha establecido una pequeña guarnición militar británica y se han afincado unos cuantos científicos del British Antarctic Survey. Ocho de estas islas fueron descubiertas en 1775 por James Cook y las tres septentrionales, por Fabian Gottlieb von Bellingshausen, cuarto Conde de Sandwich, en 1819.

          Tanto las Georgias del Sur como las Sandwich del Sur fueron gobernadas tradicionalmente por los ingleses como parte de las Malvinas hasta 1985, en que se les consideró un territorio ultramarino aparte.

          En febrero del 2010 resurgió la tensión política entre Argentina e Inglaterra en torno a las Malvinas. Una plataforma de la compañía británica Desire Petroleum inició en aguas situadas a cien millas al norte del archipiélago sus perforaciones exploratorias en búsqueda de reservas petroleras estimadas en 60.000 millones de barriles. El gobierno argentino hizo oir su protesta, reiteró que no abandonará su reivindicación de soberanía sobre las islas y emitió un decreto que obligaba a los barcos que se aproximaran a ellas por aguas territoriales argentinas a solicitar un permiso especial en Buenos Aires. Pero las tareas de exploración emprendidas por varias empresas británicas  —como la Rockhopper Exploration, la Border and Southern Petroleum, la BHP Billiton, la Falklands Oil and Gas y otras  no se detuvieron y las tensiones bajaron.

          Los malvinenses o malvineros fueron convocados a un plebiscito el 10 y 11 de marzo del 2013 para que expresaran su opinión respecto al estatus político de las islas. La pregunta fue: "¿Quiere que las islas Falkland mantengan su estatus político actual como territorio del Reino Unido de ultramar?" El resultado fue el que se suponía: con la asistencia del 92% de los ciudadanos, 1.513 votaron por el "sí" y tres se inclinaron por el "no". Hubo un voto nulo.

 

 

                      5.  Enclave de Hong Kong.    Hong Kong, la colonia inglesa que el primero de julio de 1997 regresó a la soberanía china, fue también un enclave extranjero situado en la costa suroriental del inmenso territorio de la República Popular de China. Se originó en 1841 cuando Inglaterra ocupó la isla de Hong Kong y estableció allí sus bases navales. En 1860 amplió su colonia con la incorporación de la península de Kowloon y las islas vecinas, entre ellas la de Lantau. En 1898 Inglaterra tomó en arrendamiento a China los llamados “nuevos territorios” por el plazo de 99 años. El enclave, por consiguiente, se integró con la isla de Hong Kong, la península de Kowloon, los llamados “nuevos territorios”, la isla de Lantau y una serie de islas pequeñas. Tuvo en total una superficie de 1.102 kilómetros cuadrados y hasta fines del 2013 su población fue de 7,2 millones de habitantes. Se convirtió en uno de los centros financieros internacionales más importantes del mundo y en el primero de Asia. Estuvo conducido por un gobernador británico  —el último en desempeñar ese cargo fue Chris Patten—  quien ejerció un poder virtualmente absoluto puesto que legisló, gobernó y reinó sobre el enclave.

          De acuerdo con el planteamiento que hizo el líder chino Deng Xiaoping a la primera ministra Margaret Thatcher en septiembre de 1982, durante la visita de ella a Pekín, el enclave debía volver al dominio chino al cumplirse el plazo de 99 años del contrato de arrendamiento de los nuevos territorios, o sea el primero de julio de 1997. Y así ocurrió. A la primera hora de ese día, en ceremonia impresionante celebrada en el gran palacio de las convenciones de Kowloon a la que asistieron personalidades del mundo entero, se arrió la bandera inglesa y se izó la de China como símbolo de la transferencia de Hong Kong. El gobierno de Pekín se comprometió a observar a partir de ese momento y durante cincuenta años la política de “un país, dos sistemas” para alejar el peligro de un éxodo humano, industrial y financiero que produjera la bancarrota de Hong Kong y afectara gravemente el proceso de “reforma y apertura” instrumentado en el sur de China.

