elite

          Esta palabra viene del francés élite  —que es el conjunto de los mejores en una comunidad—  y ésta de élire que significa en francés elección o elegir. La palabra francesa élite se empleaba, en el siglo XVII, para designar mercancías de especial calidad y después se amplió a grupos sociales de cúpula en cualquier actividad. Este es el origen del vocablo elite que, en sentido amplio, designa un grupo selecto de personas en el orden político, científico, cultural, económico o de cualquier otra rama del saber o de la actividad humanos.

          La palabra elite tiene connotaciones de distanciamiento con el pueblo y de gustos y preferencias que no son los de la masa. Lleva implícita una dicotomía entre la sofisticada minoría y la gran masa. Con frecuencia se utiliza este término en contraposición al de multitud, sea en el campo social, sea en el económico, sea en el artístico o en cualquier otro. La palabra elite envuelve también las ideas de “exclusión” y de “discriminación”.

          En la actividad deportiva y en la militar se suele hablar de grupos de elite para referirse a los elementos mejor preparados.

          En sentido político, elite significa un reducido pero influyente grupo de personas escogidas en función de su capacidad y formación para dirigir un Estado, un partido o una asociación cualquiera. Esas personas son las que forman parte de la estructura de poder y tienen acceso a los procesos de decisión  —decision making process—  en esas sociedades. Las elites políticas están formadas no solamente por los protagonistas directos de la decisión y de la acción sino también por la cohorte de “eminencias grises” y de “intrigantes” que con frecuencia suelen rodear a los hombres de gobierno y que ejercen influencia sobre ellos.

          Desde este punto de vista, elitista es todo lo que se organiza y se hace en función de una elite o el partidario de ella y elitismo es la tendencia a formar grupos escogidos y selectos para la acción política.

          La teoría de las elites ha estado presente, expresa o tácitamente, en varias ideologías políticas.

          El >fascismo fue la apoteosis de las elites sin dejar de halagar a las masas con sus retóricas y espectáculos populistas. Hitler hablaba de las minorías selectas, que en realidad eran elites predestinadas a mandar sobre la sociedad. Estuvo presente también en el >leninismo  —a pesar de que el marxismo sostuvo que el sujeto de la historia era la masa y no las elites—  al momento de conducir el Estado y de formar los partidos comunistas, que no fueron organizaciones de multitudes sinovanguardias revolucionarias de la clase obrera. En la fraseología marxista la palabra “elite”, que tuvo siempre un tono peyorativo, fue remplazada por la de “vanguardia”, que en el fondo significaba lo mismo.

          En defensa de las críticas que al “elitismo comunista” formularon algunos sectores de la militancia de su partido, Lenin respondió en su artículo “Der ‘linke radikalismus’ die kinderkrankheit im Kommunismus”, que “todo el mundo sabe que los partidos políticos son dirigidos, regularmente, por grupos más o menos estables de personas más autoritarias, más influyentes, más experimentadas, situadas en los puestos de mayor responsabilidad, que se denominan jefes”.

          Esta podría valer como una definición muy bien lograda de lo que es una elite política.

          Todos esos partidos fueron elitistas y siguen siéndolo. Se integraron por grupos escogidos de personas y estuvieron conducidos por un aparato, más o menos impenetrable, compuesto de pocos y encumbrados dirigentes.

          Desde los tiempos de los sociólogos italianos Vilfredo Pareto (1848-1923) y Gaetano Mosca (1858-1941), quienes fueron los creadores de la teoría de las elites, la Sociología ha tratado de formular tipologías de ellas. Tarea nada fácil, por cierto. El propio Pareto, al sostener que todas las sociedades se dividen en conductores y conducidos, describió dos tipos psicológicos de elites en el campo político: la de los “zorros”, que prevalecen por las maquinaciones y la astucia, y la de los “leones”, que se imponen por la fuerza. Mosca, con parecidas palabras, afirmó que “en todas las sociedades, empezando por las más mediocremente desarrolladas y que han llegado apenas a los comienzos de la civilización, hasta las más cultas y fuertes, existen dos clases de personas, una clase que gobierna y otra que es gobernada” y concluyó que las elites políticas se dividen en razón de las ideologías que invocan como factores de legitimación, de modo que pueden distinguirse al menos dos: la aristocrático-autocrática y la demoliberal. T. B. Bottomore habló de tres grupos elitistas: el de los intelectuales, el de los industriales y el de los altos funcionarios del gobierno. Dahrendorf propuso muchos más. El sociólogo norteamericano Wright Mills, al referirse a las elites en el poder, diferenció los tres sectores en que ellas ocupan posiciones claves: la economía, el ejército y la política. Sin embargo, ninguna tipología es lo suficientemente exacta ni comprensiva de todas las posibilidades elitistas que se han dado y que pueden darse en la organización social.