          En realidad son tres los principios que rigen el gobierno y la administración de Hong Kong a partir de su reintegración a China: un país, dos sistemas; administración de Hong Kong por los hongkoneses y alto grado de autonomía. Lo dijo Hu Jintao, a la sazón vicepresidente de China, en su discurso del primero de julio de 1999 con ocasión del segundo aniversario de la recuperación del enclave: “Hong Kong sigue manteniendo sin cambios su sistema social y económico, su estilo y su condición de puerto libre y centro internacional de las finanzas, el comercio y el transporte marítimo (...). Los compatriotas de Hong Kong, que han adquirido una conciencia sin precedentes de ser dueños de sus propios destinos, han participado activamente en la administración de los asuntos de Hong Kong”. Y concluyó que, en ejercicio de esa autonomía, Hong Kong tenía su propio régimen económico y financiero y su moneda propia.

          El 11 de diciembre de 1996, en lo que fue un paso muy importante en el proceso de reversión del enclave, el Comité de Selección compuesto por 400 miembros nombrados por el gobierno de Pekín eligió al magnate naviero chino Tung Chee Hwa como el futuro jefe del poder ejecutivo de Hong Kong, en reemplazo del gobernador inglés Patten. El funcionario chino tomó posesión de su cargo el primero de julio de 1997 mientras se alejaba de Hong Kong en el yate real británico el gobernador cesante.

          El gobierno chino denominó al enclave devuelto: Región Administrativa Especial de Hong Kong. Ella comprende una parte continental, la isla de Hong Kong y una gran cantidad de islas pequeñas. Su metrópoli es Hong Kong, que se caracteriza por su ultramoderna arquitectura. Es la ciudad del mundo con mayor número de rascacielos  —cuatro de los quince edificios más altos del planeta están allí—,  concentrados alrededor del distrito central de Admiralty, donde funcionan las principales oficinas del gobierno local y la intensa zona financiera, comercial y turística.

          Desde abril de 1998 el comité electoral  —Election Committee—  designó, en elecciones indirectas, al jefe del ejecutivo hongkonés. Este organismo electoral estaba compuesto por centenares de miembros que representaban a los sectores financiero, industrial, comercial, profesional, patronal, laboral, educativo, religioso, turístico e institucional de la Región Administrativa Especial de Hong Kong, cada uno de los cuales tenía derecho a depositar un voto en la elección. Pero era una elección indirecta en la que, en último término, se cumplía la voluntad expresa o tácita del gobierno de Pekín.

          En uso de su relativa autonomía política, centenares de miles de ciudadanos de Hong Kong se han echado a las calles el día primero de julio de cada año  —en la fecha aniversaria de la devolución de la colonia inglesa a la República Popular de China—  para pedir al gobierno de Pekín democracia plena, libertad de expresión y sufragio universal en la elección de sus autoridades.

          Los ciudadanos hongkoneses nunca han ejercido el voto: ni durante la etapa colonial inglesa ni después de su incorporación a China. En las movilizaciones de julio del 2012 y de julio del 2013, en cada una de las cuales participaron alrededor de 400 mil personas, el grito emblemático fue: "¡sufragio universal, ya!". Y los manifestantes se valieron de las movilizaciones para protestar contra las desigualdades sociales y especialmente contra el alto precio de las viviendas, que se había disparado especulativamente por las compras hechas en Hong Kong por los chinos ricos del continente.

          El domingo 28 de noviembre del 2014 estallaron en Hong Kong multitudinarias jornadas de protesta de los ciudadanos para exigir al gobierno de Pekín su pleno ejercicio del sufragio libre. En ese momento gobernaba el político y empresario hongkonés Leung Chun-ying, elegido jefe del gobierno local en el 2012 por el mencionado comité electoral. En uso de su relativa autonomía política, centenares de miles de ciudadanos, al grito de "¡sufragio universal, ya!", se tomaron las calles céntricas de la ciudad por 75 días para pedir al gobierno de Pekín que cumpliera su compromiso del sufragio universal para la designación del jefe del gobierno local y de profundización de su autonomía política. Los manifestantes chocaron violentamente contra las fuerzas de policía, que usó bombas de gas lacrimógeno y gas pimienta para dispersarlos. La protesta se originó porque el referido comité electoral de los "notables" de la isla  —en su mayoría obedientes de las consignas de Pekín—  sería el encargado en las elecciones del año 2017 de preseleccionar nuevamente la lista de los candidatos por los que el pueblo hongkonés debía votar para presidente de su gobierno local, en clara afectación de la autonomía política de la isla.

          El gobierno chino había consentido que todos los habitantes de Hong Kong en edad de votar pudiesen participar en la próxima elección, pero únicamente las personalidades seleccionadas por el referido comité podían ser candidatos. Restricción que resultó inaceptable para un alto porcentaje de los ciudadanos, que consideraba que, en ese contexto, quienes fueran capaces de formular críticas al Partido Comunista chino serían descartados.  

          El movimiento juvenil denominado Occupy Central, en abierto desafío a la represión del gobierno de Pekín, propugnó la desobediencia civil.

          Esas movilizaciones fueron las mayores que se habían producido a partir de la integración de Hong Kong a China en 1997. Y, desde la perspectiva de Pekín, fueron las peores desde los sanguinarios episodios de la Plaza de Tiananmen en 1989.

          Por supuesto, en el continente millones de chinos ignoraban las protestas de Hong Kong, puesto que, como era usual en esos casos, fueron bloqueadas por el gobierno central Facebook, Twitter, Youtube y otras plataformas de información de internet.

 

 

                      6.  Enclave de Macao.   Cerca de Hong Kong está Macao, que durante 443 años fue otro enclave en el territorio de China. Comprende una pequeña península y las islas de Taipa y Coloane, de 18,98 kilómetros cuadrados de extensión total, ubicadas en el sur de la China, que desde el siglo XVI permanecieron bajo el dominio portugués. Al momento de la reversión tenía 430 mil habitantes, de los cuales el 97% era chino aunque el 30% tenía nacionalidad portuguesa. El principal ingreso de Macao provenía del juego y de sus casinos. Algo más del 60% de sus rentas presupuestarias tenía ese origen. El enclave portugués se incorporó a la soberanía de China a las 12 de la noche del 19 de diciembre de 1999  —de acuerdo con el arreglo chino-lusitano celebrado en abril de 1987—  en solemne ceremonia a la que asistieron los presidentes Jorge Sampaio de Portugal y Jiang Zemín de China, el gobernador saliente Vasco Rocha de Vieira, el nuevo gobernador Edmund Ho Hau-Wah, altos funcionarios del gobierno chino y 2.500 invitados especiales. Se ha previsto que durante cincuenta años, a partir de la reversión, continúe la vigencia de la legislación portuguesa en este territorio bajo los principios de “un país, dos sistemas”, “una administración por los residentes de Macao” y “un alto grado de autonomía”. Principios que constan en la Ley Fundamental de la Región Administrativa Especial de Macao  —ley de rango constitucional regional—  aprobada por la Asamblea Popular de China el 31 de marzo de 1993.

 

 

                      7.  Ceuta y Melilla.   España posee, en la costa del norte de África frente al estrecho de Gibraltar, entre el mar Mediterráneo y el reino de Marruecos, los enclaves de Ceuta y Melilla, situados en la región del Maghreb  —que en árabe significa “occidental”—  emplazada al norte del desierto del Sahara y al occidente del Nilo.