          El concepto de elite es más amplio que el de >oligarquía puesto que su dominación no es necesariamente económica. Y es además diferente del de <camarilla porque exige en sus integrantes ciertas condiciones personales de preparación y aptitud que no siempre asisten a los miembros de ésta. En otras palabras, las elites están compuestas de individuos destacados por ciertas calidades personales. Una elite económica reúne a los hombres de empresa mejor formados, que han sido capaces de tener éxito en sus negocios y de ganar mucho dinero. Un hombre deficiente o mal dotado no tiene cabida en ella aunque puede pertenecer a una camarilla. Lo mismo pasa en cualquier otro orden de actividades. En el área profesional la elite está compuesta por los mejores y la elite política reúne a los más destacados hombres públicos. Todo esto independientemente de su egoísmo, de su sentido discriminatorio de la vida y de las inicuas exclusiones sociales que generalmente promueven en los campos de su actividad. Las camarillas, en cambio, no se forman en función de la excelencia de sus miembros sino de influencias, complicidades y malas artes políticas. El miembro de una camarilla no es necesariamente “el mejor” sino el más audaz o el más hábil para trepar o el más abyecto. Y en cuanto a las >oligarquías y a las >plutocracias, su influencia en el gobierno obedece a los intereses creados y a su ingente riqueza amasada al socaire de los gobiernos y tampoco tienen que ver con la excelencia intelectual ni cultural de sus integrantes.

          La sociología norteamericana se preocupó mucho de las elites a partir de la aparición de dos libros que fueron muy leídos: “The managerial revolution” de James Burnham, publicado en 1941, y “The power elite” escrito por C. Wright Mills en 1957, en los que se sostiene la teoría de que toda sociedad está dominada por un grupo de poder  —el ruling class—  que controla el acceso a los instrumentos de producción y que obtiene un beneficio preferencial en la distribución de lo que ellos producen. Pueden cambiar estos grupos dominantes, dicen los autores, y de hecho cambian cuando se producen acciones revolucionarias, pero en todo caso habrá un nuevo grupo de poder que ejercerá las mismas tareas de dirección y que asumirá los mismos o parecidos privilegios económicos.

          Algunos pensadores han visto como inevitable la formación de elites en el Estado, en los partidos (por democráticos y masivos que sean) y en las diversas asociaciones humanas. Robert Michels, por ejemplo, en la década de los años 10 del siglo pasado, dijo que tan pronto como la sociedad o un partido se organiza  —y la organización es en ellos un elemento fundamental de subsistencia— emergen necesariamente las elites para conducirlo. Afirmó que esto es inevitable. Lo cual le condujo a formular su “ley férrea de la oligarquía”  —Michels prefería llamar a las elites de esta manera—  según la cual resultaba ineludible el fenómeno de la concentración del poder en un número reducido de personas. Afirmaba que decir organización es decir oligarquía y que, por tanto, al ritmo en que una sociedad o una asociación se organizaba se consolidaba el grupo elitista llamado a conducirla y a decidir por ella.

          Más tarde Joseph Schumpeter, con la arrogancia intelectual que le caracterizaba, sostenía la tesis de que el individualismo  —que era un elemento fundamental del capitalismo que él tanto admiraba—  daba al sistema un carácter dinámico y productivo. Decía que el individualismo metodológico servía para entender el comportamiento de los grupos dentro de la sociedad. Aunque era un liberal convencido no creía mucho en la libre competencia económica pero, en todo caso, ésta era para él una competencia entre elites. Definía al gobierno democrático como la contienda entre las elites por el derecho a gobernar. Caía en el contrasentido de considerarlas como elementos de la democracia  —el elitismo democrático—  y de sostener que ella se sustentaba principalmente en la actividad y el compromiso que asumían las elites.

          Muchos sociólogos y científicos sociales discrepaban de estos conceptos. Robert Dahl, entre ellos, sostenía que la teoría de las elites en el poder no tenía fundamento científico y hablaba en cambio del >pluralismo y de la poliarquía.

          Me temo que en la moderna sociedad del conocimiento del siglo XXI, en que la principal “materia prima” con que trabajarán los mandos sociales será la información, se consolidará una elite tecnológica, que ya está en proceso de formación, cuyo poder de dominación se basará en sus conocimientos científicos y tecnológicos.

          Noten mis lectores que hoy todo tiende hacia la estratificación social, hacia la diferenciación de las personas en función de sus conocimientos y de su capacidad de trabajo, hacia la profundización de las disparidades económicas y sociales. Vivimos una civilización que se esfuerza en acusar las diferencias entre las personas y que busca deliberada y conscientemente acentuar los desniveles. Los mandos sociales cultivan las diferencias. Las fomentan. Las profundizan. Sacan provecho de ellas. Lo podemos ver en todo lo que nos rodea: en el vestido de la gente, en su vivienda, en su automóvil, en los medios de transportación, en los hoteles en que se alojan. Todo está hábilmente montado no sólo para que las diferencias se agudicen sino además para que se las note, para que se pongan en evidencia, para que los grupos humanos se distingan por la ropa “de marca” que llevan, por el vehículo que conducen, por los hoteles a los que llegan, por la “clase” en la que viajan. Se han organizado las cosas de modo que la gente busque los privilegios y pague más por ellos. El pasajero “de primera” en el avión, en el barco o en el tren tiene un tratamiento que busca “diferenciarse” cada vez más del que reciben los pasajeros comunes. Todo esto está hecho para que “se vean” las diferencias. La publicidad se encarga de que ellas sean visibles, a fin de que el hombre común no piense sino en ser “de primera” la próxima vez.

          Me temo que vamos hacia una sociedad cada día más estratificada y elitista en función de lo económico, resultado a su vez del factor “conocimiento” y de los ingresos y el estatus social que éste produce. En ella se consolidarán por largo tiempo determinadas elites bien preparadas en el campo de la tecnología electrónica y de la inmensa variedad de los servicios anexos a ella.

          Esas serán la elites del futuro en la sociedad del conocimiento que ha preparado todo prolijamente para que ellas imperen por largo tiempo.

 
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