          La ciudad de Ceuta tiene una superficie de 18,5 km2 y alberga a 76.152 habitantes, según datos del 2003. En la Antigüedad formó parte de los dominios de Cartago y, después, del Imperio Romano, que le dio el nombre de Septem. Tras la caída de Roma quedó bajo la jurisdicción de Bizancio y, posteriormente, de la España visigoda. Pero a partir del año 711, con la expansión árabe hacia el norte de África y su invasión a España, este territorio pasó al dominio musulmán y fue utilizado por el general moro Tariq ibn Ziyad para sus expediciones hacia la península ibérica. En el año 931 fue controlado por el califa de Córdoba Abd ar-Rahman III. En 1415 el reino de Portugal conquistó este territorio pero cuando Felipe II ocupó el trono portugués en 1580, Ceuta se convirtió en dominio español, ratificado por el rey Alfonso VI de Portugal en el Tratado de Lisboa celebrado el 1 de enero de 1668; y así ha permanecido hasta la actualidad.

          Melilla tiene 20 km2 de superficie y una población de 69.184 habitantes, según cifras del 2003. La ciudad está emplazada en la parte oriental de la península de Tres Forcas, sobre el promontorium Rusadir de fenicios y romanos. En la Antigüedad, Rusadir  —que era el nombre original de Melilla—  formó parte de la provincia romana de Mauretania Tingitana. Después pasó sucesivamente por el dominio de los vándalos, los visigodos y los bizantinos. En el año 696 fue invadida por los árabes, quienes la bautizaron como Melilla, y, dada su posición estratégica, la ciudad se convirtió en un próspero centro comercial donde existían mezquitas, aljibes, baños y bazares. El califa Abderrahamán III la conquistó en el año 926. A finales del siglo XV, con la rendición de Granada y la Reconquista de los ejércitos de los Reyes Católicos, el fugitivo y cobarde monarca moro Boabdil  —aquel de quien dijo su madre que "lloraba como mujer lo que no había podido defender como hombre"—  se refugió en Cazaza, a diez y ocho kilómetros de Melilla. Poco tiempo después el gobernador de Andalucía, don Juan Alonso de Guzmán, III Duque de Medina Sidonia, previa la autorización real, mandó cinco mil hombres bajo las órdenes de Pedro de Estopiñán en septiembre de 1497 a conquistar a sangre y fuego Melilla, que estaba bajo el dominio de los alábares. Desde ese momento quedó bajo la autoridad española. Pero las cosas no fueron tranquilas. Los árabes hicieron numerosos intentos de reconquistarla. La Corona española envió en 1687 el Tercio Viejo de la Armada Real para reforzar la plaza. El sultán marroquí Muley Ismail Ben Cherif abrió nuevamente las hostilidades en 1694, 1695 y 1715. Tropas árabes sitiaron la ciudad en 1774, lo cual obligó a Carlos III a enviar nuevos efectivos militares y elementos hacia África y abastecer a la ciudad por el mar. Formó parte de las fuerzas defensoras de Melilla el heroico e ilustrado capitán venezolano Francisco de Miranda, quien combatió después en la Revolución de la Independencia de Estados Unidos y en la Revolución Francesa y más tarde fue compañero de Simón Bolívar en las luchas libertarias de Hispanoamérica. El 30 de mayo de 1780 firmó España un tratado de paz con Marruecos, en el que se reconoció el dominio español sobre Melilla. Después vinieron los tratados ratificatorios de 1859 y 1860 por los que Marruecos cedió a España los territorios circundantes de Melilla para garantizar su seguridad. Y desde entonces fue un enclave español no obstante las frecuentes hostilidades desatadas por los sultanes de Marruecos en diferentes épocas.

          Ceuta y Melilla fueron largamente gobernadas por España como territorios de ultramar o colonias, pero a partir de 1995, en que las Cortes Generales aprobaron los respectivos estatutos autonómicos, ellas fueron consideradas provincias y asumieron cierta autonomía bajo el gobierno español, en los términos de la Constitución de 1978, y los ceutíes y los melillenses fueron ciudadanos españoles con todos los deberes y derechos que los demás.

          Los estatutos de autonomía de Ceuta y Melilla, aprobados por las Cortes Generales el 13 de marzo de 1995, definieron a estos territorios como “parte integrante de la Nación española” y de “su indisoluble unidad” bajo el sistema autonómico institucionalizado por la Constitución de 1978, y establecieron las instituciones, competencias y recursos de sus gobiernos autónomos, ejercidos por una Asamblea integrada por veinticinco miembros elegidos por el voto directo y universal de los ciudadanos; el Presidente de la Ciudad, elegido por la Asamblea, quien ostenta también la condición de Alcalde y es el representante legal de la comunidad; y el Consejo de Gobierno, compuesto por el Presidente, el Vicepresidente y los consejeros nombrados por el Presidente.

          La sublevación militar fascista del 18 de Julio de 1936, que desencadenó la sangrienta guerra civil española, se inició en Melilla veinticuatro horas antes que en la península porque el teniente coronel Maximino Bartomeu, comprometido con el golpe, dio lectura a las cuatro de la tarde del día 17, ante los soldados de su compañía de infantería, el bando del general Francisco Franco, que debía darse a conocer al día siguiente.

          Forman parte de los enclaves españoles el islote rocoso y deshabitado de Perejil, el archipiélago de las Chafarinas  —compuesto por las isletas del Congreso, de Isabel II y del Rey—, el peñón de Alhucemas —flanqueado por dos islotes, llamados el de Tierra y el de Mar—  y el peñón de Vélez de la Gomera, todos ellos situados en el estrecho de Gibraltar, muy cerca de la costa africana, que fueron conquistados y ocupados por España en los siglos XVI y XVII.

          Perejil  —cuya denominación parece no derivar del nombre de la planta herbácea de la familia de las umbelíferas sino del apellido Pérez Gil de uno de sus conquistadores— tiene un escaso valor geográfico  —apenas 1,5 km2—  pero una relativamente importante significación estratégica puesto que domina el estrecho de Gibraltar. Fue ocupado militarmente por España desde 1912 a 1960 con un destacamento que dependía de la Capitanía Militar del Norte de África. Tiene unos 500 metros de longitud por 300 de latitud y está ubicado en el mar Mediterráneo a doscientos metros de distancia de la costa de Marruecos y a ocho kilómetros al suroeste de Ceuta. Aunque los estatutos autonómicos no hablan de la pertenencia de este ni de los otros islotes a España, ellos forman parte del territorio español de ultramar junto con Ceuta y Melilla, de acuerdo con el mencionado tratado hispano-portugués de 1668 que reconoció la posesión española sobre Ceuta.

          Sin embargo, la presencia de estos enclaves en el territorio africano ha producido frecuentes tensiones diplomáticas, disputas y fricciones entre España y Marruecos. Desde su independencia del protectorado de Francia en 1956, el reino de Marruecos no ha dejado de reclamar como suyos esos territorios y ha insistido en la incorporación de ellos a su soberanía. En 1975 planteó la reivindicación de Ceuta, Melilla y los cuatro islotes ante la Comisión de Descolonización de las Naciones Unidas. Pero el gobierno de Madrid se ha negado intransigentemente a discutir el tema, que no sólo es territorial sino de migración. Ceuta y Melilla son un puente para llegar a Europa. Se han producido varias avalanchas de emigrantes africanos que han tratado de saltar las vallas metálicas que rodean Ceuta y Melilla para ir hacia España. El 5 de octubre del 2005 alrededor de quinientos emigrantes de Marruecos, Nigeria, Ghana, el Congo y otros países intentaron sobrepasar la valla mediante escaleras caseras construidas con ramas de árboles, pero fueron impedidos por la Guardia Civil española, empeñada en cortar la inmigración ilegal, y por las fuerzas de seguridad marroquíes que protegen Melilla. Pocos días después cerca de un millar de emigrantes africanos derribaron una parte de la barrera de Ceuta con igual propósito.

          España se ha visto obligada a levantar una cerca metálica de seis metros de alto en torno de las dos ciudades para que los emigrantes africanos, especialmente marroquíes, no las utilicen como cabeza de puente hacia Europa.

 

 

                      8.  La Guayana Francesa.    El denominado Departamento de Ultramar de la Guayana Francesa es un enclave de Francia en el noreste de América del Sur, situado entre el Océano Atlántico, Brasil y Surinam. Tiene 91.000 kilómetros cuadrados de extensión y 204.932 habitantes, según datos del año 2007. Éstos  —una minoría de criollos y una mayoría de mestizos resultante de la mezcla de blancos europeos, indios aborígenes, asiáticos y negros africanos—  están alejados de las influencias de la civilización occidental y mantienen sus costumbres tradicionales.

          Estas tierras fueron originalmente habitadas por las tribus de los indios caribes y arawak y por pequeños grupos de wayana, galibi, emerillón, waiampi y palikour. Probablemente el primer europeo en llegar a ellas  —entonces llamadas Guayanas—  fue el navegante italiano Américo Vespucio alrededor del año 1499, aunque un año antes, en su tercer viaje, Cristóbal Colón navegó cerca de sus costas. Más tarde arribaron a ellas los colonizadores ingleses, franceses y holandeses, que establecieron pequeños asentamientos sobre las riberas de sus principales ríos desde comienzos del siglo XVII. Los ingleses ocuparon la parte central de la región. Establecieron en 1646 una importante colonia para las plantaciones de tabaco al borde del río Suriname. En medio de la fiera hostilidad de sus habitantes y de indecibles penalidades, los franceses empezaron la colonizaron de este territorio en 1604, bajo el gobierno monárquico. Fundaron varias colonias en la isla San Cristóbal, en Connanama, en Cayena y otros lugares. Pero los pocos colonos franceses que sobrevivieron huyeron hacia las pequeñas islas adyacentes, donde fueron diezmados por terribles enfermedades tropicales. Los mayores y más perseverantes colonizadores fueron los holandeses a partir del año 1616. La Compañía Holandesa de las Indias Occidentales se estableció en 1621 sobre la confluencia de los ríos Mazaruni, Cuyuní y Esequibo. En 1677 los holandeses arrebataron a los ingleses sus colonias afincadas en la desembocadura del río Suriname, hecho que fue sancionado por el Tratado de Breda suscrito el 31 de julio de ese año, que puso fin a la segunda guerra anglo-holandesa y por el cual se intercambiaron el actual estado norteamericano de Nueva York  —entonces denominado Nieuw Ámsterdam—  y el estado de Nueva Jersey, que estaban en poder de los holandeses, por los territorios de Surinam y la Guayana dominados por los ingleses.

          En los días de la Revolución Francesa, después de la muerte de Maximiliano Robespierre en 1794, casi dos centenares de sus seguidores fueron confinados en la Guayana. Y desde mediados del siglo XIX se enviaron a ella los reclusos más peligrosos de las cárceles francesas, donde quedaban desterrados por el resto de sus días. La Íle du Diable fue una colonia penal hasta 1951.

          A comienzos de la II Guerra Mundial, después de la ocupación de Francia por las tropas nazis, los administradores locales de este territorio se pronunciaron a favor del régimen progermano del mariscal Henri Philippe Pétain en Francia  —el régimen de Vichy—,  pero tres años después fueron derrocados por un movimiento popular que expresó su fidelidad a los aliados. Más tarde, los colonizadores franceses llevaron esclavos de África para sus plantaciones, pero en 1848 Francia decretó la abolición de la esclavitud en ese territorio.

          Actualmente, el Departamento de Ultramar de la Guayana Francesa forma parte del territorio de Francia. Es un enclave francés en Sudamérica. Desde el 19 de marzo de 1946 es un departamento ultramarino de Francia. Incluso en el proyecto de Constitución de Europa, cuyo tratado fue aprobado el 29 de octubre del 2004 por los representantes de los entonces veinticinco Estados miembros de la Unión Europea  —aunque no entró en vigencia porque no logró la prevista ratificación de todos ellos—,  se incorporaba a la Guayana Francesa entre los territorios de ultramar en los cuales la Unión Europea debía promover el desarrollo económico y social, establecer estrechas relaciones económicas y “contribuir a favorecer los intereses de los habitantes de dichos territorios y su prosperidad, de modo que puedan alcanzar el desarrollo económico, social y cultural al que aspiran”.

          En su territorio  —en Kourou—  Francia construyó en 1975 una base de lanzamiento de satélites de la Agencia Espacial Europea, desde donde se disparan al espacio sondas interplanetarias.

          La Guayana es el más antiguo de los cuatro departamentos o provincias de ultramar de Francia: Guadalupe y Martinica en el Caribe y la Reunión en el Océano ïndico, cerca de Madagascar. Su máxima autoridad metropolitana es la Prefectura, establecida en la ciudad de Cayena, que es su capital. Desde 1946 Francia la considera como parte de su territorio y le brinda protección especial y fondos económicos para contribuir a su desarrollo. A finales de la década de los años 70 del siglo XX se desarrolló el denominado Plan Vert o Plan Verde para mejorar la producción agrícola y forestal.

          Forman parte de las Guayanas: la Guayana Holandesa (Surinam), la Guayana Británica y la Guayana Francesa. De ellas, las dos primeras alcanzaron la plenitud de su gobierno propio y se constituyeron en Estados. La Guayana Británica inició su proceso independentista en 1961, en que el Partido Progresista del Pueblo (PPP), liderado por Cheddi Jagan, obtuvo la mayoría de escaños en la asamblea legislativa, proceso que culminó en 1966, después de la reunión en Londres de la conferencia para la independencia de la Guayana Británica, en que fue aprobada su Constitución; y Surinam  —la antigua Guayana Holandesa—  conquistó su estatus independiente el 25 de noviembre de 1975, cuando el parlamento holandés le concedió su emancipación. La Guayana Británica ingresó a la Organización de las Naciones Unidas en 1966 y Surinam en 1975. Solamente la Guayana Francesa se mantiene como un enclave colonial en pleno territorio de América del Sur. Pero en ella el tema de la autonomía ha sido una cuestión latente que causó inestabilidad política y social durante la década de los 80 y principios de los 90. La respuesta de las autoridades metropolitanas francesas a la demanda autonómica alentada por importantes sectores de la población fue crear la Asamblea regional, que permitió una restringida descentralización política.

 

 

                      9.  Enclaves turísticos.    En algunos países hay también enclaves turísticos, o sea zonas dedicadas exclusivamente al turismo extranjero donde se han levantado grandes hoteles vacacionales operados por personal foráneo, que incluso cuentan con aeropuertos propios y sistemas especiales de inmigración, con lujosos conjuntos residenciales frente al mar  —como, por ejemplo, la famosa "Casa de Campo" en la región La Romana situada en el suroriente de la República Dominicana—  de propiedad de ciudadanos extranjeros opulentos que van a pasar allí sus vacaciones. En ella tienen sus mansiones de veraneo los March de España, los Cisneros de Venezuela, los duques de Montagu (primos de la reina Isabel de Inglaterra), los Kravitz que son dueños de la National Biscuit Company (Nabisco) de Estados Unidos y una serie de millonarios y celebridades del jet set mundial. Ellos llegan en sus aviones privados al aeropuerto internacional de La Romana y no salen del enclave sino para volver a su país.  Aparte  de  sus  lujosas  residencias  —se calcula que la de Kravitz costó cerca de 30 millones de dólares—,  tienen allí tres campos del golf, tres canchas de polo, un coto de caza, hotel, playas privadas y toda clase de restaurantes y entretenimientos que hacen innecesaria su salida del enclave.

 
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